Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte XVIII

 

 

 

 

 

 

¡OH, DIOS, MANDANOS LOCOS!

 

A nosotros nos faltan locos, oh, Señor

pero de los que sepan amar

con obras y no con palabras,

de los que estén totalmente a disposición del prójimo.

 

A nosotros nos faltan locos, oh, Señor,

nos faltan temerarios, apasionados,

personas capaces de saltar

en el vacío inseguro, desconocido

y cada día más profundo de la pobreza;

de los que no utilizan al prójimo para sus fines.

 

¡Nos faltan estos locos, oh, Dios mío!

Locos en el presente,

enamorados de una vida simple,

liberadores del pobre,

amantes de la paz,

libres de compromisos,

decididos a no traicionar nunca,

despreciando las propias comodidades

o la propia vida,

totalmente decididos por la abnegación,

capaces de aceptar todo tipo de cargos,

de ir a cualquier lugar por obediencia,

y, al mismo tiempo, libres, obedientes,

espontáneos y tenaces,

alegres, dulces y fuertes.

 

¡¡¡DANOS ESTE TIPO DE LOCOS,

OH, MI SEÑOR!!!

 

 

 

de la agendita "Vita Cristiana" 2005

Editrice Velar

 

 


 

Recuerdo de una noche serena en la laguna

Volvíamos de la isla de Torcello. Era noche entrada. El arcipreste de la basílica nos había gentilmente hecho quedar para la cena. Era la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto. Cada año el patriarca Luciani amaba festejar a María en la más insigne basílica que, desde hace siglos, resplandece en las lagunas vénetas. Santa María Assunta fue por siglos catedral episcopal. Aquella noche el patriarca habló de María. Estábamos sentados en el pequeño diván de la lancha. Las noches de agosto en la laguna tienen una fascinación que suscita en el ánimo secretas nostalgias y apasionados recuerdos. Estábamos en silencio. En cierto momento, el patriarca, casi hablando a sí mismo, dijo: "Es una noche de gran paz, serena y llena de estrellas. Nuestro corazón, ante tanta belleza, se siente atraído por la felicidad, la desea, la busca. La felicidad es el signo que hemos sido hechos para el Señor, que es belleza infinita, misterio dulcísimo".

Estos pensamientos, junto al recuerdo de aquella bellísima noche en la laguna, reafloraban en mi mente mientras daba el último triste saludo a Juan Pablo I que era bajado al sepulcro. Cuán diversos y cuán dolorosos eran ahora mis pensamientos. Todo había sucedido tan rápido y todo era tan extraordinario. Había estado cerca del Papa Luciani en los momentos de la alegría y de la fiesta. Yo le había hablado, él me había hablado, me había bendecido y abrazado. En un instante todo había terminado. Es un misterio profundo. Nadie entenderá.

Camillo Bassotto

de "Venecia en el corazón", 1990

 

 

 

 

Señor, tú que sabes todo y que puedes todo,

ayúdame a vivir.

Yo todavía soy un muchacho, no tengo estudios,

soy pobre, pero deseo conocerte.

Ahora no sé verdaderamente quién eres

y no sé si te quiero mucho.

Me gusta el Pater Noster,

me gusta tanto el Ave María,

rezo por mis muertos

y por mis seres queridos.

Ayúdame tú a entender.

Soy tu Albino.

 

Amén

 

 


 

 

La recomendaciones de una madre

Como sacerdote y obispo, Albino Luciani se confiaba con los seminaristas: "Tenía veinte años; estaba casi por ser sacerdote. Las noches de verano, en el pueblo, salía para estar con los amigos, con el párroco. Mi madre me recomendaba: 'Que no se te haga tarde, si no mañana a la mañana se necesitan las trompetas del apocalipsis para despertarte. A las cinco debes estar en la iglesia para la Misa. Y no te hagas el gracioso; tú bromeas siempre'. Para ella yo era siempre un niño".

 

 1977 - El Patriarca Luciani con aire divertido entre un grupo de jóvenes catequistas

 

 

Las comidas de un futuro Papa

El Patriarca Luciani, hablando a los chicos de una escuela primaria de Venecia: "Yo hice sólo el cuarto grado primario. No había quinto en mi pueblo. La escuela era muy exigente entonces, era severa. Nuestro maestro nos daba temas de todo tipo para que nos ejercitáramos en la escritura. Un día nos dictó: 'Decid cuáles son los alimentos que más os gustan'.

Yo puse enseguida en primera fila los carfoni (versión italianizada de los kraphen alemanes). Cuando conocí el chocolate me transformé en goloso; lástima que ahora no puedo comerlo. Me gustaban los macarrones que hacía mi mamá. Me gusta tanto el pan. En mi pueblo, por largo tiempo, hubo sólo pan negro. De qué estaba hecho nunca lo supe; el pan blanco era para los señores. Cuando me encontré en el momento del crecimiento, mi mamá me daba a sorber un huevo 'sudado' bajo la ceniza caliente. Las gallinas, decía, no podemos tocarlas, son nuestra alcancía, nos dan los huevos. Cuando sean viejas y consumidas por los años y no hagan más huevos, entonces...

