Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte XII

 

 

 

 

 

† Dedicado a la memoria de don Vittorio Vianello, fallecido el 15 de diciembre de 2003.

 


 

TESTIMONIOS VENECIANOS Y OTROS (Parte I)

 

 

Este capítulo y los  sucesivos son un poco especiales. Además de contener testimonios tomados de otras fuentes impresas están también las que recogí personalmente en Venecia donde vivo ahora. Tantas personas que he conocido: sacerdotes como don Ettore Fornezza, Mons. Mario Senigaglia, don Vittorio Vianello. Compañeras de trabajo como Mónica Bondavalli y otras, confirmadas por don Albino, Patriarca, o que han participado en las Misas y recibido la Santa Comunión, me han suministrado recuerdos de su contacto con él. También, sor Carla Bistrot, de la librería San Paolo de Mestre. La dueña de casa, Sonia, y el muchacho de la tabaquería de mi barrio de Sant'Elena, Adriano, han sido confirmados por él.

 

 

¡Pobre dedo!

 

Mónica, mi compañera de trabajo, me contó que, cuando era niña, había recibido la Santa Comunión de manos del Patriarca Luciani. Y lo hizo de una manera un poco particular: ¡ Mordiéndole el dedo! Y él reía...

 

de una charla con la autora

 enero de 2003

 


 

Deseo irrealizable

 

Del Patriarca Luciani tiene un querido recuerdo don Vittorio Vianello, ex párroco en Murano, me dijo que, cuando Luciani fue a su parroquia para la visita pastoral, le había preguntado: "¿Me das tu parroquia?". Tantas eran sus ganas de ser párroco....

 

don Vittorio Vianello

de una charla con la autora

julio de 2002

 


 

"Le debo a él mi vocación"

 

Sor Carla Bistrot, hermana paulina que trabaja en la librería San Paolo de Mestre, me contó que le debe a don Albino su vocación religiosa. Sor Carla, bellunesa, era una joven que trabajaba en la parroquia en la época en la que don Albino era Vicario General de Belluno. Ella había manifestado a su párroco el deseo de hacerse religiosa. Pero como estaba ocupadísima en la parroquia, el párroco no quería dejarla ir. Parecía ser imprescindible y entonces él, cuando Carla le dio la carta para entregar al Superior General de la Congregación de los Paulinos, le dijo que no. Llegado a oídos de don Albino este hecho, llamó al párroco para que le llevara la carta. Luego de haberla leído, le dijo: " Tú no puedes obstaculizar una vocación. Es la Voluntad del Señor que sea religiosa". Y así sor Carla se convirtió en una dulce monja que, cuando siente el nombre del Papa Luciani, se le iluminan los ojos, tanta ternura siente por él. 

 

sor Carla Bistrot

de una charla con la autora

septiembre de 2003

 


 

Mons. Mario Senigaglia, párroco de la iglesia de Santo Stefano en Venecia, ex secretario del Patriarca Luciani. Un coloquio que duró dos horas. Mi primera pregunta es como si me la hubiera leído de mi mente porque justo quería saber cuáles habían sido los problemas que Luciani había tenido con su clero aquí. No fue necesario hacer la pregunta porque don Mario sacó el tema desde el comienzo.

 

 

Il Patriarca Luciani con su secretario,

 don Mario Senigaglia

 

 

Las amarguras de un Patriarca

 

Luciani tuvo que afrontar tres grandes problemas: 

 

1) La FUCI (Federación Universitarios Católicos Italianos).

2) El referendum sobre el divorcio.

3) El referendum sobre el aborto.

 

A la FUCI, Luciani recomendó no hacer pública la posición de ellos (a favor de la introducción del divorcio en Italia). En cambio, el periódico "L'Unità" había publicado la declaración un mes antes de que se hiciera el referendum. Ese día, don Mario, quien tenía que irse a las 6:30 de la mañana, se lo encontró a don Albino delante con un papel entre las manos.

