Las florecillas del Papa Luciani

 

Parte XVI

 

 

 

 


 

Pic-nic sobre el pasto

Luciani, Obispo de Vittorio Veneto, pasó algunos días de vacaciones en Pecol di Zoldo Alto, en el Bellunese, hospedado en una casa de las Monjas de la Virgen Niña. El tiempo estaba repartido entre la oración y la Santa Misa con la reflexión sobre la Palabra de Dios durante la Misa y largos paseos a pie en las montañas hacia el Civetta, el Paso Giau, el Paso Falzarego, el Paso Pordoi, el Paso San Pellegrino, hacia los que se acercaba en auto. El sábado a la tarde lo dedicaba deteniéndose en la iglesia de Mareson y a disposición para las confesiones de los fieles. El domingo regresaba a la diócesis para cumplir con los compromisos contraídos para varias celebraciones religiosas.

Junto a una curva del camino hacia el Paso Staulanza, a la sombra de un abeto, sentado sobre el pasto verde, Luciani tuvo una larga conversación con el Obispo de Belluno, Mons. Gioacchino Muccin, y un intercambio de reflexiones sobre las nuevas Plegarias Eucarísticas, acerca de las que se le había pedido su parecer y las observaciones desde Roma.

Un día quiso subir al Refugio Coldai en el Civetta. Le bastó llevar una manzana y un sandwich: el paso era de montañés, calmo, decidido, seguro. Cada tanto recogía frutillas y arándanos que le recordaban los años de su infancia. Quiso llevar en persona un ramo de flores al crucifijo que se encontraba a lo largo del sendero, ante el cual se paró y comentó: "Cuánto bien hace encontrar cada tanto un capitel: ayuda a respirar aire cristiano y a desintoxicarse del aire viciado por el mal, a reflexionar si estamos por el justo camino donde podemos encontrar a Dios". Decía: "Caminar así me parece sentirme todavía niño y gustar el amor de mi madre la cual me tiraba hacia adelante tomándome de la mano".

Antes de llegar al refugio, se sentó para descansar y contemplar. Un hombre y una mujer descendían por el camino; uno con la cesta llena de leña y la otra con heno. También los dos montañeses se detuvieron, saludaron y el hombre dijo:

- ¿¡¿Pero Ud. es el Obispo de Vittorio Veneto?!?... Lo he visto en una Confirmación de mi hija que vive por aquellos lugares... y luego Ud. es de estos pueblos, de Canale... Entonces, si me permite, me siento también yo y mi mujer y charlamos un poco...

Extendieron el mantel en el pasto y colocaron encima las rebanadas de polenta, el queso, y Luciani el sandwich, la manzana: se compartió en serena simplicidad el almuerzo. El hombre, con su viejo sombrero, fue un poco más adelante y regresó trayendo agua para beber para todos. Y, al final, saludando, Luciani dijo: "Xe proprio vero: che in montagna se no se ghe porta, non se ghe magna"(Es verdad que en la montaña si no se trae, no se come). Y llegaba a recordar todas las veces que, en los viajes en auto, Luciani traía siempre de casa lo necesario para el almuerzo o la cena. Se detenía en los lugares de parada a lo largo de la autopista y allí consumía el almuerzo, mezclado a otras tantas personas, a menudo camioneros con los que compartía un vaso de vino y alguna palabra buena de consuelo.

 

El obispo con el rastrillo

Cerca de la casa donde estaba hospedado, el campesino había cortado el heno que se estaba secando al sol. Imprevistamente desde el monte Pelmo aparecieron nubarrones negros; luego se sintió el ruido fuerte de la lluvia en el bosque de coníferas. Luciani se dio cuenta y dijo: "Vamos a ayudar a aquel hombre a rastrillar el heno antes de que llegue la lluvia". Y comentaba: "¡Cuántas veces ayudé a mamá en esta tarea; veía el cansancio y la tristeza en constatar vana o comprometida la fatiga y la esperanza del trabajo. Luego el temporal pasó y todos se encontraron una vez más al día siguiente sentados alrededor de una gran piedra, intercambiando impresiones y dejando caer siempre migajas de sabiduría cristiana...

