Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte XXI

 

 

 

 

 

 


 

Un viaje a Àfrica

 

 

Las dos caras de la medalla

 

Albino Luciani había expresado varias veces la intención y el deseo de llegarse a África pero, por una razón o por otra, había tenido que postergar el viaje. La ocasión favorable se presentó en agosto de 1966, cuando el Obispo de Brescia, diócesis que se había tomado a cargo la misión de Kiremba, a unos setenta kilómetros de Kuntega (n. d. a.: Kuntega, Burundi, era el lugar donde estaban como misioneros algunos sacerdotes de la Diócesis de Vittorio Veneto), le rogó que hiciera el viaje junto a él. La partida fue desde el aeropuerto de Venecia el 6 de agosto; con Mons. Luciani y Mons. Luigi Morstabilini, Obispo de Brescia, constituían la pequeña comitiva don Luciano Baronio, don Giovanni Cristini y dos monjas de la Diócesis de Brescia, y el Dr. Italo Fantin,  médico del hospital de Pieve di Soligo, representante del comité diocesano "Un pan por amor de Dios". La visita de Luciani duró unos quince días, hasta el 31 de agosto de 1966.

 

Fue una "visita pastoral con la cocarda", como la definieron los misioneros vittorienses y como confirmó el Obispo en su Relación publicada, primero, en el Boletín Eclesiástico, y luego, en partes, en "L'Azione". 'Mis sacerdotes me capturan - escribía Luciani - y me quieren hacer ver todo: desde las vestiduras de los monaguillos a los paramentos y a los registros; desde las varias asociaciones a las colinas habitadas; desde la casa parroquial a todas las escuelas, a todas las sucursales y cabañas para la oración'. Quince días dando vueltas con la "Campagnola" que el Obispo encontraba cómoda, no ciertamente por los rebotes, sino para saludar a la multitud reunida a lo largo del recorrido y llegar a estrechar las manos que le tendían. Y manos estrechó a miles, como miles fueron las veces que pronunció en lengua kirundi las palabras "buen día", "adiós", "muchas gracias".

 

Fueron quince días intensos, durante los que Luciani tomó conciencia, ayudado también por las explicaciones de los misioneros, tanto de las condiciones económicas y sociales de los barundi como de su mentalidad y de sus antiguas y radicadas tradiciones, las que - sostenía en sintonía con las enseñanzas del Concilio - había que respetar y salvaguardar, para no desnaturalizar el alma de un pueblo. Si un cambio debía haber, este debía suceder de manera progresiva. Era necesario, en fin, "proceder con gran tacto, respeto y paciencia".

 

El Àfrica encontrada por Albino Luciani en aquellos quince días fue el revés del Àfrica que surgía de los recuerdos de sus lecturas juveniles. Las novelas de Verne y de Salgari pintaban un continente misterioso, poblado de leones, panteras, leopardos, hipopótamos y cocodrilos, cubierta de impenetrables selvas y sofocada por un calor tórrido. Nada de todo eso: "De los leones no vi ni siquiera la punta de la cola. ¿Y el calor tórrido? Mi primera noche la pasé en una colina cerca de Kampala: parecía una noche de templado septiembre vittoriense".

 

Pero había otra Àfrica, esta sí conforme a otras lecturas suyas, que comenzó a aparecer ante él apenas salió de la capital Bujumbura, donde la gente vivía y vestía a la europea. Era el Àfrica de la pobreza, del hambre, de las enfermedades, de la espantosa mortalidad infantil. Era por aquella Àfrica que Albino Luciani se había llegado a Burundi, era por aquella Àfrica que deseaba hacer algo. Fue en aquella ocasión que se convenció de la absoluta necesidad de realizar un dispensario-maternidad en el centro misionero de Kuntega y por esto quiso encontrarse con el ministro de la Salud de Burundi y hablar con Mons. Makarakiza, con el alcalde de Kuntega y con el gobernador de Muhinga. En efecto, no había sido tanto el hambre lo que lo había impresionado cuanto las enfermedades y la falta de medicinas: "En Kuntega no hay hambre excepcional; no vi allí las flacuras espantosas y los rostros hambrientos, presentados el año pasado, en India por la televisión: una comida al día, y también dos, la pueden hacer casi todos. La olla de familia no tendrá carne, no tendrá verduras frescas; serán sólo patatas, sólo bananas y porotos sólo cocinados en el agua pura; único condimento, de lujo y reservado a los más pudientes, será la sal, pero algo que llevarse a la boca hay. Más impresión que el hambre dan la falta de ropa, medicinas y las enfermedades". Por esto Luciani siguió con particular atención el progreso de los trabajos de construcción del dispensario-maternidad, manifestando alegría y satisfacción cuando la obra fue completada.

