I fioretti di Papa Luciani

 

Parte XI

 

 

 

 

 


 

Recuerdos del tío

De cuando era niña guardo solamente pequeños flashes que me recuerdan a mi tío: las breves visitas al seminario o a la Curia, junto a papá y a la tía Nina, en su cuarto lleno de libros, este cura sonriente de larga sotana negra que me ofrecía caramelos, una caricia y se interesaba por lo que yo estaba haciendo...

Sus rápidas visitas a la familia, a las que no renunciaba no obstante estar muy ocupado, los caramelos para nosotros, los chicos, o los primeros helados, siempre acompañados por su sonrisa y por sus palabras afectuosas que trataban de hacernos perder nuestra timidez. Sus risas espontáneas ante nuestras ocurrencias de niños, unidas a sus dulces caricias y a sus palabras siempre alentadoras.

Su presencia en casa por un período más largo, durante su enfermedad, la Misa cotidiana celebrada en la capilla de las hermanas de la escuela, a donde mi hermano Giovanni o yo lo acompañábamos para evitarle el frío de la iglesia grande.

Pero el momento en que comenzó nuestra relación más estrecha fue cuando yo tenía 12 años.

Terminada la escuela primaria, tenía que proseguir los estudios en un colegio nacional, en Fano, en la (Región) Marche. El reglamento establecía que las internas debían ser acompañadas por un pariente cercano, pero mamá había tenido, poco tiempo antes, a otro de mis hermanitos y papá estaba en cama enfermo. Se ofreció él a acompañarme, afrontando el largo viaje con esta chiquilla, su sobrina, que lo conocía sólo hasta un cierto punto. Me parece todavía verlo: llegar a casa, tomar mi valija y tranquilizar a mis padres, no tanto por mi seguridad que se descontaba naturalmente, sino por el hecho de que, no obstante sus muchas ocupaciones, se prestaba con mucho gusto a realizar ese favor.

Su preocupación por hacerme menos pesado el tiempo, que no pasaba más, en el tren, lo llevaba a hacerme notar las cosas más interesantes desde la ventanilla, a preguntar por mí y por mis hermanos, a ofrecerme de beber y comer esos sandwichs que había hecho preparar por las monjas del colegio Sperti de Belluno, donde era capellán. Y aquella figura dulce, de palabras alentadoras, la última que vi antes de comenzar mi vida de colegiala, estuvo siempre presente y, no sólo en el recuerdo, para consolar mi nostalgia de niña, primero, de muchacha, después, lejos de casa por necesidad. Me invitaba a escribirle y él respondía siempre, con consejos, aliento y apreciaciones que hacían sentir todo su afecto paterno por mí. Se interesaba por mis estudios y por mis otras actividades, consolándome cuando algo no iba por el carril adecuado, participando de mi alegría cuando las cosas iban bien.

Me recomendaba que hiciera lo mejor posible, no sólo por mí misma sino también para dar ejemplo a mis numerosos hermanos menores: "¡Tú eres el jefe de la cordada en la escalada de la vida; tienes también responsabilidades hacia aquellos que te siguen...!" Más de una vez, pasando en auto junto con el obispo Muccin, durante su viaje a Roma, donde debía presenciar las sesiones conciliares, se había detenido para un breve saludo, afectuoso, alentador o consolador.

Habiendo pasado a Roma para frecuentar la Universidad, nuestras relaciones se hicieron más estrechas; un día me ofreció una entrada para participar de una sesión pública del Concilio. "Es un hecho extraordinario, - decía - de gran alcance histórico, y de crecimiento para la Iglesia, pero escuchando lo que se dice, podrás también aprender mucho".

Nuestra correspondencia se hacía más frecuente; la mayor autonomía me consentía frecuentarlo más a menudo: no volvía nunca a casa desde Roma sin pasar primero por su casa. También luego de la discusión de mi tesis de láurea, la primera etapa fue en su casa. Sor Vincenza había preparado una torta, estaba lista una botella de espumante y él me hizo fiestas compartiendo mi alegría y diciendo en broma: "Ahora el mundo no tiene más miedo porque tiene un doctor más".

Nuestro afecto recíproco había aumentado cada vez más, y yo había tratado de frecuentarlo el máximo posible, aceptando sus invitaciones, primero en el castillo de Vittorio Véneto y luego en el Palacio Patriarcal de Venecia porque encontraba en él el complemento de lo que me faltaba en mi padre, bonísima persona por otro lado, pero de carácter completamente distinto.

