Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte IV

 

 

 

 


 

- De "Humilitas" - años 1990 - 1991

 

 

 

- Recuerdo de peregrinos que habían participado en los funerales de Juan Pablo I -

 

Los anteojos nuevos le quedan bien

 

"Yo tengo una fábrica de anteojos en Cadore. Desde que he conocido al Card. Luciani  me he aficionado mucho. Tenía los anteojos pasados de  moda y por éso le he regalado un par más modernos. Cuando lo volví a ver, después de algunos días, me ha dicho : "¿Sabes que veo mejor ? ¡Y me dicen también que me quedan bien  !"

Hoy voy al funeral con el ánimo lleno de conmoción y también con un poco de orgullo pensando que los anteojos que tiene todavía en los ojos ¡ son los míos !"

 

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El anuncio del nombramiento como obispo entre bromas

 

" Hace muchos años, mientras un día estaba en la Curia en diálogo con don Albino, entonces pro-vicario, sonó el teléfono; él atendió y me hizo señas de no moverme. Con la calma habitual, intercambió algunas bromas con un interlocutor lejano; luego colgó y continuó la charla conmigo como si nada hubiera sucedido. Alguna semanas después, lo volví a ver, ya Obispo de Vittorio Veneto, y me dijo : "¿Te acuerdas de aquel día que estabas en la Curia ? Aquel llamado telefónico me anunciaba el nombramiento como Obispo de Vittorio Veneto ". Esta confidencia me ha dado una medida de su serenidad interior. La nómina como Obispo no lo había conmovido mínimamente, ¡ tan lejano estaba de cualquier búsqueda o deseo de carrera !"

 


 

¡ En Venezia tanto sufrimiento !

 

"La visita pastoral a la diócesis, sin enjambres burocráticos, él la cargó de tanta humanidad y dulzura. Una parte del clero joven, en la ilusión de falsos espejismos, influenciados por lecturas incautas, se encaminaba por senderos peligrosos, poniendo en discusión el sacerdocio mismo : el índice más alto de defecciones sacerdotales del siglo, alrededor de una quincena, sucedió durante su gobierno. ¡ Cuánto lloró amargamente y oró ! ¡ Y cuántos ayunos de expiación, creyéndose él responsable delante del Señor, incapaz de retener sacerdotes que amaba ! Una minoría del clero contestaba la acción pastoral que, según ellos, frenaba demasiado la renovación conciliar. Y cuando en octubre de 1973 ( en marzo había sido hecho cardenal), se envió una carta firmada a la Santa Sede para pedir la dimisión del Patriarca, Luciani, aún conociendo a los firmantes, no quiso castigarlos. Más bien, algunos de ellos fueron promovidos a párrocos y él los acompañó personalmente a la parroquia, en acto de afectuosa estima".

 

mons. Antonio Niero

 


Carta al Papa Luciani

 

Querido Papa Luciani,

 

Permíteme que uno de tus tantos "parroquianos", cuenta con tantos tu parroquia, centenares de millones, te envíe una carta suya, así como acostumbrabas a hacer tú con los autores de tus lecturas preferidas, con tus santos, con tus maestros de fe, de esperanza, de caridad, con tu querido Pinocho, con tu San Bernardino de Siena, del cual habías tomado aquel modo de hablar tuyo "clarito, clarito", con los pequeños para llegar a los grandes.

"Ayer"... así empezaste a decir, hablando desde el balcón de San Pedro en primera persona singular, cosa insólita, revolucionaria, inaudita en la historia de la Iglesia y del Papado, y enseguida me gustaste, enseguida te amé. Me corría por las venas un extraño temblor, una onda caliente de amor que me hizo lagrimear, que me humedeció los ojos.

