27/08/1978: Radiomensaje "Urbi et Orbi"

30/08/1978: A los Cardenales

31/08/1978: Al cuerpo diplomático ante la Santa Sede

01/09/1978: A los periodistas

03/09/1978: Misa de inicio como Supremo Pastor de la Iglesia Católica

04/09/1978: A las misiones especiales llegadas a Roma

07/09/1978: Al clero de Roma

21/09/1978: A un grupo de obispos de EE.UU. en visita "ad limina"

23/09/1978: Al alcalde de Roma

23/09/1978: Toma de posesión de la Basílica de San Juan de Letrán

28/09/1978: A un grupo de obispos filipinos en visita "ad limina"

30/09/1978: A los jesuitas (póstumo)

Radiomensaje a los fieles de Ecuador

 

                 

 

EL PROGRAMA DEL NUEVO PAPA


Primer Mensaje a la Iglesia y al mundo

 

Domingo, 27 de agosto de 1978

 

Venerables hermanos,
queridos hijos e hijas
de todo el orbe católico:

 

Llamado por la misteriosa y paterna bondad de Dios a la gravísima responsabilidad del Supremo Pontificado, os damos nuestro saludo; e inmediatamente lo extendemos a todos los hombres del mundo, que nos escuchan en este momento, y a los cuáles, según las enseñanzas del Evangelio nos place considerar únicamente como amigos y hermanos. A todos vosotros nuestro saludo, paz, misericordia, amor: «La gracia del Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sea con todos vosotros» (2 Cor 13,13)

 

En el timón de la nave de Pedro

 

Tenemos todavía el ánimo turbado por el pensamiento del tremendo ministerio para el que hemos sido elegido. Como Pedro, nos parece haber puesto los pies sobre el agua movediza y, agitado por el viento impetuoso, hemos gritado con él al Salvador: «Señor, sálvame» (Mt 14, 30) Pero hemos sentido dirigida también a Nos la voz, alentadora y al mismo tiempo amablemente exhortadora de Cristo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31). Si las fuerzas humanas, por sí solas, no pueden sostener tan gran peso, la ayuda omnipotente de Dios, que guía a su Iglesia a través de los siglos en medio de tantas contradicciones y adversidades, no nos faltará ciertamente, tampoco a Nos, humilde y último servus servoum Dei.

Teniendo nuestra mano asida a la de Cristo, apoyándonos en Él, hemos tomado también Nos el timón de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella está presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolación y victoria. Según las palabras de San Agustín, que recoge una imagen frecuente en los Padres de la antigüedad, la nave de la Iglesia no debe temer, porque está guiada por Cristo: «Pues aun cuando la nave se tambalee, sólo ella lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Ciertamente peligra en el mar; pero sin ella al momento se sucumbe» (Sermo 75, 3; PL 38, 475) Sólo en ella está la salvación: sino illa peritur!

Apoyados en esta fe, caminaremos. La ayuda de Dios no nos faltará, según la promesa indefectible: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 20) Vuestra adhesión unánime y la colaboración generosa de todos nos hará más ligero el peso del deber cotidiano.

Nos disponemos a asumir esta tremenda misión consciente de que la Iglesia católica es insustituible, de que su inmensa fuerza espiritual es garantía de paz y de orden, como tal está presente en el mundo, y como tal la reconocen los hombres esparcidos por todo el orbe.

El eco que la vida de la Iglesia levanta cada día es testimonio de que ella, a pesar de todo, está viva en el corazón de los hombres, incluso de aquellos que no comparten su doctrina y no aceptan su mensaje. Como dice el Concilio Vaticano II: «La Iglesia, que debe extenderse a todos los pueblos, entra en la historia humana, pero rebasando a la vez los límites del tiempo y del espacio. Y mientras camina a través de peligros y tribulaciones, es confortada por la fuerza de la gracia divina que el Señor le prometió, para que a pesar de la debilidad humana no falte a su fidelidad absoluta, antes bien, se mantenga esposa digna de su Señor y no cese de renovarse a sí misma, bajo la acción del Espíritu Santo, hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso» (Lumen Gentium, 9) Según el plan de Dios, que «congregó a quienes miran con fe a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz», la Iglesia ha sido fundada por Él «a fin de que sea para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvadora» (id).

 

Al servicio de la misión universal de la Iglesia

 

Bajo esta deslumbrante luz, nos ponemos enteramente, con todas nuestras fuerzas físicas y espirituales, al servicio de la misión universal de la Iglesia, lo cual implica la voluntad de servir al mundo entero: en efecto, pretendemos servir a la verdad, a la justicia, a la paz, a la concordia, a la cooperación, tanto en el interior de las naciones, como de los diversos pueblos entre sí.

Llamamos ante todo a los hijos de la Iglesia a tomar conciencia cada vez mayor de su responsabilidad: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13 s.)

Superando las tensiones internas que se han podido crear aquí y allá, venciendo las tentaciones de acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, así como a las seducciones del aplauso fácil, unidos con el único vínculo del amor que debe informar la vida íntima de la Iglesia, como también las formas externas de su disciplina, los fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo: «Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1 Pe 3,15)

La Iglesia, en este esfuerzo común de responsabilidad y de respuesta a los problemas acuciantes del momento, está llamada a dar al mundo ese «suplemento de alma» que tantos reclaman y que es el único capaz de traer la salvación. Esta espera hoy el mundo: él sabe bien que la perfección sublime a la que ha llegado con sus investigaciones y con sus técnicas ha alcanzado una cumbre más allá de la cual aparece ya aterrador el vértigo del abismo; la tentación de sustituirse a Dios con la decisión autónoma que prescinde de las leyes morales, lleva al hombre moderno al riesgo de reducir la tierra a un desierto, la persona a un autómata, y la convivencia fraterna a una colectivización planificada, introduciendo no raramente la muerte allí donde en cambio Dios quiere la vida.

La Iglesia, llena de admiración y simpatía hacia las conquistas del ingenio humano, pretende además salvar al mundo, sediento de vida y de amor, de los peligros que le acechan. El Evangelio llama a todos sus hijos a poner las propias fuerzas, y la misma vida, al servicio de los hermanos, en nombre de la caridad de Cristo: «Nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13) En este momento solemne, pretendemos consagrar todo lo que somos y podemos a este fin supremo, hasta el último aliento, consciente del encargo que Cristo mismo nos ha confiado: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Necesitamos, para darnos fuerzas en la ardua tarea, del recuerdo suavísimo de Nuestros Predecesores, cuya amable dulzura e intrépida fuerza Nos será de ejemplo en el programa pontificio: recordamos en particular las grandísimas lecciones de gobierno pastoral dejadas a Nosotros por los Papas que Nos están cercanos, como Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, que con su sabiduría, dedicación, bondad y amor a la Iglesia y al mundo han dejado una huella imborrable en nuestro tiempo atormentado y magnífico. Pero es, sobre todo, al llorado Pontífice Paulo VI, Nuestro inmediato Predecesor, a quien va nuestro conmovido afecto del corazón y de la veneración. Su muerte rápida, que ha dejado atónito al mundo, según el estilo de los gestos proféticos de los cuales ha circundado su inolvidable pontificado, ha puesto en la justa luz la estatura extraordinaria de aquel grande y humilde hombre, al cual la Iglesia debe la irradiación extraordinaria, aún entre las contradicciones y las hostilidades, alcanzada en estos quince años, así como también la obra gigantesca, infatigable, incansable, puesta por él en la realización del Concilio y en asegurar al mundo la paz: tranquiltitas ordinis.

Los puntos del programa pontificio

Nuestro programa será el de continuar el suyo, en la huella ya marcada con tanta aceptación por el gran corazón de Juan XXIII:

Aplicar el Concilio

- Queremos continuar en la prosecución de la herencia del Concilio Vaticano II, cuyas sabias normas deben ser todavía llevadas a cumplimiento, vigilando para que un empujón, generoso tal vez, pero imprudente, no tergiverse los contenidos y los significados, y, asimismo, que fuerzas de freno y tímidas no hagan lento el magnífico impulso de renovación y de vida.