Con los huevos, harina de trigo o de maíz y una gota de aceite y muchas hierbas recogidas en los prados hacía una torta que cocinaba a las brasas. En invierno aquella era nuestra cena. La leche sólo a la mañana, alargada con café de malta, tostada en casa al fuego. Me gustaba y me gusta también ahora la polenta y el arroz. Cuántas veces yo también he cocinado la polenta en el hogar con la olla de cobre; me gustan las papas y los porotos y el queso suave. Cuando podíamos tener un poco de ricota era una gran fiesta. Veíamos la carne en Pascua con el cabrito pascual y en Navidad con el conejo que nos traían los tíos. Alimentos sanos, alimentos pobres, alimentos de los campesinos. Mi madre hacía ricas sopas, especialmente en invierno. Le gustaba hacer de comer".

 

Con los obreros

Entre tantos episodios: una mañana estaba de viaje a Villa Immacolata di Torreglia (Padova) para presidir la Conferencia de los Obispos del Triveneto. Se encontró bloqueado a la altura del puente de Marghera por una huelga de los obreros de la empresa Breda. Reconocido que era el Patriarca, los obreros se ofrecieron para hacerlo proseguir; él respondió que conocía sus reivindicaciones y que las compartía, por lo tanto, se quedaba con ellos. "Los obispos pueden esperar; los obispos entenderán", dijo. Y, como era en su estilo, bajó para ir en medio de ellos a conversar familiarmente.

En una fundición de vidrio en Murano estaban por despedir a 90 trabajadores por falta de ventas. Luciani fue a hablar personalmente. Intervino en Venecia y en Roma ante los órganos políticos. Trabajó para evitar esa desgracia a la comunidad muranense. Invitó a los párrocos y a toda la población de la isla para unirse y sostener durante la huelga a las familias y a los trabajadores. Dio él mismo una relevante contribución personal. No se dio paz hasta que no fue resuelta la controversia y no se le aseguraba el trabajo a su gente.

Había estado tantas veces celebrando la Pascua con los obreros en los establecimientos de Marghera y en las fundiciones del vidrio donde su padre había trabajado en los hornos por años; había estado en los talleres de la Giudecca. Había querido que la Iglesia veneciana, a través de sus capellanes, estuviera presente en los campos de trabajo con una seria y calificada asistencia espiritual y social. Los obreros lo querían mucho. Repetía a todos: "Mi casa está siempre abierta a todos vosotros". No había nunca dicho que no a ninguno.

 

Las fiestas

Luciani amaba las cosas bellas de la vida. En Vittorio Veneto participaba con alegría en los encuentros de los alpinos, en las fiestas de la montaña y de las tradiciones de su gente. En Venecia no faltó nunca a la Regata Histórica que se corre en el Canal Grande el primer domingo de septiembre. Una de las más hermosas fiestas que se puedan ver. Se desarrolla temprano a la tarde en el encanto de cien palacios de incomparable belleza, en medio a una muchedumbre alegre que aplaude desde las orillas.

En el día de la 'Sensa' (Ascensión) subía a la 'Dogaressa'. Salía al mar para el rito del 'desposorio de Venecia con el mar', recuerdo simbólico del suntuoso y pomposo cortejo acuático de barcas y de góndolas que acompañaban al 'Bucintoro' desde el cual el Dux, en presencia del Senado y de los Embajadores, arrojaba al mar el anillo nupcial y la corona de laurel con las palabras: 'Mar, nosotros te desposamos en signo de nuestra verdadera y perpetua devoción y fidelidad'.

Enviaba cada año un saludo afectuoso a la gran kermesse marinera de la 'Vogalonga'. Dos mil, tres mil barcas de remo; todo el pueblo veneciano unido en familias, se daba cita en el espejo de agua de San Marcos, entre la Punta della Dogana y la isla de San Giorgio, una mañana de mayo, para una competencia en el agua a lo largo de los canales de la laguna. Una regata sin premios ni medallas, hecha sólo por el gusto del remo y por el amor al mar, por la alegría de la amistad, en el recuerdo de antiguas y gloriosas tradiciones.

La 'Vogalonga' del 78, último año de su presencia en Venecia, coincidió con la fiesta de la 'Sensa'. La 'Dogaressa' con el Patriarca Luciani y el Estandarte de San Marcos, la mañana del 7 de mayo, en el espejo de agua acogida por el alza remos de mil barcas que, dispuestas en cortejo, lo acompañaron hasta el ingreso de la antigua iglesia de San Nicolò para la solemne celebración litúrgica, a la que un tiempo presenciaba el Dux y el Senado de la República.

En la noche del Redentor, a mediados de julio, el Patriarca Luciani, desde la terraza del palacio, gozaba de los fuegos y las luces, de los coros y las músicas. La tarde del domingo participaba en la solemne procesión eucarística que se realizaba sobre el puente de barcas apostado en el canal de los buques. En la basílica palladiana presidía la Eucaristía. Al final del día, se sentaba al aire libre, en el huerto del convento, con los frailes capuchinos y con los amigos para un refresco a la veneciana. Se servían 'zaleti' y 'baicoli' (n.d.a: bizcochos típicos venecianos) preparados por los hermanos capuchinos.