Aquellos gestos tuyos, aquél tu mechón impertinente, de chico con aire humilde y bueno, aquél tender los brazos, casi como para abrazarla, hacia la multitud que estaba abajo y te alababa, maravillada y atraída por tu simplicidad, por tu conversación familiar y "parroquial", por tu candor bautismal, el ajustarte el solideo que se te resbalaba por tus cabellos, aquella sonrisa irradiante de calor y confianza, signo elocuente de una serenidad de espíritu, de un abandono completo y total en los brazos de la divina Voluntad, me hizo exclamar, entusiasmado y conquistado : "¡ El Espíritu Santo ha hecho centro; se ha posado sobre el hombre justo en el momento justo !"...

Teníamos necesidad de familiaridad, de un padre que fuera uno de nosotros, pastor humilde y bueno, que hiciera de la inmensa Iglesia una "parroquia"; de la abrazante y severa columnata de Bernini, un atrio de parroquia donde todos los peregrinos, romanos o no, creyentes o no, todos los sedientos, provenientes de  los cuatro ángulos de la tierra, se encontraran como en su propia casa, como delante de un hogar doméstico empeñados en escuchar al padre común que habla, que cuenta, que dialoga, que charla, que sonríe, que enseña, que aconseja, que catequiza, despojado de autoridad terrena, humilde, "bajo", pequeño, no ofuscado por el poder político, por el fasto, por el triunfalismo.

Renunciaste a la coronación medieval, signo de un poder que no fue ni de Cristo ni de Pedro, a la entronización, a los signos y a los símbolos de la monarquía, aún siendo la más antigua, la más venerable, la más incruenta; renunciaste a la silla gestatoria, a la pompa de siglos, que recuerda que Pedro fue un pobre tosco, nudoso pescador de Galilea, aún cuando llegó a Roma para ser Vicario de Cristo.

Te acordaste, entonces seguramente, de tu padre, pobre emigrante por las tierras de Europa, en busca de un pan seguro y de un trabajo continuo y , sobre todo, de tu madre, "mi mamá" ... decías frecuentemente en tus diálogos de Papa, que te había educado en la humildad, en el ocultamiento y en la pobreza.

¡ Qué días aquéllos después del inicio de tu misión pastoral, de tu "servicio", de tu evangelización !"

Esperaba los miércoles de la Sala Nervi y los encuentros dominicales en la Plaza de San Pedro para oírte, para recitar contigo el Angelus, como días de cita de amor. Tenía sed de tu palabra, palabra nueva, sincera, humilde, fraterna, que llegaba a todos y a todos alegraba, entusiasmaba, reaseguraba. Eran palabras, signos, gestos, señas, nativos, naturales que te salían del corazón de padre, el ansia de llevar a todos a Cristo, de desmenuzar a los sencillos la verdad de la fe, de dar una mano a los pobres, a los indoctos, a los marginados, a los discapacitados, a los jóvenes, a los pequeños, a los enfermos.

Contigo y por ti, los hombres, las mujeres, los humildes habían vuelto a sonreír. Habías reencendido en ellos, en todos nosotros, las grandes lámparas de la fe, la esperanza y la caridad.

Y leí, ávidamente busqué y leí tus escritos para conocerte mejor, para leer en ellos lo que eras, lo que pensabas, lo que meditabas. Y fueron una revelación, una luz, un resplandor para mi alma. Sobre todo, "Catequesis en migajas" e "Ilustrísimos señores" me dieron la llave de mi afecto por ti.

Sacerdote, vicario, obispo, patriarca, cardenal, Papa has siempre tratado de hacer de catequista, ser catequista, como hace dos mil años Cristo por los caminos de Palestina, para desgranar las supremas verdades de la fe con simplicidad evangélica, contando parabolas, anécdotas, encuentros de vida, para que tu palabra, palabra de Cristo, hundiera profundas raíces en quien te escuchaba y te leía.

Nos gustaba tu cadencia véneta que hacía más acogedoras, más cautivantes, más caseras, más sabrosas tus invitaciones a ponernos en marcha, en la escuela del Evangelio y del Catecismo, con corazón y alma renovados por tu aparición, para progresar, escalón por escalón, roca por roca, parada por parada, hacia el Amor.

