Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte VI

 

 

 

 


 

- De "Humilitas" - años 1994 - 1995

 

 

¡ Un programa de pontificado ... estupendo !

 

"Es increíble lo que Luciani tenía en mente de hacer como Papa. El mismo card. Villot, que conocía sus ideas y sus propósitos, como Secretario de Estado, dijo : "Creo que habría sorprendido a la Iglesia y al mundo".

Si es verdad cuanto Luciani ha confiado al card. Villot ( ver de Camillo Bassotto "Venecia en el corazón", último capítulo), debemos decir que Luciani, en breve tiempo, ha manifestado un vasto plan de trabajo, para maravillar también al hombre más indiferente.

En tanto, también él habría sido un Papa peregrino, si ha dicho : "Yo no soy muy propenso a viajar. Pero iré a cualquier parte donde me quieran". Habría sido un Papa de las ideas claras y con una fuerte voluntad. Habría cambiado muchas cosas, ante todo, en la Curia. "Me doy cuenta - dice - que el aparato de la Curia es una gigantesca oficina, casi un monumento necesario, pero  embarazoso. La reforma de la Curia es urgente ..."

Habría cambiado también su modo de trabajar y de vivir. "Yo recibo - dice - cada día dos valijas de papeles : una a la mañana y una a la tarde; una va y otra viene, como los ángeles por la escalera de Jacob ... pero no quiero más valijas en mi mesa. No acepto esta máquina que condiciona mecánicamente al Papa en sus funciones de trabajo y de vida.. El trabajo hecho en este modo se hace insoportable. No he sido hecho Papa para hacer de empleado. No es así como Cristo ha pensado a su Iglesia".

Luciani no tenía miedo de las críticas que sentía circular acerca de su estilo y  de su modo de hablar. Era franco y humilde. "Yo sé que hay monseñores - dice - y otros que critican los discursos que yo hago y los modos de ser y de hacer de Papa ... Alguno luego ha definido al actual Papa "insignificante". No es un descubrimiento. Yo lo he sabido siempre y nuestro Señor antes que yo. Puedo ser una zapatilla rota, pero es Dios quien obra en mí".

Había expresado la idea de hacer pronto un consistorio, para algunas nóminas cardenalicias, entre las cuales los teólogos De Lubac, Chenu y von Balthasar. Quería dar la púrpura también a algunos obispos de África, de Asia y de las Américas que han sufrido la persecución. "Pero es difícil, si no está la tradición", le respondió Villot. Y, enseguida, Luciani : "La tradición la creamos nosotros".

Luciani tenía en mente también escribir algunas cartas. La primera sobre "La unidad de la Iglesia". "Sólo así tendremos las cartas en regla ... No traicionemos la ardiente oración de Jesús al Padre, su testamento, su mandato más doloroso". La segunda carta debía ser sobre "La colegialidad de los obispos con el Papa". La tercera carta sobre "La mujer en la sociedad civil y en la vida eclesial". Demasiado desprecio, demasiados prejuicios y demasiada marginación se han acumulado en los siglos sobre la mujer. La cuarta carta que Luciani pensaba escribir era sobre "Los pobres y la pobreza en el mundo". Aquellas pobrezas son el escándalo del mundo occidental, de los ricos y de los cristianos.

Luciani tiene una preocupación que revela cándidamente a su secretario : "Tengo la impresión de que la figura del Papa sea demasiado alabada. Hay algún riesgo de caer en el culto a la personalidad, que yo no quiero absolutamente. El centro de todo es Cristo, es la Iglesia". Tenía un deseo vivo : "Querría encontrarme a menudo con los jóvenes ... Hoy los jóvenes no creen en la pobreza de la Iglesia, en su espíritu evangélico, en su desprendimiento de los bienes y del poder del mundo. Tenemos que ponernos a su lado, con humildad, para ayudarlos".

Y, hablando del IOR, decía : "El IOR debe ser integralmente reformado. La Iglesia no debe tener, ni poder, ni poseer riquezas. El mundo debe saber la finalidad del IOR; cómo se juntan los fondos y cómo se gastan. Se debe llegar a la transparencia".

Luciani tenía en el corazón la situación de los cardenales ancianos y los quería revalorizar. Así también, la situación de los obispos que deben presentar la renuncia a los 75 años y decía : "Hay obispos y cardenales que, a aquella edad, están todavía sanos, eficientes y ricos de intelecto, de cultura y de humana sabiduría, en grado de dar a la Iglesia los tesoros de su corazón".

