Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte III

 

 

 

 


 

- De "Humilitas" - años 1988 - 1989

 

 

"El Vaticano tiene las paredes de vidrio"

 

 

 

 

 

 

 

 

 Recuerdos de un compañero sacerdote. "Los antiguos compañeros de seminario han mantenido entre ellos relaciones de cordial amistad. Todo se concretaba también en un encuentro anual que los veía reunidos para un momento de oración y de fiesta. "En los últimos años, o íbamos nosotros a Venecia, al Patriarcado, o venía el Card. Luciani aquí. El 40° aniversario de Misa, el 7 de octubre del '75, lo hemos celebrado justo aquí, en Sta. Giustina. En una de estas reuniones, don Costante,y, esta vez, sin el tono burlón que lo caracterizaba, le profetizó el pontificado. El Card. Luciani se limitó a sonreír y a mover la cabeza. También, cuando fue elegido Papa, la tradición de reencontrarse juntos no podía perderse. A combinar un encuentro lo había previsto yo mismo, llamando por teléfono al Papa que me había respondido en persona. Se había fijado también una fecha. "Pero - me dijo Juan Pablo I - esta vez no puedo invitarlos a almorzar. Aquí no se usa así y, como saben, el Vaticano tiene las paredes de vidrio".

 

Mons. Luigi Perotto

 


 

Sentado a la vista de todos

 

"A mí siempre me toca así : en la iglesia, sentado a la vista de todos, debajo de un baldaquín ... me hacen siempre hablar, mientras yo tendría gusto de escuchar  las prédicas de mis sacerdotes ... siempre los primeros puestos ...Si no estoy atento, estoy expuesto a la soberbia; ... me vienen dados muchos signos de obsequio, con títulos honoríficos ... mi bondad es fácilmente exagerada; una prédica, apenas pasable, es alabada  como obra de arte de elocuencia ... corro el peligro de que se me suba a la cabeza ... Oietti escapa hasta con la afirmación de que la soberbia es cualidad "eminentemente eclesiástica" ... Típico el caso del Papa Alejandro III que, a Barbarroja arrodillado a sus pies y murmurante : "Non tibi sed Petro !", precisa alto y claro : "Et mihi et Petro !" En cambio, tengo que tener simpatía por el salmo 130. Cuando lo encuentro, en el rezo de vísperas de los miércoles, le hago fiestas, porque es breve y me da consejos y afectos para una vida humilde".

Son reflexiones del obispo Luciani, a menudo manifestadas en voz alta en las parroquias y viendo la "fiesta por él", el honor con el que era circundado y la estima y simpatía con la cual era considerado".

 

don Francesco Taffarel

 


 

Una estación concurridísima

 

El Patriarca se acerca a la estación para saludar a los enfermos que partían a Lourdes. "El día de la partida, lo vimos llegar a la estación más de una hora antes de la partida del tren. Además de los que partían, había amigos y parientes que venían a saludarnos. Imaginemos cuánta gente llenaba la estación. Saludó a todos, singularmente, entreteniéndose con el personal, los enfermos y los organizadores. Para todos tenía su dulce sonrisa y palabras de ánimo : a muchos decía que lamentaba de no podernos acompañar y pedía un Ave Maria. El secretario don Diego se había parado a la entrada de la estación y seguía vigilante los desplazamientos del Patriarca que pasaba sonriente de un grupito al otro, de una punta a la otra del concurridísimo andén. A un cierto punto, noté la llegada de una enferma particular : una chica de larguísimos cabellos rubios, treinta años, casi ciega, temblorosa y relegada a una silla de ruedas por esclerosis a placas. Casi dos meses antes, un enfermero del hospital de Venecia Lido se había casado con ella. El marido nos la había confiado generosamente, lamentando de no poderla acompañar por motivos de trabajo. Yo quería que el Cardenal la conociera. Entonces, me llegué a la otra punta del andén rogándole de seguirme. Pero, haciendo camino, la gente continuaba deteniéndolo. Entonces, lo tomé de la mano y haciéndome lugar entre los amigos, logré llegar a nuestra recién casada que estaba radiante de felicidad, sea porque podía finalmente conocer al Patriarca, sea porque le esperaba la peregrinación. Durante el trayecto, había explicado el caso. Cuando se la presenté, tomándole las manos, le dirigió palabras de aliento, diciéndole : "La Virgen la consuele", pero aquélla respondió rápido : "Si supiera, eminencia, ¡ lo hace ya tanto !". Nos miramos maravillados y los ojos se me llenaron de lágrimas.