Don Mario, que se estaba yendo, le dijo: "¡Que tenga un buen día!". "¡Qué buen día!", le respondió el Patriarca, y le mostró la declaración de la FUCI. Luciani, de todos modos, le dijo a don Mario que se fuera si tenía que hacerlo. Cuando volvió hacia las 17, la declaración ya había sido publicada. Alguno le mostró a don Mario el breve texto donde Luciani retiraba el asistente (n .d. a: un sacerdote) de la FUCI. "¡Ahora viene el fin del mundo!", dijo don Mario. El Patriarca, en principio, habría tomado esta decisión si la FUCI, luego del referendum, continuaba con la propia posición divorcista. Don Mario supo que, durante esa jornada, habían ido a ver al Patriarca el obispo auxiliar, el vicario general y otros, los cuales recomendaron a Luciani que tomara una medida. Y así fue. Esta drástica decisión no se la perdonaron nunca...

 

Don Mario había llorado más por la elección que por la muerte. Por la elección porque veía su fragilidad; no conocía el ambiente vaticano. En cuanto a su muerte, en la soledad, la considera como un premio por tantos disgustos en Venecia, por su fidelidad a la Iglesia.

 

Mons. Mario Senigaglia

de una charla con la autora

 agosto de 2002

 


 

Un auto para dos Papas

 

En los escritos de mons. Carlo Bolzan, el sacerdote fallecido el día de San Tiziano, resurge toda la frescura de los recuerdos del período en el cual era secretario del Patriarca de Venecia, mons. Albino Luciani. A él le correspondió también el honor, en una noche romana, de ofrecer un traslado, a bordo del propio Fiat 127, non sólo al futuro Juan Pablo I, sino también al entonces cardenal Karol Woytjla, futuro Juan Pablo II. En octubre de 1974, don Carlo había acompañado a Luciani a Roma para el Sínodo de los Obispos. "Con mi Fiat 127 - escribió - lo acompañaba dos veces por día desde el lejano Instituto de Hermanas Doroteas, que nos hospedaban, a la sede de las reuniones, volviendo para acompañarlo de vuelta a la casa de hospedaje. Una noche tuve que agregar un tercer viaje: al centro de Roma para conducir al cardenal - a la Embajada de Alemania ante la Santa Sede - a una recepción en honor de los Obispos Europeos presentes en el Sínodo. Cuando volví a la Embajada más tarde, el Card. Luciani salió con el Cardenal Wojtyla, diciéndome: "Don Carlo, el Cardenal Wojtyla no tiene ni secretario ni auto; acompañémoslo a su residencia". El Arzobispo de Cracovia, con una capa negra que le llegaba a los pies, se deslizó en el asiento posterior y el Patriarca se ubicó a mi lado como de costumbre. Derecho al Colegio Polaco, me sentía preocupado como lo estoy siempre, por un defecto en la vista, cuando manejo de noche. Si en ese entonces hubiera sabido que tenía en el auto a dos futuros Sumos Pontífices, ¡mi preocupación hubiera aumentado sin medida!". Cuando llegó a San Fior, ante la Casa General de las Hermanas del Santo Rostro, donde prestó el propio servicio de capellán durante 23 años, don Carlo trajo consigo el Fiat 127. Y aquí las religiosas recordaban con afecto que el vehículo, convertido en propiedad de ellas, había servido también al encuentro de dos Papas.

 

de "Il Gazzettino",

 20 de enero de 2003

 


 

Descanso contemplativo

 

Cuando era Patriarca, durante los desplazamientos en auto, luego del primer cuarto de hora ocupado en el Rosario, reclinaba ligeramente el asiento y, a través del recogimiento y la oración, se concedía un descanso contemplativo pero dinámico, abandonándose en aquello que los Padres de la Iglesia llamaban "ruminatio Dei". De común acuerdo, no era oportuno iniciar la conversación y yo lo dejaba tranquilo. Pero observándolo, yo imaginaba que entraba en el Paraíso, el lugar de la inocencia recuperada y de la pureza reconstruida. Estas, llegados a destino, se manifestaban en plenitud cuando ofrecía a todos el fruto cautivante por la dulzura, la delicadeza, la jovialidad del trato.