Conservar intacta la disciplina de la Iglesia

- Queremos conservar intacta la gran disciplina de la Iglesia en la vida de los sacerdotes y de los fieles, como la probada riqueza de su historia ha asegurado en los siglos con ejemplos de santidad y heroísmo, ya sea en el ejercicio de las virtudes evangélicas, como en el servicio a los pobres, a los humildes, a los indefensos; y, a este propósito, llevaremos adelante la revisión del Código de Derecho Canónico, ya sea en la tradición oriental como en la latina, para asegurar, a la linfa interior de la santa libertad de los hijos de Dios, la solidez y la firmeza de las estructuras jurídicas.

Centrar todas las energías en la evangelización

- Queremos recordar a la Iglesia entera que su primer deber es el de la evangelización, cuyas líneas maestras Nuestro Predecesor, Paulo VI, ha condensado en un memorable documento: animada por la fe, nutrida por la Palabra de Dios y sostenida por el alimento celeste de la Eucaristía, ella debe estudiar toda vía, buscar todo medio, «oportuno o inoportuno», para sembrar el Verbo, para proclamar el mensaje, para anunciar la salvación que pone en las almas la inquietud de la búsqueda de lo verdadero y en ella las sostiene con la ayuda de lo alto; si todos los hijos de la Iglesia supieran ser incansables misioneros del Evangelio, un nuevo florecimiento de santidad y de renovación surgirá en el mundo, sediento de amor y de verdad.

Proseguir el esfuerzo ecuménico

- Queremos continuar el esfuerzo ecuménico que consideramos la extrema consigna de Nuestros inmediatos Predecesores, vigilando con fe inmutable, con esperanza invicta y con amor indeclinable la realización del gran mandato de Cristo: «Ut omnes unum sint», en el cual vibra el ansia de su Corazón en la vigilia de la inmolación del Calvario; las mutuas relaciones entre las iglesias de distinta denominación han cumplido progresos constantes y extraordinarios, que están a la vista de todos; pero la división no cesa, por otro lado, de ser motivo de perplejidad, de contradicción y de escándalo a los ojos de los no cristianos y de los no creyentes: por esto pensamos dedicar Nuestra inmediata atención a todo lo que pueda favorecer la unión, sin ceder en lo doctrinal pero también sin vacilaciones.

Promover el diálogo

 

- Queremos proseguir con paciencia y firmeza el diálogo sereno y eficaz que el Sumo Pontífice Pablo VI, nunca bastante llorado, fijó como fundamento y estilo de su acción pastoral, dando las líneas maestras de dicho diálogo en la Encíclica Ecclesiam suam, a saber: Es necesario que los hombres, a nivel humano, se conozcan mutuamente, aun cuando se trate de los que no comparten nuestra fe: y es necesario que nosotros estemos siempre dispuestos a dar testimonio de la fe que poseemos y del encargo que Cristo nos encomendó, para «que el mundo crea» (Jn 17, 21).

   

Defender e incrementar la paz

 

- Queremos, finalmente, secundar todas las iniciativas laudables y buenas encaminadas a tutelar e incrementar la paz en este mundo turbado; con este fin, pediremos la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honrados, rectos de corazón, para que, dentro de cada nación, se opongan a la violencia ciega que sólo destruye sembrando ruina y luto; y, en la convivencia internacional, guíen a los hombres a la comprensión mutua, a la unión de los esfuerzos, que impulsen el progreso social, venzan el hambre corporal y la ignorancia del espíritu, fomenten el desarrollo de los pueblos menos dotados de bienes materiales, pero, al mismo tiempo, ricos en energías y aspiraciones.

 

SALUDOS Y ORIENTACIONES A TODO EL PUEBLO DE DIOS

 

Hermanos e hijos queridísimos:

 

En esta hora que nos hace temblar, pero en la que, al mismo tiempo, nos sentimos confortados por las promesas divinas, saludamos a todos nuestros hijos; desearíamos tenerlos aquí a todos para mirarlos en los ojos y para abrazarlos infundiéndoles valor y confianza, y pidiéndoles comprensión y oración por nosotros.

A todos nuestro saludo.

 

A los cardenales, obispos y sacerdotes

 

--A los cardenales del Sacro Colegio, con los que hemos compartido horas decisivas y en quienes confiamos ahora y confiaremos en el futuro, agradeciéndoles sus sabios consejos y la valiosa colaboración que querrán seguir ofreciéndonos, como prolongación del consenso amplio que, por voluntad de Dios, nos ha traído a esta cumbre del ministerio apostólico.

--A todos los obispos de la Iglesia de Dios, «que representan cada uno a su Iglesia, y todos ellos juntamente con el Papa a la Iglesia universal en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad» (Lumen Gentium, 23), y cuya colegialidad queremos consolidar firmemente solicitando su colaboración en el gobierno de la Iglesia universal, sea mediante el Sínodo, sea a través de los dicasterios de la Curia, en los que ellos toman parte según las normas establecidas.

--A todos nuestros queridos colaboradores, a quienes corresponde ejecutar fiel y continuamente nuestra voluntad; ellos tienen el honor de realizar una actividad que les compromete a una vida de santidad, a un espíritu de obediencia, a una dedicación apostólica y a un amor ferviente a la Iglesia que sirva de ejemplo a los demás. Los amamos uno a uno, y pidiéndoles que continúen prestándonos a nosotros, como a nuestros predecesores, su ya probada fidelidad, estamos seguros de poder contar con su trabajo preciosísimo que nos servirá de gran ayuda.

--Saludamos a los sacerdotes y fieles de la diócesis de Roma a ellos nos une la sucesión de Pedro y el ministerio único y singular de esta Cátedra Romana «que presido en la caridad universal» (cf SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Epístola a los romanos, Funk I, 252)

--Saludamos de modo especial a los fieles de nuestra diócesis de Belluno, de la cual procedemos; y a los que en Venecia nos habían sido confiados como hijos afectuosos y queridos, en los que pensamos ahora con nostalgia sincera, recordando sus magníficas obras eclesiales y las energías que hemos dedicado juntos a la buena causa del Evangelio.

--Y abrazamos con amor también a todos los sacerdotes, especialmente a los párrocos y a cuantos se dedican a la cura directa de las almas, en condiciones muchas veces de penuria o de auténtica pobreza, pero sostenidos al mismo tiempo luminosamente por la gracia de la vocación y por el seguimiento heroico de Cristo, «pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pe 2, 25).

 

A los religiosos, a las religiosas y a los laicos

 

--Saludamos a los religiosos y religiosas de vida contemplativa o activa, que siguen irradiando en el mundo el encanto de su adhesión intacta a los ideales evangélicos; y les rogamos que «sin cesar se esmeren para que, por medio de ellos, ante los fieles y los infieles, la Iglesia manifieste de veras cada vez mejor a Cristo» (Lumen Gentium, 46).

 

--Saludamos a toda la Iglesia misionera, animando y aplaudiendo con amor a los hombres y mujeres que ocupan un puesto de vanguardia en la proclamación del Evangelio: sepan que entre todos aquellos a quienes amamos, ellos nos son especialmente queridos; nunca los olvidaremos en nuestras oraciones y en nuestra solicitud, porque tienen un puesto privilegiado en nuestro corazón.

 

--A las Asociaciones de Acción Católica, así como a los Movimientos de denominación diversa que contribuyen con energías nuevas a la vivificación de la sociedad y a la consecratio mundi, como levadura en la masa (cf. Mt 13, 33), va todo nuestro aliento y nuestro apoyo, porque estamos convencidos de que su actividad, en colaboración con la sagrada jerarquía, es hoy indispensable para la Iglesia.

 

A la juventud y a las familias

 

--Saludamos a los adolescentes y a los jóvenes, esperanza de un mañana más limpio, más sano, más constructivo, advirtiéndoles que sepan distinguir entre el bien y el mal, y realicen el bien con las energías frescas que poseen, procurando aportar su vitalidad a la Iglesia y para el mundo del mañana.