 

Exquisita caridad

 

En una casa no lejana, vivía sola una anciana señora que se levantaba temprano, daba de comer a las gallinas, a los conejos, limpiaba el patio y luego se ponía a cultivar el huerto. Pasando por delante, Luciani la saludaba, le preguntaba cómo había pasado la noche y que programas de trabajo tenía. Un día, al regreso del paseo, la señora le puso a Luciani, en la mesa de afuera de la casa sobre la que había extendido un mantel blanco apenas lavado, un vaso, y quiso que probara el jarabe hecho con las propias manos con los frutos de bosque que ella misma había recogido. Luego de oídas las alabanzas, al obispo quiso regalarle una pequeña botella del mismo jarabe.

Un día Luciani se dio cuenta de que los balcones habían quedado cerrados... La monja, avisada por Luciani, regresó diciendo que la señora se había quedado en la cama porque no se sentía muy bien. Luciani se interesó en avisar a los parientes y dijo a las monjas que le llevaran cada día, hasta la curación, leche caliente a la mañana, la sopa y otras cosas a mediodía y a la noche. Y también que fueran a hacerle un poco de compañía.

 

don Francesco Taffarel

de “Humilitas”, enero de 2004

 

Pocos saben, por ejemplo, que su elección de Patriarca 


 

El Obispo Luciani, el Padre Pio y una profecía

 

En el año 1967, Francisco Cavicci, un empresario de Conegliano Veneto, fue a confesarse con el Padre Pío, del que era “hijo espiritual”. Al terminar la confesión el Padre Pío le dijo: “Tienes que crear un grupo de oración en tu pueblo”. Cavicci fue a hablar con el obispo para que le permitiera cumplir el deseo de Padre Pío. Conegliano dependía de la Diócesis de Vittorio Veneto y el obispo de aquella diócesis era en ese entonces Albino Luciani. Pero Luciani, escuchando el nombre del Padre Pío, que en esa época no era bien visto en muchos ambientes eclesiásticos, cortó el discurso diciendo: “Basta, basta: no quiero oír hablar de eso”.
Unos meses después, Cavicci volvió a ver al Padre Pío y le comentó lo que le había sucedido con el obispo. El Padre Pío quedó un instante en silencio, y luego le dijo: “Deja pasar. No hagas nada más. Será el obispo quien te buscará, y la autorización la obtendrás del Patriarca”. “Pero Padre, el Patriarca está en Venecia”, dijo Cavicci. Y el Padre Pío resentido expresó: “He dicho que será el obispo quien te buscará y el Patriarca quien te autorizará. Y ahora vuelve a tu casa”.
Cavicci estaba trastornado. No lograba entender aquel entuerto de palabras. Volvió a su casa y no pensó más en el grupo de oración.
En septiembre de 1968, Padre Pío murió. En diciembre de 1969 se concretaron las palabras del Padre Pío. Alrededor del día 10 de diciembre en horas del mediodía, sonó el teléfono de mi casa - me comentó Cavicci -. Era el secretario del obispo Luciani. Me dijo que su Excelencia quería verme. Convenimos un horario y fui a verlo. Cuando me vio, Monseñor Luciani comenzó a hablarme del Padre Pío en tono muy cordial. Recordaba la petición que le había hecho: “En los próximos días tengo que ir a Roma, pero a mi regreso nos vemos y hablaremos del grupo de oración a fundar en Conegliano”. Pasados unos días escuché por la radio que el obispo Albino Luciani había sido nombrado Patriarca de Venecia. Al regreso de Roma, Luciani me llamó y me dio la misión de fundar el grupo de oración. Padre Pío, dos años antes, había previsto todo: que Albino Luciani sería nombrado Patriarca de Venecia; también que, como obispo, me habría de buscar y como patriarca, me habría de autorizar a fundar el grupo de oración en Conegliano Veneto.

