Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte XXII

 

 

 

 

 


 

El tsunami de Dios

 

Tenemos un dulcísimo Papa. Se llama Benedicto XVI. Nos lo ha dado el Espíritu Santo. La fumata blanca incierta (como la del Papa Luciani). La elección luego de cuatro votaciones (como la de Luciani). La primera aparición ante la multitud desde el famoso balcón de la Basílica de San Pedro. Sí, el balcón... Tengo la impresión que el Espíritu Santo espera la aparición del nuevo Papa para mostrarlo al mundo y ver si la gente lo acoge o no. Me parece que el Espíritu Santo no queda desilusionado porque cada Papa que se asoma, al menos los últimos de los que tengo memoria, han sido acogidos. En este caso, el Papa Ratzinger ha sido "blanco" de los aplausos y de los gritos de exaltación de la gente. Tengo que decir que ser testigo allí, en la Plaza de San Pedro, de la elección de un Papa, debe ser, permítaseme el término, uno de los espectáculos más grandes que le pueda ocurrir vivir a una persona en su vida. Para mí es la primera vez que viví con ansia la elección de un Papa.

 

Aquel día, 19 de abril, tenía los ojos pegados a la TV... La fumata blanca que no era muy blanca... ¡pero la hora insólita en que había aparecido decía que el Papa había sido elegido! ¡Qué nervios! Se veía a la gente corriendo hacia la Plaza... La espera parecía larguísima... Finalmente las campanas de San Pedro para confirmar el feliz evento. Luego la salida del Cardenal Protodiácono, Jorge Medina Estévez. Y yo que tenía a mi candidato desde hacía tiempo en mi corazón... Él dijo el famoso "Habemus Papam" y toda la fórmula en latín, siempre haciéndose desear, salpicada con silencios interminables tanto como para hacer enloquecer a los más pacientes: "Josephum" (No, ¡no era el mío!) y luego: "Ratzinger". ¿Qué hice entonces? ¿Cuál fue mi actitud? Me empecé a reír. No para ofender al nuevo Papa... ¡nada que ver! Sino porque se decía: "El que entra Papa al cónclave, sale cardenal"; por la edad del nuevo Papa: 78 años (evidentemente los cardinales querían un pontificado corto, pero veremos porque al Papa Ratzinger se lo ve en buena forma, por lo tanto...) y finalmente pensé: "¡Pobres teólogos rebeldes! ¡Pobres los que quieren cambios sobre todo en lo referente a las enseñanzas morales, las aperturas exageradas!" Luego de estas consideraciones, aplaudí también yo y recibí de rodillas su primera Bendición Apostólica.

 

Pero volvamos al famoso balcón de San Pedro. La prueba de fuego. Las primeras palabras del nuevo Pontífice (recordemos que al Papa Luciani, aún cuando él quería hablar el mismo día de su elección, no se lo han, digámoslo así, "permitido, no se estilaba", sino solamente al día siguiente en su primer Angelus).

 

He aquí cómo se presentó el Papa Benedicto XVI:

 

"Queridos hermanos y hermanas, después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador en la viña del Señor.
"Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar también con instrumentos insuficientes y sobre todo me confío a vuestras plegarias, en la alegría del Señor resucitado, confiado en Su ayuda permanente.
"Vayamos adelante, el Señor nos ayudará, y María, su Santísima Madre, está de nuestra parte".

 

Ciertamente, luego de haber oído aquellas palabras, no puede evitar sentir una gran ternura hacia él. Conocía al Card. Ratzinger y lo admiraba por su trabajo como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Había leído anteriormente un par de libros suyos. "Informe sobre la fe" y "Mi vida". Tuve la suerte, el 28 de septiembre de 1986, mientras hacía la cola para recibir la Comunión de manos de Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro durante la Misa en recuerdo del VIII Aniversario de la muerte de Paulo VI y Juan Pablo I, de estar de pie junto al Card. Ratzinger que estaba sentado el último de la fila de los cardenales. Cuando lo reconocí, y lo tenía tan cerca, lo miré. Como él miraba en sentido opuesto, hacia el cardenal que estaba a su lado, pienso que se dio cuenta de que yo lo estaba mirando, se dio vuelta y me dirigió una mirada curiosa, ¡que me hizo sentir un poco de vergüenza! Si hubiera sabido que, 19 años después, iba a ser Papa, ¡me hubiera quedado mirándolo un poco más! En fin, tengo que decir que ¡¡¡he sido mirada por dos Papas en menos de cinco minutos!!! Sí, porque también con Juan Pablo II nos hemos mirado por algunos instantes y luego recibí la Comunión... Como dije, conocía a Ratzinger por su trabajo. Me faltaba conocer su humanidad y he aquí el balcón de San Pedro y desde allí en adelante a descubrir el tesoro de su fascinante personalidad. Me bastaron pocos gestos para tener un panorama completo... Nada que hacer: ¡ya entró en mi corazón... fácilmente!

