Artículos de la prensa argentina

( Parte I )

 

"Clarín", 27 de agosto de 1978

 

 

Un Patriarca que andaba en bicicleta

 

El perfil humano de Albino Luciani se dibuja sólo con escuchar y transcribir el relato de quienes lo conocen. Insólito medio de transporte preferido : la bicicleta. Cualidades predominantes : una bondad a toda prueba, sencillez y simpatía desbordantes. Profundo estudioso, juega a las bochas, es diplomado en la Gregoriana de Roma y en los días de vacaciones trabajaba en el campo ayudando a los suyos. Nació el 17 de octubre de 1912 en Forno di Canale. Tiene dos hermanos y trece sobrinos. Adversario del aborto y del divorcio, sus ideas son tajantes y, generalmente, va directamente al grano.

 

¿ Cómo es este pastor que deberá guiar a una multitud católica de 750 millones de personas ? Las primeras radiofotos con su rostro lo muestran sonriente, cálido. De estatura no sobresaliente, más bien pálido. Los que lo conocen y trataron de cerca dicen que habla poco y es directo cuando debe abordar un tema en particular. Va al grano. Uno de sus tantos amigos, Pedro Arrupe, hace hincapié en su rica sensibilidad social y, en especial, en su experiencia personal.

Porque Juan Pablo I comenzó siendo un alumno modelo para, con el tiempo, ser un modelo de docencia pastoral. "Hacía deberes muy largos, de 10 a 12 páginas y demostraba tener una cultura superior", dice don Giulio Gaio, quien fue su maestro en el Seminario de Feltre, Belluno. Corría el año 1927 y el joven Albino Luciani, con 14 años, obtuvo las siguientes notas en sus estudios : Francés 7, Religión 8, Historia 10, Aritmética 7, Geografía 10, Latín, Griego e Italiano 7,5. El tiempo y cómo no perderlo aprovechándolo al servicio de Dios fue una de sus actitudes ante la vida. Fue así como desde el comienzo de su sacerdocio se inclinó por la enseñanza. Y lo hizo con la ternura y la sencillez que lo caracterizaron siempre. La bicicleta fue su medio de transporte ideal. Recorría con tesón las aldeas italianas en ese medio de transporte que no abandonó nunca, ni siquiera cuando fue - hasta ser consagrado Papa - Patriarca de Venecia. Ninguno de los venecianos que, quizás sorprendidos, vieron al padre Luciani en su bicicleta  por la ciudad olvidarán jamás esas escenas.

Juan Pablo I no hace muchos gestos al hablar (algo típicamente peninsular) sino que acompaña suavemente el movimiento de sus manos con las palabras. Se diría que el nuevo Papa practicó desde siempre la alegría de vivir. Incluso en sus gustos : cuando va de vacaciones juega a las bochas, prefiere la comida sencilla y sin condimentos, no gusta de protocolos ni ceremonias. Cuando era Patriarca de Venecia no quería escoltas y se las arreglaba para salir solo. Los dueños de una casa de comidas situada en Pietralba, al norte de Italia, sostienen que Juan Pablo I "come como un pajarito, pero éso sí ... habla mucho, hace bromas, es muy simpático". La dueña del restaurante hizo un agregado con los ojos llenos de lágrimas : "El nuevo y amado Papa se aparta de su simplicidad en las comidas en una única cosa, le gustan las nueces".

Tres estrellas reflejadas sobre un fondo azul y montañas que recuerdan aquéllas, las del Agordino (donde nació) son los símbolos del escudo de Albino Luciani, obispo. Están dibujadas bajo el nombre de San Marcos y sobresale el mismo león que aparece en el escudo de Juan XXIII, para indicar el origen común del Patriarcado de Venecia. En cuanto a su familia, el Papa Juan Pablo I tiene un hermano, Berto Luciani (padre de once hijos) y una hermana, Nina, casada con un albañil (madre de dos hijos y radicada en Santa Giuliana di Levico, en la región de Trento). "Berto todavía vive en la casa paterna, en Canale D'Agordo", señaló uno de los colaboradores venecianos del Papa.

De temperamento sereno, amigo de anécdotas y bromas, Juan Pablo I es de esas personas de las que se dice que uno disfruta estando a su lado. Su voz es fuerte, potente, pero jamás la utilizó para ser autoritario. Es un hombre sabio que, por su natural humildad, sabe no demostrar lo mucho que sabe. Y precisamente el lema del nuevo Papa es Humilitas, es decir, humildad como forma de vida personal, como actitud ante la vida. La misma humildad que utilizó hace años cuando ejercía la docencia o la que mostraba manejando su bicicleta y ya siendo Patriarca de Venecia. Su rostro se ve marcado por rasgos fuertes, su mirada es penetrante y tierna al mismo tiempo. El nuevo Vicario de Cristo ya tiene nombre y presencia en el mundo. Responsabilidad que Juan Pablo I adoptó con humildad y alegría, con una sonrisa plena saludando desde San Pedro a la multitud que ve en él al humilde gran hombre de la esperanza.

 

Luis Mazas

 

 


 

Revista "Radiolandia 2000", agosto de 1978

 

"Queremos paz y un orden nuevo, más justo y más sincero"

(Impresiones de un periodista en la Plaza de San Pedro, el 26 de agosto de 1978)

 

 

ROMA, por Natalio Gorin. Fotos : Carlos Fraga (enviados especiales de R.2000).

 

Sábado 26 de agosto de 1978. Un día imborrable para la historia de la Iglesia. Para los romanos. Para los miles de fieles, peregrinos y turistas reunidos en la plaza de San Pedro. Y para mí.

