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27/08/1978: Radiomensaje "Urbi et Orbi" |
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30/08/1978: A los Cardenales |
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31/08/1978: Al cuerpo diplomático ante la Santa Sede |
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01/09/1978: A los periodistas |
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03/09/1978: Misa de inicio como Supremo Pastor de la Iglesia Católica |
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04/09/1978: A las misiones especiales llegadas a Roma |
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07/09/1978: Al clero de Roma |
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21/09/1978: A un grupo de obispos de EE.UU. en visita "ad limina" |
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23/09/1978: Al alcalde de Roma |
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23/09/1978: Toma de posesión de la Basílica de San Juan de Letrán |
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28/09/1978: A un grupo de obispos filipinos en visita "ad limina" |
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30/09/1978: A los jesuitas (póstumo) |
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Domingo,
27 de agosto de 1978
Venerables
hermanos,
queridos hijos e hijas
de todo el orbe católico:
Llamado por la misteriosa y paterna bondad de Dios a la gravísima responsabilidad del Supremo Pontificado, os damos nuestro saludo; e inmediatamente lo extendemos a todos los hombres del mundo, que nos escuchan en este momento, y a los cuáles, según las enseñanzas del Evangelio nos place considerar únicamente como amigos y hermanos. A todos vosotros nuestro saludo, paz, misericordia, amor: «La gracia del Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sea con todos vosotros» (2 Cor 13,13)
En
el timón de la nave de Pedro
Tenemos todavía el ánimo turbado por el pensamiento del tremendo ministerio para el que hemos sido elegido. Como Pedro, nos parece haber puesto los pies sobre el agua movediza y, agitado por el viento impetuoso, hemos gritado con él al Salvador: «Señor, sálvame» (Mt 14, 30) Pero hemos sentido dirigida también a Nos la voz, alentadora y al mismo tiempo amablemente exhortadora de Cristo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31). Si las fuerzas humanas, por sí solas, no pueden sostener tan gran peso, la ayuda omnipotente de Dios, que guía a su Iglesia a través de los siglos en medio de tantas contradicciones y adversidades, no nos faltará ciertamente, tampoco a Nos, humilde y último servus servoum Dei.
Teniendo nuestra mano asida a la de Cristo, apoyándonos en Él, hemos tomado también Nos el timón de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella está presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolación y victoria. Según las palabras de San Agustín, que recoge una imagen frecuente en los Padres de la antigüedad, la nave de la Iglesia no debe temer, porque está guiada por Cristo: «Pues aun cuando la nave se tambalee, sólo ella lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Ciertamente peligra en el mar; pero sin ella al momento se sucumbe» (Sermo 75, 3; PL 38, 475) Sólo en ella está la salvación: sino illa peritur!
Apoyados en esta fe, caminaremos. La ayuda de Dios no nos faltará, según la promesa indefectible: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 20) Vuestra adhesión unánime y la colaboración generosa de todos nos hará más ligero el peso del deber cotidiano.
Nos disponemos a asumir esta tremenda misión consciente de que la Iglesia católica es insustituible, de que su inmensa fuerza espiritual es garantía de paz y de orden, como tal está presente en el mundo, y como tal la reconocen los hombres esparcidos por todo el orbe.
El eco que la vida de la Iglesia levanta cada día es testimonio de que ella, a pesar de todo, está viva en el corazón de los hombres, incluso de aquellos que no comparten su doctrina y no aceptan su mensaje. Como dice el Concilio Vaticano II: «La Iglesia, que debe extenderse a todos los pueblos, entra en la historia humana, pero rebasando a la vez los límites del tiempo y del espacio. Y mientras camina a través de peligros y tribulaciones, es confortada por la fuerza de la gracia divina que el Señor le prometió, para que a pesar de la debilidad humana no falte a su fidelidad absoluta, antes bien, se mantenga esposa digna de su Señor y no cese de renovarse a sí misma, bajo la acción del Espíritu Santo, hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso» (Lumen Gentium, 9) Según el plan de Dios, que «congregó a quienes miran con fe a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz», la Iglesia ha sido fundada por Él «a fin de que sea para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvadora» (id).
Al
servicio de la misión universal de la Iglesia
Bajo
esta deslumbrante luz, nos ponemos enteramente, con todas nuestras fuerzas físicas
y espirituales, al servicio de la misión universal de la Iglesia, lo cual
implica la voluntad de servir al mundo entero: en efecto, pretendemos servir a
la verdad, a la justicia, a la paz, a la concordia, a la cooperación, tanto en
el interior de las naciones, como de los diversos pueblos entre sí.
Llamamos ante todo a los hijos de la Iglesia a tomar conciencia cada vez mayor de su responsabilidad: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13 s.)
Superando las tensiones internas que se han podido crear aquí y allá, venciendo las tentaciones de acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, así como a las seducciones del aplauso fácil, unidos con el único vínculo del amor que debe informar la vida íntima de la Iglesia, como también las formas externas de su disciplina, los fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo: «Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1 Pe 3,15)
La Iglesia, en este esfuerzo común de responsabilidad y de respuesta a los problemas acuciantes del momento, está llamada a dar al mundo ese «suplemento de alma» que tantos reclaman y que es el único capaz de traer la salvación. Esta espera hoy el mundo: él sabe bien que la perfección sublime a la que ha llegado con sus investigaciones y con sus técnicas ha alcanzado una cumbre más allá de la cual aparece ya aterrador el vértigo del abismo; la tentación de sustituirse a Dios con la decisión autónoma que prescinde de las leyes morales, lleva al hombre moderno al riesgo de reducir la tierra a un desierto, la persona a un autómata, y la convivencia fraterna a una colectivización planificada, introduciendo no raramente la muerte allí donde en cambio Dios quiere la vida.