 

de “El Mensajero de San Antonio”,

 octubre de 2004

 


 

Una hermosa borrachera

 

Don Ettore nos ha contado cómo, por culpa suya, el Patriarca Luciani una vez se agarró - son palabras suyas - una "hermosa borrachera". Se encontraba don Ettore en el palacio patriarcal acompañando a Luciani y a otros dos sacerdotes. Los tres debían dar una conferencia en algún lado más tarde. Mientras esperaban la hora de partir, se sentaron y el Patriarca pidió a don Ettore que ofreciera algo para beber. Luciani eligió el licor Strega (40°) y don Ettore lo sirvió en tres vasos. El Patriarca dijo: "¡Muy bueno, muy bueno! ¡Un poco más!". Don Ettore obedeció y les sirvió a todos. Y don Albino: "¡Muy bueno, muy bueno! ¡Un poco más!". Don Ettore obedeció una vez más... Al final, como todos se quedaron dormidos, llegaron a la conferencia, ¡con una hora de atraso!

 

 

Un poco más de libertad

 

Un día el Patriarca fue a visitar una comunidad de religiosas de clausura en el Lido de Venecia. Una de las monjas le había preguntado si era posible hacer sacar la reja que las separaba de la gente y Luciani: "No puedo. Es el Papa que autoriza...". Una vez elegido Pontífice, las monjas no perdieron tiempo, se acordaron de las palabras del Patriarca y le escribieron. ¡La reja no está más!

 

Don Ettore Fornezza

Para “Amici di Papa Luciani”, 25 de agosto de 2003

 


 

Dos sobrinas santas

Amalia recuerda bien al tío. Tenía tres años cuando Luciani fue consagrado obispo por el Papa Juan XXIII en la Basílica de San Pedro. "Me acuerdo bien de él, como se recuerdan a los tíos, los preferidos. Cuando venía a visitarnos en Canale traía galletitas, caramelos, dulces para todos nosotros. O daba dinero a uno de nosotros y decía que fuera a comprar dulces para todos. Recuerdo su simplicidad, su generosidad".

El padre de Albino Luciani había tenido dos hijas de la primera mujer: una se convirtió en monja de clausura. Y luego, del matrimonio con Bortola, de sólida y radicada fe, nacieron los tres hijos: Albino, Edoardo y Antonia.
Una familia unida, en la que Albino ha estado muy presente, no obstante sus obligaciones de sacerdote, luego de obispo y de patriarca lo llevaran lejos de casa.

"Mis padres eran severos, - recuerda todavía Amalia - él era paterno. Cuando estábamos en el colegio él venía a menudo a visitarnos. Y no le faltaba la broma-Tengo todavía una carta que nos ha escrito en el colegio. Mi prima Lina  y yo le habíamos escrito prometiendo ser buenas. Y él nos respondió: 'Estoy tan seguro que ya las imagino Santa Lina y Santa Amalia'".

Visitas en el obispado y luego en Venecia cuando era patriarca. Visitas sin problemas, mientras Albino Luciani tuvo como secretario a don Mario Senigaglia ("era uno de la familia"). Visitas mucho más difíciles cuando llegó don Diego Lorenzi para hacerle de secretario. Amalia Luciani recuerda que acercarse al tío no era fácil. "Don Diego nos decía que el tío no tenía tiempo. O decía: pero, ¿cuántos sobrinos son ustedes? Y nosotros teníamos cuidado, no por el tío, sino que no queríamos imponernos".

de "Corriere delle Alpi", 23 de noviembre de 2003

 


 

"¿No me saludas más?"

Giovanni Tancon (Nani del Cencio) falleció ayer a la mañana a la edad de 89 años. Un testigo de nuestro tiempo, primer primo de Albino Luciani de quien conservaba tantísimos recuerdos. "Adiós querido viejo Nani". Contigo se ha ido un pequeño pero importante pedazo de historia de Canale. Perdón, de "Forno di Canale", como alguna vez querías recordar en tus historias, el viejo nombre de tu pueblo. Tu edad, casi al borde de los noventa años (clase 1915) te ha dado modo de vivir tantas experiencias y tantos episodios, trágicos y bellos de este pueblo. Lo que, de todos modos, continuabas recordando y que te había hecho convertirte en involuntario protagonista, había sido el de ver a aquel primo tuyo, Albino Luciani, amigo fraterno, compañero de juegos, ser electo Papa de la Iglesia de Roma.