Sí, para mí. Lo digo sin vergüenza. Porque acaso como nunca, en este momento, comprendo el valor que tiene el enviado especial de una publicación argentina, en función del relato - con ojos argentinos - de un acontecimiento mundial.

Eran las seis y cuarto de la tarde. Alguien gritó "Fumata !". Y todos, descreídos, miramos hacia el techo de la Capilla Sixtina. Era verdad, pero también sorpresa, porque el humo "debía" salir después de las siete, según los horarios. Algo estaba ocurriendo. Los corresponsales nos miramos. Medité : puede haber Papa en el tercer escrutinio, es muy temprano para el cuarto (la Constitución Apostólica para la elección de los Papas indica dos escrutinios por la mañana y dos por la tarde).

Sentí que desde todos los rincones de la plaza emergía un nerviosismo generalizado. Creo que sería mejor decir emoción. Miré en derredor. Varias monjas rezaban. Los romanos discutían en voz alta : "Il fumo è bianco"; "No, è nero". Todos tenían razón. La fumata del mediodía había sido de un negro intenso, indiscutible. Ahora era distinto, porque el sol estaba detrás de la Basílica de San Pedro y los contrastes de luz no ayudaban.

Me encontré con un colega argentino : "La televisión acaba de informar que es blanco; pero la radio se pasó, ¡ dijeron gris !". Nadie se movía en la plaza. Con razón. Seguía saliendo humo. Viejos periodistas italianos, con dos o tres "fumatas" en sus canas, también estaban inquietos : "La fumata è più larga, grande". Había que esperar. La única información oficial, según la misma Constitución Apostólica, la daría (o no, de no abrirse el balcón central de la Basílica), el cardenal protodiácono Pericle Felici.

Por fin, exactamente a las 19.18, un rumor que, en apenas segundos, se convirtió en gritos, aplausos y vivas al Papa, envolvió el ámbito de la imponente plaza de San Pedro. Las cortinas del balcón central se corrieron. Primero vi al portador de la cruz. Después al cardenal Felici. "Habemus Papam", dijo en latín. No podía medir el tiempo. Me pedía tranquilidad : imposible. Enseguida colocaron el escudo papal en el balcón.

Y apareció el Papa. Segundos antes había escuchado decir al cardenal Felici que se llamaba Albino Luciani, que era el patriarca de Venecia y que, de ahora en más, sería "Giovanni Paolo Primo" (Juan Pablo I). Vi su figura, su gesto sereno y, de pronto, me di cuenta de que estaba aplaudiendo con una emoción inédita. Pero no era el único. Los colegas italianos tomaban apuntes con lágrimas en los ojos. Mucha gente caía de rodillas siguiendo la primera bendición ("Urbi et Orbi") de Juan Pablo I.

 

 

 Alguien me tomó del brazo. Era Elisa Marroco, enviada especial de la revista "Vosotras". "¿ Cómo contamos ésto ?". No sé, le dije, ahora estoy temblando y tengo un nudo en la garganta. A ella le pasaba lo mismo. A ella y a todos. En ese momento pasaron varias figuras por mi mente. Mis seres queridos. La redacción de Radiolandia 2000. Y terminé agradeciéndole a esta bendita profesión el haber podido vivir este día inolvidable, imborrable, eterna.

 

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u "La Iglesia vive"

 

 Es inevitable. Por éso, en las últimas líneas, quiero volver al sábado 26 de agosto. Porque todavía resuenan en mis oídos las campanas de Roma, anunciando al mundo la elección de un nuevo Papa ... Sí, repiqueteaban las campanas, acaso como acompañando unas ya históricas palabras que pronunciara Paulo VI en 1965 :

- La Iglesia ama; la Iglesia sufre; la Iglesia canta; ¡ LA IGLESIA VIVE !

 


 

Revista "Siete Días", 31 de agosto de 1978

 

"Habemus Papam" (I)

 

 

Dos religiosas jóvenes doblan corriendo por Via della Conciliazione, la gran avenida que une el Vaticano con la ciudad de Roma. Corren los turistas de todas las nacionalidades (europeos, africanos, americanos, asiáticos) con sus máquinas fotográficas al cuello y sus indumentarias coloridas. Corren los simples habitantes del "Borgo", antiquísimo barrio popular que se agarra al Vaticano como un coral a la roca, y que se siente ligado al Santo Padre en una relación casi familiar.

Un ómnibus, que tiene que atravesar una bocacalle por la multitud, provoca el inicio del embotellamiento en serie. La policía, con sus receptores-transmisores portátiles, trata inútilmente de dar cierto orden a la circulación. El tránsito enloquece. El que puede, estaciona su automóvil o baja del ómnibus y continúa a pie, uniéndose al resto de la gente emocionada, curiosa. Alguien grita : "Corri a San Pietro. L'hanno eletto".

En último plano, cerrando la escena como una grandiosa escenografía, la silueta majestuosa y gris del más grande templo de la cristiandad : la basílica de San Pedro. A la altura del ventanal, una sutil franja encarnada : son los cardenales con sus hábitos púrpura. Uno de ellos, el protodiácono Pericle Felici, anuncia a la muchedumbre, que cubre ya casi toda la plaza delante de la basílica, la buena nueva : "Annuntio vobis gaudium magnum : Habemus Papam. Eminentissimum ac reverendissimum dominum, dominum Albinum, Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Luciani qui sibi nomen imposuit Iohannis Pauli Primi" ("Os anuncio una gran alegría : tenemos Papa. El eminentísimo y reverendísimo señor, señor Albino, Cardenal de la Santa Romana Iglesia Luciani, que ha tomado el nombre de Juan Pablo I").