 

 

¡Amabilidad... siempre!

 

Creo que ha estado siempre bajo el signo de la amabilidad, de la cortesía y de la compasión. Ha tenido problemas con algunos sacerdotes de la diócesis, no sólo en los difíciles años setenta, pero estoy convencido de que todos los sacerdotes hayan podido encontrar acogida en él si la buscaban.  También severidad, cierto, pero no palos, no humillaciones... Severidad y, a la vez, amabilidad; nunca medidas extremas. Decía: "Sé que mis discursos se leerán poco, pero si los sacerdotes quieren saber cómo piensa el Patriarca, saben dónde buscar. Si no lo quieren hacer, paciencia". Tenía confianza en los sacerdotes de Curia que encontraba y consultaba con mucha regularidad: el vicario general monseñor Bosa, monseñor Volo, don Giuliano Bertoli, don Gino Bortolan, don Lorenzo Rosada, don Tino Marchi, los vicarios foráneos...

don Diego Lorenzi

de "Gente Veneta"

agosto de 2003

 


 

Estilo simple

 

En Vittorio Veneto vivía en modo simple las relaciones humanas: iba él a abrir la puerta cuando tocaban el timbre; recibía a los sacerdotes sin haber pedido una cita y así me dijo que hiciera en Venecia: "Mira que para los curas el Patriarca está presente día y noche". Había curas en dificultad que venían, se quedaban a almorzar y a cenar con él, eran sus huéspedes también para quedarse a dormir. Este estilo lo ha transferido también en su vida pastoral y en la simplicidad de la liturgia en San Marcos. Inicialmente, más bien, alguno se sorprendía que el Patriarca hablara suelto e hiciera ejemplos simples. A quien se lo ha hecho notar, respondió: "Lo que ha sido útil en Belluno y en Vittorio Veneto lo utilizo también en Venecia".

 

 

Inconvenientes en el vaporetto

 

Tenía facilidad para relacionarse: era fácil a la anécdota, a entablar un diálogo. Las primeras veces, recuerdo, vivía con incomodidad los viajes en vaporetto. El, en efecto, comenzaba a hablar con cualquiera. Yo pensaba: va a romper el alma a la gente; nosotros, los venecianos, preferimos estar tranquilos... En cambio, preguntaba a los chicos, a las mamás. Luego, al fin, era yo que decía: "Es el Patriarca", y estas personas se sorprendían y eran felices. Tanto más hacía así durante las visitas pastorales o cuando visitaba a las familias, a los enfermos, a los ancianos.

 

 

Las caras largas a la hora de comer no van

 

Era sereno y alegre. A la mesa le gustaba hablar de cosas ligeras. Cuando fue nombrado Patriarca me llamó enseguida a Vittorio Veneto (me había conocido cuando yo era secretario de Urbani)  para que le diera una mano para responder los telegramas, visto que yo conocía a las personas. Me dijo: "Por favor, continúa haciéndome de secretario". Yo le expliqué que, luego de la experiencia con Urbani, me habría gustado ir a una parroquia. Pero él insistió: " Te conozco, a la mesa estamos serenos, charlamos y bromeamos; no querría uno que me pusiera la cara larga. Luego, mano a mano que conozco a mis curas, elijo a otro".  Pero esto sucedió siete años después.

 

 

Fiel a la Iglesia

 

En algún momento era duro. Se había convertido en rígido en el plano doctrinal. No tanto por su posición, sino por fidelidad a la Igleisa. Sentía la responsabilidad de ser obispo, por algunos años vicepresidente de la CEI y presidente de los obispos del Triveneto. Mons. Bettazzi me decía a veces: "Dile al Patriarca que es él quien debe intervenir porque tiene una voz diversa: si somos nosotros "pequeños" obispos que intervenimos...". El ha sentido esta responsabilidad. En este sentido, se convirtió en más rígido teológicamente respecto del período de Vittorio Veneto; alguna vez también en el plano humano. No era falta de caridad, sino una fidelidad vivida, antes que nada, en primera persona.