Por treinta y tres días, con la palabra, con los gestos, con la sonrisa en lo íntimo de tu estudio, en el silencio de tu oración - "Yo debo tomarme un poco de silencio para mi alma; me separo de Uds. para unirme a mi Dios"-, en la ofrenda de tu Misa y delante de la multitud, hablando, gesticulando, llamando, sonriendo, no has hecho otra cosa que conjugar en todos los modos y en todos los tiempos, el verbo AMAR.

Pero fue una alegría de breve duración. Al terminar el día número treinta y tres, luego de haber desgranado en un soplo tus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, te has ido silenciosamente, solo, humildemente, así como te nos habías aparecido, dándonos una vez más, una ardiente lección evangélica y catequística de silencio y de humildad. Te separaste de nosotros para unirte a tu Dios, te tomaste el silencio eterno.

Tu muerte ha sido para nosotros, síntesis de tu vida sacerdotal y pastoral, tu única y última encíclica, la que leeremos con el corazón, a menudo, sobre todo cuando nos asaltará la añoranza, cuando la duda nos atormentará, cuando las noticias de la vida y la suciedad del alma nos estarán por sobrepasar".

 

 

Michele Grieco

"Il campanile"

Cava de'Tirreni

settembre 1979

 

 


 

El Papa, monaguillo del secretario

 

"En él, yo tenía un Maestro espiritual y gozaba tanto de esta relación íntima con el Vicario de Cristo. El domingo a la tarde, una vez por dos horas y media, en su estudio privato, el Papa me hablaba largamente. Me hablaba de sus años en Vittorio Veneto como Obispo y en Venecia como Patriarca. Me decía cómo le gustaba tener el contacto directo con la gente y cómo ya sentía la falta de aquella vida pastoral entre la gente; los encuentros casuales en los ferries, las visitas pastorales en las parroquias.

Luego, imprevistamente, me preguntaba : "Usted, ¿ me puede hacer una favor mañana a la mañana?". Yo respondía : "Claro, Santidad, cualquier cosa que Ud.  quiera". "Entonces, continuaba, "¿ puede Ud. celebrar la Santa Misa por mí mañana a la mañana?" Yo replicaba : "Santidad, ya he celebrado la Santa Misa por Ud. muchas veces y lo haré por supuesto mañana a la mañana". El Santo Padre intervenía enseguida diciendo : "No, no quiero decir ésto. Quiero que Ud. celebre la Santa Misa dejándome ser su monaguillo". Yo estaba asombrado de la humildad de este Papa. Él insistía conmigo y así, la mañana siguiente, yo celebraba en la Capilla privada la Santa Misa a las 6.30. Recuerdo que estábamos allí desde las 5.30 para rezar. Hacia las 6.25, luego se daba vuelta y me indicaba de ir a prepararme para la Misa. Después, mientras yo pasaba, me decía : "En inglés". Tenía también el breviario en inglés, el mismo que tenía yo, comprado en Dublín. Hacía también él las lecturas en lengua inglesa, perfectamente.

Así pues, a las 6.30, yo empezaba a celebrar la Misa y el Santo Padre hacía de monaguillo. Hacía todo; servía el vino y el agua, todo como un monaguillo - todo en inglés porque él me decía de celebrar en aquella lengua. Luego de esa vez, el Santo Padre me ha hecho celebrar la Santa Misa dos veces más. La última fue el martes a la mañana de la semana de su muerte. Al final de aquella Misa, me acuerdo bien que él se arrodilló también para la bendición. Para mí era un poco difícil pero me acostumbraba a este hombre tan humilde, el Vicario de Cristo. Al final de la Misa, él decía : "Gracias". Y yo he dicho : "Soy yo quien debo agradecerle". "No, no, gracias porque cuando sirvo en su Misa sé que estoy sirviendo a la persona de Cristo".

 

 

Conocimiento de lenguas

 

"Me acuerdo que, cuando fue elegido, se decía : "Lástima que el Papa puede hablar solamente en lengua italiana". En cambio él hablaba italiano, inglés, francés y alemán. Y, en la primera audiencia, no tuvo el coraje de hablar sino sólo en italiano.