Apenas poco más de diez minutos y aparece el nuevo Pontífice. Son las 19.30. Las manos del Santo Padre se alzan para impartir su primera bendición "Urbi et Orbi", es decir, a Roma y a mundo entero. La voz se quiebra por la inocultable emoción mientras pronuncia en latín las primeras palabras de la fórmula : "Con la autoridad de Pedro y Pablo ..."

El nuevo Papa tiene un ligero acento veneciano. Y alguien, junto a nosotros, en medio de la multitud, arriesga ya la comparación (que enseguida se generalizará) con Juan XXIII.

 

Fernando Elenberg

(Corresponsal en Roma)

 


 

Revista "Gente", 31 de agosto de 1978

 

"Habemus Papam" (II)

 

"Los periodistas estuvieron muchas veces junto a Albino Luciani, pero no le hicieron ninguna foto, ninguna pregunta, simplemente porque no figuraba entre los candidatos"

 

El humo es negro. No, yo lo vi blanco. Fue muy confuso, parecía gris.

Nadie dejaba de opinar, de mirar hacia la famosa chimenea.

Eran las 18.24 minutos en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Ni una pizca de aire circulaba en la tarde más agobiante del verano romano. Aproximadamente 100.000 personas buscaban desesperadamente la sombra de las columnatas de Bernini, o giraban con el hilo de frescura que proyectaba la pirámide egipcia del centro, o aliviaban su cabeza en el agua de las dos fuentes.

Radio Vaticano reflejaba en ese momento la misma confusión, la misma incertidumbre.

La cadena de "Mundovisión" había clavado las cámaras en esa fumata dudosa que se prolongó - con interrupciones - durante más de 20 minutos. A pesar de las modificaciones que sufrió la vieja estufa de hierro de la Capilla Sixtina para esta ocasión (ya no fue alimentada con paja húmeda, viejos ejemplares de "L'Osservatore Romano" y madera de nogal, sino que se usaron combustibles químicos), ofreció la misma desorientación que cuando fue electo Juan XXIII o Pío XII.

Durante 50 minutos la duda perduró en la Plaza de San Pedro. Pero ninguna de las 100.000 personas se movió. "No puede ser, es demasiado rápido", decían unos. "Es ya muy de noche", decían otros. Sin embargo, varios indicios los retenían : nunca una fumata había sido tan larga, y una de las ventanas internas de la Capilla Sixtina se abrió, en señal de que el cónclave había terminado.

A las 19.17 minutos, un rugido, una exclamación recorre la plaza : la ventana mayor de la Basílica de San Pedro - la del balcón -se abre. Alguien prueba el micrófono : su funcionamiento es claro y perfecto. Ya no hay dudas : el Papa ha sido electo.

Una impresionante ovación recibe a los 110 cardenales que - vestidos de blanco y rojo - se asoman a las otras ventanas, las que están al costado del ventanal mayor.

Son las 19.27 minutos en Roma. Cuatro hombres cuelgan del balcón el inmenso y soberbio emblema papal.

La voz del cardenal Pericle Felici es escuchada en medio de un silencio que no necesitó de órdenes. "Annuntio vobis gaudium magnum : Habemus Papam". No puedo explicar lo que fue el delirio en ese momento. Sonaron las campanas de toda Roma. Los poderosos reflectores ubicados en lo alto iluminaron toda la fachada de la Basílica, dándole un aspecto de fiesta. La gente saludaba con pañuelos, con sombreros, con libros, con diarios, con carteras. Nadie pudo oír cuando el cardenal Felici anunció el nombre del nuevo Papa. ¿ Quién es ? ¿ Quién es ?, se preguntaban todos. Y el vendedor de un ejemplar atrasado de "L'Osservatore Romano", que publicaba la cara de los 111 cardenales asistentes al cónclave - y que, hasta unos minutos antes, bostezaba inactivo - era prácticamente sepultado por los curiosos.

La elección, sin dudas, tomó de sorpresa a todos. Jamás figuró el nombre del nuevo Papa, entre los "papables" que se barajaban en los últimos diez días.

"Es de Venecia, es de Venecia como Juan XXIII", gritaban unos. "Tiene 66 años. Buena edad", descubrían otros. "Linda cara. La cara de un verdadero pastor", murmuraba a mi lado la hermana Antoniette Mensah, venida especialmente desde Calabar, en Nigeria, para esta elección.

Y los periodistas, en ese mismo momento, pensaban seguramente en la ironía de haber visto pasar muchas  mañanas al nuevo Papa por los jardines del Palacio Vaticano - rumbo a la Congregación - y jamás una foto, jamás una pregunta, simplemente porque no figuraba entre los 10 o 12 favoritos a la Rosa pontificia.

La formación especial de la guardia suiza inicia ahora un desfile en medio de la plaza, entre corredores que se le han abierto con pesadas vallas. Hacen sonar sus tambores, y han cambiado ya el uniforme de luto : es su forma de reverenciar a su nuevo monarca.

Son las 19.42 minutos de un rojizo crepúsculo romano, cuando la cruz pontificia se asoma por el balcón mayor de la Basílica de San Pedro.

El momento es de una emoción indescriptible.