Había expresado también la voluntad de reformar el cónclave y de llevar alguna mejora con la presencia, no sólo de los cardenales, sino también de los obispos presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo. Y decía : "También la habitabilidad del cónclave debe ser más decorosa y eficiente".

"Quiero dar un fuerte impulso a la Acción Católica - dijo todavía a su secretario -. La Acción Católica ha sido una presencia vital para Italia":

"Hay otro hecho que está en mi corazón. Quiero recordar y honrar a todos los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los cristianos que han sufrido persecuciones por Cristo Señor. Quiero hacer justicia con ellos delante de toda la Iglesia ... (y nombraba con veneración al card. Slipyj, Mindszenty, Wyszynski, Beran, Stepinac, Romero). Si me será concedido - agregaba - iré a recordarlos y honrarlos en sus países. No podemos callar".

Después de este programa de intenciones y de trabajo, Luciani decía al card. Villot : "Estos pensamientos que le confío, eminencia, por ahora, breves, están muy en mi corazón. Ud. me ayudará a realizarlos de la mejor manera".

Y elc ard. Villot comentaba : "He vivido una preciosa experiencia junto al Papa Luciani. Mostraba la fe de un niño, el corazón de una madre. Era el hombre de la esperanza. El Papa Luciani ha muerto demasiado pronto ..."

 

 

"Es el Papa que lo quiere"

 

Testimonio de la sobrina del Papa, Pia Luciani. "Era un hombre muy decidido. Lástima que ha durado poco su pontificado. El último encuentro que tuve con él en Roma ha sido a mitad de septiembre, cuando me invitó también a almorzar, junto a sus dos secretarios.

Fue entonces que el tío se dirigió a un secretario y le dijo :"¿ Has hecho lo que te ordené esta mañana ?". "Sí, pero ... - respondió - me han dicho que no es posible, porque ésto no se hizo nunca".

El Papa, todavía más decidido, le ordenó volver a la tarde a pedir lo mismo, subrayando que "Es el Papa que lo quiere".

¿ No es éste un signo de firmeza y de decisión ?"

 

don Cesare Vazza

 


 

¡ El obispo no quiere emborracharse ... y, ni siquiera, aprender a fumar !

 

"El obispo Luciani visitaba uno a uno a los ancianos y enfermos de la parroquia donde se encontraba para la Visita Pastoral. Una familia numerosa, lejana del centro del pueblo y perdida entre los prados de montaña, acoge al obispo haciéndolo pasar por la callecita que conducía a su casa, entre dos filas de macetas con flores, como un boulevard, con arcos y algún cartel de bienvenida, preparado por los muchachos.

En la cocina, junto al hogar encendido, la abuela se ponía los mejores vestidos, recién lavados : la mesa estaba preparada y también había una botella de grappa. Le dijeron : "Sior vescovo l'è la prima volta che lu el viene qua da noaltri; el xe un onor grande par la nostra famiglia e dopo, caso mai, el deventa Papa podemo dir che lù l'è stat a casa nostra e l'ha magnà co noaltri. Al beva sta graspa, la scalda dentro ! (Señor obispo, es la primera vez que Ud. viene aquí con nosotros; es un gran honor para nuestra familia y después, si acaso, Ud. se convierte en Papa, podemos decir que Ud. ha estado en nuestra casa y que ha comido con nosotros. ¡ Tome esta grappa, lo calienta por dentro !

Y el obispo Luciani :

- El salo lu la differenza tra grappa e l'acqua ? (¿Sabe Ud. la diferencia entre la grappa y el agua ?

- Sentiamo sto indovinelo ! ( ¡ Oigamos esta adivinanza ! ) 

- El agua, primero, hace la caída y luego la fuerza; el agua, primero, hace la caída y hace girar la turbina de la central eléctrica y luego ésta produce la fuerza, la energía eléctrica. La grappa, en cambio, primero da la fuerza, energía y después la caída. E se un vescovo al fesse una caduta non saria bel a veder". (Y, si un obispo hiciera una caída, no sería lindo de ver).

 

 

"El obispo era invitado a celebrar la Misa y a "decir dos palabras" a los obreros de una fábrica de cemento.