Me gustaba sobre todo su modo de enseñarme las cosas, sin hacerlo notar, hablando en modo casi indiferente de esto o de aquello. Muchas veces, cuando partía de casa para pedirle un consejo, una vez en su casa, yo no veía más la necesidad de hablarle de ello, porque en sus discursos, sin que él lo supiera, me daba ya las respuestas.

Una cosa que me asombraba mucho era su serenidad frente a los problemas, que no se debía a inconciencia, sino a la confianza en el Señor y en su Providencia. Tal vez me confiaba: "tengo muchas dificultades con esto o con aquello... no es fácil ser obispo... tendré que tomar una decisión difícil...", pero luego agregaba: "si hubiera buscado yo este puesto estaría arrepentido de ello, pero no ha sido una elección mía, y la Providencia, que me ha puesto aquí, me ayudará a hacer lo mejor".

Y afrontaba todos los problemas con el máximo empeño como si todo debiera depender de él, pero contemporáneamente con la serenidad de quien piensa que todo deba depender sólo del Señor.

El otro día, mi hija menor me habló de un problema que se refería a una señora conocida nuestra; yo expresé mi parecer. Unos días después, la señora me hizo saber que las mías habían sido sabias palabras y que la habían ayudado mucho. Volviendo a pensar en lo que me había venido espontáneamente a la mente, recordé que, en el fondo, eran palabras del tío y le dije a mi hija para que lo recordara y para que le viniera el deseo de leer acerca de él.

También hoy, por eso, luego de tantos años, me vuelve a la mente su enseñanza y trato de seguirla, no obstante mis límites y mis debilidades.

 

Pia Luciani

para "Amici di Papa Luciani"

 Septiembre 2001

 


 

Monaguillo de don Albino

De chiquilín, he sido monaguillo del entonces vicario de la diócesis, Albino Luciani, a quien volvía a ver de Pontífice a fines de agosto de 1978 cuando concedió la extraordinaria e inolvidable audiencia a los beluneses y vitorienses. 

Fui entre los poquísimos - entonces era jefe del único periódico belunés, "Il Gazzettino" - admitidos al solio pontificio y, en los momentos que me concedieron, tuve la oportunidad de recordar al Papa el servicio prestado en mi infancia y a "mi" párroco, mons. Emilio Palatini, ante cuyo nombre Albino Luciani tuvo una de "sus" expresiones: sonrió y pronunció varias veces el nombre del párroco: "Don Emilio, don Emilio, Belluno... la catedral...".

 

 

Tuve también la suerte de ser el penúltimo en ver el cuerpo sin vida del Papa antes de que la vigilancia vaticana hiciera salir a todos para proceder a la preparación del féretro que ya estaba en San Pedro...

Renato Bona

para "Amici di Papa Luciani"

 Septiembre 2001

 


 

Un sacerdote en simple sotana negra

"Tuve también la alegría de haberlo conocido en persona en 1977 en Venecia (tenía entonces 14 años) donde estuve acompañando a mi padre a la IV Convención nacional de la Associazione Nazionale Insigniti Onorificenze Cavalleresche (A.N.I.O.C.) realizada en Venecia en Ca' Giustinian del 13 al 15 de mayo de 1977.

Recuerdo que, habiéndome encargado mi papá que esperara el ingreso del Patriarca, que debía dirigir un breve saludo a los participantes, yo me lo esperaba vestido solemnemente con los hábitos cardenalicios, como estaba acostumbrado a ver a los obispos, especialmente en mi tierra. En cambio, vi avanzar lentamente desde el fondo de la calle a un sacerdote en simple sotana negra que, llegado casi a Ca' Giustinian, se sacó del bolsillo el solideo y la cruz pectoral y se los puso. Así, estupefacto, comprendí que aquel era el Patriarca que con una sonrisa se hizo reconocer, como un año después, con la misma dulcísima sonrisa se hizo conocer por el mundo entero".

Lorenzo Tommaselli

de "Humilitas"Enero 2000

 


 

¡Oh María Señor!

Recordando a sor Vincenza. A propósito de estampitas, ella contaba de haber pedido a Luciani que firmara alguna para mandar a personas amigas de Vittorio Véneto y de Venecia:

- "Pero, bendita... no se podría para nada, ¿sabe?, porque todo debe pasar por la Secretaría de Estado", respondió el Papa.