 

Él, el custodio de la fe. Se presentó con un pullover negro bajo la vestidura papal. ¡Primer salto al protocolo! Un verdadero lapsus para los encargados del vestuario pontificio. Extraño pero verdadero. Para nosotros, profanos, está bien así. ¡Más bien, óptimo!

 

El tsunami de Dios. Estos días quise saber lo que pensaba la gente de él. Fui a ver en Internet y encontré varios foros donde la gente opinaba o escribía cartas al nuevo Papa. Descubrí casos de "conversión": ciertas personas que tenían prejuicios, luego de haber oído y visto al Papa Ratzinger, fueron conquistadas, sobre todo, por su humildad y dulzura. ¡Cuántas etiquetas, que le habían pegado injustamente durante años, se cayeron a pedazos luego de su elección y continúan cayéndose a medida que se descubre el tesoro de su alma! Como alguien escribió: "Con tus palabras, con tus gestos simples, pero elocuentísimos, ¡ya estás haciendo una "masacre de corazones" para llevarlos a Jesús!"

 

La vestidura blanca. Hay un episodio que contó Edoardo, el hermano del Papa Luciani, cuando se vieron por última vez. Edoardo se encontraba en el Vaticano, donde había transcurrido una noche antes de partir para Australia. Era el momento de la despedida. Entre gente de montaña no se estilaba manifestar los propios sentimientos, en cambio, el Papa Luciani abrazó al hermano. Y Edoardo, sorprendido, preguntó: "¿Haces esto porque tienes el hábito blanco?" No se sabe si este abrazo fue dado porque Juan Pablo I sabía que era la última vez que se veían o porque se había puesto más sentimental. No se sabe, porque el Papa no le respondió. Probablemente, en un cierto sentido, la vestidura blanca obra una transformación en la persona que la lleva como parece que haya ocurrido también con Benedicto XVI...

Qué decir cuando lo hemos visto celebrar como cardenal el funeral de Juan Pablo II. La homilía, en un cierto punto, fue interrumpida por los gritos de la gente: "¡Santo, santo, santo!" Él, imperturbable, el rostro duro, serio, esperó que la gente terminara. Tengo que decir que me dio un poco de miedo. Yo pensé que, tal vez, hiciera algo para continuar pero, en cambio, esperó... Comportamiento distinto el viernes 13 de mayo, ya como Papa, cuando en San Juan de Letrán, muy sonriente había dicho que tenía que dar un anuncio que habría gustado: el inicio de la Causa de Beatificación de su predecesor, o sea, del Papa, como a él le gusta decir de Juan Pablo II. Sí, para Benedicto XVI, el Papa Wojtyla es el Papa. Y Benedicto XVI se mostró con un corazón inmenso. Ha acogido... ¡y enseguida! el deseo de tantos en este mundo que quieren a Wojtyla Santo.

 

Así veo al Papa Ratzinger: ¡un Papa Santo, verdaderamente Santo! El Papa de las sorpresas, así dicen los entendidos. El que, desde el balcón de San Pedro, comenzó a asombrarnos...

 

Gloria C. Molinari

Venecia, 21 de mayo de 2005

 

 

Seis simpáticas imágenes del Papa Benedicto XVI

 

 


 

Dos almas que se encuentran

 

 

Había rogado al Señor que nos diera un Papa humilde, bueno, afectuoso, firme en la fe y en la doctrina, que amara el contacto directo con la gente así como lo hicieron los dos Juan Pablos (esta, para mí, era cualidad fundamental que tenía que tener el "Padre de todos" porque los hijos, nosotros, tenemos necesidad de sentir la caricia de un padre). Hacía poco habíamos perdido a Juan Pablo II que nos dejó huérfanos. Lo sé: la Iglesia va hacia adelante, los hombres pasan, la Iglesia permanece. Así pueden pensar fríamente los que nunca han tenido un padre y que no tienen necesidad de tenerlo. Creo que para nosotros católicos no es precisamente así. Es verdad que la Iglesia permanece pero... ¡no nos gusta quedarnos huérfanos!

 

Personalmente viví con ansiedad estos días de Sede Vacante. Tantos días sin padre... Pensé que, tal vez, el cónclave podía ser un poco largo visto que los cardenales disponían de la Casa Santa Marta, más cómoda, ciertamente, que los alojamientos de fortuna de los dos cónclaves de 1978 y entonces habría más tiempo para pensar en el candidato adecuado para suceder al Papa Wojtyla. En cambio, el Espíritu Santo, como hace habitualmente, sopla cuando y como quiere y eligió a aquel que había pedido a Dios "que le ahorrara este destino". A aquel que ha dicho que "el Señor no me ha escuchado" y que se esperaba transcurrir "años más tranquilos". "Otros te llevarán donde tú no quieres", se sintió decir San Pedro, ¡y también se puede pensar que algún colega cardenal se lo haya recordado en medio de la lectura de las tarjetas de votación!