 

 

Un duro precio pagado

 

Aquel vivido por él ha sido un momento de paso en la Iglesia. El post-Concilio había sido borrascoso; a nivel político y social se venía del '68. Con los años '80 ha entrado en la Iglesia una brisa de mayor serenidad en las relaciones, que dura hasta hoy. Su herencia más bella ha sido la de haber preparado el terreno al clima de hoy. Ha sido duro el precio pagado: el sufrimiento de entonces ha llevado a la serenidad de hoy, en toda la Iglesia. También nuestra Iglesia debía sufrir por las laceraciones, las salidas de carril, las diásporas; para luego, purificada, vivir un tiempo de mayor serenidad. Deberíamos ser agradecidos a aquella Iglesia que nos ha dado esta Iglesia.

Mons. Mario Senigaglia

de "Gente Veneta"

agosto de 2003

 


 

Me siento un poco incómodo

 

"La noticia aparecida en los periódicos de los últimos días de agosto ha hecho agitar imprevistamente los corazones de muchos venecianos: Papa Luciani... ¿BEATO?... y quizá... tal vez también ¿SANTO? (...)

 

Quien tuvo la oportunidad de conocer de cerca a Albino Luciani puede confirmar que era ¡un santo en la tierra! Pero sus treinta y tres días de Papado han sacudido al mundo entero, pero no sólo por su imprevista muerte. También la Iglesia Romana recibió un sacudón que sirvió para prepararla para recibir luego al Sucesor, quizá predestinado.

 

El Papa Luciani podía aparecer, para quien no lo conociera bien, como un buen y simple párroco de campo. El era, en cambio, un personaje de profunda cultura y de masiva preparación teológica: pero con su palabra lograba hacerse comprender por todos. Su simplicidad y su humildad conviven también con una fuerte dosis de timidez pero que, cuando era necesario, Luciani sabía alejar, haciendo prevalecer un carácter decidido y, cuando apuntaba a un problema, iba hasta el fondo, no dejando de realizar actos de firmeza también hacia alguna franja lanzada del clero, cuando consideraba que se hubiera emprendido un camino equivocado. Resumiendo, tenía, como se dice en sentido positivo, ¡un carácter de montañés! (Cierto que esos curas de la diócesis de Venecia que llegaron al punto de escribir al Vaticano pidiendo la renuncia del Card. Luciani como Patriarca, ¡¡¡deben sentir un lindo peso en el estómago...!!! ...¿ Remordimiento...?) (...)

 

Corría el año 1977 y yo trabajaba como vicedirector administrativo ante la O. P. Casa de Reposo de Mestre, ahora "Casa de Reposo Antica Scuola dei Battuti". Este Instituto tenía anexa también la iglesia de la Virgen de la Salud, cuya fachada da a Via Torre Belfredo.

Como en Venecia, el 21 de noviembre de cada año, también en Mestre, la población de tierra firme solía - y suele todavía hoy - llegarse en peregrinación a esta iglesia para rendir homenaje a la Virgen. Pero era usanza que la Misa Prelaticia, en presencia de las autoridades civiles, fuera celebrada el día anterior para no obstaculizar los festejos análogos en Venecia. Generalmente, también en la iglesia de la Virgen de la Salud de Mestre, presidía esta Misa el Patriarca aprovechando, con la ocasión, para visitar y saludar a los huéspedes internados en la vecina Casa de Reposo.