--Saludamos a las familias, «santuario doméstico de la Iglesia» (Apostolicam actuositatem, 11), más aún, «verdadera y propia Iglesia doméstica» (Lumen gentium, 11), deseando que en ellas florezcan vocaciones religiosas y decisiones santas, y que preparen el mañana del mundo; les exhortamos a que se opongan a las perniciosas ideologías del llamado hedonismo que corroe la vida, y a que formen espíritus fuertes, dotados de generosidad, equilibrio y dedicación al bien común.

 

A los que sufren

 

--Pero queremos enviar un saludo particular a cuantos sufren en el momento presente; a los enfermos, a los prisioneros, a los emigrantes, a los perseguidos, a cuantos no logran tener un trabajo o carecen de lo necesario en la dura lucha por la vida; a cuantos sufren por la coacción a que está reducida su fe católica, que no pueden profesar libremente sino a costa de sus derechos primordiales de hombres libres y de ciudadanos solícitos y leales. Pensamos de modo particular en la atormentada región del Líbano, en la situación de la Tierra de Jesús, en la faja del Sahel, en la India tan probada, y en todos aquellos hijos y hermanos que sufren dolorosas privaciones, sea por las condiciones sociales y políticas, sea a consecuencia de desastres naturales.

 

A las clases sociales humildes y a los responsables de la marcha del mundo

 

¡Hombres hermanos de todo el mundo!

Todos estamos empeñados en la tarea de lograr que el mundo alcance una justicia mayor, una paz más estable, una cooperación mas sincera; y por eso invitamos y suplicamos a todos, desde las clases sociales más humildes que forman la urdimbre de las naciones, hasta los Jefes responsables de cada uno de los pueblos, a hacerse instrumentos eficaces y «responsables» de un orden nuevo, más justo y más sincero.

Una aurora de esperanza flota sobre el mundo, si bien una capa espesa de tinieblas con siniestros relámpagos de odio, de sangre y de guerra, amenaza a veces con oscurecerla; el humilde Vicario de Cristo que comienza con temblor y confianza su misión, se pone a disposición total de la Iglesia y de la sociedad civil, sin distinción de razas o ideologías, con el deseo de que amanezca para el mundo un día más claro y sereno. Solamente Cristo puede hacer brotar la luz que no se apaga, porque Él es el «sol de justicia» (cf. Mal 4, 2); pero Él pide también el esfuerzo de todos; el nuestro no faltará.

 

Invocación al Señor, a la Virgen y a los Santos Pedro y Pablo

 

Pedimos a todos nuestros hijos la ayuda de su oración, porque sólo en ésta esperamos; y nos abandonamos confiados a la ayuda del Señor quien, al igual que nos ha llamado a la tarea de Representante suyo en la tierra, no permitirá que nos falte su gracia omnipotente.

María Santísima, Reina de los Apóstoles, será la fúlgida estrella de nuestro pontificado.

San Pedro, «fundamento de la Iglesia» (SAN AMBROSIO, Exp. Ev. Sec. Lucam, IV, 70; CSEL 32, 4, pág. 175) nos asista con su intercesión y con su ejemplo de fe invicta y de generosidad humana.

San Pablo nos guíe en el impulso apostólico dirigido a todos los pueblos de la tierra; nos asistan nuestros santos Patronos.

Y en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo impartimos al mundo nuestra primera y afectuosísima bendición apostólica.

 

 

COMUNION ECLESIAL EN TORNO A LA SEDE DE PEDRO

 

 Discurso al Sacro Colegio Cardenalicio

 

 

Miércoles,30 de agosto de 1978

 

Palabras del Pontífice, fuera del texto escrito:

“Gracias, Eminencia Reverendísima, por las palabras tan buenas que se ha dignado dirigirme, en nombre, además del Sacro Colegio, me pareció ver en nombre de la Iglesia, de sus componentes: los fieles, los sacerdotes, los religiosos.

Antes que nada, yo quisiera pedir de alguna manera disculpas porque, en la prensa, he visto que, casi casi, yo habría reprochado al Sacro Colegio. No es precisamente así. Cuando volví de la bendición y vi a todo el Colegio formado para la foto que luego no se hizo, me vino espontáneamente, de los recuerdos de la escuela, yo debo a la escuela el texto del tudesco ahí, donde habla de San Bernardo, dice también la reacción que tuvo cuando oyó que Eugenio III, uno de los suyos, había sido hecho Papa. Entonces, escribió: "Quid fecistis? Parcat vobis Deus". Pero no era yo que lo decía. ¡No os reprochaba en absoluto! Quería decir, la reacción de San Bernardo. Yo, en cambio, en este momento, debo agradecer la confianza absolutamente inesperada por mí y también inmerecida, que habéis tenido en darme vuestro voto. Esperemos que el Señor no me haga indigno de esta confianza. Ayudadme también vosotros con vuestras oraciones. Aquí veo al cardenal Felici, con su acostumbrada amabilidad, antes de que terminara el escrutinio, vino, porque estaba justo delante de mí, y me dijo: “Mensaje para el nuevo Papa”. ¡Gracias! – dije, pero todavía no había sido hecho. Abrí. ¿Qué era? Un pequeño Via Crucis. Ese es el camino de los Papas. Pero... en el Via Crucis, uno de los personajes es también el cireneo. Espero que, mis hermanos cardenales ayudarán a este pobre Cristo, Vicario de Cristo, a llevar la cruz con su colaboración de la que yo siento tanta necesidad (...)

Yo, en un cierto sentido, siento dolor de no poder regresar a la vida del apostolado menudo que me gustaba tanto. He tenido siempre diócesis pequeñas: Vittorio Véneto, diócesis pequeña; la misma Venecia, grande por historia y pequeña, 430.000 habitantes. Por eso, mi trabajo era: chicos, obreros, enfermos, visitas pastorales. No podré hacer más este trabajo. Pero vosotros podéis hacerlo. Pero no debéis solamente pensar en vuestra diócesis. Los obispos deben pensar también en la Iglesia universal. Debemos trabajar juntos. Tened piedad del pobre Papa nuevo que verdaderamente no esperaba subir a este lugar. Tratad de ayudar y tratemos juntos de dar al mundo espectáculo de unidad, aún sacrificando a veces alguna cosa. Pero nosotros tendremos mucho que perder si el mundo no nos ve sólidamente unidos.

Con esto, os doy las más grandes felicitaciones y termino con la bendición apostólica que el cardenal Decano ha pedido... Digo la verdad. Me parece un poco extraño daros la bendición apostólica. Sois todos sucesores de los Apóstoles también vosotros. De todos modos, está escrito aquí: “En nombre de Cristo, imparto con efusión de sentimientos a vosotros, a vuestros colaboradores y a todas las almas confiadas a vuestra cura pastoral, las primicias de mi propiciadora apostólica bendición”. Un poco áulico el lenguaje. ¡Tened paciencia!

 

Texto escrito :

 

Venerables hermanos:

Con inmensa alegría os vemos reunidos con nosotros en este encuentro, que hemos deseado vivamente y del cual vuestra cortesía nos permite ahora gustar el gozo y el consuelo.

 

Los cardenales

 

Sentimos, en efecto, apremiante la necesidad no sólo de renovaros la expresión de nuestra gratitud por el consenso --que no cesa realmente de sorprendernos y confundirnos-- reservado por vosotros a nuestra humilde persona, sino también de testimoniaros la confianza que ponemos en vuestra fraterna y asidua colaboración.

El peso que el Señor, con los inescrutables designios de su Providencia ha querido poner sobre nuestros frágiles hombros, nos resultaría ciertamente demasiado gravoso, si no supiéramos que podemos contar con la omnipotente fuerza de su gracia y además con la afectuosa comprensión y operante solidaridad de hermanos tan distinguidos por doctrina y sabiduría, tan experimentados en el gobierno pastoral y tan metidos en las cosas de Dios y en las de los hombres.