Sólo en la segunda audiencia he descubierto que era capaz de hablar en inglés, porque había un grupo de obispos americanos que hacían un curso en Roma y tenían que ser recibidos en audiencia. El Papa ha dicho : "Ellos no entenderán nada de la lengua italiana, por éso tengo que hacer el discurso en lengua latina". Yo dije : "Santidad, ¡ entenderán también la lengua latina ! Pero, si puede hacerlo en lengua inglesa". "Pero, no". "Sí, sí, Santidad". Entonces, hicimos cuatro veces la práctica. Él leyó para mí y estaba perfecto. Para sorpresa de todos, hizo un largo discurso en lengua inglesa. Y, por éso, la audiencia general siguiente le di ánimo  para hacer un resumen de su discurso, sea en la lengua inglesa, francés y alemán. Y luego, en español, porque era capaz de hacerlo".

 

 

"Él vendrá porque yo me voy"

 

 

 

 

 "Dios ha querido dar para guía de la Iglesia, por un brevísimo período de tiempo, un verdadero Padre, el cual, según yo, sabía bien que su Pontificado habría sido breve pero intenso : un Padre que ha sabido recoger en torno de sí la simpatía de todos los hombres de buena voluntad, un Padre que ha querido expresamente tomar los nombres de sus dos inmediatos predecesores para subrayar su fidelidad a la enseñanza del Concilio Vaticano II y a las grandes tradiciones de la Iglesia; un Padre que ha querido añadir a los nombres que había asumido, el adjetivo "Primero" porque decía : "Yo me llamo Juan Pablo Primero porque el Segundo viene enseguida".

En efecto, dos noches antes de la muerte, durante la cena, el Papa Luciani, hablando del Cónclave que lo había elegido a la Sede de Pedro, en su humildad, decía que había tantos otros cardenales mejores que él que podían ser elegidos y agregaba : "Estaba justo delante de mí aquél que el Papa Pablo VI había ya indicado. Pero él vendrá porque yo me voy". Yo trataba de cambiar de tema y por éso no pregunté quién era aquél que estaba sentado en frente de él.

Sólo cuatro años después, cuando recibí la nómina como Maestro de las Ceremonias Pontificias por el sucesor del Papa Luciani, el actual Papa, me encontraba en la primera reunión con todos los Maestros de Ceremonias Pontificias. En la conversación con ellos, pregunté, entre aquéllos que estaban dentro del Cónclave, quién estaba sentado de frente al Cardenal Luciani en el primer Cónclave y me han confirmado que era el Cardenal Wojtyla".

 

mons. John Magee

 


 

Nada de púrpura, nada de solideo

 

"En todas la no pocas veces en que le hice visitas en Vittorio Veneto y en Venecia, no recuerdo (más allá de una sola excepción) de haberle visto encima algún signo de color, en su simple sotana negra, que indicara que él era obispo y luego también Cardenal; ni siquiera el solideo era visible, ya que, como se sabe, no lo llevaba nunca puesto en casa. Este comportamiento, del todo natural en él desde siempre, era una de las tantas formas de su modestia y de su humildad. Pero ocurrió un día en que fui recibido en Venecia, que esta costumbre suya, convertida ahora en familiar, me golpeó particularmente. Tenía necesidad de que él me presentara, de alguna manera, a una personalidad de Venecia por una cuestión personal. Cuando me recibió, estaba solo ya que el secretario estaba ausente. Fue muy atento y afable como siempre y comenzó a buscar la guía telefónica para anunciarme él personalmente a quien yo quería encontrar.

Observaba aquella humilde figura de simple cura (pues nada más que un simple cura habría parecido a quien, no conociéndolo, hubiera estado allí presente) que se movía por las habitaciones de la sede patriarcal en actitud de servicio al visitante, me vino instantáneamente a la memoria aquellas bien diversas figuras de cardenales de tiempos no tan lejanos, majestuosamente cubiertos de púrpura. Y, sin embargo, cardenal también era él ... y futuro Papa".

 

Antonio Battocchio

 

 


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