El hombre que viene detrás de esa cruz, sonríe. Casi sin poder controlarse. Levanta algunas veces las dos manos. Otras, una sola. Otras las junta como en un rezo. Parece saludar a algunos amigos. Baja la cabeza y parece querer abrazar a todos, asomándose más de lo debido al borde del balcón. El pequeño cubrecabeza redondo se le desliza y él se ríe mucho cuando alguien lo ayuda a ubicarlo.

Son los gestos de un hombre emocionado, sorprendido, acaso confundido de semejante recibimiento.

Alguien - muchos - lloran a mi lado. Se arrodillan. Gritan : "¡ Viva el Papa !"

Pero el silencio vuelve a ser impresionante cuando le acercan el micrófono.

Y es así como el mundo entero, a través de esa voz cálida - y de claro acento véneto, según los entendidos -, esa voz que se quiebra repetidas veces por el llanto, recibe la primera bendición "Urbi et Orbi" del nuevo Papa de la Iglesia Católica.

Cien mil voces contestan "Amén" por tres veces.

Albino Luciani, nacido hace 66 años en Forno Canal d'Agordo, un pueblito campesino de 1.000 habitantes, en la provincia de Belluno. Albino Luciani, el hombre que alguna vez dijo : "Si no hubiera sido obispo, habría querido ser periodista".

Albino Luciani, en fin, el Pontífice número 263 de la Iglesia Católica, tomaba el nombre de Giovanni Paolo I.

Juan Pablo I.

Acaso una definición, y también un compromiso : el de la continuidad de ideales de los dos gigantes que lo precedieron : Juan XXIII y Paulo VI. Diez minutos después de haberse retirado, el fervor de la multitud obligó a Juan Pablo I a asomarse nuevamente al balcón.

Ya las ediciones extraordinarias de "L'Osservatore Romano" - no más con la franja negra en la tapa sino ahora con la amarilla - y las de "Il Tempo", circulaban ansiosamente por la plaza. ¿ Excesiva rapidez y eficacia ? ¿ Prioridad en la información, con respecto del resto de los 857 periodistas presentes ? Nadie pudo responder a esta pregunta. Y a nadie parecía importarle, tampoco.

Porque Juan Pablo I, el sucesor de San Pedro, electo por unanimidad en el tiempo record de 26 horas - y después del tercer escrutinio - sonreía en la plaza que ahora ha vuelto a vestirse de fiesta.

Juan Pablo I. Por primera vez en la historia, un pontífice adopta dos nombres.

Juan Pablo I. Roma tiene ya de nuevo obispo. Cristo, su vicario. La Iglesia Católica, su pastor.

Y el mundo - el mundo creyente o no, rebelde o escéptico - encontraba nuevamente su punto de referencia.

Por éso sonaba tan linda su voz en este anochecer italiano.

Juan Pablo I. En su primera Misa como Pontífice máximo de la Iglesia Católica - Misa que ofició en la Capilla Sixtina, en presencia de todos los cardenales - hizo un breve esbozo de lo que será su pontificado. Los puntos esenciales de su gobierno serán : continuidad con la herencia del Concilio, mantenimiento de la unidad de la Iglesia, evangelización, esfuerzo ecuménico, diálogo sereno y constructivo, atención e incremento de la paz en el mundo.

Todas propuestas que revelan un gran equilibrio y, al mismo tiempo, una gran apertura.

Se llama Juan Pablo I. Es el tercer Patriarca de Venecia que llega al pontificado : primero fue Pío X y después Juan XXIII.

Ama el juego de bochas, los paseos en góndola, el vino espumante, la literatura, la ironía, el humor, el buen café y el diálogo.

Acaso por todo ésto, en el balcón mayor de la Basílica de San Pedro, mientras el sol se ponía detrás de la cúpula y todas las campanas de Roma sonaban a fiesta, él sonreía.

Y a todos nos pareció natural que entre el pueblo empezaran a llamarlo "Gianpaolo", simplemente. O "don Albino", como en Venecia, mientras su voz cálida, quebrada muchas veces por la emoción grande, devolvía la tranquilidad a buena parte del mundo y colgaba alegrías en la Plaza de San Pedro.

 

Reneé Sallas

 


 

Revista "Gente", 7 de septiembre de 1978

 

Canale D' Agordo, provincia de Belluno, Italia.

 

Aquí nació el Papa que ríe

 

 

La carta está casi perdida entre los 142 telegramas de todas partes del mundo, y las fotos desordenadas - fotos familiares y lejanas - que se salvaron de la voracidad periodística de los primeros días. La carta reposa sobre el viejo "fornello" alimentado con lapacho, que entibió esta misma habitación aquel 17 de octubre de 1912, cuando Albino Luciani llegó al mundo.

El teléfono 50340 suena sin pausas, y cuando Edoardo Luciani, "EL MAESTRO BERTO", oye una lengua que no es exactamente el dialecto bellunés, se pone nervioso, mueve con impotencia varias veces la cabeza y repite : "Mi dispiace, ma non ho capito niente" (Lo lamento, pero no entiendo nada).

Después se volverá hacia nosotros y agregará : "Inglés, francés, español, alemán ... ¿ Cómo quieren los periodistas que yo aprenda tantos idiomas en tan poco tiempo ? Apenas si he dormido 7 horas en estos últimos 5 días".

En la casa natal hay olor a comida, a pan recién horneado, a duraznos maduros, a azaleas y a pinos. La puerta de la casa está siempre abierta - como antes - mientras Edoardo Luciani, el hermano de Albino, se fatiga tratando de atender a todos los curiosos, a todos los periodistas.