 

La Curia Romana

 

Aprovechamos, por tanto, esta circunstancia para declarar que contamos ante todo con la ayuda de los señores cardenales que quedarán junto a nosotros, en esta alma Ciudad, al frente de los varios dicasterios, de que se compone la Curia Romana.

Las tareas pastorales, a las que sucesivamente la Providencia divina nos ha llamado en los años pasados, se han desarrollado siempre lejos de estos complejos organismos, que ofrecen al Vicario de Cristo la posibilidad concreta de ejercer el servicio apostólico, del que Él es deudor a toda la Iglesia, y aseguran de tal modo la articulación orgánica de las legítimas autonomías, dentro del respeto indispensable de esa unidad esencial de disciplina, además de la de la fe, por la que Cristo rezó en la inmediata vigilia de su pasión (cf. Jn 17,11. 21-23).

No nos cuesta trabajo reconocer nuestra inexperiencia en un sector tan delicado de la vida eclesial. Nos proponemos, pues, recoger las sugerencias que nos vengan de tan excelentes colaboradores, entrando, por así decir, en la escuela de quienes por los méritos adquiridos en un servicio de tan gran importancia, son muy dignos de nuestra plena confianza y de nuestro agradecido reconocimiento.

 

El Colegio Episcopal

 

Nuestro pensamiento se dirige luego, venerados hermanos, a los que os disponéis a regresar a vuestras Sedes episcopales, para continuar el cuidado pastoral de las Iglesias, que el Espíritu os ha confiado (cf. Act. 20, 28), y pregustáis ya en el ánimo el gozo del encuentro con tantos hijos vuestros, ya bien conocidos y tiernamente amados. Es un gozo este, que a nosotros no nos será concedido. El Señor conoce la nostalgia que esta renuncia suscita en nuestro corazón. A pesar de todo Él, en su bondad, sabe atenuar la pena de la separación con la perspectiva de una paternidad más amplia. Él nos conforta, de modo particular, con el don inestimable de vuestra cordial y sincera devoción, en la que nos parece sentir vibrar la devoción de todos los obispos del mundo, unidos a esta Sede Apostólica con los vínculos sólidos de una comunión que cruza los espacios, ignora las diversidades de raza, se enriquece de los valores auténticos, presentes en las varias culturas, hace de pueblos distantes entre sí por ubicación geográfica, por lengua y mentalidad, una única gran familia.

¿Cómo no sentirse invadidos por una ola de serena confianza ante el espectáculo maravilloso, que se ofrece a la absorta contemplación del espíritu, estimulado por vuestra presencia a extenderse en dirección de los cinco continentes, cada uno de los cuales tiene en vosotros tan significativos y dignos representantes?

 

La Iglesia universal y las Iglesias particulares

 

Esta vuestra espléndida asamblea pone ante nuestros ojos una imagen elocuente de la Iglesia de Cristo, cuya unidad católica ya conmovía al gran Agustín y lo inducía a poner en guardia las «pequeñas ramas» de cada una de las Iglesias particulares a no separarse ex ipsa magna arbore quae ramorum suorum porrectione tote orle diffunditur (Ep. 185 ad Bonifacium, núm. 8, 32).

Bien sabemos nosotros que hemos sido constituidos signo e instrumento de esta unidad (cf. Const. Dogm. Lumen Gentium, núm. 22, 2; 23, 1); y es nuestro propósito dedicar todas nuestras energías a su defensa y a su incremento, animados para ello por la seguridad de poder contar con la acción iluminada y generosa de cada uno de vosotros.

No pretendemos aquí volver a trazar las grandes líneas de nuestro programa, que os son ya conocidas. Quisiéramos solamente reafirmar en este momento, junto con todos vosotros, el compromiso de una disponibilidad total a las mociones del Espíritu para el bien de la Iglesia, a la que en el día de la elevación a la púrpura cardenalicia cada uno de nosotros prometió servir usque ad sanguinis effusionem (hasta la efusión de la sangre).

 

La tarea de confirmar a los hermanos

 

Venerables hermanos: Cuando el sábado pasado nos encontramos ante la peligrosa decisión de un «Sí», que habría de poner sobre nuestros hombros el formidable peso del ministerio apostólico, alguno de vosotros nos susurró al oído palabras que invitaban a tener confianza y ánimo.

Séanos permitido ahora, convertido ya en Vicario de Aquel que dejó a Pedro la consigna de «confirmar a los hermanos» (Lc 22, 32), séanos permitido animaros a vosotros, que os disponéis a reanudar vuestras respectivas actividades eclesiales, a confiar, con firmeza viril, incluso en esta hora tan difícil, en la ayuda de Cristo que nunca falta; Él nos repite también a nosotros, hoy, las palabras pronunciadas cuando las tinieblas de la pasión se cernían ya densamente sobre Él y sobre el primer núcleo de los creyentes: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33)


En el nombre de Cristo y como prenda de nuestra paterna benevolencia, os impartimos con efusión de sentimientos a vosotros, a vuestros colaboradores y a todas las almas confiadas a vuestro cuidado pastoral, las primicias de nuestra propiciatoria bendición apostólica.

 

 

 

 

PAZ Y PROGRESO PARA TODOS LOS HOMBRES Y PARA TODOS LOS PUEBLOS


Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede

 

Jueves, 31 de agosto de 1978

 

Excelencias, señoras, señores:

 

Agradecemos vivamente a vuestro digno intérprete sus palabras llenas de deferencia, más aún, de benevolencia y de confianza. Nuestro primer impulso sería el de confesaros nuestra confusión ante tales expresiones que nos honran y estos sentimientos que nos confortan. Pero sabemos muy bien que este homenaje y este testimonio de adhesión van dirigidos, a través de nuestra persona, a la Santa Sede, a su misión altamente espiritual y humana, a la Iglesia católica, cuyos hijos desean sobre todo edificar, en unión con sus hermanos, un mundo más justo y más armonioso.

 

La misión universal del Papa

 

No habíamos tenido aún el honor de conoceros. Nuestro ministerio se había limitado hasta ahora a las diócesis que nos habían sido confiadas y a los deberes pastorales que ello comportaba en Vittorio Véneto y Venecia. Esto era ya, sin embargo, participación en el servicio de la Iglesia universal.

Pero ahora en esta Sede del Apóstol Pedro, nuestra misión se ha hecho ya efectivamente universal y nos pone en relación no sólo con todos nuestros hijos católicos, sino también con todos los pueblos, con sus representantes cualificados y especialmente con los diplomáticos de los países que han querido establecer relaciones de este orden con la Santa Sede. Bajo este título, nos sentimos muy feliz de acogeros aquí, de expresaros nuestra estima y confianza y el aprecio que tenemos de vuestra noble función; feliz también de saludar, a través de vuestras personas, a cada una de las naciones que representáis y que miramos con respeto y simpatía, formulando fervientes votos de progreso y de paz. Estas naciones irán adquiriendo para Nos un aspecto aún más concreto a medida que vayamos encontrando, no sólo a los obispos y a los fieles, sino también a los responsables civiles.

Todo el mundo sabe lo que nuestro venerado predecesor ha llevado a cabo en este campo de las relaciones diplomáticas. Bajo su pontificado, las Misiones de las que vosotros sois jefes se han multiplicado.

Nos deseamos también que tales relaciones sean cada vez más cordiales y fructuosas, para el bien de vuestros conciudadanos, para el bien de la Iglesia en vuestros países, para el bien de la concordia universal. Por otra parte, las relaciones que podéis tener entre vosotros mismos, cerca de la Santa Sede, también favorecen asimismo la comprensión y la paz. Os ofrecemos nuestra sincera colaboración, según nuestros medios propios.

 

Misión espiritual y pastoral

 

Ciertamente, en la gama amplia de los puestos diplomáticos, vuestra función aquí es sui generis, como lo son la misión y la competencia de la Santa Sede.