Sí, el mismo compañero que recordabas a menudo; él un poco más grande que tú con el que ibas a pedir, durante los años del primer conflicto mundial, un poco de pan a los carabineros reales que estaban en Canale, entonces zona de retaguardia del frente. Era luego siempre con Albino que, recogidas un poco de balas de fusil, pasaban tardes enteras jugando con ellas como a las bolitas. No había otros juegos y uno se arreglaba como podía. Has estado apegado a este valle y a sus montañas; seguiste siendo leñador, actividad de la que te jactabas de haber sido uno de los últimos en ejercerla. Y, en tanto, seguías de cerca las siempre más lejanas metas que tu primo Albino alcanzaba en el curso de su vida religiosa.

Una vez que llegó a Canale, como Patriarca, contabas, no encontraste ni siquiera el coraje de saludarlo, tan distante te parecía que había llegado. Y así, discretamente, trataste de esconderte y alejarte. Pero aquella vez te salió mal; él se dio cuenta de que estabas allí y te llamó con tono fastidiado diciéndote. "Pero, ¿tú no me saludas más?". Y entonces te diste cuenta que en él no había cambiado nada y que seguía siendo el de siempre, ligado a ti, como un querido viejo compañero de juegos.

Dario Fontanive

de "Il Gazzettino", 21 de enero de 2004

 


 

Veinte copias de “Il Gazzettino” 

Los periodistas, en la inmediata vigilia del ingreso de los 111 cardenales electores en el cónclave, se encaprichaban en hacer "rosas" de nombres. Se hablaba de Siri, arzobispo de Genova, considerado un gran "tradicionalista"; de Baggio y Pignedoli, en los que se veían a dos dignos sucesores del Papa Montini. Alguien adelantó el nombre de Benelli, arzobispo de Florencia, cuya dote principal era - se decía - "la eficiencia". Luego empezó a entrar en la rosa también el nombre de Albino Luciani, patriarca de Venecia, a quien, en la Plaza de San Marcos, Paulo VI había impuesto su estola de Papa. A muchos les pareció un presagio.

La verdad es que los cardenales del Tercer Mundo habían venido a Roma con la idea bien precisa de querer un "Papa pastor" y hacían tranquilamente el nombre de Luciani. La misma cosa se verificaba con los cardenales de lengua española: y yo, personalmente, me di cuenta cuando un periodista español, sacerdote, vino a pedirme veinte copias de "Il Gazzettino" - el diario de Venecia - para el cual trabajo. Me dijo que las habían pedido los cardenales de lengua española que querían leer una amplia biografía de Luciani, publicada a toda página por el periódico.

Arcangelo Paglialunga

De “Il Gazzettino”, 25 de agosto de 2003

 


 

En crisis por la elección de Luciani 

 

La elección del Patriarca de Venecia como sucesor de Pedro fue unánime. En Venecia, su ciudad, hubo una cierta sorpresa. Pocos se esperaban la elección de Luciani. Y estupefactos, en negativo, quedaron, sobre todo, ciertos progresistas y cuantos, entre clero y pueblo, se le habían, en un cierto sentido, opuesto como Patriarca. A la noche de aquel sábado 26 de agosto se cruzaron las llamadas telefónicas de cuantos querían expresar disenso en esta elección. Un sacerdote, más bien en vidriera que formaba parte de aquella "oposición", dijo: "En qué manos ha caído la Iglesia" y, a quien le hacía notar que al final de cuentas la elección papal procedía del Espíritu Santo, a través de los Cardenales, respondió: "Qué lío han hecho los Cardenales".