Al final, él se queda a hablar amigablemente con cuantos lo rodean y lo invitan a entrar en el comedor para sentarse a beber un buen vaso de vino, como el de los sacerdotes para la "Misa última" y le ofrecen un cigarrillo.

- Un poco de vino lo tomo con gusto con Uds., pero, ¡ yo no he fumado nunca en mi vida y no tengo ninguna gana de aprender !"

 

 

Han preferido la TV antes que al obispo

 

"En una casa de descanso, Luciani encuentra a unos cuarenta huéspedes, mayormente mujeres ancianas.

- Excelencia, tenemos que irnos. ¡ Tenemos que ir a ver "Furia" !

- Y, ¿ quién es "Furia" ?, pregunta el obispo.

- ¡¿ No lo sabe ?! Es un caballo. Es hermoso.

Y todos se van al salón de TV a ver "Furia".

Y el obispo, habiéndose quedado solo, comenta :

- ¡ Oh, pobre de mí ! Yo hablo de Dios, hago discursos altos : hay que bajar, insertarse en los intereses y en el modo de hablar de la gente. Las nubes altas no mandan la lluvia. Hay que hacer catecismo sin "mitra", como dijo don Bosco al Cardenal de Turín, quien había ido a encontrarse con sus muchachos con la mitra episcopal en la cabeza, que golpeaba contra las vigas del techo de la casa".

 

 


 

La competencia

 

"Llega una mañana lluviosa de noviembre para el examen de los chicos de las escuelas elementales. Tiene una molestia en la garganta, una especie de sollozo, y me pregunta : Don Antonio, ¿es posible conseguir un terrón de azúcar ? - Veamos en la cocina. - Señorita, agrega, ponga aquí en mi mano el azúcar y agregue arriba alguna gota de vinagre. Así pasó a hablar en todas las clases. La receta había funcionado.

La fila de los monaguillos está dispuesta en la puerta de la casa parroquial. En espera de partir, el obispo se da cuenta de que hay un monaguillo con las medias rojas. "Mira aquí, dice con su habitual buen humor, hay uno que quiere hacerme la competencia. Pero yo estoy dispuesto a cederte el lugar, ¿sabes?..."

 

don Antonio Baccichetti

 


 

Una carta de amor tardía a Juan Pablo I

 

Querido Albino,

 

En el primer aniversario de tu muerte, he comenzado finalmente a leer tu libro, "Ilustrísimos señores". ¡ Cómo te pondrías de rojo al saber que ahora eres tú uno de los "ilustrísimos" !

Por éso, te escribo para decirte que siento tanto tu falta. Llámalo amor como el "enamoramiento" de Pinocho. Creo que lo que más amo en ti es el modo en que podías continuar sonriendo a través de todo. Sólo tan profundo sufrimiento, embebido de tanta humildad y de tanto amor, habría podido darte una tal luminosidad.

Me he conmovido, sobre todo, cuando leí (en el "Des Moines Register") la observación que un cardenal te había hecho. Preguntó cómo tú podías continuar sonriendo tanto y dijo : "¡ Si Ud. supiera lo que siento adentro !". Sí, podía sentirlo también yo entonces, sin mencionar la realidad con que has expresado la naturaleza contradictoria de David en los salmos. ¿ Cuánto más de la humanidad de Dios se podría encontrar en vuestra humildad, en aquella búsqueda sincera de Su esperanza ?

Pero, para traerte más cerca de nosotros, había una canción que he puesto a menudo en el "estéreo de 8 pistas". Era una canción "top 10" de Anne Murray, una artista de "música country", un tipo de canción de amor llamada "Me necesitabas" (n. d. a. : "You needed me"). Luego de haberla oído tantas veces, entendí, no sólo que tú tenías necesidad de nosotros, sino más bien, todos nosotros teníamos tanta necesidad de ti :

 

Me has dado la fortaleza

de estar solo todavía una vez

para afrontar al mundo

solo todavía una vez.

Me has elevado

tan alto que podía

casi ver la eternidad ...

 

Y verdaderamente nos has hecho entrever un poco del paraíso a través de aquella sonrisa.

Pero después, por otra parte, en aquel poquito de dulce tristeza, que tantas veces nos fascina, también aquí has dejado una marca en mí.