La carta está ahí, sí, en medio de todo este desorden. Y la letra pequeña - muy pequeña y prolija - dice en el sobre : "Saveria Luciani. Rividella 207. Canale D'Agordo. Provincia de Belluno". Saveria es la sobrina de 19 años. La carta fue escrita por Albino Luciani el 23 de agosto de 1978, dos días antes de iniciarse e cónclave.

Es una carta familiar, doméstica, simple y coloquial, aún no violada por la prensa.

La carta dice, en una de sus partes : " ... el lugar donde viviremos me hace acordar mucho al seminario de Feltre en 1923 : una pequeña cama de hierro, un colchón, una palangana para lavarse y un crucifijo en la pared. Yo ocupo la habitación número 60. Mi vecino de la número 61 es el cardenal Tomasek, el más anciano de los cardenales. Y, el del otro lado, en la habitación número 59, está el cardenal Tarancón, de Madrid. Creo que es una tarea muy difícil encontrar a la persona justa que pueda solucionar tantos problemas del mundo de hoy. Por suerte, yo estoy fuera de peligro ...".

Tres días después de esta carta, el hombre supo que el peligro estaba más cerca de lo que imaginaba : para el mundo se convertía en Juan Pablo I, el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica.

Para el mundo, pero no para los canalinos.

Porque ellos no se resignarán jamás - acaso cuenten con la complicidad del Papa - a perder esa especial identidad que los hace llamarlo dulcemente "don Albino".

 

Un encantador paisaje alpino

 

Hay que recorrer más de ciento ochenta kilómetros (desde Venecia) por caminos de cornisas. Hay que atravesar imponentes túneles cavados en las montañas. Hay que maravillarse de las coníferas y las cascadas, de los balcones con geranios y begonias, y de las casas de madera colgadas a distintos niveles de los Alpes dolomíticos.

Es necesario empezar a ver hombres con sombreros tiroleses y pantalones cortos con tiradores para entender que se está muy cerca de Austria.

Es preciso, por último, descubrir los pequeños negocios de artículos de esquí, para saber que el famoso "Cortina D'Ampezzo" está sólo a 50 kilómetros.

Y, de pronto, en medio de este viaje de maravillas - un viaje que predispone a la alegría - uno gira hacia la izquierda y se encuentra con un grupo de casas de techos multicolores (un gran parecido con nuestra Boca - n.d.a. : barrio típico de Buenos Aires -) donde flamean las banderas papales y las banderas italianas.

La placa de viejo mármol de Carrara adherida en lo alto de la oficina de correo, dice : "Canale D'Agordo. Altura 976 metros". 17º bajo cero en invierno, 20º como máximo en verano.

De los 1.700 habitantes, casi 70 llevan el apellido Luciani y son parientes de Juan Pablo I.

Muchos de estos habitantes - especialmente los más viejos - todavía añoran la época de la administración austro-húngara. "Era más precisa - dicen - y más eficaz", y soportan hoy un enorme éxodo - sobre todo de los más jóvenes - mientras la agricultura continúa empobreciéndose.

Hasta hace poco tiempo, la aldea se llamaba "Forno di Canale", como recuerdo de los grandes hornos que fundían el cobre y el hierro extraído de las montañas.

Todavía hoy, en la única iglesia - San Giovanni Battista - se pide, en vez de dinero, "un pane, per amore di Dio".

Desde 1970, la comuna de Canale D'Agordo está en manos de una junta de cinco hombres pertenecientes a la izquierda. El síndico, Toni Cagnati, tiene 56 años y es comunista. Vive en Belluno y sólo llega a Canale dos veces a la semana. El vicesíndico, Guido Murer, tiene 39 años y me explica : "Como administradores de Canale, no hacemos política. Sólo hacemos política a nivel nacional. Durante 20 años, el síndico de este municipio fue Edoardo Luciani, el hermano del Papa, de orientación demócrata-cristiana. Actualmente, él es maestro jubilado y preside la Cámara de Comercio de Belluno. Es una persona muy respetada aquí".

Mientras tanto, con las primeras gotas, los paraguas multicolores empiezan a asomar por la pequeña plaza y después se pierden por las callecitas angostas y empinadas de la aldea.

En realidad, nadie se inquieta por las lluvias en Canale D'Agordo : como todo lugar de montaña, son imprevistas y furiosas, y muy poco tiempo después, un sol inmaculado las reemplaza.

 

Albino, mi hermano

 

 

El maestro Berto tiene 61 años. También él nació - lo mismo que Albino y una hermana, Antonia - en esta casa de tres pisos, con paredes grises y ventanas con doble vidrio, rodeada de plantaciones de habas, zapallos, radichetas, girasoles, ciruelos, duraznos y manzanos. Un gran depósito de leña - leña para los crudos inviernos - está justo al lado de la casa.

El maestro Berto tiene nueve hijos y muy poco parecido con su hermano, el Papa.

Su mujer desde hace 34 años, Antonietta Marinelli, asiente en silencio las largas explicaciones de su marido y sólo cortará ese silencio para hablar del hijo desaparecido hace ya dos años en un lago de Trentino.

La casa - lleva el número 55 - tiene cortinas de algodón a cuadritos verdes y blancos y mucha ropa secándose en los balcones.

No hay lujos, pero todo está excesivamente cuidado, limpio. Nada es secreto en esta casa. Nada se oculta. Y mientras Edoardo Luciani corre hasta la cocina, pica pedacitos de carne para el estofado de los "tagliatelle al ragù" (plato popular), regresa y sigue atendiendo el teléfono, nos exhibe con toda naturalidad los recuerdos de su hermano.