 

 

Una pulga llevada a casa y obligado a empujar el jeep en medio de gritos alentadores

 

Regresando de Àfrica, Albino Luciani llevaba consigo tantos recuerdos para entregar a sus diocesanos. Recuerdos bellos y feos, más o menos importantes. Pero también recuerdos de pequeñas desventuras personales: la única y cándida vestidura irremediablemente estropeada luego de una jornada pasada en medio de los negros a estrechar manos, entre una multitud y una polvareda indescriptibles; aquella pulga que le penetró bajo la uña de la mano, también ella a llevarse a casa como recuerdo de Àfrica; y, en fin, aquel esfuerzo de empujar el auto que se quedó empantanado en el camino en subida. (Nota: "L'Azione", 1 de octubre de 1966. Carta de don Vittore De Rosso y don Giuseppe Zago. A decir verdad, en la Relación, Luciani escribe que habían sido otros los que empujaban el auto, pero don Vittore De Rosso asegura que el Obispo participó en aquella poca placentera tarea). He aquí el episodio contado por el mismo Mons. Luciani:

 

(...) "¡Gracias! también a la buena gente que vino a darnos una mano la noche del 27 en el camino de Buwana. Ya he dicho que, aquella noche, nos agarró en viaje una fuerte lluvia: los caminos de Burundi, también esto lo dije, tienen cada tanto un descenso difícil seguido por una subida del mismo modo difícil. Una de estas subidas justo estaba también después de Buwana. Mons. Makarakiza la enfrenta estupendamente con su Peugeot; pero a la mitad del desnivel, las ruedas hacen huelga, girando en vacío; la arcilla roja bajo la lluvia se transformó en fango móvil. Oigo que dice: 'Ça glisse!' "¡Resbala!". Poco a poco deja que el auto vuelva al fondo. Se vuelve a intentar, tomando el camino un poco más a la derecha que antes, luego un poco más a la izquierda: en vano, on glisse toujours. ¿Qué hacer? La lluvia cae siempre gruesa y quizá todavía cuánto quiere continuar. Está por llegar la noche. Kisanze dista veinte kilómetros; ningún otro auto pasa. 'Probemos a tocar bocina, veamos si sucede algo'. Sucede que, de las chozas vecinas, llegan un poco de hombres, muchachos y mujeres; algún pasante se para también; se dan cuenta de que en dificultades está su obispo. '¡Si es necesario, llevaremos el auto hasta la cima de la subida con nuestras manos!', dicen con entusiasmo. El obispo vuelve a encender el motor. Detrás del auto, para empujar, hay un nutrido grupo, y no sólo empuja, sino que ayuda el empuje con gritos altísimos, ritmados a invitación de uno que se improvisó, diría, entraineur o jefe de grupo. A fuerza de empujones y de gritos, el auto llega, finalmente, a la cima. ¡El Uracóse ciane, allí, es necesario! (Nota: Uracóse ciane = muchas gracias, en Kirundi).

 

Estas pequeñas desventuras no turbaron el ánimo sereno de Albino Luciani, a quien no le faltó nunca, en todos aquellos días de permanencia en Àfrica, su habitual sonrisa. Por todas partes - escribieron los misioneros - él supo difundir alrededor de sí un perfume de bondad, de delicadeza y de caridad. Y todo su amor por la gente africana, unido a la admiración por el trabajo de los misioneros, él expresó con estas palabras puestas al final de su espléndida Relación: "Ha pasado más de un mes de mi viaje. Pero un poco de mi corazón se quedó allí. Con aquella buena población, que terminaría de convertirse pronto por entero si fuera ayudada. Con el Obispo Makarakiza y, sobre todo con los tres sacerdotes nuestros que me han edificado con su espíritu de sacrificio y la buena vida sacerdotal. Que el Señor los ayude a todos".

 

 

De las cartas de los misioneros

 

A don Dino Zanetti, párroco de San Giacomo di Veglia (Kuntega 4-9-1966) de don Vittore De Rosso:

 

Arcipreste queridísimo,

Espero que Mons. Luciani haya llevado mis saludos y también buenas noticias desde este simpático ángulo de Àfrica. Cierto su visita ha sido una grandísima sorpresa para nosotros y nuestra gente, que fue inmediatamente conquistada por su gentileza con todos, desde sus generosas tendidas de mano (aún cuando a menudo las manos negras eran pegajosas y dejaban huellas), por su bondad con los niños. Ha querido llegar a bastantes sucursales, celebrando en las grandes cabañas de paja, con la gente comprimida hasta bajo el altar; un altar "cara al pueblo", ¡ancho treinta y cinco centímetros! Al final también se ha llevado a casa una pulga penetrante bien encarnada en un dedo de la mano: a las pulgas normales ya no hacía más caso, ya que resultaba inútil cada vez.