Para ti, que nos has llegado de Venecia, había otro habitante de aquella ciudad ilustre (aunque del lejano pasado). Era sacerdote también él y se llamaba Antonio Vivaldi, compositor de "Las cuatro estaciones". He pasado aquella grabación muy a menudo en este pequeño departamento. Creo que la estación que ha dicho más de ti se encuentra en mitad del movimiento "El invierno" en fa menor. El pellizcado de las cuerdas de los violines es tan dulce, tan parecido a una persona que va saltando sola en un paisaje invernal y, al mismo tiempo, tan vivo, vibrante y alegre. La dulce caída de aquellas notas es similar a la dulzura de las faldas de nieve que descienden al final tocadas vivas por las notas del órgano.

Y bien, querido Albino, éste es un elogio tuyo de una laica, en un último Requiescat in pace.

 

Que nos volvamos a ver.

 

Mary Ellen Eckelberg

Clinton, Iowa (Diocesi di Davenport) USA

del "Catholic Messenger"

20 de sept. de 1979

 

 


 

Los últimos encuentros ...

 

De la entrevista al hermano del Papa, Edoardo "Berto" Luciani. "Pregunto a "Berto" cuáles son los recuerdos más fuertes de su hermano como Papa. Me responde tranquilamente y me habla como si aquellos momentos se hubieran realizado ayer. Una primera visita al hermano elegido poco antes a la Sede Apostólica, Edoardo la hizo a la vigilia del solemne inicio del pontificado.

 

"Angelo, el camarero que se ve también hoy junto al Papa, vino a la pensión romana donde me alojaba con los parientes - nos cuenta el maestro Luciani - y me dijo que mi hermano deseaba verme. Llegado al Vaticano, tuve modo de hablar con d. Albino quizá un par de horas. Se habló de mi familia, de los hijos y de los nietos, pero también de lo que le había sucedido a él. Estaba sereno y el tiempo se nos voló en un instante. Antes de dejarme, indicó un crucifijo de mesa y me rogó de llevarlo como regalo para la familia. Observé que era adecuado para una iglesia más que para una casa y que era mejor donarlo a algún sacerdote que lo pusiera sobre un altar; pero él insistía extrañamente. Ahora, lo lamento un poco, ¿ sabe ?, yo estaba confundido; en fin, hasta he levantado la voz, lo he saludado y me fui. No había pasado todavía una hora y el buen ayudante Angelo estaba de nuevo en la pensión para entregarme aquel crucifijo que ahora tenemos en la habitación y que le hago ver ..."

 

¿Y la historia del reloj ?

 

"¡Ah, sí! - me dice - aquel día, en cambio, había aceptado, sin tantas historias, de ponerme en la muñeca el reloj que se había quitado en mi presencia. Yo había abierto una caja donde estaba el reloj que llevaba Pablo VI  y que monseñor Macchi le había dado, viendo que el suyo no era automático. Así lo llevo yo (con el escudo de Pablo VI) y el otro mi mujer (el que tenía él en el momento de la muerte). Miro estos relojes y relaciono esos momentos misteriosos con las cosas que me contaba sor Vincenza; pienso en el valor del tiempo y lo encuentro como una moneda preciosa para gastar en la eternidad. El amor, el abandono en Dios, la fe, el sacrificio, no se miden con el tiempo, sino quizá se pesan por la intensidad".

 

Y el último encuentro, ¿ cómo ocurrió ?

 

"Antes de partir para Australia, llamé por teléfono al Vaticano. Mi hermano me pidió que pasara a verlo (quizá era el 9 o el 10 de septiembre) y así, a primeras horas de la tarde, subí a su departamento. Estaba ocupado, d. Albino, y entonces bajé a la Basílica de San Pedro; la he visitado y participado en la Misa celebrada por el cardenal Gantin. Recuerdo todavía la prédica, bella y original; más bien, se lo he dicho a la noche a mi hermano y él ha expresado estima y afecto por este cardenal. Cenamos juntos y luego salimos a pasear bajo el techo, como en un claustro, hasta tarde, creo que hasta las 11, hablando de tantas cosas que recuerdo perfectamente.