 

"Lo vi por última vez dos días antes de la muerte de Pablo VI. Fue en Venecia. Almorzamos juntos. Como siempre, Albino comió muy frugalmente, porque todavía sufre las consecuencias de la operación de cálculos a la vesícula de hace un año. Hablamos de todo. Y estaba muy entusiasmado porque, para la histórica regata que todos los años se realiza en el Canal Grande de Venecia, él era el invitado de honor. La regata era el domingo 3 de septiembre. El día que partió para el cónclave en Roma, alguien le recordó la invitación y él contestó : "Quédense tranquilos. Ni bien termine el Cónclave, yo estoy de vuelta aquí". De joven, se pasaba todo el día leyendo a Julio Verne. En realidad, mi hermano fue siempre un apasionado por la lectura. Cuando venía a visitarnos, y hacíamos algún paseo por la montaña, miraba permanentemente el reloj : no veía la hora de estar de vuelta para entregarse a sus libros. Le gusta la música de Bach, de Mozart y de Beethoven. Es un enamorado del Giotto y, entre los pintores del 400, es fanático del Beato Angelico. Tiene una bella reproducción de la Madonna del Beato Angelico, que la lleva siempre consigo a todos los lugares donde tiene que mudarse. No me extrañaría si ahora la llevara al palacio del Vaticano. Nuestra infancia, usted sabe, fue humilde. Las únicas diversiones eran jugar  con caballitos que improvisábamos con leños o correr a las vacas por las montañas. Mi madre, prácticamente, nos crió sola. Mi padre ni siquiera estuvo presente cuando nació Albino.

 

Siempre estaba en otra parte tratando de encontrar trabajo. Era albañil. En 1914, cuando empezó la guerra, se fue a la Argentina. Exactamente a La Plata. Ahí vivía, desde hacía 11 años, un tío que se llamaba Federico Tancon. Mi padre ayudó a construir el acueducto de La Plata. Trabajó como albañil en las tareas de revestimiento. Se quedó algo más de dos años allá. Toda su vida fue una vida dura, de privaciones. Y todos nosotros hemos heredado esa especie de resistencia frente al dolor y a hambre. Mi hermano dijo hace muy pocos días : "En toda esta semana, los periodistas han hablado de la pobreza de mi infancia. Pero ninguno podría llegar a sospechar jamás el hambre que yo he conocido". En invierno, en esta aldea, puede nevar hasta tres metros de altura. Y, usted sabe, el hambre con el frío nunca se llevaron bien ... Actualmente, aún tenemos un primo que está viviendo en la Argentina. En la provincia de Santa Fe. Se llama Pio De Dea; está casado con una argentina y trabaja como obrero en una empresa pequeña de la que no me acuerdo el nombre. En fin, ¿ qué más puedo contarle ? Desde los 10 años, mi hermano empezó a demostrar una fe religiosa excepcional.. El año pasado, en los claustros de Coimbra, entrevistó a sor Lucía, la vidente de Fátima. Fue una experiencia muy importante para él. Y me alegro por la Iglesia de su elección. Pero, como hermano, siento que lo he perdido".

 

El maestro Berto atiende una vez más el teléfono. Es de Alitalia, para confirmarle que los 21 pasajes para Roma, para los 21 Luciani, están listos para el jueves 31 de agosto.

Porque Edoardo y Antonietta, Ettore y Antonia, Saveria y Laurenzo, Gianbatista y Tiziana, Amalia y Silvestro, Lamberto e Isabella, todos, estarán junto a Albino en la plaza de San Pedro del Vaticano, cuando el domingo 3 de septiembre, a las 6 de la tarde, inaugure oficialmente su pontificado.

 

El gran día

 

Y están.

Compartiendo la primera fila de bancos con el presidente Videla y Raquel Hartridge de Videla, con el rey Juan Carlos de España y la reina Sofía, con Balduino y Fabiola, Grace y Rainiero, con el vicepresidente Mondale y su mujer, con Pierre Trudeau, solo; con los príncipes de Liechtenstein, los duques de Luxemburgo y el canciller Helmut Schmidt. Emocionados, sorprendidos, vestidos muy humildemente y fotografiados hasta el cansancio.

 

 

Pero no son los únicos.

Porque, detrás de ellos, perdidos casi entre el gentío, veo a Margarita Molinari, la encargada desde hace 18 años del correo de Canale D'Agordo, que entintó varias veces el sello de la aldea para que quedara claro en mi carta.

A Giulio Gaio, de 92 años, el maestro que días antes me mostró la libreta de calificaciones del año 1928 - 5º grado - de su alumno Albino Luciani. A Fabrizio, el dueño de la única carnicería del pueblo, que tapizó su negocio con afiches de Juan Pablo I.

A Rinaldo Andrich, el párroco, que organizó el viaje en ómnibus a Roma para 300 canalinos. A Angela Deola, de 74 años, a quien encontré una mañana junto a la pequeña fuente de la "Piazza della Pieve" (una plaza en miniatura, la única, con piso de adoquines trabajados en arabescos) y que me recomendó con detalles la única pensión del pueblo para pasar la noche.

A Toni Cagnati, el síndico. A Emilio Luciani, de 70 años, tío del Papa, a quien encontré en la puerta de la escuela Giuseppe Xaiz, donde estudió Albino, y me regaló los dos claveles que llevaba en su bolsita de hule.

Veo también a Lina, la empleada del pequeño registro civil de Canale D'Agordo, que me permitió fotografiar la partida de nacimiento de Albino Luciani.