 

Y varios laicos, venecianos (hombres y mujeres) de la así llamada “Intellighenzia” católica sufrieron una verdadera y propia crisis de fe, no logrando capacitarse de un Luciani Papa, siendo considerado por ellos de poca cultura, de acción frenadora del Concilio y más todavía. Distinto, en cambio, fue el comportamiento de los párrocos y, sobre todo, de los fieles en las parroquias, entusiasmados por el nombramiento y con frecuencia se repetía su motivo. "Es uno de los nuestros", para indicar su origen popular, su cercanía a la gente, su saber hablar y hacerse entender por el pueblo, también el más simple y el menos docto. De esa misma “intellighenzia”, al menos de una parte de ciertos católicos, no era, en cambio, considerado hombre de cultura, ni muy inteligente.

 

Titta Bianchini

de “Il Gazzettino”, 25 de agosto de 2003

 


 

Incredulidad por la muerte imprevista 

Si el 26 de agosto de 1978 los fieles, en especial en el Patriarcado de Venecia, se quedaron estupefactos por el nombramiento del Patriarca Albino Luciani como Papa, la sorpresa fue mayor el 29 de septiembre, apenas 33 días después, cuando se difundió la noticia de su muerte imprevista. Ninguno quería creerlo, tanto menos su Vicario General del período veneciano, mons. Giuseppe Bosa, quien, avisado, respondió: "Por ahora voy a celebrar la Misa: luego veremos qué hay de seguro". En realidad, tuvo que adaptarse también él a la triste noticia, él que había sido vicario del Papa Luciani poco después de su ingreso en la Diócesis. Y fue humilde vicario de un humilde Patriarca, en perfecta sintonía con sus deseos. Con la muerte de Luciani comenzaron a evidenciarse las virtudes de su patriarcado.

 

Los funerales de los sacerdotes 

Algunos recordaban, lo documenta la Revista Diocesana, que las primeras visitas como Patriarca fueron a los hospitales de San Servolo y de San Clemente, hospicios multiseculares de los minusválidos mentales, donde languidecían pobres hijos o hijas de Dios, golpeados por enfermedades incurables.

Así también entre el clero se notaba que con él se había retomado la tradición según la cual el Patriarca celebraba el funeral de sus sacerdotes, pero de todos sin excepción del puesto recubierto en la diócesis o del lugar donde se encontraban. Una práctica de afecto hacia su clero que había sido actuada sólo con el Patriarca La Fontaine (1915-1935) y será continuada por los sucesores de Luciani, como el Patriarca Cè y el actual Angelo Scola. A decir verdad, en cada diócesis, luego del Concilio, está vigente el uso de que el Obispo participe en la muerte de sus curas.

 

Una dama de la nobleza en problemas 

Otros recordarán sus gestos silenciosos de caridad, cuando hacía presente un poco a todos sus curas, el deber del períodos de vacaciones estivas y se acercaba a los más desafortunados en el plano económico, también con gruesas cifras de dinero para que pudiesen descansar. Salvo que algún párroco las destinaba enseguida a reducir las deudas que tenían en su iglesia o para ayudar a parroquianos pobres o en dificultades.

Es ya conocido el episodio de la dama de la nobleza veneciana reducida, por causas diversas, a condiciones de hambre y que se dirigió al Patriarca para una ayuda. El Patriarca, durante varios años, le aconsejó dirigirse todos los días a una tratoría del centro de la ciudad veneciana, avisando al propietario de darle el almuerzo cuando lo desease y sin fijarse en gastos: a fin de mes debía enviarle, al patriarcado, la cuenta que, enseguida, se disponía a pagar. Actos similares luego sucedían hacia algunos sacerdotes en situaciones desafortunadas, confiándolos a un párroco y a un par suyo para que hospedara en la casa parroquial al sacerdote en dificultades, salvo luego que pagaba él, en el silencio de todos y con todos, cuanto había sido gastado.

 

Un método de gobierno que no va

¡Pero cuántos sacerdotes recordarán del Patriarca Luciani la paciencia heroica y la caridad todavía más heroica, su disponibilidad para escuchar, para razonar, para discutir también con cuantos se le presentaban diciéndole que su método de gobierno no andaba, que había que cambiar porque ellos eran teólogos!