La
Iglesia, llena de admiración y simpatía hacia las conquistas del ingenio
humano, pretende además salvar al mundo, sediento de vida y de amor, de los
peligros que le acechan. El Evangelio llama a todos sus hijos a poner las
propias fuerzas, y la misma vida, al servicio de los hermanos, en nombre de la
caridad de Cristo: «Nadie tiene amor mayor que el de dar la vida por sus amigos»
(Jn 15,13) En este momento solemne, pretendemos consagrar todo lo que
somos y podemos a este fin supremo, hasta el último aliento, consciente del
encargo que Cristo mismo nos ha confiado: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22,
32)
Necesitamos, para darnos fuerzas en la ardua tarea, del recuerdo suavísimo de Nuestros Predecesores, cuya amable dulzura e intrépida fuerza Nos será de ejemplo en el programa pontificio: recordamos en particular las grandísimas lecciones de gobierno pastoral dejadas a Nosotros por los Papas que Nos están cercanos, como Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, que con su sabiduría, dedicación, bondad y amor a la Iglesia y al mundo han dejado una huella imborrable en nuestro tiempo atormentado y magnífico. Pero es, sobre todo, al llorado Pontífice Paulo VI, Nuestro inmediato Predecesor, a quien va nuestro conmovido afecto del corazón y de la veneración. Su muerte rápida, que ha dejado atónito al mundo, según el estilo de los gestos proféticos de los cuales ha circundado su inolvidable pontificado, ha puesto en la justa luz la estatura extraordinaria de aquel grande y humilde hombre, al cual la Iglesia debe la irradiación extraordinaria, aún entre las contradicciones y las hostilidades, alcanzada en estos quince años, así como también la obra gigantesca, infatigable, incansable, puesta por él en la realización del Concilio y en asegurar al mundo la paz: tranquiltitas ordinis.
Los puntos del
programa pontificio
Nuestro programa será el de continuar el suyo, en la huella ya marcada con tanta aceptación por el gran corazón de Juan XXIII:
Aplicar el
Concilio
- Queremos continuar en la prosecución de la herencia del Concilio Vaticano II, cuyas sabias normas deben ser todavía llevadas a cumplimiento, vigilando para que un empujón, generoso tal vez, pero imprudente, no tergiverse los contenidos y los significados, y, asimismo, que fuerzas de freno y tímidas no hagan lento el magnífico impulso de renovación y de vida.
Conservar
intacta la disciplina de la Iglesia
- Queremos conservar intacta la gran disciplina de la Iglesia en la vida de los sacerdotes y de los fieles, como la probada riqueza de su historia ha asegurado en los siglos con ejemplos de santidad y heroísmo, ya sea en el ejercicio de las virtudes evangélicas, como en el servicio a los pobres, a los humildes, a los indefensos; y, a este propósito, llevaremos adelante la revisión del Código de Derecho Canónico, ya sea en la tradición oriental como en la latina, para asegurar, a la linfa interior de la santa libertad de los hijos de Dios, la solidez y la firmeza de las estructuras jurídicas.
Centrar todas
las energías en la evangelización
- Queremos recordar a la Iglesia entera que su primer deber es el de la evangelización, cuyas líneas maestras Nuestro Predecesor, Paulo VI, ha condensado en un memorable documento: animada por la fe, nutrida por la Palabra de Dios y sostenida por el alimento celeste de la Eucaristía, ella debe estudiar toda vía, buscar todo medio, «oportuno o inoportuno», para sembrar el Verbo, para proclamar el mensaje, para anunciar la salvación que pone en las almas la inquietud de la búsqueda de lo verdadero y en ella las sostiene con la ayuda de lo alto; si todos los hijos de la Iglesia supieran ser incansables misioneros del Evangelio, un nuevo florecimiento de santidad y de renovación surgirá en el mundo, sediento de amor y de verdad.
Proseguir el
esfuerzo ecuménico
-
Queremos continuar el esfuerzo ecuménico que consideramos la extrema consigna
de Nuestros inmediatos Predecesores, vigilando con fe inmutable, con esperanza
invicta y con amor indeclinable la realización del gran mandato de Cristo: «Ut
omnes unum sint», en el cual vibra el ansia de su Corazón en la vigilia de
la inmolación del Calvario; las mutuas relaciones entre las iglesias de
distinta denominación han cumplido progresos constantes y extraordinarios, que
están a la vista de todos; pero la división no cesa, por otro lado, de ser
motivo de perplejidad, de contradicción y de escándalo a los ojos de los no
cristianos y de los no creyentes: por esto pensamos dedicar Nuestra inmediata
atención a todo lo que pueda favorecer la unión, sin ceder en lo doctrinal
pero también sin vacilaciones.
Promover el diálogo
- Queremos proseguir con paciencia y firmeza el diálogo sereno y eficaz que el Sumo Pontífice Pablo VI, nunca bastante llorado, fijó como fundamento y estilo de su acción pastoral, dando las líneas maestras de dicho diálogo en la Encíclica Ecclesiam suam, a saber: Es necesario que los hombres, a nivel humano, se conozcan mutuamente, aun cuando se trate de los que no comparten nuestra fe: y es necesario que nosotros estemos siempre dispuestos a dar testimonio de la fe que poseemos y del encargo que Cristo nos encomendó, para «que el mundo crea» (Jn 17, 21).