A Remigio, el dueño del único bar; a Ottavio, el panadero, a Marina, que trabaja en la oficina forestal.

 

Toda gente que, si bien no me aportaron grandes datos, me ayudaron a descubrir la sabia humildad de Canale D'Agordo.

El mismo aplauso que, 22 días atrás, despedía definitivamente a Pablo VI, recibía ahora, exactamente, a las seis y cinco de la tarde del primer domingo de septiembre, la entrada - a pie - de Juan Pablo I al pontificado número 263 de la Iglesia Católica.

Tímidamente, desde el sector canalino, se escucharon también algunos aplausos y, uno que otro, levantó la mano en señal de saludo.

Juan Pablo I, con el límite de sencillez que permite un acto de este tipo, inició su recorrida por la plaza, impartiendo la bendición. Cuando llegó frente al sector canalino, se detuvo un largo rato y, no sé porqué, a todos nos pareció que esta bendición era diferente de las otras.

Acaso, en ese momento, haya pasado por la mente - y, sobre todo, por el corazón - de Albino Luciani todo : el hambre de la infancia, la primera misa como sacerdote, los caballitos improvisados con leños, las aventuras con Julio Verne, el diez en geografía del maestro Giulio, la habitación número 60 de los departamentos de la Capilla Sixtina y la regata histórica que tenía que presidir en el Canal Grande de Venecia.

Hoy, exactamente a esta misma hora.

 

Reneé Sallas

(enviada especial a Italia)

 


 

"Clarín", 2 de septiembre de 1978

 

 

Juan Pablo I ante la prensa

 

    Mil periodistas

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, 1 (De nuestro corresponsal, Julio Algañaraz).

--- El Papa Juan Pablo I reprendió gentilmente a los periodistas por concentrarse en aspectos triviales, secundarios, cuando informan sobre la Iglesia, en lugar de referirse al verdadero significado del catolicismo para cumplir con la función educadora hacia el público.

El Papa Luciani, de 65 años, que también ha efectuado labores periodísticas paralelamente a sus actividades religiosas, se reunió con unos mil periodistas durante 21 minutos, continuando con una tradición comenzada por su predecesor, Paulo VI.

Juan Pablo I, como en la audiencia que concedió el miércoles a los cardenales, se apartó del texto oficial de su discurso e improvisó en dos ocasiones. En una de ellas para tirar de las orejas a algunos de los periodistas.

 

 

u Primera audiencia masiva

 

Citados para las once de la mañana en la inmensa sala de las Bendiciones - así llamada porque en la mitad de ella se encuentra el balcón central desde donde el Papa bendice a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro - los corresponsales permanentes ante la Santa Sede y los centenares de enviados especiales que llegaron para cubrir los funerales de Paulo VI y la elección del nuevo Pontífice, fuimos colocados en dos grandes grupos, sentados, frente al sillón papal, ubicado en el fondo de la sala y elevado once escalones.

Exactamente a las 11 se abrieron de golpe dos enormes cortinas color beige y Juan Pablo I apareció, sonriente y en muy buen estado físico.

Se trataba de la primera audiencia masiva del Pontífice. Comenzó por agradecer a la prensa mundial "por los sacrificios y fatigas que habéis afrontado durante el mes de agosto a fin de servir a la opinión pública internacional".

Juan Pablo  dijo que la labor periodística había permitido a lectores, radioescuchas y televidentes recibir, "con la rapidez que exige vuestra responsable y delicada profesión, la posibilidad de participar de estos históricos avenimientos, su dimensión religiosa y su profunda conexión con los valores humanos y las expectativas de la sociedad de hoy".

El agradecimiento papal se extendió, en particular, a la difusión periodística de estos días de las enseñanzas, la obra y el ejemplo de Paulo VI.

El Papa prometió "una atención especial, una franca, honesta y eficaz colaboración, con los instrumentos de comunicación social que vosotros dignamente representáis", para facilitar su labor.

"Es una promesa que os hacemos con gusto, concientes como somos de la función cada vez más importante que están asumiendo en la vida del hombre moderno los medios de comunicación".

Advirtió, enseguida, "contra los riesgos de masificación y de nivelación que tales medios llevan consigo, con las consecuentes amenazas para la interioridad del individuo, para su capacidad de reflexión personal, para su objetividad de juicio".

En este punto, el Papa suspendió la lectura de su discurso e hizo su primera improvisación.

 

u "No hubo facciones"

 

"Me entretuve mucho antes del cónclave leyendo artículos en varios diarios escritos con buenas intenciones, pero que me resultaban divertidos", indicó.

"Luego recordé un episodio ocurrido en el periodismo italiano", agregó. "Es acerca de Baldassare Avanzini, que era en esa época director del diario "Fanfulla".

"Fue durante la Guerra Franco-Prusiana", continuó el Papa. "Él (Avanzini) dio esta orden a los periodistas :el público no quiere saber lo que le dijo Napoleón III a Guillermo de Prusia. Lo que quiere saber es si llevaba pantalones color beige o rojo, si fumaba o no el cigarrillo".

En medio de las inquietas risas generales, aprovechó la anécdota para hacer el llamado antes referido para que los periodistas dejen de lado los temas secundarios de la Iglesia.

"Algunas veces los periodistas pasan mucho tiempo estudiando cosas de segunda importancia en la Iglesia", añadió con voz suave y aguda que apenas se podía oír por el constante ruido de las cámaras fotográficas y de filmación.