 

La Iglesia quiere crear una civilización nueva impregnada de esperanza

 

Evidentemente no tenemos ningún bien temporal que intercambiar ni ningún interés económico que discutir, como los tienen vuestros Estados. Nuestras posibilidades de intervención diplomática son limitadas y peculiares. Esta no se inmiscuye en los asuntos puramente temporales, técnicos y políticos, que son competencia de vuestros Gobiernos.

En este sentido, nuestras Representaciones diplomáticas ante las más altas autoridades civiles, bien lejos de ser una supervivencia del pasado, testimonian a la vez nuestro respeto hacia el poder temporal legítimo y el interés muy vivo prestado a las causas humanas que este poder está destinado a promover. De la misma manera vosotros sois aquí los portavoces de vuestros Gobiernos y los testigos atentos de la obra espiritual de la Santa Sede. Por ambas partes hay presencia, respeto, intercambio, colaboración, sin confusión de competencias.

 

Al servicio de la comunidad internacional

 

Nuestros servicios, pues, son de dos órdenes.

Se puede dar, si nosotros somos invitados a ello, una participación de la Santa Sede como tal, a nivel de vuestros Gobiernos o de las instancias internacionales, para la búsqueda de las soluciones mejores de los grandes problemas en los que están en juego la distensión, el desarme, la paz, la justicia, las medidas o las ayudas humanitarias, el desarrollo... Nuestros representantes o delegados intervienen entonces, vosotros lo sabéis, con una palabra libre y desinteresada. Esta es una forma apreciable de asistencia o ayuda mutua que la Santa Sede tiene la posibilidad de aportar, gracias al reconocimiento internacional de que goza y a la representación del conjunto del mundo católico que asegura.

Nos estamos dispuesto a proseguir en este campo la actividad diplomática e internacional ya emprendida, en la medida en que la participación de la Santa Sede pueda resultar deseada, fructuosa y correspondiente a nuestros medios.

 

En la línea del Concilio y de las enseñanzas de Pablo VI

 

Pero nuestra acción al servicio de la comunidad internacional se coloca también --y Nos diríamos, sobre todo-- en otro plano, que se podría calificar más específicamente de pastoral y que es propio de la Iglesia.

Se trata de contribuir, a través de los documentos y esfuerzos de la Sede Apostólica y de nuestros colaboradores de toda la Iglesia, a iluminar y formar las conciencias, de los cristianos en primer lugar, pero también de los hombres de buena voluntad --influyendo por medio de ellos en una opinión pública más amplia--, sobre los principios fundamentales que garanticen una civilización auténtica y una fraternidad real entre los pueblos: respeto del prójimo, de su vida, de su dignidad, interés por su desarrollo espiritual y social, paciencia y voluntad de reconciliación en la edificación tan vulnerable de la paz; en una palabra, todos los derechos y deberes de la vida en sociedad y de la vida internacional, tal como los expusieron la Constitución conciliar Gaudium et spes y tantos mensajes del llorado Papa Pablo VI.


Estas actitudes, que los fieles cristianos adoptan o deberían adoptar para su salvación según la lógica del amor evangélico, contribuyen a transformar progresivamente las relaciones humanas, el entramado social y las instituciones; y ayudan a los pueblos y a la comunidad internacional a asegurar mejor las condiciones del bien común y a encontrar el sentido último de su marcha hacia adelante. Tienen un impacto cívico y político.

Vuestros países buscan construir una civilización moderna, con unos esfuerzos a menudo geniales y generosos, que cuentan con toda nuestra simpatía y nuestro aliento en cuanto ellos se ajustan a las leyes morales inscritas por el Creador en el corazón humano.

Ahora bien, esta civilización, ¿no tiene necesidad de una energía espiritual nueva, de un amor sin fronteras, de una esperanza firme?

He aquí la contribución que con toda la Iglesia y siguiendo a nuestro predecesor, queremos prestar al mundo.

Cierto, somos muy pequeño y muy débil para ello. Pero tenemos confianza en la ayuda de Dios.

La Santa Sede pondrá en esto todos sus esfuerzos. La cosa merece también todo vuestro interés.

Desde hoy, nuestros votos más cordiales os acompañan en la misión que vais a proseguir ante Nos como lo habéis hecho ante el Papa Pablo VI.

Invocamos sobre cada una de vuestras personas, familias, países que representáis, y sobre todos los pueblos del mundo, abundantes bendiciones del Altísimo.

 

 

 

 

POR LA « COMUNICACION » A LA PLENA Y AUTENTICA « COMUNION »


Discurso a los representantes de la prensa y de los medios audiovisuales

 

Viernes, 1 de septiembre de 1978

Nota : el texto en negrita son las palabras que el Papa ha dirigido a los periodistas dejando a un lado el texto escrito.

Egregios señores y queridos hijos:

 

Nos alegramos de poder recibir ya en la primera semana de nuestro pontificado una representación tan calificada y numerosa del «mundo» de las comunicaciones sociales, reunida en Roma con ocasión de dos acontecimientos, que han tenido un profundo significado para la Iglesia católica y para el mundo entero: la muerte de nuestro llorado predecesor Pablo VI y el reciente cónclave, en el cual ha sido colocado sobre nuestros humildes y frágiles hombros el peso formidable del servicio eclesial de Sumo Pastor.

 

Servicio a la opinión pública

 

Este grato encuentro nos permite agradeceros los sacrificios y fatigas que habéis afrontado durante el mes de agosto para servir a la opinión pública mundial --también el vuestro es un servicio y muy importante--, ofreciendo a vuestros lectores, oyentes y telespectadores, con la rapidez y prontitud que requiere vuestra responsable y delicada profesión, la posibilidad de participar en estos históricos acontecimientos, en su dimensión religiosa y en su profunda conexión con los valores humanos y las esperanzas de la sociedad de hoy.

 

Lo digo con toda sinceridad. Fue el Cardenal Mercier quien, a su vez, decía: “Si viniera San Paolo, sería periodista”. Pierre L’ Hermitte de “La Croix” de París, le respondió: “¡Eh, no Eminencia! Si viniera San Pablo no sería solamente periodista. Sería director de la Reuter”. Pero, yo agrego hoy: no solamente director de la Reuter. Hoy, San Pablo tal vez iría a ver a Paolo Grassi (n. d. a. responsable de la RAI de entonces) a pedirle un poco de espacio en la televisión o a la NBC. 

Queremos expresaros en particular nuestra gratitud por el empeño que habéis puesto estos días, para dar a conocer mejor a la opinión pública la figura, las enseñanzas, la obra y el ejemplo de Pablo VI, y por la sensibilidad y esmero con que habéis tratado de captar y dar a conocer en vuestros amplios comentarios, como también en la multitud de imágenes que habéis transmitido desde Roma, la expectación reinante en esta ciudad, en la Iglesia Católica y en todo el mundo, de un nuevo Pastor que asegurase la continuidad de la misión de Pedro.

 

Promesa de colaboración

 

La sagrada herencia que nos han dejado el Concilio Vaticano II y nuestros predecesores Juan XXIII y Pablo VI, de querida y santa memoria, nos exige la promesa de una atención especial, de una colaboración franca, honesta y eficaz con los instrumentos de comunicación social, que vosotros representáis aquí dignamente. Es una promesa que os hacemos con mucho gusto, consciente como somos de la función cada vez más importante que los medios de comunicación social han ido asumiendo en la vida del hombre moderno.

No nos pasan inadvertidos los riesgos de masificación y de despersonalización, que dichos medios comportan, con las consiguientes amenazas para la interioridad del individuo, para su capacidad de reflexión personal y para su objetividad de juicio. Pero conocemos también las posibilidades nuevas y felices que los citados medios ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios semejantes, para percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano. En una palabra, conocemos la meta ideal hacia la que cada uno de vosotros, a pesar de las dificultades y desilusiones, orienta el propio esfuerzo: la de llegar a través de la «comunicación» a una más auténtica y plena «comunión» Es la meta hacia la que aspira también, como bien podéis comprender, el corazón del Vicario de Aquel, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre único y amoroso de todo ser humana.