Después, también yo me fui a dormir y aquélla ha sido la única noche que he pasado en el Vaticano. A la mañana, participé de la Misa y leí la epístola; tomamos el desayuno juntos y luego debíamos dejarnos. Me abrazó y me besó. Nosotros no estamos acostumbrados a estas cosas, en nuestra casa no se usa ... Y, entonces, le dije : " ¿ Es a causa de este vestido blanco que debes hacer así ? Pero él no me respondió; parecía como si pensara en otra cosa. Me encaminé hacia el ascensor para bajar; pero, con gran sorpresa, me lo encontré allí, en el ascensor ..., cómo hizo, no lo sé : me abrazó de nuevo y todavía me besó.

No dije nada más; yo estaba conmovido. Hoy me siento decir que, en aquel momento, se comportaba como uno que tenía los días contados. Me vienen a la mente aquellas noches del cuaresmal aquí, en Canale; vuelvo a ver su rostro pálido y tan preocupado ... Pero pongo en función su consejo siempre válido : No nos dejemos transportar por la fantasía. Ahora, él reza con nosotros y por nosotros".

 

don Licio Boldrin

 


 

 La mirada amorosa y el llanto

 

"Testimonio de sor Bartolomea Santin, la monja que dirigía la Casa de Ejercicios en Vittorio Veneto, junto con sor Virginia Negri y sor  Francesca Ghersini, cuando Luciani dejó Vittorio Veneto para ir a Venezia :

"Conservo en el corazón y en los ojos la figura del Papa Luciani la mañana en que dejó el Castillo (Castillo de San Martino - Obispado de Vittorio Veneto),  para el ingreso en Venecia (era el día 8 de febrero de 1970).

Nosotras, las hermanas, lo esperábamos para saludarlo fuera de la casa de Ejercicios, cerca del pozo. Dijo : "Espera a que salude a las hermanas". La voz estaba conmovida; se nos acercó; una mirada amorosa que no sé explicar; aquellos ojos habían llorado; nunca los olvidaré".

Y luego, pasando cerca del Seminario, mientras las campanas de la Catedral repicaban y eran las únicas para saludarlo, él se volvió hacia el Seminario; trazó con la mano una bendición".

 

don Francesco Taffarel

 


 

 Los propósitos ... sin hacer

 

"Don Felice Tomaselli, de 84 años, también él, como Luciani, del Valle del Biois, recuerda que, regresando a casa desde Feltre, para las vacaciones pascuales, en tercer año, en el tren hablaban del último retiro espiritual y se contaban, también, con candor, los propósitos hechos, mientras Luciani callaba, mirando el paisaje desde la ventanilla del tren. "Y tú, Albino, ¿ qué propósitos has hecho ?" ..., le preguntó uno de los más curiosos. Le respondió pensativo : "Yo no los hice, porque no soy capaz de mantenerlos".

 

 

"Malas compañías" ... y la risa contenida

 

"Don Francesco Olivotto, un sacerdote radioaficionado, contagiaba también a Luciani, en la escuela, con su electrónica. En la hora de Moral, una vez Luciani fue distraído por el compañero que le mostraba un bosquejo de avión que le interesaba pero, el maestro, vista la escena, reprochó particularmente a Luciani y tal reproche lo recordará, sonriendo, aún de obispo, cuando encontrará a don Francesco en Vittorio Veneto".

 

 

"Siempre don Francesco recuerda que, a Luciani, bastaba que escuchara la lección en clase para saberla ...; así que, durante el estudio, leía otros libros de cultura o también más ligeros o de pasatiempo. "Un día estaba delante de mí - cuenta - que se agitaba, se sacudía para contener la risa y no molestar a sus compañeros; ¡ hasta cambiaba de color ! Luego vi que estaba leyendo : Don Quijote. ¡ Tenía motivo para reír !"

 

don Cesare Vazza

 


 

"Si no lo hacen Papa, yo cuelgo los hábitos"

 

"He conocido en persona al Papa Luciani cuando era Patriarca de Venecia, en las vacaciones juntos transcurridas en Pietralba del 5/8 al 18/8/76 (...). Apenas bajé del automóvil en el convento de Pietralba (me acompañaban dos jóvenes), se me acercó un padre serbita que no había visto nunca y me dijo, como bienvenida, estas precisas palabras : "Aquí está el Patriarca de Venecia : si, cuando muera Pablo VI, no lo hacen Papa, yo cuelgo los hábitos". No respondí nada; supe que en la Orden había sido también provincial, había dado vueltas por Italia y tenía fama de predicador.