Me preguntó después cuántos enfermos llevábamos con nosotros. Respondí que 150 los habíamos tenido en el hospital, otros, también más graves, habrían sido alojados en hotel. Me preguntó cuántas veces había estado en Lourdes.

"Es la quinta vez" - respondí. "¡ Oh !, replicó, mejor que yo que he estado sólo cuatro veces".

A pocos minutos de la partida, se subió al tren y por altoparlante repitió a todos su conmovedor saludo y deseos. "Lo que me conmueve - dijo, y la voz le temblaba de veras - es que ésta es una peregrinación de trabajadores para trabajadores ".

Pocos días después del retorno, fuimos todavía a verlo. Nos vino al encuentro sonriendo feliz, agradeciéndonos por las postales que había ya recibido y felicitándonos porque había sido verdaderamente una bella peregrinación".

 

Lina Rampin

 


Pelotazos en la sotana

 

Desde Belluno. "Recuerdo que en 1956, nosotros muchachos, habíamos inventado un pequeño periódico, en múltiples copias, en el cual se escribían los hechos (¡ para nosotros importantes !) que ocurrían en el barrio. Y, entre los "adquirientes", generosos, estaba justo don Albino que, cuando salía de la curia, ponía la mano con algunas decenas de liras y recibía nuestra hoja. Recuerdos, indudablemente, que hoy adquieren una específica importancia, considerando que don Albino se convirtió en Papa.

Si su sotana pudiera hablar (él no reaccionaba nunca a nuestras intemperancias mientras jugábamos al fútbol delante de la Catedral, capitaneados por el sacristán Isidoro y a veces por don Sergio), contaría acerca de los numerosos "pelotazos", absorbidos en silencio y borrados por la mano de don Albino, paciente, que limpiaba la vestidura ahí donde el polvo del balón era evidente.

Para nosotros era normal."

 

Como casi se arruina una noche de baile

 

""Era el 31 diciembre de 1958. La última noche del año la había ya reservado, con una compañera mía, con la que había decidido festejar el año nuevo. Para ésto, había pedido a mi padre la "600" para ir a la fiesta.

Hacia las 21, sonó el teléfono en nuestra casa. Era don Albino Luciani que pedía a mi padre la cortesía de acompañarlo a Mel, yo ignoraba el motivo. Mi padre respondió afirmativamente. Sólo que me puso la condición de proveer primero al traslado de don Albino para poder después ir a la fiesta. Debo admitir que, en aquel momento, el pedido me pareció atroz y cruel. ¿ Pero cómo : este don Albino elegía justo la última noche del año para ir a visitar a un colega ? Extrañezas ... de curas, pensé. De todos modos, fui obligado a aceptar.

Afuera nevaba como, justo, sucedía una vez. A las 21, fui al seminario, vestido de fiesta (tenía que bailar ¿no?); toqué el timbre y, algún segundo después, don Albino salió. Subió al auto, con una sonrisa, disculpándose grandemente por el fastidio que me ocasionaba. "Pero, ¿por qué quiere ir a Mel a esta hora y con esta nieve ?", le pregunté.

"Voy a dar la extremaunción al párroco, visto que soy su obispo". Lo dijo con una naturalidad que me dejó mudo. No estaba en conocimiento de su nómina (que sucedió 5 días antes en Roma, consagrado por el Papa Juan XXIII) y, además (santa inocencia de los jóvenes de entonces), él no tenía el solideo ni el anillo episcopal. Bastaba recordar a mons. Muccin y el juicio era instantáneo. "Es mi primer acto oficial de obispo - me dijo todavía mons. Luciani - dado que Mel se encuentra en la diócesis de Vittorio Veneto, de la cual soy el pastor. No puedo renunciar. Aún siendo el último día del año". Durante el viaje, con una nieve que caía cada vez más espesa, pensando en mi noche de fiesta, le pregunté si habría necesitado mucho tiempo en ésta su misión. Él respondió, siempre sonriendo y comprendiendo mi estado de ánimo, que todo sería dispuesto por la Providencia. ¡ Esta bendita Providencia, pensé, así impróvida para ser llamada en causa cuando yo tenía otras cosas que hacer !