Defender e incrementar la paz
- Queremos, finalmente, secundar todas las iniciativas laudables y buenas encaminadas a tutelar e incrementar la paz en este mundo turbado; con este fin, pediremos la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honrados, rectos de corazón, para que, dentro de cada nación, se opongan a la violencia ciega que sólo destruye sembrando ruina y luto; y, en la convivencia internacional, guíen a los hombres a la comprensión mutua, a la unión de los esfuerzos, que impulsen el progreso social, venzan el hambre corporal y la ignorancia del espíritu, fomenten el desarrollo de los pueblos menos dotados de bienes materiales, pero, al mismo tiempo, ricos en energías y aspiraciones.
SALUDOS
Y ORIENTACIONES A TODO EL PUEBLO DE DIOS
Hermanos
e hijos queridísimos:
En esta hora que nos hace temblar, pero en la que, al mismo tiempo, nos sentimos confortados por las promesas divinas, saludamos a todos nuestros hijos; desearíamos tenerlos aquí a todos para mirarlos en los ojos y para abrazarlos infundiéndoles valor y confianza, y pidiéndoles comprensión y oración por nosotros.
A
todos nuestro saludo.
A
los cardenales, obispos y sacerdotes
--A los cardenales del Sacro Colegio, con los que hemos compartido horas decisivas y en quienes confiamos ahora y confiaremos en el futuro, agradeciéndoles sus sabios consejos y la valiosa colaboración que querrán seguir ofreciéndonos, como prolongación del consenso amplio que, por voluntad de Dios, nos ha traído a esta cumbre del ministerio apostólico.
--A todos los obispos de la Iglesia de Dios, «que representan cada uno a su Iglesia, y todos ellos juntamente con el Papa a la Iglesia universal en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad» (Lumen Gentium, 23), y cuya colegialidad queremos consolidar firmemente solicitando su colaboración en el gobierno de la Iglesia universal, sea mediante el Sínodo, sea a través de los dicasterios de la Curia, en los que ellos toman parte según las normas establecidas.
--A todos nuestros queridos colaboradores, a quienes corresponde ejecutar fiel y continuamente nuestra voluntad; ellos tienen el honor de realizar una actividad que les compromete a una vida de santidad, a un espíritu de obediencia, a una dedicación apostólica y a un amor ferviente a la Iglesia que sirva de ejemplo a los demás. Los amamos uno a uno, y pidiéndoles que continúen prestándonos a nosotros, como a nuestros predecesores, su ya probada fidelidad, estamos seguros de poder contar con su trabajo preciosísimo que nos servirá de gran ayuda.
--Saludamos a los sacerdotes y fieles de la diócesis de Roma a ellos nos une la sucesión de Pedro y el ministerio único y singular de esta Cátedra Romana «que presido en la caridad universal» (cf SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA, Epístola a los romanos, Funk I, 252)
--Saludamos de modo especial a los fieles de nuestra diócesis de Belluno, de la cual procedemos; y a los que en Venecia nos habían sido confiados como hijos afectuosos y queridos, en los que pensamos ahora con nostalgia sincera, recordando sus magníficas obras eclesiales y las energías que hemos dedicado juntos a la buena causa del Evangelio.
--Y
abrazamos con amor también a todos los sacerdotes, especialmente a los párrocos
y a cuantos se dedican a la cura directa de las almas, en condiciones muchas
veces de penuria o de auténtica pobreza, pero sostenidos al mismo tiempo
luminosamente por la gracia de la vocación y por el seguimiento heroico de
Cristo, «pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pe 2, 25).
A
los religiosos, a las religiosas y a los laicos
--Saludamos a los religiosos y religiosas de vida contemplativa o activa, que siguen irradiando en el mundo el encanto de su adhesión intacta a los ideales evangélicos; y les rogamos que «sin cesar se esmeren para que, por medio de ellos, ante los fieles y los infieles, la Iglesia manifieste de veras cada vez mejor a Cristo» (Lumen Gentium, 46).
--Saludamos a toda la Iglesia misionera, animando y aplaudiendo con amor a los hombres y mujeres que ocupan un puesto de vanguardia en la proclamación del Evangelio: sepan que entre todos aquellos a quienes amamos, ellos nos son especialmente queridos; nunca los olvidaremos en nuestras oraciones y en nuestra solicitud, porque tienen un puesto privilegiado en nuestro corazón.
--A
las Asociaciones de Acción Católica, así como a los Movimientos de denominación
diversa que contribuyen con energías nuevas a la vivificación de la sociedad y
a la consecratio mundi, como levadura en la masa (cf. Mt 13, 33), va todo
nuestro aliento y nuestro apoyo, porque estamos convencidos de que su actividad,
en colaboración con la sagrada jerarquía, es hoy indispensable para la
Iglesia.
A
la juventud y a las familias
--Saludamos a los adolescentes y a los jóvenes, esperanza de un mañana más limpio, más sano, más constructivo, advirtiéndoles que sepan distinguir entre el bien y el mal, y realicen el bien con las energías frescas que poseen, procurando aportar su vitalidad a la Iglesia y para el mundo del mañana.
--Saludamos a las familias, «santuario doméstico de la Iglesia» (Apostolicam actuositatem, 11), más aún, «verdadera y propia Iglesia doméstica» (Lumen gentium, 11), deseando que en ellas florezcan vocaciones religiosas y decisiones santas, y que preparen el mañana del mundo; les exhortamos a que se opongan a las perniciosas ideologías del llamado hedonismo que corroe la vida, y a que formen espíritus fuertes, dotados de generosidad, equilibrio y dedicación al bien común.