 

Lo vi por primera vez en el comedor; habiéndole dicho tal vez que había llegado un sacerdote de Milán, parado en el umbral, empezó a mirar, quizá a buscarme. Yo me levanté; él vino enseguida hacia mí y me saludó con alegría. Luego se dirigió a su lugar, con un grupito de personas, a la mesa preparada como para los demás, sin ninguna distinción. Yo le había dicho : "Buen apetito, Eminencia", pero me di cuenta de que comía poco, bebía menos, no hacía pesar su presencia, aún más, aquella mesa era más bien alegre. Desde esa vez, con gran confusión mía, debí constatar que se dejaba acompañar por mí con gusto y yo ... me sentía cada vez edificado y admirado. He aquí los motivos :

 

Vestido : siempre sotana negra, gastada, casi verde, tanto estaba pelada - zapatos negros de montañés, todos rotos (se notaba que le costaba caminar) - nunca las insignias, ni siquiera el solideo, ni el anillo, ni la cruz, que se ponía en cambio cuando celebraba. Anteojos y reloj de última aleación. Nunca un cigarrillo (los otros sacerdotes y religiosos fumaban), nunca un licor, nunca un gasto de cosas del lugar; me invitaba a sentarme en un banco de madera o de piedra siempre tomando el último lugar. Me recordaba mucho, mucho, mucho a mi Cardenal Schuster.

 

Piedad : verdadera, profunda, interior y con las prácticas bien dispuestas a lo largo del día, según un horario al cual se mantenía fidelísimo : oración privada, meditación con el libro, breviario, preparación y acción de gracias en la Misa, visita, rosario, examen de conciencia, lectura de libros de Santos. En el Santuario, siempre en el mismo lugar : segundo banco, último lugar cerca de la pared mientras, en el Altar Mayor, estaba todo preparado. Cada día lo he visto hacer la hora de adoración, siempre de las 17 a las 18, porque luego estaba la Misa vespertina con los padres, sacerdotes, presidida por el Superior. El Patriarca la celebraba siempre a la mañana a las 7.30.

 

Inteligencia : vivísima; es uno de los más inteligentes que haya encontrado en mi vida. Al día en teología, especialmente dogmática, con la mentalidad, no sólo del profesor, sino del investigador y, sobre todo, del creyente. Era un placer hablar de argumentos teológicos. La había asimilado hasta la médula la verdad y la vivía. ¡ Una vez, hubo un encontronazo sobre la mariología ! - "Unus mediator ..." y así sucesivamente con las citas y yo me desarmaba.

- "Pero entra en el plan de Dios que la Virgen esté en este lugar, tan cercana a Jesús, tan cercana a nosotros ... pero, si también entra en el Santuario la gente y corre hacia la Virgen sin saludar a Jesús, será Ella que los enviará hacia su Hijo".

- "Pero hay que educar a la gente ... toca a nosotros, los curas".

Pero entendí que mis pobres palabras lo habían como sacudido.

- "Eminencia, he estado en Lourdes y en Fátima ...".

Supe que, al año siguiente, mandó para la Epifanía una bellísima carta pastoral sobre la Virgen y fue a Fátima y habló con Lucía".

 

don Giulio Giacometti

 


 

Un pedido de absolución

 

 "En noviembre de1968, mons. Luciani me había confiado una investigación sobre los Seminarios de Italia del Norte y de Francia del Sur para verificar dónde se mandaban los seminaristas a las escuelas estatales medias inferiores y superiores.

Entregué el informe bastante voluminoso y detallado en los motivos. El Obispo me ha agradecido. Luego de tres semanas, ha decidido mandar también a nuestros seminaristas a las escuelas públicas. En mi orgullo, me pareció que él habría debido decirme que había tomado esta decisión. Por lo cual fui a hablar y le dije que estaba sorprendido de que no me hubiera puesto al corriente. Después de yo haber hablado un poco bastante y acaloradamente, me preguntó : "¿ Has terminado ?". Le respondí : "Sí". Él se levantó, se me acercó donde yo estaba sentado, se arrodilló y me dijo : "¡ Ahora dame la absolución !". Desde aquel día, reflexionaba bien antes de ir a verlo a él para lamentarme de algo".