Y la monja, en respuesta: "Oh, María Señor, pero ¿no es Ud. quien manda aquí?!"

Sor Irma Dametto

de "Humilitas"Enero 2000

 


 

"Si no lo hacen obispo..."

Recuerdos de don Giuseppe Pierobon, ex párroco de Castion, diócesis de Belluno.

Ante todo, don Giuseppe recuerda a Luciani como profesor de filosofía y dogmática en el seminario durante siete años. Fue también suplente de Historia del Arte, por un año, y al final del año escolar dijo, para alegría de todos: "Los exonero de los exámenes porque como suplente no han aprendido gran cosa de mí... Me basta sólo que recuerden una cosa: ustedes el arte no lo conocerán nunca y cuando sean párrocos no se fíen de ustedes mismos. ¡Consulten siempre a los expertos...!" Una enseñanza más práctica y sabia no podía dárnosla, concluye don Giuseppe. 

Y sigue: "Nosotros, los seminaristas, teníamos una gran confianza en nuestros profesores y superiores del seminario pero, sobre todos, brillaba Luciani, por su simplicidad, humildad y doctrina... y, entre nosotros, decíamos a menudo: Si no hacen obispo a don Albino, quiere decir que la Iglesia ya tiene tantos elementos o porque no conoce a los que verdaderamente valen, porque están ocultos". Por eso, el nombramiento de Luciani como obispo estaba previsto y era esperado también por los seminaristas del seminario.

Las relaciones entre Luciani y don Giuseppe se multiplicaron con su nombramiento como arcipreste de Castion. No era fácil suceder a mons. Giuseppe Da Corte, pastor inolvidable por más de veinte años. Era, por lo tanto, natural la preocupación de los parroquianos y sus ansias por conocer a su sucesor. Hasta una representación de la parroquia fue a la Curia a ver al vicario Luciani quien la acogió benévolamente. Pero advirtió enseguida: "Si vienen a presentar los problemas y exigencias de la parroquia, estoy contento... Si, en cambio, vienen para influenciar en el nombramiento y hacer presión por alguno, esta es la vía más segura para excluirlo". La representación de Castion se fue admirada de haber encontrado en el vicario a un hombre de claridad y fortaleza.

Cesare Vazza

de "Humilitas"Octubre 2000

 


 

Testimonios desde la diócesis de Vittorio Véneto

 

 

Pan dulce y botella

Ernesto Modolo, de Conegliano, vio llegar a mons. Luciani con pan dulce y botella en ocasión de las festividades natalicias. "En aquellos tiempos - explica - era policía municipal en Conegliano. Una mañana, a las siete y media, llegó un auto en el cual estaba él y su secretario. Al principio, no lo había reconocido; él bajó la ventanilla, le besé el anillo, nos deseamos felicidades uno al otro. Era la primera vez que un obispo les llevaba el pan dulce a los policías municipales.

El mundo del arte

También la pintora Gina Roma, de Oderzo, puede contar los recuerdos particulares que han visto al entonces Patriarca de Venecia llegar a la inauguración de sus muestras en la ciudad lagunar. "Había conocido a mons. Luciani - subraya - en Vittorio Véneto con motivo de una convención que había organizado para hablar de arte sacro. Estaban presentes arquitectos, escultores, pintores; yo era la única mujer que intervenía. Él se sentó cerca de mí y hablamos con mucha simplicidad del mundo del arte".

La importancia de las mujeres en la Iglesia

Y justo la valorización de la presencia de los laicos y de las mujeres en el interior de la Iglesia ha sido siempre una prioridad para el futuro Papa. "En los tiempos de su episcopado, explica Rita Biz, de Orsago, - era una joven dedicada a lo social. Es así que nació el consejo pastoral diocesano. El obispo había pedido que se expresaran dos nombres para cada asociación y para la ACLI fue dado mi nombre y el de un ingeniero. En el momento decidir, mons. Luciani me eligió a mí diciendo que era necesario que las mujeres empezaran a colaborar en la Iglesia".