A
los que sufren
--Pero
queremos enviar un saludo particular a cuantos sufren en el momento presente; a
los enfermos, a los prisioneros, a los emigrantes, a los perseguidos, a cuantos
no logran tener un trabajo o carecen de lo necesario en la dura lucha por la
vida; a cuantos sufren por la coacción a que está reducida su fe católica,
que no pueden profesar libremente sino a costa de sus derechos primordiales de
hombres libres y de ciudadanos solícitos y leales. Pensamos de modo particular
en la atormentada región del Líbano, en la situación de la Tierra de Jesús,
en la faja del Sahel, en la India tan probada, y en todos aquellos hijos y
hermanos que sufren dolorosas privaciones, sea por las condiciones sociales y
políticas, sea a consecuencia de desastres naturales.
A
las clases sociales humildes y a los responsables de la marcha del mundo
¡Hombres hermanos de todo el mundo!
Todos estamos empeñados en la tarea de lograr que el mundo alcance una justicia mayor, una paz más estable, una cooperación mas sincera; y por eso invitamos y suplicamos a todos, desde las clases sociales más humildes que forman la urdimbre de las naciones, hasta los Jefes responsables de cada uno de los pueblos, a hacerse instrumentos eficaces y «responsables» de un orden nuevo, más justo y más sincero.
Una
aurora de esperanza flota sobre el mundo, si bien una capa espesa de tinieblas
con siniestros relámpagos de odio, de sangre y de guerra, amenaza a veces con
oscurecerla; el humilde Vicario de Cristo que comienza con temblor y confianza
su misión, se pone a disposición total de la Iglesia y de la sociedad civil,
sin distinción de razas o ideologías, con el deseo de que amanezca para el
mundo un día más claro y sereno. Solamente Cristo puede hacer brotar la luz
que no se apaga, porque Él es el «sol de justicia» (cf. Mal 4, 2); pero Él
pide también el esfuerzo de todos; el nuestro no faltará.
Invocación
al Señor, a la Virgen y a los Santos Pedro y Pablo
Pedimos a todos nuestros hijos la ayuda de su oración, porque sólo en ésta esperamos; y nos abandonamos confiados a la ayuda del Señor quien, al igual que nos ha llamado a la tarea de Representante suyo en la tierra, no permitirá que nos falte su gracia omnipotente.
María Santísima, Reina de los Apóstoles, será la fúlgida estrella de nuestro pontificado.
San Pedro, «fundamento de la Iglesia» (SAN AMBROSIO, Exp. Ev. Sec. Lucam, IV, 70; CSEL 32, 4, pág. 175) nos asista con su intercesión y con su ejemplo de fe invicta y de generosidad humana.
San Pablo nos guíe en el impulso apostólico dirigido a todos los pueblos de la tierra; nos asistan nuestros santos Patronos.
Y en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo impartimos al mundo nuestra primera y afectuosísima bendición apostólica.
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Miércoles,30 de agosto de 1978
Palabras
del Pontífice, fuera del texto escrito:
“Gracias,
Eminencia Reverendísima, por las palabras tan buenas que se ha dignado
dirigirme, en nombre, además del Sacro Colegio, me pareció ver en nombre de la
Iglesia,
de sus componentes: los fieles, los sacerdotes, los religiosos.
Antes
que nada, yo quisiera pedir de alguna manera disculpas porque, en la prensa, he
visto que, casi casi, yo habría reprochado al Sacro Colegio. No es precisamente
así. Cuando volví de la bendición y vi a todo el Colegio formado para la foto
que luego no se hizo, me vino espontáneamente, de los recuerdos de la escuela,
yo debo a la escuela el texto del tudesco ahí, donde habla de San Bernardo,
dice también la reacción que tuvo cuando oyó que Eugenio III, uno de los
suyos, había sido hecho Papa. Entonces, escribió: "Quid fecistis?
Parcat vobis Deus".
Pero no era yo que lo decía. ¡No os reprochaba en absoluto! Quería decir, la
reacción de San Bernardo. Yo, en cambio, en este momento, debo agradecer la
confianza absolutamente inesperada por mí y también inmerecida, que habéis
tenido en darme vuestro voto. Esperemos que el Señor no me haga indigno de esta
confianza. Ayudadme también vosotros con vuestras oraciones. Aquí veo al
cardenal Felici, con su acostumbrada amabilidad, antes de que terminara el
escrutinio, vino, porque estaba justo delante de mí, y me dijo: “Mensaje para
el nuevo Papa”. ¡Gracias! – dije, pero todavía no había sido hecho. Abrí.
¿Qué era? Un pequeño Via Crucis. Ese es el camino de los Papas. Pero... en el
Via Crucis, uno de los personajes es también el cireneo. Espero que, mis
hermanos cardenales ayudarán a este pobre Cristo, Vicario de Cristo, a llevar
la cruz con su colaboración de la que yo siento tanta necesidad (...)
Yo, en un cierto sentido,
siento dolor de no poder regresar a la vida del apostolado menudo que me gustaba
tanto. He tenido siempre diócesis pequeñas: Vittorio Véneto, diócesis pequeña;
la misma Venecia, grande por historia y pequeña, 430.000 habitantes. Por eso,
mi trabajo era: chicos, obreros, enfermos, visitas pastorales. No podré hacer más
este trabajo. Pero vosotros podéis hacerlo. Pero no debéis solamente pensar en
vuestra diócesis. Los obispos deben pensar también en la Iglesia universal.