Titta Bianchini

de “Il Gazzettino”, 27 de septiembre de 2003

 


De una entrevista a Edoardo Luciani

 El llanto desconsolado 

Edoardo Luciani, llamado "Berto", regresa de El Alamein. Tiene 25 años. Está agotado. Desciende del tren en Belluno. Ante la estación tiene el autobús que lo lleva a Forno di Canale, hoy Canale d'Agordo, a la familia. ¿Quién, regresando de una guerra en Àfrica, no correría enseguida hacia su mamá? Pero él no puede. Se sumerge en el seminario, de su hermano Albino. "Cuando me ve en aquellas condiciones, me abraza y estalla en un llanto desconsolado. Luego me hace acomodar en su cama. 'Esta noche', me dice, 'tú te quedarás aquí'. Y nos hemos puesto a dormir juntos. La mañana siguiente me acompañó al autobús. Bueno, este es el recuerdo que me sangra todavía".

¿Por qué le sangra?

“Por su intensidad, por su extraordinaria ternura que sólo dos hermanos pueden entender”.

Entre Albino Luciani y Edoardo, "el maestro Berto", como es mejor conocido, la relación ha sido siempre muy fuerte, significativa, de intensa familiaridad, sobre todo, de apoyo.

"A la comitiva que estaba por partir de Canale a Belluno y Vittorio Veneto, el otro día se me ha pedido que contara sobre mi hermano, no un episodio edificante, sino una "travesura". Lo hice con gusto. Albino tenía 12 años y era un chico de una vivacidad única...".

¿Qué hizo?

"Lo tengo para mí. Y para aquellos peregrinos. Más bien, lamento haber sido un poco desacralizante; quizá he hecho perder un poco de devoción (n.d.a : Edoardo contó luego a “Amici di Papa Luciani, el 26 de agosto de 2003, que se trataba de un juego donde habían participado ellos y otros dos. Una pesca de beneficencia con un único beneficiario: ¡Albino!). A veces se considera que de una persona se pueda hablar sólo bien. En cambio, ciertas cualidades se adquieren con grandes sacrificios. Y mi hermano ha pasado por este camino. Era tremendo y no ha cambiado de la noche a la mañana. Convertirse en aquello en que luego se ha convertido le ha costado años de esfuerzos sobre sí mismo. Y, ante todo, de convicción íntima. Al final del seminario menor ha tenido una gran crisis, como, por otra parte, sucede a muchos en la adolescencia. Y la ha concluido con una confesión liberadora con el padre Leopoldo Mandic, un capuchino, tanto es así que, en su agenda personal que se nos ha entregado luego de la muerte - mi hermana y yo la hemos abierto juntos -, tenía dos retratos, el de mamá y el del padre Leopoldo,junto con el poco dinero de que disponía. El padre Leopoldo le había dado la fuerza, me confió, de salvar su vocación".

"Berto" cuenta una media verdad cuando dice que la memoria le conserva "indeleble" sólo aquel abrazo, como ex combatiente de África con el hermano en el seminario. Basta insistir (la discreción del maestro es proverbial en el pueblo) y he aquí que resurgen "las dos horas que Albino me concedió cara a cara en el Vaticano el día antes de la investidura".

"Hablamos de todo, denso denso, de sus sentimientos, de lo que experimentaba, de nuestra familia". Era el 2 de septiembre de 1978. Luciani era Papa desde el 26 de agosto. El 3 de septiembre habría presidido la solemne ceremonia de inicio del Pontificado".

¿Estaba preocupado?

"Berto" no nos deja terminar la pregunta. "No, no, no, y todavía no. No estaba para nada preocupado" (casi se enoja respondiendo). "Yo siento decir que fue masacrado por los pesos a soportar con que se encontró. No, no, no y todavía no. ¿Lo quieren entender que estaba tranquilo? Yo lo encontré tranquilísimo, como pocas veces en su vida. También se lo he preguntado si le pesaba el deber que se le había confiado. Me respondió enseguida que no. 'Me tocaba trabajar más en Venecia', admitió él mismo. 'Aquí tengo un equipo para los argumentos variados aún cuando luego debo decidir yo'.