Llegamos a Mel hacia las 22. Él entró e la casa parroquial. Yo, también. Pasaron quince minutos, luego media hora. Temblaba por el retraso  porque no había podido advertir a la chica. De tanto en tanto, me informaba acerca de cómo estaban yendo las cosas. La casera me respondía : "¡ El obispo reza, reza !"

A un cierto punto, serían las 23, no resistí más. Pedí que llamaran a "... don Albino". "Monseñor, ¿ en qué punto estamos ? Yo tendría una cierta prisa ...", estallé. El egoísmo juvenil, que hace olvidar también la piedad y que nos hace incapaces de darnos cuenta de las situaciones particulares, no provocó en el obispo Luciani la reacción justa y comprensible, de rabia, sino una actitud de paciencia y de comprensión, que me fue, más tarde, más elocuente que un sermón.

Luego, me dijo : "Italo, comprendo de haberte robado tiempo precioso para tu cita. Tal vez, tu amiga esté en pena. Aquí mi deber no ha terminado aún. Vete pues, tranquilamente, porque tengo la posibilidad de dormir aquí en la casa parroquial. Mañana regresaré de algún modo". Me deseó una buena mañana y una buena diversión. Concluyendo después : "¡ Y no te lamentes de la Providencia ! En el momento oportuno se hace sentir". Y sonrió, asumiendo una expresión tan humana y paterna, que me quedó en la memoria durante toda la noche. También mientras estaba bailando o bebiendo naranjada".

 

Italo Salomon

 


 

"Si no hubiera estado en el Seminario, sería como todos, aún peor "

 

"Las expresiones y los gestos de humildad de don Albino, a primera vista, a muchos no gustaban. Tampoco a mí, las primeras veces que las he oído, parecían exageradas : "Somos unos pobrecitos ", "somos unos buenos para nada", "si el Señor no me tiene una mano en la cabeza, hago líos", "si no hubiera estado en el seminario, sería como todos, aún peor en todo, excepto en la blasfemia", etc ... etc ...

Pero, después de haber oído sus motivaciones y, sobre todo, luego de que he tenido, por varios años, modo de observar su comportamiento, lejanísimo de todo deseo y manejos para hacer carrera y siempre listo, cada vez que era necesario, también para hacer mal papel, me he convencido de que era sincero. Y creo que su humildad estaba fundada sobre dos pilares : por una parte, la conciencia de tener capacidades no comunes, por otra, una experiencia espiritual de la "grandeza de nuestra nada delante de Dios". Pero ésto no basta para explicar cómo pudo aceptar primero el episcopado y luego el pontificado. Habría que agregar un gran espíritu de disponibilidad y de confianza en la Providencia, a la cual se confiaba a través de la obediencia.

A propósito de carrera, me han quedado impresos los conceptos del discurso hecho en la Catedral de Belluno, después de su nombramiento como obispo de Vittorio Veneto : "Cuando uno sube en autoridad es como cuando se infla una pelota; primero, ninguno la miraba; luego, todos se creen con derecho a darle patadas".

Y, el otro, expresado en la misma circunstancia : "Cuando uno tiene una autoridad, se convierte en un montacargas. Cada mañana, hay alguno que se levanta y dice : "Hoy voy a encontrarme con él y le descargo mi problema, mis dificultades". Este hacerse cargo de los pesos de los otros era su programa y tal vez haya sido su muerte".

 

don Aldo Belli

 

 


Home - Anécdotas y testimonios - Parte I - Parte II - Parte III - Parte IV - Parte V - Parte VI - Parte VII - Parte VIII - Parte IX - Parte X - Parte XI - Parte XII - Parte XIII - Parte XIV - Parte XV - Parte XVI - Parte XVII - Parte XVIII - Parte XIX - Parte XX - Parte XXI - Parte XXII

 

 

GCM 2000 - 2005