Debemos trabajar juntos. Tened piedad del pobre Papa nuevo que verdaderamente no
esperaba subir a este lugar. Tratad de ayudar y tratemos juntos de dar al mundo
espectáculo de unidad, aún sacrificando a veces alguna cosa. Pero nosotros
tendremos mucho que perder si el mundo no nos ve sólidamente unidos.
Con esto, os doy las más
grandes felicitaciones y termino con la bendición apostólica que el cardenal
Decano ha pedido... Digo la verdad. Me parece un poco extraño daros la bendición
apostólica. Sois todos sucesores de los Apóstoles también vosotros. De todos
modos, está escrito aquí: “En nombre de Cristo, imparto con efusión de
sentimientos a vosotros, a vuestros colaboradores y a todas las almas confiadas
a vuestra cura pastoral, las primicias de mi propiciadora apostólica bendición”.
Un poco áulico el lenguaje. ¡Tened paciencia!
Texto
escrito :
Venerables hermanos:
Con
inmensa alegría os vemos reunidos con nosotros en este encuentro, que hemos
deseado vivamente y del cual vuestra cortesía nos permite ahora gustar el gozo
y el consuelo.
Los
cardenales
Sentimos, en efecto, apremiante la necesidad no sólo de renovaros la expresión de nuestra gratitud por el consenso --que no cesa realmente de sorprendernos y confundirnos-- reservado por vosotros a nuestra humilde persona, sino también de testimoniaros la confianza que ponemos en vuestra fraterna y asidua colaboración.
El
peso que el Señor, con los inescrutables designios de su Providencia ha querido
poner sobre nuestros frágiles hombros, nos resultaría ciertamente demasiado
gravoso, si no supiéramos que podemos contar con la omnipotente fuerza de su
gracia y además con la afectuosa comprensión y operante solidaridad de
hermanos tan distinguidos por doctrina y sabiduría, tan experimentados en el
gobierno pastoral y tan metidos en las cosas de Dios y en las de los hombres.
La
Curia Romana
Aprovechamos, por tanto, esta circunstancia para declarar que contamos ante todo con la ayuda de los señores cardenales que quedarán junto a nosotros, en esta alma Ciudad, al frente de los varios dicasterios, de que se compone la Curia Romana.
Las tareas pastorales, a las que sucesivamente la Providencia divina nos ha llamado en los años pasados, se han desarrollado siempre lejos de estos complejos organismos, que ofrecen al Vicario de Cristo la posibilidad concreta de ejercer el servicio apostólico, del que Él es deudor a toda la Iglesia, y aseguran de tal modo la articulación orgánica de las legítimas autonomías, dentro del respeto indispensable de esa unidad esencial de disciplina, además de la de la fe, por la que Cristo rezó en la inmediata vigilia de su pasión (cf. Jn 17,11. 21-23).
No
nos cuesta trabajo reconocer nuestra inexperiencia en un sector tan delicado de
la vida eclesial. Nos proponemos, pues, recoger las sugerencias que nos vengan
de tan excelentes colaboradores, entrando, por así decir, en la escuela de
quienes por los méritos adquiridos en un servicio de tan gran importancia, son
muy dignos de nuestra plena confianza y de nuestro agradecido reconocimiento.
El
Colegio Episcopal
Nuestro pensamiento se dirige luego, venerados hermanos, a los que os disponéis a regresar a vuestras Sedes episcopales, para continuar el cuidado pastoral de las Iglesias, que el Espíritu os ha confiado (cf. Act. 20, 28), y pregustáis ya en el ánimo el gozo del encuentro con tantos hijos vuestros, ya bien conocidos y tiernamente amados. Es un gozo este, que a nosotros no nos será concedido. El Señor conoce la nostalgia que esta renuncia suscita en nuestro corazón. A pesar de todo Él, en su bondad, sabe atenuar la pena de la separación con la perspectiva de una paternidad más amplia. Él nos conforta, de modo particular, con el don inestimable de vuestra cordial y sincera devoción, en la que nos parece sentir vibrar la devoción de todos los obispos del mundo, unidos a esta Sede Apostólica con los vínculos sólidos de una comunión que cruza los espacios, ignora las diversidades de raza, se enriquece de los valores auténticos, presentes en las varias culturas, hace de pueblos distantes entre sí por ubicación geográfica, por lengua y mentalidad, una única gran familia.
¿Cómo
no sentirse invadidos por una ola de serena confianza ante el espectáculo
maravilloso, que se ofrece a la absorta contemplación del espíritu, estimulado
por vuestra presencia a extenderse en dirección de los cinco continentes, cada
uno de los cuales tiene en vosotros tan significativos y dignos representantes?
La
Iglesia universal y las Iglesias particulares
Esta vuestra espléndida asamblea pone ante nuestros ojos una imagen elocuente de la Iglesia de Cristo, cuya unidad católica ya conmovía al gran Agustín y lo inducía a poner en guardia las «pequeñas ramas» de cada una de las Iglesias particulares a no separarse ex ipsa magna arbore quae ramorum suorum porrectione tote orle diffunditur (Ep. 185 ad Bonifacium, núm. 8, 32).
Bien sabemos nosotros que hemos sido constituidos signo e instrumento de esta unidad (cf. Const. Dogm. Lumen Gentium, núm. 22, 2; 23, 1); y es nuestro propósito dedicar todas nuestras energías a su defensa y a su incremento, animados para ello por la seguridad de poder contar con la acción iluminada y generosa de cada uno de vosotros.