Antes de dar a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi bendición especial, que quisiera extender a todos los colaboradores de los órganos de información que representáis, agencias, periódicos, radios y televisiones, quiero aseguraros el aprecio que siento hacia vuestra profesión y el cuidado que tendré de facilitar vuestra noble y difícil misión en el espíritu de las indicaciones del Decreto Conciliar Inter mirifica y la Instrucción Pastoral Communio et progressio.

 

La Iglesia en los medios de comunicación social

 

Si puedo agregar un pedido y un verdadero pedido, con ocasión de acontecimientos de mayor relieve o de la publicación de documentos importantes de la Santa Sede, tendréis que presentar frecuentemente a la Iglesia, hablar de la Iglesia, tendréis que comentar, a veces, mi humilde ministerio, espero que lo hagáis con amor a la verdad y con respeto de la dignidad humana, porque tal es la finalidad de toda comunicación social.

 

Yo he leído un poco divertido en el pre-conclave, los artículos de algún periódico, escritos con recta intención, pero digo, un poco divertido porque... yo sólo he pensado en pedir al Señor que me iluminara para dar el voto a la persona justa. No había corrientes. No había... Os aseguro, no había nada de todo esto. Escritos con buena intención pero con otra visión. Habría que entrar en la visión de la Iglesia cuando se habla de la Iglesia. Me he acordado de un episodio de la historia del periodismo italiano: se trataba de Baldasarre Avanzini, entonces director del “Fanfulla”. Estábamos en los tiempos de la Guerra Franco-Prusiana. Y él, a sus reporteros, daba esta directiva: “¡Al público no le interesa saber lo que Napoleón III le dijo a Guillermo de Prusia! Le interesa saber si tenía los pantalones beige o rojos; si fumaba o no el cigarrillo”.

Yo he tenido... la impresión que, a veces, los periodistas se detengan en cosas del todo secundarias en cosas de la Iglesia. Habría que apuntar al centro. Aquellos que son los verdaderos problemas de la Iglesia. Sería también entonces una función educadora de vuestro público que os lee, os escucha u os mira. Por lo tanto, os pido sinceramente, ¡os ruego, más bien! que tratéis de contribuir también vosotros a salvaguardar en la sociedad de hoy, aquella profunda estima de las cosas de Dios y de la misteriosa relación entre Dios y cada uno de nosotros, que constituye la dimensión sagrada de la realidad humana.

Tratad de comprender las razones profundas por las que el Papa, la Iglesia y sus Pastores deben pedir a veces, en el ejercicio de su servicio apostólico, espíritu de sacrificio, de generosidad, de renuncia para edificar un mundo de justicia, de amor y de paz.

Con la seguridad de conservar también en el futuro el lazo espiritual iniciado con este encuentro, os concedemos de todo corazón nuestra bendición apostólica.

 

Y aquí el texto de homenaje dirigido al Santo Padre por Monseñor Deskur

Beatísimo Padre,

En nombre de la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, tengo el honor de presentar a Vuestra Santidad a los aquí presentes, excepcionalmente numerosos y calificados, periodistas y operadores de la información televisiva, radiofónica y fotográfica, provenientes de todos los ángulos de la tierra, los cuales, acogidos y asistidos por la Sala de Prensa de la Santa Sede, por el Servicio Audiovisual de la misma Comisión y por la Radio Vaticana, han tratado de absolver el difícil deber de hacer participar a la opinión pública mundial en los luctuosos eventos de la muerte y los funerales de Vuestro llorado Predecesor Paulo VI, y luego en la ansiosa espera para la elección del nuevo Sucesor de Pedro, en el gozoso anuncio “habemus Papam” y, finalmente, en el solemne inicio de Vuestro Supremo Ministerio.

Gracias a sus corresponsalías desde Roma, las páginas de todos los periódicos, las pantallas de televisión y las voces de las radios de todo el mundo han podido ofrecer la imagen y la figura del nuevo Papa, difundiendo su primer mensaje, sus primeras enseñanzas, el siempre nuevo anuncio del Evangelio de Cristo.

Ellos no querían, ni podían partir de Roma sin haber visto de cerca de Juan Pablo I, sin haber escuchado su primera palabra dirigida justo a ellos, sin haber pedido una de sus primeras bendiciones para su difícil y responsable profesión, para sus colaboradores, para sus familias.

 

 

 

 

 

SUCESOR DE PEDRO EN LA SEDE DE ROMA

 Homilía en la Misa del comienzo del ministerio de Supremo Pastor

 

Domingo, 3 de septiembre de 1978

 

Venerados hermanos e hijos queridísimos:

 

En esta celebración sagrada, con la que damos comienzo solemne al ministerio de Sumo Pastor, que ha sido puesto sobre nuestros hombros, el primer pensamiento de adoración y súplica se dirige a Dios, infinito y eterno, el cual, con una decisión suya humanamente inexplicable y por su benignísima dignación, nos ha elevado a la Cátedra de San Pedro. Brotan espontáneamente de nuestros labios las palabras de San Pablo: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» (Rom 11, 33).

 

Todo el Pueblo de Dios reunido en torno al Papa

 

Nuestro pensamiento va después, con paterno y afectuoso saludo, a toda la Iglesia de Cristo; a esta asamblea que casi la representa en este lugar --cargada de piedad, de religión y de arte--, que guarda celosamente la tumba del Príncipe de los Apóstoles; y también a la Iglesia que nos está viendo y escuchando en estos momentos a través de los modernos instrumentos de comunicación social.

Saludamos a todos los miembros del Pueblo de Dios: a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, seminaristas, seglares empeñados en el apostolado y en las diversas profesiones; a los hombres de la política, de la cultura, del arte, de la economía; a los padres y madres de familia, a los obreros, a los emigrantes, a los jóvenes de ambos sexos, a los niños, a los enfermos, a los que sufren, a los pobres.

Queremos dirigir asimismo nuestro saludo respetuoso y cordial a todos los hombres del mundo, a quienes consideramos y amamos como hermanos, porque son hijos del mismo Padre celestial y hermanos todos en Cristo Jesús (cf. Mt. 23, 8 ss.)

Hemos querido iniciar esta homilía en latín, porque --como es bien sabido-- es la lengua oficial de la Iglesia, cuya universalidad y unidad expresa de manera patente y eficaz.

 

La misión de Pedro en la Iglesia

 

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ha presentado como en un crescendo, ante todo a la Iglesia, prefigurada y entrevista por el profeta Isaías (cf. Is 2, 2-5) como el nuevo Templo, hacia el que confluyen las gentes desde todas las partes del mundo, deseosas de conocer la ley de Dios y observarla dócilmente, mientras las terribles armas de guerra son transformadas en instrumentos de paz. Pero este nuevo Templo misterioso, polo de atracción de la nueva humanidad --nos recuerda San Pedro--, tiene una piedra angular, viva, escogida, preciosa (cf. 1 Pe 2, 4-9), que es Jesucristo, el cual ha fundado su Iglesia sobre los Apóstoles y la ha edificado sobre San Pedro, Cabeza de ellos (Lumen Gentium, 19)

«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia» (Mt 16,18):  son las palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón, el hijo de Juan, en Cesárea de Filipo, después de la profesión de fe que no ha sido el producto de la lógica humana del pescador de Betsaida, o la expresión de una particular perspicacia suya, o el efecto de una moción sicológica; sino el fruto misterioso y singular de una auténtica revelación del Padre celestial.

Y Jesús cambia a Simón su nombre, poniéndole el de Pedro, significando con ello la entrega de una misión especial; le promete edificar sobre él su Iglesia, sobre la cual no prevalecerán las fuerzas del mal o de la muerte; le entrega las llaves del Reino de Dios, nombrándolo así máximo responsable de su Iglesia, y le da el poder de interpretar auténticamente la ley divina.

Ante estos privilegios, o mejor dicho, ante estas tareas sobrehumanas confiadas a Pedro, San Agustín nos advierte: «Pedro, por su naturaleza, era simplemente un hombre; por la gracia, un cristiano; por una gracia todavía más abundante, uno y a la vez el primero de los Apóstoles» (SAN AGUSTÍN, In Ioannis Evang. tract., 124, 5; PL 35, 1973).