"Sé que a la gente le interesa estos detalles, pero cuando leía los despachos anteriores al cónclave, a veces tenía que reírme por las especulaciones", apuntó. "Espero que, durante mi pontificado, ustedes, no sólo informarán sobre los detalles incidentales, sino también sobre el corazón de la historia de la Iglesia".

El nuevo Papa, elegido por el Sagrado Colegio de Cardenales el sábado pasado en un sólo día de votación, dijo que en el cónclave no existía ninguna de las facciones y maniobras sobre las que leyó en la prensa antes de que comenzara.

"No había facciones, no había absolutamente nada así, les aseguro", afirmó, dejando de lado el tradicional "nos" (nosotros) que usan los Papas para hablar en una más familiar primera persona. "Sólo pensé en orar a Dios para que me iluminara para que pudiese votar por el hombre indicado".

 

u Oleada de carcajadas y aplausos

 

Al reclamar "una función educativa" hacia el público "que os lee, os escucha u os mira", Juan Pablo I pidió y rogó "que contribuyáis también vosotros a salvaguardar en la actual sociedad aquella profunda consideración por las cosas de Dios y por la misteriosa relación entre Dios y cada uno de nosotros, que constituye la dimensión sagrada de la realidad humana".

El Papa volvió al texto de su discurso para señalar su convicción de que el periodismo orientaba su esfuerzo para llegar, a través de la comunicación "a una más verdadera Comunión. Es la meta a la que aspira también el corazón del Vicario de Aquél (Jesús) que nos enseñó a invocar a Dios como Padre único que ama a cada ser humano".

Un poco más adelante, hizo su segunda improvisación. Citando al apóstol San Pablo y a su posible reaparición en el mundo de hoy, dijo Juan Pablo I que tal vez el santo iría hoy a ver a Paolo Grassi (presidente de la "RAI", Radiotelevisión Italiana, un socialista) "a pedirle un poco de espacio televisivo". La salida provocó una oleada de carcajadas y una ovación.

 

u Pasaje a México

 

Luego de pedir a los periodistas que, cuando en el futuro presenten a la Iglesia, lo hagan "con amor a la verdad y con respeto a la dignidad humana, porque tal es el objetivo de cualquier comunicación social", otorgó su bendición apostólica a los presentes, que se alzaron solemnemente para recibirla.

Enseguida, Juan Pablo I se retiró en medio de los aplausos generales. Se detuvo ante los colegas mexicanos, que le entregaron como regalo una pieza folklórica (el "Árbol de la vida") en cerámica, un libro de arte popular mexicano y un billete simbólico de ida y vuelta a México. El Papa rió con fuerza al ver el pasaje aéreo y agradeció la originalidad de los obsequios de los periodistas mexicanos.

 

 

El Papa visto de cerca

 

 

 

 

 

El Papa Juan Pablo I apareció alegremente desde detrás de una gran cortina beige, justamente desde la parte opuesta a la que todos esperaban verlo aparecer.

Para llegar hasta su sillón, ha de atravesar la gran Sala de las Bendiciones y lo hace con agilidad de corredor profesional, casi poniendo en dificultades a los pocos dignatarios que lo acompañan. Pasa riendo entre dos alas de periodistas que, para aplaudirlo, deben encontrar con gran urgencia un lugar precario para sus apuntes, sus grabadores, sus cámaras fotográficas.

Después de los pequeños escalones de terciopelo beige, subidos con gran rapidez, se sienta en el sillón. Su sonrisa de adolescente, entre tímido y extrovertido, es devorada por centenares de cámaras fotográficas y cinematográficas.

Comienza a hablar, pero el pequeño casquete blanco se le va resbalando. Se lo acomoda. Ahora se asoma un mechón canoso. Se acomoda el mechón y ríe.

Su sonrisa es contagiosa. Habla y los periodistas - que vinieron de todo el mundo, no acostumbrados a acontecimientos alegres - le sonríen sin darse cuenta.

Sus palabras son pocas, el contenido no es arrollador. Pero su presencia tiene algo que parece  llenar hasta el último rincón de la gran sala con frescos. Cuando no sonríe plenamente, sonríe a mitad, lo suficiente para revelar una dentadura vagamente irregular que acentúa su aire entre pícaro y paternal. Da confianza. Parece decir : Oye, si tienes necesidad, ven que yo te ayudaré.

Los periodistas lo interrumpen para aplaudir, para reír ante sus comentarios jocosos, le hacen señas, lo saludan desde lejos; no están tensos y han olvidado la que es una de sus reglas : la "separación objetiva" ante los acontecimientos. Esta vez están plenamente envueltos en una atmósfera que parece haberlos dominado. Se suben a las sillas para verlo mejor, se suben a los pedestales de las columnas para estar unos centímetros más alto; uno da un golpe sobre la cabeza al que estaba adelante porque se había parado en puntas de pie.

Pero hay algo extraño en la posición del Papa : sus pies. Apuntan hacia adentro, escondidos bajo el sillón y cubiertos por el ruedo del hábito. Permanecerán así durante todo el tiempo. Y, mientras el tronco, la cabeza y los brazos están en constante movimiento, la parte inferior del cuerpo permanece siempre inmóvil. Finalmente, el Papa se levanta, baja los escalones casi corriendo y se dirige con paso ágil, gesticulando y sonriendo, hacia el sitio por donde había entrado.

 

 

 


 

"Clarín", 3 de septiembre de 1978

 

Juan Pablo I inicia oficialmente su ministerio

 

 

 


 

"Clarín", 14 de septiembre de 1978

 


 

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