No pretendemos aquí volver a trazar las grandes líneas de nuestro programa, que os son ya conocidas. Quisiéramos solamente reafirmar en este momento, junto con todos vosotros, el compromiso de una disponibilidad total a las mociones del Espíritu para el bien de la Iglesia, a la que en el día de la elevación a la púrpura cardenalicia cada uno de nosotros prometió servir usque ad sanguinis effusionem (hasta la efusión de la sangre).
La
tarea de confirmar a los hermanos
Venerables hermanos: Cuando el sábado pasado nos encontramos ante la peligrosa decisión de un «Sí», que habría de poner sobre nuestros hombros el formidable peso del ministerio apostólico, alguno de vosotros nos susurró al oído palabras que invitaban a tener confianza y ánimo.
Séanos permitido ahora, convertido ya en Vicario de Aquel que dejó a Pedro la consigna de «confirmar a los hermanos» (Lc 22, 32), séanos permitido animaros a vosotros, que os disponéis a reanudar vuestras respectivas actividades eclesiales, a confiar, con firmeza viril, incluso en esta hora tan difícil, en la ayuda de Cristo que nunca falta; Él nos repite también a nosotros, hoy, las palabras pronunciadas cuando las tinieblas de la pasión se cernían ya densamente sobre Él y sobre el primer núcleo de los creyentes: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33)
En el nombre de Cristo y como prenda de nuestra paterna benevolencia, os
impartimos con efusión de sentimientos a vosotros, a vuestros colaboradores y a
todas las almas confiadas a vuestro cuidado pastoral, las primicias de nuestra
propiciatoria bendición apostólica.
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Jueves,
31 de agosto de 1978
Excelencias, señoras, señores:
Agradecemos
vivamente a vuestro digno intérprete sus palabras llenas de deferencia, más aún,
de benevolencia y de confianza. Nuestro primer impulso sería el de confesaros
nuestra confusión ante tales expresiones que nos honran y estos sentimientos
que nos confortan. Pero sabemos muy bien que este homenaje y este testimonio de
adhesión van dirigidos, a través de nuestra persona, a la Santa Sede, a su
misión altamente espiritual y humana, a la Iglesia católica, cuyos hijos
desean sobre todo edificar, en unión con sus hermanos, un mundo más justo y más
armonioso.
La
misión universal del Papa
No habíamos tenido aún el honor de conoceros. Nuestro ministerio se había limitado hasta ahora a las diócesis que nos habían sido confiadas y a los deberes pastorales que ello comportaba en Vittorio Véneto y Venecia. Esto era ya, sin embargo, participación en el servicio de la Iglesia universal.
Pero ahora en esta Sede del Apóstol Pedro, nuestra misión se ha hecho ya efectivamente universal y nos pone en relación no sólo con todos nuestros hijos católicos, sino también con todos los pueblos, con sus representantes cualificados y especialmente con los diplomáticos de los países que han querido establecer relaciones de este orden con la Santa Sede. Bajo este título, nos sentimos muy feliz de acogeros aquí, de expresaros nuestra estima y confianza y el aprecio que tenemos de vuestra noble función; feliz también de saludar, a través de vuestras personas, a cada una de las naciones que representáis y que miramos con respeto y simpatía, formulando fervientes votos de progreso y de paz. Estas naciones irán adquiriendo para Nos un aspecto aún más concreto a medida que vayamos encontrando, no sólo a los obispos y a los fieles, sino también a los responsables civiles.
Todo el mundo sabe lo que nuestro venerado predecesor ha llevado a cabo en este campo de las relaciones diplomáticas. Bajo su pontificado, las Misiones de las que vosotros sois jefes se han multiplicado.
Nos
deseamos también que tales relaciones sean cada vez más cordiales y
fructuosas, para el bien de vuestros conciudadanos, para el bien de la Iglesia
en vuestros países, para el bien de la concordia universal. Por otra parte, las
relaciones que podéis tener entre vosotros mismos, cerca de la Santa Sede,
también favorecen asimismo la comprensión y la paz. Os ofrecemos nuestra
sincera colaboración, según nuestros medios propios.
Misión
espiritual y pastoral
Ciertamente, en la gama amplia de los puestos diplomáticos, vuestra función aquí es sui generis, como lo son la misión y la competencia de la Santa Sede.
La
Iglesia quiere crear una civilización nueva impregnada de esperanza
Evidentemente no tenemos ningún bien temporal que intercambiar ni ningún interés económico que discutir, como los tienen vuestros Estados. Nuestras posibilidades de intervención diplomática son limitadas y peculiares. Esta no se inmiscuye en los asuntos puramente temporales, técnicos y políticos, que son competencia de vuestros Gobiernos.
En
este sentido, nuestras Representaciones diplomáticas ante las más altas
autoridades civiles, bien lejos de ser una supervivencia del pasado, testimonian
a la vez nuestro respeto hacia el poder temporal legítimo y el interés muy
vivo prestado a las causas humanas que este poder está destinado a promover. De
la misma manera vosotros sois aquí los portavoces de vuestros Gobiernos y los
testigos atentos de la obra espiritual de la Santa Sede. Por ambas partes hay
presencia, respeto, intercambio, colaboración, sin confusión de competencias.
Al
servicio de la comunidad internacional
Nuestros servicios, pues, son de dos órdenes.
Se puede dar, si nosotros somos invitados a ello, una participación de la Santa Sede como tal, a nivel de vuestros Gobiernos o de las instancias internacionales, para la búsqueda de las soluciones mejores de los grandes problemas en los que están en juego la distensión, el desarme, la paz, la justicia, las medidas o las ayudas humanitarias, el desarrollo... Nuestros representantes o delegados intervienen entonces, vosotros lo sabéis, con una palabra libre y desinteresada. Esta es una forma apreciable de asistencia o ayuda mutua que la Santa Sede tiene la posibilidad de aportar, gracias al reconocimiento internacional de que goza y a la representación del conjunto del mundo católico que asegura.