Pagó por culpas que no eran suyas

«Era una persona extraordinaria - concluye Gianni Cella, de Pieve di Soligo - que, sin embargo, ha vivido momentos de extrema amargura. Recuerdo su rostro tristísimo cuando lo vi llegar en julio de 1962 a Forno di Zoldo a la casa alpina de la diócesis. Estaba viviendo las penas del infierno porque había sido obligado a vender aquella casa para hacer frente a un crack financiero en el que había terminado un sacerdote que había sido engañado. Con tal de no dar lugar a críticas, también en esa ocasión tuvo la capacidad de pagar por culpas que no eran suyas».

Gerda De Nardi
de Il Gazzettino 26/08/98

reproducido por "Humilitas", Julio 2001

 


 

Profecías, profecías, profecías...

 

El honorable Lino Innocenti, de Conegliano, estuvo junto a mons. Luciani en la víspera de su elección papal. "Entonces era senador - afirma - y durante la semana del cónclave me encontraba en Roma. Lo encontré y hablamos del hecho de que los periódicos habían anunciado que él sería el nuevo Papa. Me dijo que la noticia era infundada y que si eso llegara a pasar, para él sería una tragedia. Yo respondí: "No se preocupe, no lo harán nunca Papa". Era martes y el sábado recibí la noticia de que se había convertido en pontífice".

También Tiziano Daltin, de Susegana, se encontraba en Roma en aquel período. "Encontré a Luciani en los jardines vaticanos antes del cónclave. Me dirigí a él diciendo: "Aquí está el futuro Papa". Él se puso a reír y luego bromeamos un poco sobre esta afirmación mía". 

Gerda De Nardi
de Il Gazzettino 26/08/98

reproducido por "Humilitas", Julio 2001

 


 

De los recuerdos de don Aldo Barbon, sacerdote de la diócesis de Belluno.

 

"Trátalo bien!"

 

Don Aldo ha frecuentado también la Universidad Lateranense de Roma, mientras era párroco en Valle di Seren. En la Universidad, un buen día, encontró también a mons. Luciani, obispo de Vittorio Véneto, que conversaba afablemente con el Rector Magnífico, mons. Antonio Piolanti.

Se maravillaba don Aldo de esta relación familiar que tenían entre ellos, como amigos, pero, sobre todo, como hombres de elevada cultura.

Entre el ir y venir de tantos sacerdotes de varias nacionalidades, Luciani vio también a don Aldo, lo llamó y lo presentó al rector: "Mira, este era un alumno mío del seminario de Belluno. ¡Trátalo bien...!" Y Piolante, seguro, le respondió: "Tú sabes que no depende de mí, sino que depende sólo de él". 

 

"Aquel curita es obispo de Vittorio Véneto"

 

Cada tanto, don Aldo va a visitar su pueblo y a sus parientes de Scorzè. Un joven que conocía bien, se le acercó lleno de entusiasmo para decirle: "Tengo que traerte los saludos de un profesor tuyo que he encontrado por casualidad en un vaporetto en Venecia. Se llama don Albino... un curita cordial, simpático. Hemos hablado juntos un rato largo...". Y don Aldo, sonriendo, responde: "Gracias... pero, ¿sabes que ese curita es obispo de Vittorio Véneto?"

Sorprendido e incrédulo, aquel joven no hablaba más... ¡No quería creer en eso absolutamente! Pero, volviendo a pensar en ello, ahora entendía mejor su modo de proceder y de hablar... "¡Era un verdadero señor!", dice, todavía confundido. Y habría ido a verlo a Vittorio Véneto para disculparse del poco tacto que había tenido. 

 

"No es digno para Venecia..."

 

Desde 1973, don Aldo es defensor del vínculo ante el tribunal eclesiástico del Trivéneto y cada tanto tiene que ir a Venecia. Se encuentra con tantas personas y se encontró también con un viejo canónigo de San Marcos que le cuenta un episodio extraño para él. "He visto, a la mañana temprano, al Patriarca Luciani in nigris, como un simple cura, que iba por los campielli (n.d.t.: campitos = placitas) de Venecia, a paso veloz... saludaba a todos, sonreía a todos y cada tanto se paraba para hablar con alguien. Pero, ¿es una broma? No es digno para Venecia ver así al Patriarca, sin un signo, una cruz, una faja roja".

Este viejo canónigo estaba casi escandalizado... No conocía todavía el estilo de Luciani, su simplicidad y naturaleza. Sobre todo, no conocía su pasión de estar entre la gente, sin distinguirse, humilde entre los humildes. 