Con atónita y comprensible emoción, pero también con una confianza inmensa en la gracia omnipotente de Dios y en la oración ferviente de la Iglesia, hemos aceptado ser el Sucesor de Pedro en la sede de Roma, tomando el «yugo» que Cristo ha querido poner sobre nuestros frágiles hombros. Y nos parece escuchar como dirigidas a Nos las palabras que, según San Efrén, Cristo dirige a Pedro: «Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro porque tú sostendrás todos los edificios; tú eres el superintendente de todos los que edificarán la Iglesia sobre la tierra; ... tú eres el manantial de la fuente, de la que mana mi doctrina; ... tú eres la cabeza de mis apóstoles; ... yo te he dado las llaves de mi Reino» (S. EFRÉN, Sermones in hebdomadam sanctam, 4, 1; LAMY T. J., S. Ephraem Syri hymni et sermones, 1, 412).

 

Roma, centro de la unidad y de la caridad

 

Desde el primer momento de nuestra elección y en los días siguientes, nos hemos sentido profundamente impresionado y animado por las manifestaciones de afecto de nuestros hijos de Roma y también de aquellos que, de todo el mundo, nos hacen llegar el eco de su incontenible gozo por el hecho de que una vez más Dios ha dado a la Iglesia su Cabeza visible. Resuenan de nuevo espontáneas en nuestro espíritu las conmovedoras palabras que nuestro gran Predecesor, San León Magno, dirigía a los fieles romanos: «No deja de presidir su sede San Pedro, y está vinculado al Sacerdote eterno en una unidad que nunca falla... Y por eso todas las demostraciones de afecto que, por complacencia fraterna o piedad filial, habéis dirigido a Nos, reconoced con mayor devoción y verdad que las habéis dirigido conmigo a aquel cuya sede nos gozamos no tanto en presidir, como en servir» (S. LEÓN MAGNO, Sermo V, 4-5; PL 54, 155-156)

Sí, nuestra presidencia en la caridad es un servicio y, al afirmarlo, pensamos no solamente en nuestros hermanos e hijos católicos, sino asimismo en todos aquellos que quieren también ser discípulos de Jesucristo, honrar a Dios y trabajar por el bien de la humanidad.

En este sentido, dirigimos un saludo afectuoso y agradecido a las Delegaciones de las otras Iglesias y comunidades eclesiales, aquí presentes. Hermanos todavía no en plena comunión, dirijámonos juntos hacia Cristo Salvador, avanzando unos y otros en la santidad que él quiere para nosotros y, juntos en el recíproco amor sin el cual no existe cristianismo, preparando los caminos de la unidad en la fe, en el respeto de su verdad y del ministerio que él ha confiado, para su Iglesia, a sus Apóstoles y a sus Sucesores.

 

Al servicio de todos los hombres y de todos los pueblos

 

Debemos dirigir además un saludo particular a los Jefes de Estado y a los miembros de las Misiones extraordinarias. Nos sentimos profundamente conmovido por vuestra presencia, bien sea que estéis al frente de los altos destinos de vuestro país, bien que representéis a vuestros Gobiernos o a Organizaciones Internacionales.

Lo agradecemos vivamente.

Vemos en tal participación la estima y la confianza que vosotros tenéis en la Santa Sede y en la Iglesia, humilde mensajera del Evangelio en todos los pueblos de la tierra para ayudar a crear un clima de justicia, de fraternidad, de solidaridad y de esperanza, sin el que no se podría vivir en el mundo.

Todos los presentes, grandes y pequeños, estén seguros de nuestra disponibilidad a servirles según el espíritu del Señor.

 

El Papa comienza su ministerio apostólico invocando a la Virgen y con la atención centrada en Cristo

 

Rodeado de vuestro amor y sostenido por vuestra oración, comenzamos nuestro servicio apostólico invocando, cual espléndida estrella de nuestro camino, a la Madre de Dios, María, Salus populi romani y Mater Ecclesiae, que la liturgia venera de manera particular en este mes de septiembre.

La Virgen, que ha guiado con delicada ternura nuestra vida de niño, de seminarista, de sacerdote y de obispo, continúe iluminando y dirigiendo nuestros pasos, para que, convertidos en voz de Pedro, con los ojos y la mente fijos en su Hijo, Jesús, proclamemos al mundo con alegre firmeza, nuestra profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

 Amén.

 

 

 

 

MISION UNIVERSAL DE LA SANTA SEDE AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACION, DE LA JUSTICIA, DEL DESARROLLO Y DE LA PAZ


Discurso a las Misiones especiales presentes en la Misa del comienzo del ministerio del Supremo Pastor

 

 

Lunes, 4 de septiembre de 1978

 

Excelencias, señoras y señores:

 

En la celebración de ayer, sólo pudimos dirigiros un breve saludo. Hoy queremos manifestaros la alegría, la emoción y el honor que nos ha proporcionado vuestra participación en la inauguración de nuestro Pontificado. Os somos deudores de enorme gratitud, a vosotros personalmente, en primer lugar, y a los países u Organizaciones internacionales que representáis.

 

Pedro y sus sucesores

 

Este homenaje de tantas naciones resulta muy hermoso y alentador. No es que nuestra persona lo haya merecido: ayer éramos únicamente un sacerdote y un obispo de una provincia de Italia, entregado con todas sus energías y talentos al apostolado que se le había confiado. Y he aquí que hoy hemos sido llamado a la Sede del Apóstol Pedro. Somos heredero de su gran misión universal, que él recibió por pura gracia de manos de Nuestro Señor Jesucristo, quien es, según la fe cristiana, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Pensamos con frecuencia en esta frase del Apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra» (2 Cor 4, 7).  Felizmente tampoco nosotros estamos solo: actuamos en comunión con los obispos de la Iglesia católica extendida por todo el mundo.

Así, pues, nos llena de gozo el hecho de que vuestro homenaje va más allá de la benevolencia prestada a nuestra persona, y se convierte ante nuestros ojos en signo del atractivo continuo y fascinante que ejercen en nuestro universo el Evangelio y las cosas de Dios; y manifiesta asimismo la estima y confianza de casi todos los pueblos hacia la Iglesia y la Santa Sede, hacia sus múltiples actividades, tanto en el campo propiamente espiritual como en el servicio a la justicia, al desarrollo y a la paz. Hay que añadir que la acción de los últimos Papas, sobre todo de nuestro venerado Predecesor Pablo VI, ha contribuido enormemente a esta irradiación internacional.

 

Derechos y libertades de los hijos de Dios

 

En cuanto a nosotros y según nuestras posibilidades, estamos dispuesto a proseguir esta obra desinteresada y a apoyar a los colaboradores nuestros que trabajan en ella. Si bien no conocemos personalmente todos vuestros países, y desgraciadamente no podemos hablaros a cada uno en su lengua materna, nuestro corazón está plenamente abierto a todos los pueblos y a todas las razas, con el deseo de que cada uno encuentre su puesto en el concierto de las naciones y desarrolle los dones que Dios le ha dado, en la paz, gracias a la comprensión y a la solidaridad de los demás. Nada de lo que es verdaderamente humano nos será ajeno. Es verdad que no poseemos soluciones milagrosas para los grandes problemas mundiales. Pero podemos aportar algo muy preciado: un espíritu que ayude a solventar estos problemas y los sitúe en un enfoque que es esencial, el de la caridad universal y el de la apertura a los valores trascendentes, es decir, la apertura a Dios. Procuraremos cumplir este servicio con lenguaje sencillo, claro y confiado.

Queremos contar también con vuestra colaboración benevolente. Deseamos en primer lugar que las comunidades cristianas gocen siempre, en vuestros países, del respeto y de la libertad a que tiene derecho toda conciencia religiosa, y se dé un lugar justo a su colaboración en la prosecución del bien común. Asimismo estamos seguro de que seguiréis acogiendo favorablemente las iniciativas de la Santa Sede, cuando ésta se propone servir a la comunidad internacional, recordar las exigencias de una vida sana en sociedad, defender los derechos y la dignidad de todos los hombres, especialmente de los pequeños y de las minorías.