 

Un sacerdote di Vittorio Veneto

 


 

"Me voy y no volveré más"

 

Recuerdos de una religiosa que lo sirvió en Vittorio Veneto y en Venecia. "En una ocasión, el Obispo nos reprendió a mí y a su secretario, don Arrigo, a causa de una información falsa dada por una persona que Luciani estimaba. Él, de buena fe, creyó. Yo y don Arrigo, que entonces tenía el puesto de Director de la casa de ejercicios, nos habíamos sacrificado mucho con caridad por la misma. La acusación nos golpeaba, desfigurando lo hecho.

Aquel día, luego del almuerzo, el secretario, indignado, se subió al auto y se fue; yo, aquel día, por suerte, tenía que ir a Treviso para un encuentro. Partiendo, dije a Luciani : "Me voy y no volveré más". Él trató de hacerme razonar, pero yo nada. El Obispo debe de haber sufrido tantísimo, también porque sensibilísimo que nunca habría amargado a ninguno, tanto que sor Vincenza me contó a mi llegada, que aquella tarde varias veces fue a la cocina a preguntar si habíamos llegado.

A la noche, volvimos a las 20. Después de la cena, el Obispo nos llamó invitándonos a recitar completas juntos. De mala gana, fuimos a la capilla. Luego del examen de conciencia, Luciani se arrodilló en tierra y nos pidió perdón, diciendo que se había equivocado él y que la cosa referida era falsa. Ésta era la gran humildad del Papa Luciani".

 

 

Profunda humanidad y exquisita gentileza

 

"Una tarde de verano, mientras llevaba un poco de café al Obispo, que estaba en la capilla a éso de las 15, llamó a la puerta Paolo que venía a menudo a buscar alguna cosa. Yo, tranquila, serví el café y Luciani me preguntó : "¿ Ha oído el timbre ?". Respondí : "Sí, pero en tanto es Paolo, después voy". Él dejó el café y fue a abrir a Paolo : el pobre contaba más que el Obispo.

Cada mañana, era siempre el primero que saludaba y preguntaba : "¿ Cómo está ? ¿ Ha dormido ? ¿ Ha tomado un poco de café ?"

Éste es el Obispo Luciani profundamente humano.

Luciani poseía el arte de sacar de apuros a todos. Recuerdo que, a la mañana en el Obispado de Vittorio, cuando una vez terminaba de reordenar su habitación, debía pasar por el estudio, donde casi siempre había gente, él, siempre atento a los demás, me llamaba y me invitaba a pasar sin miedo, con escobas y trapos.

Siempre agregaba : "Hermana, Ud. me salva la diócesis con sus escobas y trapos". Así siempre me sacaba del apuro".

 

 

" ¡ Me siento como un prisionero ! "

 

Recuerdos luego de transferirse a Venecia. "Me preguntó un día : "¿ Cómo le va, hermana ? ¿ comienza a habituarse en este ambiente ?"

Yo respondí : "Mal, Excelencia, a veces me parece ser una encarcelada". Él a convencerme de lo contrario y yo : "Ud. habla así porque sale casi todos los días".

Luego de algún tiempo, vino a verme una tarde hacia las 18 y me dice : "¿ Sabe, sor Matilde, que hace dos días que no salgo y me siento como un prisionero ?". Podía callar y, sin embargo, su humildad lo hacía ser tan verdadero".

 

 

Sin dinero

 

"¿Qué decir, luego, de su pobreza evangélica ? Aquí podría escribir un libro de hechos de los que he sido espectadora.

Uno sólo : me rogó que enviara una carta certificada; pedí el dinero; buscó en los bolsillos, en la billetera, en los cajones pero no encontró 1.000 liras para darme a mí. Entonces, todo humilde, dijo : "Hágaselos prestar por la Superiora".

 

sor Matilde Rivis

 


 

La predicción de un cardenal sobre la palma de la mano

 

De una entrevista hecha al Cardenal Sin, arzobispo de Manila, por "Il Sabato".

 

- ¿ Es verdad que también Ud. predijo, pero jugando, su elección al sillón de Pedro ?

"Es verdad, sí. Sucedió al inicio de los procedimientos de voto, el 26 de agosto. Con aire bromista, le pedí de mirar la palma de su mano y le predije que veía una tiara sobre su palma y, por éso, habría sido elegido Papa lo antes posible. Él parecía divertido, pero alejó como una cosa ridícula mi "profecía". Me dijo que su salud no era de las mejores y que no tenía la preparación académica".