 

Cesare Vazza

de "Humilitas"Octubre 2001

de Il Gazzettino 20/12/2001

 


 

Recuerdos de don Roberto Busa.  Nacido en 1913, es un jesuita que, de joven, quería ser misionero y se ha convertido en uno de los pioneros de la informática a nivel mundial. Ha sido compañero de seminario de Albino Luciani.

 

"¡Lástima por las chicas!"

«Soy 100% de raza alpina - dice - mis orígenes están en Calalzo de parte de mamá y en Asiago de parte de papá. En tercer grado de la primaria, mi padre fue transferido a esta provincia: yo iba a la escuela al liceo del seminario de Lollino y en IV grado de la primaria estaba en clase con Albino Luciani, éramos amigos, salíamos juntos y para las chicas era una lástima que hubiéramos decidido hacernos sacerdotes». 

Del "Corriere delle Alpi", 13 de octubre de 2001

 

"Tenemos como Papa un buen párroco de campaña"

Luego de haber catalogado millones de palabras, ¿comparte la idea de que el lenguaje sea un empobrecimiento del pensamiento como decía Prezzolini?

«En algún aspecto es verdad porque en el lenguaje hay características diferentes. El pensamiento es una síntesis, el lenguaje es secuencial, un fonema después de otro. Me viene en mente el Papa Luciani. Hemos estado juntos en el seminario cinco años. Y bien, él tenía una gran capacidad de lectura pero se expresaba con una simplicidad tal que todos lo entendían. No usaba palabras rimbombantes. Cuando lo eligieron, alguien dijo: "Finalmente tenemos como Papa a un buen párroco de campaña».

Párrafo de una entrevista

"Missione Salute on line", 6/2000

 


 

Recuerdos de Iria Tancon, pariente brasileña de don Albino.

 

"Este nombre ya lo había oído"

 

«Tenía 27 años y, luego de laurearme - recuerda Iria - una gran curiosidad por el Santo Sudario me llevó a Roma, invitada por el Centro de Sindonología de monseñor Giulio Ricci. Llegué a la capital el 16 de marzo de 1978, el día del secuestro de Aldo Moro. Fue impresionante el primer impacto con la ciudad desierta, habitada sólo de policías. Era la primera vez que un hijo de emigrantes volvía a Italia. Cuando partí, mi padre me entregó fotografías y postales que durante años había recibido de Bortola Tancon, su prima y madre de Albino Luciani».

 

- Entonces, los Dolomitas, ¿los había visto ya?

 

«Nuestra casa era grande, con amplias paredes: en una de ellas, mis padres habían pegado postales con las montañas. Estaban las casas del Valle del Biois, los pueblos. Y luego las fotografías con los rostros de parientes desconocidos. El muro estaba lleno».

 

- ¿Cómo se puso en contacto con Albino Luciani, Patriarca en Venezia y luego Papa?

 

«En el Centro de Sindonología yo era huésped y daba una mano en lo que podía. Había que enviar a todos los obispos de Italia un folleto y yo tipeaba con la máquina las direcciones en los sobres. Escribo el nombre de Albino Luciani y, como si fuera un relámpago, pensé "este nombre ya lo había oído". Estaba escrito detrás de una de las fotos que papá me había dado».

 

¿Y qué cosa había escrita?

 

«Era una foto de Luciani , joven seminarista, que Bortola había enviado a mi padre. "Queridísimo primo - decía - reza por tus sobrinos: en Pascua, si Dios quiere, Albino dirá la primera Misa. Reza para que sea un santo sacerdote". Escribí, empujada por Mons. Ricci, al entonces Patriarca de Venecia. Me respondió enseguida. Y lo encontré para el almuerzo en Forte Boccea en mayo de 1978».

 

¿Qué recuerdo tiene de aquel encuentro?

 

«La sensación que tuve fue la de hablar con quien se conoce desde siempre. No infundía ningún temor. Quería saber de mi familia. Me puso en contacto con su hermano Edoardo, el tío "Berto", que me acogió verdaderamente como un padre en Canale d' Agordo».

 

De "Il Gazzettino", 28 de octubre de 2001

 


 

Recuerdos de don Alfonso, sacerdote de Venecia.

 

"Pero, ¿quién es el Patriarca, tú o yo?"