De nuevo, gracias por vuestra visita. De todo corazón invocamos la ayuda de Dios sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre todos y cada uno de vuestros países y de las Organizaciones mundiales que representáis. Que Dios mantenga lúcidos nuestros espíritus y nuestros corazones en la paz, en el desempeño de nuestras grandes responsabilidades.

 

 

 

 

 

MANTENER LA GRAN DISCIPLINA DE LA IGLESIA EN LA VIDA DE LOS SACERDOTES Y DE LOS FIELES

 
Discurso al clero de Roma

 

 

Jueves, 7 de septiembre de 1978

 

Agradezco vivamente al cardenal Vicario las felicitaciones que me ha dirigido en nombre de todos los presentes. Sé cómo ha ayudado, fiel y eficazmente a mi inolvidable Predecesor; espero que seguirá colaborando también conmigo. Saludo con afecto al arzobispo vice-gerente, a los obispos auxiliares, a cuantos trabajan en los varios centros y oficinas del Vicariato; a cada uno de los sacerdotes con cura de almas en el ámbito de la diócesis y de su distrito: a los párrocos, en primer lugar, a sus colaboradores, a los religiosos y, a través de ellos, a las familias cristianas y a los fieles.

Quizá hayáis advertido que ya cuando hablé a los cardenales en la Capilla Sixtina, aludí a la «gran disciplina de la Iglesia» que debía «mantenerse en la vida de los sacerdotes y de los fieles». Sobre este tema habló con frecuencia mi venerado Predecesor, y sobre lo mismo me permito hablaros brevísimamente con confianza de hermano en este primer encuentro.

 

Fomentar el recogimiento interior

 

Hay una disciplina «pequeña», que se limita a la observancia puramente externa y formal de normas jurídicas. Pero yo quisiera hablar de la disciplina «grande» Esta existe sólo cuando la observancia externa es fruto de convicciones profundas y proyección libre y gozosa de una vida vivida íntimamente con Dios. Se trata --escribe el abad Chautard-- de la acción de un alma, que reacciona continuamente para dominar sus malas inclinaciones y para ir adquiriendo poco a poco la costumbre de juzgar y de comportarse en todas las circunstancias de la vida, según las máximas del Evangelio y los ejemplos de Jesús. «Dominar las inclinaciones» es disciplina. La frase «poco a poco» indica disciplina, que requiere esfuerzo constante, prolongado, nada fácil. Incluso los ángeles que vio Jacob en sueños no volaban, sino que subían los escalones uno a uno. ¡Figurémonos nosotros, que somos pobres hombres sin alas!

La «gran» disciplina requiere un clima adecuado. Ante todo, el recogimiento. Una vez me ha tocado ver en la estación de Milán a un maletero, el cual, apoyada la cabeza en un saco de carbón junto a una columna, dormía beatamente... los trenes partían silbando y llegaban chirriando con las ruedas; los altavoces daban sin cesar avisos que aturdían; la gente iba y venía con ruido y jaleo, pero el hombre seguía durmiendo y parecía decir: «Haced lo que os plazca, porque yo tengo necesidad de quietud». Algo parecido deberíamos hacer los sacerdotes: a nuestro alrededor hay movimiento incesante y las personas, los periódicos, las radios, las televisiones no paran de hablar. Con mesura y disciplina sacerdotal debemos decir: «Más allá de ciertos límites, para mí, que soy sacerdote del Señor, vosotros no existís; yo tengo que reservarme un poco de silencio para mi alma; me alejo de vosotros para unirme a mi Dios».

 

Dialogar con Dios y dialogar con los hombres

 

Comprobar que su sacerdote está habitualmente unido a Dios es hoy el deseo de muchos fieles buenos.

Estos razonan como el abogado de Lión, cuando volvía de visitar al Cura de Ars. «¿Qué ha visto usted en Ars?», le preguntaron. Respuesta: «He visto a Dios en un hombre»

Análogos son los razonamientos de San Gregorio Magno. Este desea que el pastor de almas dialogue con Dios sin olvidar a los hombres, y dialogue con los hombres sin olvidar a Dios. Y dice: «Huya el pastor de la tentación de querer ser amado por los fieles en vez de por Dios, o de ser demasiado débil por miedo a perder el afecto de los hombres; no sea que corra el riesgo de que Dios le reprenda así: '¡Ay de los que se colocan almohadones en los codos!' (Ez 13,18) El pastor --termina diciendo-- debe procurar ser amado, claro está, pero a fin de ser escuchado, no buscando este afecto para provecho propio» (cf. Regula pastoralis 1, II, c. VIII).

 

Ejercer el gobierno pastoral como servicio

 

Los sacerdotes son todos guías y pastores en un cierto grado; pero ¿tienen todos concepto cabal de lo que supone ser verdaderamente pastor de una Iglesia particular, es decir, obispo?

Jesús, Pastor supremo, dijo de sí mismo por una parte: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), y por otra, añadió: «He venido a servir» (cf. Mt 20, 28), y lavó los pies a sus Apóstoles. Por tanto, en él iban unidos a la vez poder y servicio. Algo parecido se dice de los Apóstoles y de los obispos: Praesumas --decía Agustín--si prossumus (Miscellanea Augustiniana, Romae 1930, t. I, pág. 565)

Nosotros los obispos gobernamos sólo si servimos: nuestro gobierno es cabal si se concreta en servicio o se ejerce con miras al servicio, con espíritu y estilo de servicio. Sin embargo, este servicio episcopal fallaría si el obispo no quisiera ejercer los poderes recibidos. Sigue diciendo San Agustín: «el obispo que no sirve a la gente (predicando, guiando) es sólo un foeneus custos, un espantapájaros, colocado en los viñedos para que los pájaros no piquen las uvas» (id. 568) Por ello está escrito en la Lumen Gentium: «Los obispos gobiernan... con los consejos, las exhortaciones, los ejemplos, pero también con la autoridad y la sacra potestad» (Lumen Gentium, 27).

 

Cumplir la voluntad de Dios

 

Otro elemento de la disciplina sacerdotal es el amor al propio puesto. Lo sé, no es fácil amar el puesto y seguir en él cuando las cosas no van bien, cuando se tiene la impresión de no ser comprendido ni alentado, cuando la inevitable confrontación con el puesto asignado a otros nos llevaría a sentirnos tristes y desanimados. Pero ¿es que no trabajamos por el Señor? La ascética nos enseña: no mires a quién obedeces, sino por Quién obedeces.

El reflexionar también ayuda. Yo soy obispo desde hace veinte años: muchas veces he sufrido por no poder premiar a alguno, que lo merecía de verdad; pero o no había puesto-premio, o no sabía cómo sustituir a la persona, o sobrevenían circunstancias adversas. Por otra porte, San Francisco de Sales ha escrito: «No hay ninguna vocación que no tenga sus contratiempos, sus amarguras y sus disgustos. A parte de los que están plenamente resignados a la voluntad de Dios, cada uno desearía cambiar la propia condición por la de los otros. Los que son obispos no querrían serlo; los que están casados querrían no estarlo, y los que no lo están desearían casarse. ¿De dónde nace esta inquietud generalizada de los espíritus, sino de una cierta alergia a lo que es obligación y de un espíritu no bueno que nos lleva a suponer que los otros están mejor que nosotros?» (SAN FRANCISCO DE SALES, Oeuvres, edic. Annecy, t. XII, 348-9).

He hablado a la llana y os pido disculpas por ello. Pero os puedo asegurar que desde que he llegado a ser Obispo vuestro os amo mucho. Y con el corazón lleno de amor os imparto la bendición apostólica.

 

 

 

 

 

LA FAMILIA CRISTIANA

 Discurso a los obispos de la XII región pastoral de Estados Unidos presentes en Roma para la visita «ad Limina Apostolorum»