 

En tanto, nos manda refuerzos:  don Vito Franceschin de Conegliano estará aquí con nosotros tal vez para octubre. Sería más justo hablar de sucesor, porque antes de un año no manejará gran cosa de kirundi y, en aquella hora, ¡yo ya estaré preocupado en dónde procurarme un buen pullover para reaventurarme en vuestro invierno '67-68! En tanto, será la bienvenida y nos hará buena compañía; esperemos que sepa jugar a las cartas... siendo dos no hay gusto. Le enseñaremos a ir de caza, y nuestra heladera estará siempre bien nutrida. Mons. Luciani gentilmente ha declinado la invitación, y también el Dr. Fantin: la caza nocturna, con la perspectiva de una marcia de diez-quince kilómetros no los vio muy entusiasmados. ¡Se conformaron con admirar al regreso las gacelas abatidas! (...)

 

 

*****

 

A don Giovanni Dan, nuevo director del semanario diocesano "L'Azione" (Kuntega 17-9-1966) de don Vittore De Rosso y don Giuseppe Zago:

 

(...) S.E. Mons. Luciani ha hecho una escapadita aérea de casi ocho mil kilómetros, creo, y vino a visitarnos a Kuntega, al centro de Àfrica, alrededor de tres grados bajo el Ecuador. Ha sido una visita pastoral con la cocarda, y todavía nos parece tenerlo entre nosotros con su secretario del todo particular, el Dr. Italo Fantin, médico cirujano del hospital de Pieve di Soligo. Está todavía difuminado en toda la casa el perfume del DDT italiano rociado sin economía: más bien, nos han dejado también una buena cantidad de repuesto: cuatro envases de "Getto" casi llenas... Son precauciones más que justificadas aquí en Àfrica, pero que se revelan siempre insuficientes. El doctor me confiaba que el DDT italiano las pulgas de Àfrica lo toman como reconstituyente. Mons. Obispo, por otra parte, se llevó también a casa una pulga penetrante entrada profunda bajo la uña...

 

Pero está bastante más difundida en toda la parroquia, y también en las otras misiones que ha dejado, su simplicidad, su sonrisa. Nuestro negros han notado enseguida y subrayado su predilección por los niños, a menudo desnudos y mal nutridos, siempre sucios y mocosos. Es por ellos, para que nazcan y crezcan en condiciones más humanas, que se ha empeñado en construirnos un ambulatorio con reparto maternidad y pediatría, y ha escrito pidiendo hermanas enfermeras, y fue hasta al Ministro de la Salud, Exc. Dr. Heneheme, para solicitar los documentos necesarios. Aquel viernes 19 de agosto, cuando llegó a Kuntega, justo queríamos recibirlo sonando ampliamente nuestras campanas, pero están por desgracia aún en la aduana y en Usumbura. Pero el golpeteo rítmico del gran tambor de la Misión ha expresado, tal vez mejor, los sentimientos de alegría y reconocimiento de nuestros simpáticos negros. A la mañana siguiente, todos en la "Campagnola". Mons. Obispo la encuentra cómoda, no ciertamente por el rebote, sino más bien para saludar a la multitud extendida a lo largo del recorrido y llegar a estrechar las manos tendidas. En la sucursal de Sasa celebra y habla a una multitud atentísima y entusiasmada: nosotros hacemos de intérpretes.

 

A la salida, la "Campagnola" no estaba para esperarnos: don Giuseppe corrió a Mugendo a llevar los Sacramentos a un moribundo. Óptima ocasión para toda la gente de estrechar, también por varias veces, la mano al Obispo, entre una multitud y una polvareda no del todo confortables. Cuando volvemos, la vestidura cándida del Obispo ya está más bien estropeada. Y pensar que tendrá que ponérsela todos los doce días que le quedan en Burundi, y también en el viaje de regreso, en El Cairo, Atenas, Roma, Venecia... Es de lana, y acá no hay nada para quitarle las manchas: nuestros boys no sabrían sino arruinarla. (...)

 

Todas jornadas laboriosas: el primer domingo con la Confirmación de más de ciento cuarenta neófitos y muchachos; el segundo domingo con la bendición de la Iglesia y gran concelebración con Mons. Makarakiza, Obispo de Ngozi, y muchos sacerdotes blancos y negros, presente el gobernador de Muyinga y todas las autoridades, y luego inauguración de las nuevas escuelas y del campo deportivo, y juegos y festejos. Y el encuentro con los fieles de bastantes sucursales, y Misa y palabras en Murungurira, en Mugendo, en Mugina, en Mucano; y luego la jornada de los catecúmenos en Kuntega, y la de la "Legión de María" y de los catequistas. Y luego con S.E. Mons. Makarakiza en visita a las parroquias de Kanyinya y Murore y Kisanze, donde trabaja don Luigi. Han querido llegar también a Bugwana, donde pensarían en una nueva fundación, pero la lluvia los ha sorprendido y Mons. Luciani también tuvo que empujar el auto empantanado. (...)

 

del libro "L'Africa di Albino Luciani e dei missionari vittoriesi"

autor: Ido Da Ros

octubre de 1996

 

 


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