Quería estar presente cada año en la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto, en la antigua basílica de Torcello con los coros y la banda musical de Burano. A la noche se quedaba a cenar en la casa parroquial, en el palacito que por siglos había sido la sede episcopal. Los discursos a la mesa caían sobre los orígenes de la isla, sobre los tesoros que un tiempo poseía, sobre las parroquias desaparecidas, tragadas por el agua y el tiempo, sobre el esplendor único e irrepetible de la basílica. A la noche volvía con los amigos en barca. Las estrellas que se reflejaban en el agua le recordaban las noches de agosto vividas de niño en las peregrinaciones al santuario de Pietralba. Recordaba con alegría el sonido de las campanas y la gente en fiesta a su llegada en barca a las parroquias del estuario. Días fecundos de apostolado, con la gente, los niños y los jóvenes.

 

De buen humor

Albino Luciani, en los momentos libres de la cura pastoral, era un humorista nato. Su risa empujaba a la alegría, era liberadora, tranquilizaba los espíritus, abría los ánimos a la confidencia. Revelaba una sobreabundancia de alegría y de esperanza, no obstante las heridas del alma que no le faltaban. Era un hombre rico de sentimiento, de espíritu poético y de humorismo. En ciertas ocasiones, sabía sacar fuera al niño al que le gustaba bromear. Saberse tomar el pelo, decía, hace bien al espíritu; nos hace estar humildes, nos revela lo que somos. El humorismo del cristiano es alegría del corazón; es el sentido de nuestra pequeñez; es un mirarse al espejo y reírse de sí mismo.

El teólogo Karl Rahner aconsejaba a sus discípulos que se dejaran llevar por la risa, que es liberación, alegría de vivir. Delante de los doctos e intelectuales, clérigos y laicos, no tenía miedo de aparecer ingenuo. Acostumbraba decir: 'El humorismo hace bien siempre; pone sal a las palabras; una frase graciosa saca el moho a la retórica y pone el corazón en alegría. Luciani recitaba a menudo la oración del buen humor, escrita por Tomás Moro, canciller de Inglaterra y mártir de la fe.

 

Dame, oh, Señor, una buena digestión

y también algo para digerir.

Dame la salud del cuerpo

y el buen humor para conservarla.

 

Dame, Señor, un alma santa,

que haga tesoro de lo que es bueno y puro

y no se asuste del pecado.

 

Dame un alma que no conozca el aburrimiento,

los suspiros y los lamentos

y no permitas que mi yo sofoque en mí

el amor y la amistad.

 

Dame, Señor, el sentido del ridículo

y el espíritu del humorista

y la capacidad de hacer reír beatamente a la gente.

Concédeme la gracia de saber aceptar la broma

y haz que conozca la alegría

y haga partícipes de ella también a los otros.

Amén.

Y la góndola va...

Una noche de mayo, una góndola va por ríos y canales. En ella están el Patriarca Luciani, el arzobispo de Siena, Ismaele Castellano, y el padre Pietro Lippini, párroco de los Santos Giovanni e Paolo. La noche del 6 de mayo de 1971, el Patriarca Albino Luciani tuvo, en aquella parroquia, en presencia del arzobispo de Siena y de una gran multitud, el discurso de clausura de las celebraciones en honor de Santa Catalina de Siena, nombrada por Paulo VI 'Doctor Ecclesiae'. Terminada la cena, el párroco dijo: "Acompañemos al Patriarca a casa en góndola". Esparcida la noticia, cuando partían desde la margen del rio dei Mendicanti, una pequeña multitud saluda al Patriarca y al arzobispo Castellano. El gondolero es Ferruccio Morucchio, varias veces campeón del remo en tantas regatas. Es una noche de luna; la góndola se desliza levemente sobre el agua. En el río de la Canonica se cruza con otras góndolas; los gondoleros reconocen al Patriarca Luciani; levantan los remos en señal de saludo. "Es la primera vez que voy en góndola", confía Luciani, "nunca había pensado che fuera tan hermoso". "Niño de montaña conocí Venecia con la imaginación y casi en sueño". Desde un balcón llega la música de un piano solitario, una alegría que sólo Venecia sabe dar. En un río vecino pasa la serenata. Alguien murmura la primera estrofa.

 

Oye en el aire un coro

son las campanas de la ciudad,

ponte el echarpe de oro

esta noche a la fiesta el amor va.

Fiesta del Redentor,

sé que mi corazón te quiere a ti...

 

Son las palabras que evocan la Noche del Redentor en Venecia. La góndola entra en la zona de San Marcos. Venecia de noche, vista desde el agua, es un sueño todavía más bello. "Gracias por esta hora de alegría y de paz", confía Luciani al párroco. "Eminencia, quedémonos todavía un poco", le pidió el padre Lippini. "La noche es bella. No ocurrirá más que nos encontremos en góndola con el arzobispo de Siena".

Camillo Bassotto

de "Venecia en el corazón", 1990

 

 


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