Nos
estamos dispuesto a proseguir en este campo la actividad diplomática e
internacional ya emprendida, en la medida en que la participación de la Santa
Sede pueda resultar deseada, fructuosa y correspondiente a nuestros medios.
En
la línea del Concilio y de las enseñanzas de Pablo VI
Pero nuestra acción al servicio de la comunidad internacional se coloca también --y Nos diríamos, sobre todo-- en otro plano, que se podría calificar más específicamente de pastoral y que es propio de la Iglesia.
Se trata de contribuir, a través de los documentos y esfuerzos de la Sede Apostólica y de nuestros colaboradores de toda la Iglesia, a iluminar y formar las conciencias, de los cristianos en primer lugar, pero también de los hombres de buena voluntad --influyendo por medio de ellos en una opinión pública más amplia--, sobre los principios fundamentales que garanticen una civilización auténtica y una fraternidad real entre los pueblos: respeto del prójimo, de su vida, de su dignidad, interés por su desarrollo espiritual y social, paciencia y voluntad de reconciliación en la edificación tan vulnerable de la paz; en una palabra, todos los derechos y deberes de la vida en sociedad y de la vida internacional, tal como los expusieron la Constitución conciliar Gaudium et spes y tantos mensajes del llorado Papa Pablo VI.
Estas actitudes, que los fieles cristianos adoptan o deberían adoptar para su
salvación según la lógica del amor evangélico, contribuyen a transformar
progresivamente las relaciones humanas, el entramado social y las instituciones;
y ayudan a los pueblos y a la comunidad internacional a asegurar mejor las
condiciones del bien común y a encontrar el sentido último de su marcha hacia
adelante. Tienen un impacto cívico y político.
Vuestros países buscan construir una civilización moderna, con unos esfuerzos a menudo geniales y generosos, que cuentan con toda nuestra simpatía y nuestro aliento en cuanto ellos se ajustan a las leyes morales inscritas por el Creador en el corazón humano.
Ahora bien, esta civilización, ¿no tiene necesidad de una energía espiritual nueva, de un amor sin fronteras, de una esperanza firme?
He aquí la contribución que con toda la Iglesia y siguiendo a nuestro predecesor, queremos prestar al mundo.
Cierto, somos muy pequeño y muy débil para ello. Pero tenemos confianza en la ayuda de Dios.
La Santa Sede pondrá en esto todos sus esfuerzos. La cosa merece también todo vuestro interés.
Desde hoy, nuestros votos más cordiales os acompañan en la misión que vais a proseguir ante Nos como lo habéis hecho ante el Papa Pablo VI.
Invocamos sobre cada una de vuestras personas, familias, países que representáis, y sobre todos los pueblos del mundo, abundantes bendiciones del Altísimo.
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Viernes,
1 de septiembre de 1978
Nota
: el texto en negrita son las palabras que el Papa ha dirigido a los periodistas
dejando a un lado el texto escrito.
Egregios
señores y queridos hijos:
Nos alegramos de poder recibir ya en la primera semana de nuestro pontificado una representación tan calificada y numerosa del «mundo» de las comunicaciones sociales, reunida en Roma con ocasión de dos acontecimientos, que han tenido un profundo significado para la Iglesia católica y para el mundo entero: la muerte de nuestro llorado predecesor Pablo VI y el reciente cónclave, en el cual ha sido colocado sobre nuestros humildes y frágiles hombros el peso formidable del servicio eclesial de Sumo Pastor.
Servicio
a la opinión pública
Este
grato encuentro nos permite agradeceros los sacrificios y fatigas que habéis
afrontado durante el mes de agosto para servir a la opinión pública mundial
--también el vuestro es un servicio y muy importante--, ofreciendo a vuestros
lectores, oyentes y telespectadores, con la rapidez y prontitud que requiere
vuestra responsable y delicada profesión, la posibilidad de participar en estos
históricos acontecimientos, en su dimensión religiosa y en su profunda conexión
con los valores humanos y las esperanzas de la sociedad de hoy.
Lo
digo con toda sinceridad. Fue el Cardenal Mercier quien, a su vez, decía: “Si
viniera San Paolo, sería periodista”. Pierre L’ Hermitte de “La Croix”
de París, le respondió: “¡Eh, no Eminencia! Si viniera San Pablo no sería
solamente periodista. Sería director de la Reuter”. Pero, yo agrego hoy: no
solamente director de la Reuter. Hoy, San Pablo tal vez iría a ver a Paolo
Grassi (n. d. a. responsable de la RAI de
entonces) a pedirle un poco de espacio en la televisión o a la NBC.
Queremos expresaros en particular nuestra gratitud por el empeño que habéis puesto estos días, para dar a conocer mejor a la opinión pública la figura, las enseñanzas, la obra y el ejemplo de Pablo VI, y por la sensibilidad y esmero con que habéis tratado de captar y dar a conocer en vuestros amplios comentarios, como también en la multitud de imágenes que habéis transmitido desde Roma, la expectación reinante en esta ciudad, en la Iglesia Católica y en todo el mundo, de un nuevo Pastor que asegurase la continuidad de la misión de Pedro.