¿Luciani había, por lo tanto, tomado en cuenta aquella perspectiva de que Paulo VI le había, tal vez, dejado intuir cuando en Venecia, el 16 de septiembre de 1972, le había puesto la estola sobre los hombros?

"Es un argumento delicado - responde luego de una larguísima pausa -. A mi juicio, sí, él se lo esperaba. Pero como una "tentación", no como un deseo. Una tentación que había tratado de alejar de sí. Había oído expresiones de colegas. En una carta a mi hermana Nina confiesa: 'Por suerte yo estoy fuera de peligro'. Pero, escribiéndolo, trataba de convencerse a sí mismo. Mi hermana no le había preguntado nada. ¿Por qué Albino sintió la necesidad de mandarle esas cuatro líneas?"

Cada noche, en casa de "Berto", se reza el Rosario. Siguen las oraciones de sufragio. "También por Albino". "Pero - confiesa todavía el hermano - una vez encontré el coraje también de pedirle un favor".

¿Un milagro?

"No, un favor. Y lo he obtenido. Se lo pedí casi con violencia, porque él me había puesto en una situación casi similar a cuando estaba vivo. 'Aquella vez tú te has mandado una gruesa conmigo; ahora, si puedes, trata de ayudarme'. Me ha escuchado...".

Pero "Berto" quiere guardar celosamente para sí también este secreto.

Francesco Dal Mas

de “Avvenire”, 24 de agosto de 2003

 


 

Luciani, aquel Papa new global


El editorial de Giuseppe Frangi sobre la figura de Juan Pablo I a 25 años de la brevísima asunción al Papado antes de su desaparición.

Sucedía hace 25 años, en estos días. Un verano increíble y convulsionado en el que, en pocas semanas, el heredero de San Pedro cambió dos veces. Y, encerrado entre dos Pontificados destinados a marcar la historia, aquel dramático y lacerante de Paulo VI (¿Recuerdan sus últimas palabras?: "Ahora que el día se pone y todo termina y se desvanece de esta estupenda y dramática escena temporal y terrena..."); y el Pontificado rocoso del Papa Wojtyla, se asomó por 33 días un hombre humilde, simple. Si queremos dar a la palabra Papa aquella connotación de poder y de grandeza que un poco se lleva dentro, podríamos decir que fue el Papa menos Papa que se pudiera imaginar. Y lo fue también en los hechos, visto que atravesó, como un simple pasajero en tránsito, aquellos palacios cargados de historia. No tenía la voz tronante de quien le ha sucedido, no aquella cortante y épica de su predecesor. Tenía una voz tenue; no se sabe si tímida o más bien divertida por el chiste que el Padre Eterno le había hecho: una voz, de todos modos, no destinada, voluntariamente, a ser grabada en los muros de la historia.


Se preguntarán: ¿Por qué entonces recordar al Papa Luciani? ¿Por qué hablar? El motivo es muy simple. Uno como el Papa Luciani nos falta. Falta a quien es católico, como el que escribe esto, pero falta, creo, también al mundo. Falta porque con él, por aquel instante durado 33 días, un no protagonista ocupó un lugar que sólo quien tiene el temperamento de protagonista puede ocupar. Entendámonos, el Papa Luciani no era un outsider. Tenía una conciencia profunda de su rol. Sólo que no se tomó nunca los méritos. En esto estaba su simplicidad. Pero quizá su unicidad (gran fe aparte) está en otra dimensión que hoy en la escena pública del mundo parece faltar en toda latitud, incluida, a menudo, la de la Iglesia: y es la ausencia de retórica. Su fuerza estaba en no contar con las propias fuerzas,  con una sagacidad que su desaparición tan rápida ha hecho luego profética. No era un simple en el sentido de que no era conciente de las complicaciones de la historia. Era un tipo simple porque fue capaz de subir el escalón más alto de la Iglesia conservando íntegra la humildad del párroco que cada mañana abre el portón de su iglesia.