 

Fue justo el 20 de noviembre de 1977 que el Patriarca Luciani presidió a las 17 una solemne liturgia eucarística en la iglesia de la Virgen de la Salud mestrina, en presencia del Consejo de Administración de la Institución y de numerosas autoridades civiles locales. Al término de la Misa, el Patriarca se dirigió a la sacristía, acompañado por su secretario y por el rector de la iglesia para despojarse de los paramentos litúrgicos. Habitualmente, luego de la liturgia, se procedía, al interno de la Casa de Reposo, a la inauguración de una muestra-mercado de trabajos de los ancianos allí internados y, en aquélla ocasión, el Presidente de la Institución aprovechaba para saludar a las autoridades presentes y exponer el eventual programa del Consejo. En aquellos años, el Presidente de la Casa de Reposo de Mestre era un político de izquierda (...) y, en aquélla época, revestía tal cargo un exponente del entonces "P.C. I." local. Si mal no recuerdo, el Consejo de Adm. estaba compuesto por dos comunistas, un socialista, un socialdemócrata y un democristiano: ¡Prácticamente Consejo rojo por mayoría!

 

El 20 de noviembre de 1977, al término de la Misa Prelaticia, el Consejo de Adm. al completo y las autoridades civiles presentes se dirigieron hacia el interior del Instituto para llegar a la sala donde debía desarrollarse la exposición, sin preocuparse por la presencia del Patriarca que se encontraba todavía en la sacristía. Habitualmente, era yo que hacía de "ceremoniere", haciendo camino e invitando a las autoridades a encaminarse hacia los jardines internos. Ante una tal falta, dejé que los señores políticos y las Autoridades fueran por cuenta propia y esperé solo al Patriarca que, al contrario, creía que era esperado por todos. Vio, en cambio, sólo a mí, tieso como un bacalao: me acerqué a él, le di mis disculpas por los "ausentes" y nos encaminamos. El Card. Luciani, quien, por otro lado, conocía muy bien a mi padre, cuando me vio, se sintió elevado y se le iluminó el rostro sonriendo con su acostumbrada expresión infantil, tomándome confidencialmente del brazo y susurrándome: "Le ruego, esté a mi lado, me siento un poco incómodo".

 

En el salón de las reuniones se sucedieron los discursos habituales, con las acostumbradas "arengas políticas" y, a un cierto punto, luego de varias intervenciones, seguidas por un pequeño refresco, el Patriarca Luciani me pidió, con un filo de voz, si podía aprovechar, al término de la ceremonia, de mi cortesía para ofrecerle un viaje con mi auto hasta Venecia porque su secretario tenía una cita en tierra firme. Aquélla ocasión fue para mí como tocar el cielo y recuerdo que, durante el breve trayecto, entre varios argumentos, pregunté al Card. Luciani por qué nunca había pedido al Consejo de Adm. de la Casa de Reposo de aprovechar la iglesia de la Virgen de la Salud como sede de la nueva parroquia del barrio de S. Pablo, limítrofe al Instituto, visto que, como tal, se usaba una vieja barraca prefabricada. El Patriarca Luciani me miró fijo, sonrió, sacudió la cabeza y me respondió: "... Quién sabe si aquellos Señores me la concederían...".

 

Recuerdo que en 1978, el Consejo de Adm. discutió una orden del día que tenía por objeto la cesión de la iglesia de la Virgen de la Salud al Patriarcado de Venecia, para transformarse en sede de la nueva parroquia de Sta. María de la Esperanza y tengo que decir también que dicho argumento, teniendo en cuenta que era tratado por un Consejo de Adm. de izquierda, no encontró grandes dificultades para ser aprobado. Las únicas personas que indirectamente hicieron un poco de oposición fueron las religiosas de la Casa de Reposo que se sintieron defraudadas de "su iglesita". El procedimiento para la cesión fue ultimado cuando ya el Card. Luciani se había convertido en Juan Pablo I y... no recuerdo bien... luego de su muerte.

 

 

Giuseppe Mazzariol

Presidente de la Archiconfraternidad Misericordia

Revista "Messaggio dell'Arciconfraternita di S. Cristoforo e della Misericordia di Venezia"

Nº 4, 2002

 

 


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