 

Ahora lo tenemos al padre y se llama Benedicto. A diferencia de él, puedo decir que el Señor escuchó mi oración. ¡Una felicidad inmensa! Una alegría que quise expresar en persona en la Plaza de San Pedro el 24 de abril, para su inicio de pontificado. Un día de fiesta que viví en aquella plaza colmadísima, donde el cansancio del largo viaje desde Venecia y la espera de dos horas antes del comienzo de la Misa, ha dejado lugar a demostraciones de exaltación y de amor por el padre tan deseado.

 

 

24 de abril de 2005 - Misa de inicio del ministerio petrino de Benedicto XVI

La autora tiene en sus manos la copia de "Avvenire" que reporta la elección del nuevo Papa

 

 

Luciani y Ratzinger. Ratzinger y Luciani. ¿Qué tienen en común? Dos almas humildes, dóciles, cordiales, de sonrisa fácil y disponibles a la broma, de fe fuerte y corazón apasionado por el bien de la Iglesia, inconscientes del destino común que los esperaba, se encontraron por primera vez un buen día de 1977. Para el primero, "apenas había comenzado el peligro" al año siguiente. Para el segundo, "se acercaba la guillotina" casi 28 años después.

 

 

 

 

El futuro Papa Benedicto XVI ha sido testigo de aquel río desbordante que era el corazón de Luciani, de la pobreza hecha carne no obstante la púrpura cardenalicia.

 

 

 

 

Este testimonio de Ratzinger, de hace algunos años, se puede decir que descubre un poco otro secreto del cónclave de agosto de 1978:

 

"Encontré, por primera vez, al cardenal Luciani en agosto de 1977 en el seminario de Bressanone. El 25 de mayo yo había sido ordenado obispo y, el día consagrado a Pedro y Pablo, entré a formar parte del colegio cardenalicio. En aquella época transcurría una parte de las vacaciones con mis familiares en la antigua sede episcopal a orillas del Isarco, como ya había hecho algunos años atrás. Durante su juventud, el cardenal Luciani se había llegado con frecuencia con la madre en peregrinación a Pietralba, por lo que conocía bien aquella región. No sé cómo le había llegado al oído la noticia de que el nuevo arzobispo de Munich se encontraba en el seminario de Bressanone; así fue cómo llegó a visitarme. Este noble gesto me hizo una profunda impresión pero, todavía más que éso, me impactaron la cordialidad espontánea y la gran bondad humana que se transparentaban en él. Lo veo todavía sentado frente a mí, vestido con su simple sotana negra y con los zapatos más bien gastados, contarme de su juventud y abrirme completamente su corazón. Cuando, un año después, lo volví a ver en el cónclave, me vino espontáneamente el pensamiento de que un hombre que poseía tales dotes de corazón y una mente iluminada por el corazón, debía a la fuerza ser un buen Papa, y me puse contento de que muchos otros pensaban igual que yo".

 

Haciendo una lectura atenta del relato del entonces Card. Ratzinger, se pueden considerar dos aspectos particulares:

1)  El encuentro entre los dos hombres ocurrió un mes después del diálogo entre Luciani y sor Lucía en Coimbra.

2)  El asombro de Ratzinger ante la inesperada visita de Luciani. No se sabe quién le dijo a Luciani que Ratzinger se encontraba en Bressanone y por qué se interesó en hacerle una visita.

 

Sor Lucía, aparentemente, no ha dejado ningún escrito acerca de su largo diálogo con el Card. Luciani. ¿Quizá porque se mencionaban los nombres de algunos futuros Papas?

 

>Gloria C. Molinari

Venecia, 26 de abril de 2005

 

 


 

Fragmento de una entrevista al Card. Ratzinger durante su visita a Belluno y al Centro Papa Luciani

 

 

Eminencia, la Diócesis de Belluno-Feltre ha abierto, justo hace un año, el proceso por la Causa de Beatificación del Papa Luciani.

 

- Yo rezo por esta beatificación.

 

 

Por lo que Ud. ha podido conocerlo, ¿qué cosa ha apreciado de Luciani?

 

- "De Luciani me han impresionado la bondad y la gran humildad. Recuerdo cuando, jovencísimo arzobispo de Munich, Luciani vino a visitarme, con mucha simplicidad, en Bressanone, donde yo transcurría un breve período de vacaciones. Su bondad de corazón me hizo gran impresión. Pero una bondad y una humildad que no querían decir debilidad. Luciani era un hombre de gran fe, de gran cultura. Su libro "Ilustrísimos señores" demuestra cuánto ha leído, cuánto ha reflexionado. Luciani tuvo también una gran cultura teológica; su tesis de doctorado la hizo sobre Rosmini. Hablando con él, se percibía cuánto era un hombre esencial. Que iba a lo simple, pero no era para nada un simplista. Tenía una fuerte cultura y una firmeza doctrinal. Por todos estos motivos Luciani es una figura que he amado mucho".

 

Francesco Dal Mas

L'Amico del Popolo, 22 de octubre de 2004

 

 


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