 

En Venecia, hay todavía un fraile que recoge el pan para los pobres con la alforja al hombro por la mañana y la pelota por la tarde para jugar en el oratorio con los chicos de Castello. Es el padre Alfonso, conocido por chicos y grandes, jóvenes y ancianos, gran amigo del Cardenal Luciani en el período de su permanencia en Venecia.

 

Cuando el Patriarca Luciani tenía necesidad de retirarse en silencio y soledad, iba al convento de los frailes de la Vigna. El padre Alfonso tenía el deber de acompañarlo del Palacio Patriarcal al convento y viceversa. En el trayecto, todos saludaban... "¡Hola, Alfonso, hola Alfonso!" y el Patriarca, intercalando los saludos con su acostumbrada sonrisa bondadosa, decía: "Pero, ¿quién es el Patriarca? ¿soy yo o eres tú?". 

 

Un Cardenal en el piso... para hacer la limpieza

 

En el mes de agosto de cada año, el Padre Alfonso va a Roma al convento de los frailes para ayudar en la cocina y para descansar un poco.

En el año de la elección del Card. Luciani a Papa, el padre Alfonso estaba, como de costumbre, en Roma en agosto y, sabiéndolo en Roma, el Patriarca lo llamaba a menudo para un poco de compañía y para alguna comisión.

Una tarde, a la hora 15, el padre Alfonso llega y el Patriarca quiere ofrecerle un café, pero, en el momento de tomar la deliciosa bebida, la tacita se da vuelta y termina en el piso. Grande estupor para el padre Alfonso y para los padres agustinos donde el Patriarca era huésped. De un salto, el Patriarca se precipita, toma un trapo y limpia el piso diciendo: "Hay que estar siempre atentos también en estas simples cosas porque somos huéspedes". Era su estilo. Decía siempre a quien quería ayudarlo. "¡Yo soy camarero de mí mismo!". 

"Al dentista en autobus"

Algún día antes de entrar al cónclave, el Patriarca advierte un fuerte dolor en un diente (estaba tratándose en Venecia con el doctor Pesenti). Llama enseguida al padre Alfonso para que lo acompañe a un dentista. Los padres agustinos aconsejan un médico en Sacrofano. El Patriarca y el padre Alfonso van con el autobús y, avisado el médico de la llegada de ellos, está listo para atenderlo pero con una sorpresa: hay que curar o extraer el diente. 

El padre Alfonso le aconseja: "Eminencia, tome ahora algún calmante, lo hará cuando regrese a Venecia". El Patriarca escucha el consejo del fraile y pide al médico que obture un poco el diente para luego curarlo en Venecia y así sucedió. Al acompañar al Patriarca a la puerta del cónclave, el padre Alfonso le recomienda que tome la medicina para el dolor del diente, en tanto, susurra, en unos días nos volveremos a ver en Venecia. En cambio, para sorpresa de todos, se convirtió en Papa. Gran alegría y un poco de tristeza para el padre Alfonso, porque no le iba a poder estar tan cercano como lo había estado hasta su entrada en el cónclave. 

don Ettore Fornezza

de "Humilitas"Octubre 2001

 


 

Cosa vieja para abolir

 

Una chica de Rovigo tuvo la ocasión de encontrar al entonces Patriarca de Venecia, Albino Luciani, para poder hablarle libremente. Tomó suficiente coraje y le preguntó: "Eminencia, ¿no le parece que este modo de dirigirme a usted, también este título (Eminencia) sea una cosa vieja que habría que superar y abolir?". Tranquilamente, el Patriarca respondió: "Tú continúa llamando a las personas con el título que se usa, con su nombre importante; tocará luego a ellos, a estas personas que lo llevan, lograr llevarlo con dignidad y verdad". 

 

don Licio Boldrin

de "Humilitas"Enero 1997

 


Párrafos de una entrevista a mons. Anthony F. Mestice, obispo auxiliar de New York.

Una bella lección pastoral

(...) "Oh, Juan Pablo I, gran Papa, manso y humilde, tengo un querido recuerdo de él". (...) "Lo vi una sola vez, el 21 de septiembre de 1978, cuando un grupo de obispos americanos, en su visita ad limina, tuvo una audiencia especial con él". (...)