Este aspecto público nos falta. El rostro de un "primero" que sinceramente se considera a sí mismo un último. De un "primero" que no engaña, que no anuncia lo imposible, que sabe sonreír como sólo un amigo sonríe. El Papa Luciani encarnó el rostro tierno y sobrio del poder, porque no era un hombre "contra". No la tenía con ninguno, ni siquiera con una cultura y un estilo de vida que estaba poniendo la fe y la Iglesia en los márgenes. No era hombre de cruzadas, ni de recriminaciones. Esperaba estar en el buen camino porque algún otro lo había guiado allí.

Apenas nombrado obispo, en 1959, se había llegado, sorprendido y alegre, a decir la última Misa a sus paisanos. Les explicó lo que le había sucedido: "Estoy pensando en estos días que conmigo el Señor actúa su viejo sistema: toma a los pequeños del fango y los pone en alto, toma a la gente de los campos, de las redes del mar, del lago y los hace apóstoles". He aquí lo que el Papa Luciani nos ha dejado a todos, creyentes y no: el sentido del don. Más new global que así...

de Giuseppe Frangi, 21/08/2003

(g.frangi@vita.itwww.vita.it

 


Luciani y Rosmini

"Luego hemos tenido la sorpresa de que un joven colaborador nuestro, Albino Luciani, se ha convertido en Papa". Así ayer el director de "Studia Patavina", Giuseppe Trentin, ha hablado de una personalidad ilustre que ha puesto su firma en la prestigiosa revista. En realidad, ha dicho luego Mons. Sartori, el entonces sacerdote bellunés Luciani publicó un sólo artículo, extraído de su tesis: "La teoría rosminiana sobre el origen del alma y el Magisterio de la Iglesia" (1958). Y fue un pequeño caso. "Una cruz para nosotros", dice el anciano teólogo padovano. "Luciani me dijo - prosigue Sartori - que él esperaba darle la razón a Rosmini, que amaba, en aquella tesis condenada. Pero, al final, ha debido dar la razón a Roma". El artículo suscitó la reacción de don Clemente Riva, sacerdote rosminiano y futuro auxiliar de Roma, también responsable diocesano para el ecumenismo y el diálogo. La causa de beatificación del filósofo de Rovereto está, de todos modos, todavía en curso. Sartori recordó de Luciani también una frase significativa, dicha a él y a Bortignon, sobre el Concilio: "Excelencia, tenemos que convertirnos".

de Avvenire, 13/12/2003

 


El primer bebé de probeta

Eran los días inmediatamente sucesivos al 25 de julio de 1978, día del nacimiento de Louise Brown, la primera niña en el mundo concebida en probeta. En Venecia, el entonces cardenal Albino Luciani reflexionaba con gran preocupación acerca del camino de la ciencia, compartiendo "sólo en parte el entusiasmo de quien loaba" el experimento.
Lo que lo angustiaba era un presentimiento: "El peligro de que pueda surgir una industria de la fábrica de los hijos, tal vez, para quien no pueda casarse o hasta para quien no quiere el matrimonio". De allí a poco Luciani habría sido elegido Papa en el cónclave instituido a la muerte de Paulo VI.

A distancia de decenios aquellas dos páginas de apuntes autógrafos, hasta ahora inéditos, arrojados de golpe sobre el papel con membrete del Patriarcado, muestran la extraordinaria intuición de Luciani, pero también los interrogativos que se ponía sobre los aspectos éticos y morales de la fecundación asistida. El entonces Patriarca de Venecia reflexionaba sobre la impresionante noticia proveniente de Londres y sobre las nuevas fronteras de las técnicas reproductivas.


La reflexión sobre la fecundación artificial le había sido solicitada a Luciani por un periodista que lo invitaba a comentar el nacimiento de la pequeña Louise Brown. Luciani aquellos apuntes los escribió en una tarde pero, al final, no los entregó nunca. "Encuentro difícil responder a su pregunta",  comenzaba el futuro Papa, haciendo notar que, para pronunciarse, habría "tenido necesidad de conocer los datos científicos del evento". Luciani confesaba, además, su "dificultad" en pronunciarse sobre una materia tan delicada. "Mi respuesta es, por lo tanto, personal, a mi riesgo y peligro, diría, interlocutoria".

 

de "La Gazzetta Politica", 2002

 

 


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