 

- Y, luego de la elección, ¿ se volvieron a hablar ?

"Luego de la elección, todos los Cardenales del Cónclave debían acercarse al nuevo Pontífice, para prestarle un acto de homenaje. Mientras me arrodillaba delante de él, me sonrió y dijo : Ud. es un profeta. Yo respondí : a veces ..."

 

- Según un biógrafo, el Papa agregó : "Pero mi pontificado será breve ..."

"Aquéllas fueron de veras palabras proféticas. Y, sin embargo, no obstante, la brevedad del pontificado, él estaba en grado de cambiar muchas cosas en la Curia. La simplicidad del modo y el desprendimiento del poder mundano son su herencia a la Iglesia".

 

de "Il Sabato"

4 de septiembre de 1993

 


 

Habría renunciado

 

De don Diego Lorenzi. "La tarde del 25 de agosto, cuando estaba por entrar al Cónclave, le dije que, al día siguiente, habría tenido un bello número de votos a su favor porque habrían votado al más santo. Luciani me respondió que, primero, no es fácil medir la santidad de una persona y que, segundo, si lo hubieran elegido, habría renunciado. Luego, en cambio, aceptó convencido de que la voluntad de Dios hay que aceptarla sin demoras".

 

 

"Estas cosas no se deben decir"

 

Del padre Bartolomeo Sorge. "Estábamos a la mesa, junto con los frailes carmelitas después de un retiro espiritual y, mientras comíamos, vi que, sobre la pared del refectorio, había una lápida : "En este refectorio comió, antes de ser Papa, Giuseppe Sarto, luego Pío X".

Entonces, dije al Patriarca : "¿ Mire qué extraña lápida y si junto a aquel nombre pusieran otros, quizá el suyo ?". Y él : "¿ Pero, bromea, padre ? Estas cosas no se deben decir".

 

M.C.

 


 

Un Fernet de sabor inolvidable

 

"Era el año 1960. Yo volvía a Italia desde Brasil, Mato Grosso, por segunda vez.

El secretario del Obispo me había fijado la audiencia para las diez de un martes de febrero. Día tímido de sol y emblanquecido por la nieve. Atravesé velozmente la plaza de la Catedral, hoy Plaza Juan Pablo I, y tomé la larga subida de la calle Brevia que lleva al ingreso principal del Castillo de San Martino, residencia de los obispos victorienses.

Pedaleo con energía y hago algunos metros. Me siento mal. Dejo la bicicleta. Me siento sobre el murito que existía en aquel tiempo. Intento un ejercicio respiratorio que me refresca. Retomo la subida a pie apoyándome en la bicicleta. Hacia las diez, llego al castillo.

Subo la escalinata que me lleva al descanso delante de la puerta de entrada del salón. Es la hora de la audiencia.

Me acomodo el hábito eclesiástico. Toco el timbre. El secretario me recibe con un bienvenido padre, su Excelencia lo espera.

Delante del obispo, cesa todo temor. Me inclino y le beso el anillo. Retiene mi mano en la suya. Volviéndome a levantar, me mira a los ojos y dice en voz baja : - No tiene un buen aspecto, Padre, ¿ se siente mal ? Y, sin esperar respuesta, me dice : Venga conmigo. Lo sigo y llegamos al comedor. - Hermana, la llamó, traiga un aperitivo para el padre. Reapareció con una bandeja con un vasito y una botella de Fernet Branca, el legítimo. Bebí despacio y el Fernet me refrescó totalmente.

No sé por qué, mirando al obispo que sonreía, me vinieron a la mente palabras de S. Pablo : "Se ha revelado la humana benevolencia de nuestro Salvador".

Cuando lo hicieron Papa, los parroquianos me preguntaron si lo conocía. - Lo he visto alguna vez de cerca. También le he hablado.

De él puedo decir con certeza que es profundamente humano, acogedor y lleno de bondad.

Y, diciendo estas palabras, sentía otra vez, la fragancia final del aquel Fernet suavemente dulce, insolvente y reconfortante.

En él, obispo o Papa, se ha revelado "la humana benevolencia de nuestro Salvador".

Así es como lo recuerdo".

 

P. Joao Pancot

 

 


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