"Terminado su discurso, el Papa nos preguntó a nosotros, obispos, si teníamos alguna pregunta que hacer. Y nosotros estábamos cada vez más admirados y maravillados ante esta humildad y simplicidad del Papa, que quería prolongar la audiencia con nuestra participación, con nuestras intervenciones. En el aula dominaba un silencio de estupor y de espera. Finalmente, un obispo se levantó y preguntó: "Santidad, díganos algo de su experiencia como obispo en Vittorio Véneto y Venecia... ¿Qué debemos hacer para ser verdaderos pastores y obispos en el mundo de hoy?". En este punto, el Papa pide la ayuda de un intérprete, de uno que sepa italiano. Y se levanta justo él, el obispo auxiliar de New York, Mons. Mestice, que traduce para el Papa del inglés al italiano, y para los obispos, del italiano al inglés. "Fue para mí una responsabilidad y un gran honor estar al lado del Papa". Ahora bien, es interesante la respuesta del Papa: "Como obispo, cada domingo, iba a una parroquia y hablaba en todas la Misas. Me encontraba con la gente, visitaba con el párroco a alguna familia donde había algún anciano o enfermo... Así el domingo era siempre, para mí, una novedad. Un apostolado menudo. Para nosotros obispos, vale más el encuentro personal con la gente que nuestros grandes discursos". Un fuerte aplauso coronó esta respuesta del Papa que sonreía modestamente.

Comentó Mons. Mestice: "Fue para nosotros una bella lección pastoral". Y continúa: "Antes de dejar la audiencia, el Papa quiso posar con cada obispo en particular, mientras nosotros nos hubiéramos conformado con tener con él una foto de grupo. Yo he sido el último en ser fotografiado con el Papa, que me felicitó por mi "pobre" italiano, agradeciéndome tanto por haberlo ayudado". (...)

Cesare Vazza

de "Humilitas"Enero 2002

 


 

Un acto de valor

 

Le había sucedido que, teniendo que parar el auto en un semáforo rojo, salieron de una vecina hostería dos hombres; habían empinado un poco demasiado el codo, teniendo tal vez la garganta seca por la mucha sed; estos, viendo en el auto a dos curas, empezaron a blasfemar en modo violento y desconsiderado sin ninguna intención de querer parar. El obispo se bajó, se acercó; pero ellos, adivinando lo que "aquel cura" hubiese podido decir, respondieron gritando:

 

- Estamos en democracia; los curas no mandan más...; es hora de terminarla; adiós sueños de gloria... a trabajar todos...

 

En aquellos días, había escrito una "Carta" a los diocesanos para invitarlos a hacer de todo para eliminar la blasfemia, afirmando que ella es "síntoma externo de enfermedad interna".

 

don Francesco Taffarel

de "Humilitas"Enero 2002

 


 

"¡Fume!"

 

"En 1967, me encontraba con mons. Sartori en la Mendola para una semana de estudio sobre el ecumenismo. Estaba también él, entonces obispo de Vittorio Véneto. Un día me preguntó si podía acompañarlo a visitar a la sobrina Pía, internada en el hospital en Belluno. Durante aquel viaje nació nuestra amistad. Me quedaron en la memoria algunos detalles que iluminan su carácter de hombre bueno.

Me había hablado de su salud, de las intervenciones quirúrgicas y de los problemas en las vías respiratorias. "Pero, ¿usted no fumaba, don Ilario?", me preguntó de golpe. "Sí, excelencia - respondí - pero pensé que le molestaría...". "Por favor, ¡fume!", dijo entonces. Eso, tenía siempre el temor de molestar o de disgustar a quien tenía a su lado".

 

Los sobrinitos del obispo

 

"Luego de la visita a la sobrina, quiso ir a Canale d' Agordo, su pueblo, a casa del hermano que entonces era vice-alcalde. A la noche, nos quedamos allí y quiso por todos los medios cederme su habitación. "Yo dormiré con los pequeños", insistió. Así, aquella noche, los cinco (¿o seis?) sobrinitos durmieron con el tío obispo: una fiesta para ellos, una alegría para él. En la modesta habitación de aquella casa de montaña (recuerdo una cama vieja, tal vez la que había sido de su madre, y el jarro con agua), no lograba dormirme; del otro lado, hasta tarde, el tío Albino contaba viejas historias a los chicos, con su voz sonriente y dulce que el mundo entero, algún año después, habría conocido".

 

don Ilario Sabbadin

(de "La difesa del popolo", 27.09.81)

de "Humilitas"Enero 2002

 

 


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