Promesa
de colaboración
La
sagrada herencia que nos han dejado el Concilio Vaticano II y nuestros
predecesores Juan XXIII y Pablo VI, de querida y santa memoria, nos exige la
promesa de una atención especial, de una colaboración franca, honesta y eficaz
con los instrumentos de comunicación social, que vosotros representáis aquí
dignamente. Es una promesa que os hacemos con mucho gusto, consciente como somos
de la función cada vez más importante que los medios de comunicación social
han ido asumiendo en la vida del hombre moderno.
No nos pasan inadvertidos los riesgos de masificación y de despersonalización, que dichos medios comportan, con las consiguientes amenazas para la interioridad del individuo, para su capacidad de reflexión personal y para su objetividad de juicio. Pero conocemos también las posibilidades nuevas y felices que los citados medios ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios semejantes, para percibir más de cerca el ansia de justicia, de paz, de fraternidad, para instaurar con ellos vínculos más profundos de participación, de comprensión, de solidaridad en orden a un mundo más justo y humano. En una palabra, conocemos la meta ideal hacia la que cada uno de vosotros, a pesar de las dificultades y desilusiones, orienta el propio esfuerzo: la de llegar a través de la «comunicación» a una más auténtica y plena «comunión» Es la meta hacia la que aspira también, como bien podéis comprender, el corazón del Vicario de Aquel, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre único y amoroso de todo ser humana.
Antes
de dar a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi bendición especial, que
quisiera extender a todos los colaboradores de los órganos de información que
representáis, agencias, periódicos, radios y televisiones, quiero aseguraros
el aprecio que siento hacia vuestra profesión y el cuidado que tendré de
facilitar vuestra noble y difícil misión en el espíritu de las indicaciones
del Decreto Conciliar Inter mirifica y la Instrucción Pastoral Communio et
progressio.
La
Iglesia en los medios de comunicación social
Si puedo agregar un pedido y un verdadero pedido, con ocasión de acontecimientos de mayor relieve o de la publicación de documentos importantes de la Santa Sede, tendréis que presentar frecuentemente a la Iglesia, hablar de la Iglesia, tendréis que comentar, a veces, mi humilde ministerio, espero que lo hagáis con amor a la verdad y con respeto de la dignidad humana, porque tal es la finalidad de toda comunicación social.
Yo
he leído un poco divertido en el pre-conclave, los artículos de algún periódico,
escritos con recta intención, pero digo, un poco divertido porque... yo sólo
he pensado en pedir al Señor que me iluminara para dar el voto a la persona
justa. No había corrientes. No había... Os aseguro, no había nada de todo
esto. Escritos con buena intención pero con otra visión. Habría que entrar en
la visión de la Iglesia cuando se habla de la Iglesia. Me he acordado de un
episodio de la historia del periodismo italiano: se trataba de Baldasarre
Avanzini, entonces director del “Fanfulla”. Estábamos en los tiempos de la
Guerra Franco-Prusiana. Y él, a sus reporteros, daba esta directiva: “¡Al público
no le interesa saber lo que Napoleón III le dijo a Guillermo de Prusia! Le
interesa saber si tenía los pantalones beige o rojos; si fumaba o no el
cigarrillo”.
Yo he tenido... la impresión que, a veces, los periodistas se detengan en cosas del todo secundarias en cosas de la Iglesia. Habría que apuntar al centro. Aquellos que son los verdaderos problemas de la Iglesia. Sería también entonces una función educadora de vuestro público que os lee, os escucha u os mira. Por lo tanto, os pido sinceramente, ¡os ruego, más bien! que tratéis de contribuir también vosotros a salvaguardar en la sociedad de hoy, aquella profunda estima de las cosas de Dios y de la misteriosa relación entre Dios y cada uno de nosotros, que constituye la dimensión sagrada de la realidad humana.
Tratad de comprender las razones profundas por las que el Papa, la Iglesia y sus Pastores deben pedir a veces, en el ejercicio de su servicio apostólico, espíritu de sacrificio, de generosidad, de renuncia para edificar un mundo de justicia, de amor y de paz.
Con la seguridad de conservar también en el futuro el lazo espiritual iniciado con este encuentro, os concedemos de todo corazón nuestra bendición apostólica.
Y
aquí el texto de homenaje dirigido al Santo Padre por Monseñor Deskur
Beatísimo
Padre,
En
nombre de la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, tengo el
honor de presentar a Vuestra Santidad a los aquí presentes, excepcionalmente
numerosos y calificados, periodistas y operadores de la información televisiva,
radiofónica y fotográfica, provenientes de todos los ángulos de la tierra,
los cuales, acogidos y asistidos por la Sala de Prensa de la Santa Sede, por el
Servicio Audiovisual de la misma Comisión y por la Radio Vaticana, han tratado
de absolver el difícil deber de hacer participar a la opinión pública mundial
en los luctuosos eventos de la muerte y los funerales de Vuestro llorado
Predecesor Paulo VI, y luego en la ansiosa espera para la elección del nuevo
Sucesor de Pedro, en el gozoso anuncio “habemus Papam” y, finalmente, en el
solemne inicio de Vuestro Supremo Ministerio.
Gracias
a sus corresponsalías desde Roma, las páginas de todos los periódicos, las
pantallas de televisión y las voces de las radios de todo el mundo han podido
ofrecer la imagen y la figura del nuevo Papa, difundiendo su primer mensaje, sus
primeras enseñanzas, el siempre nuevo anuncio del Evangelio de Cristo.
Ellos
no querían, ni podían partir de Roma sin haber visto de cerca de Juan Pablo I,
sin haber escuchado su primera palabra dirigida justo a ellos, sin haber pedido
una de sus primeras bendiciones para su difícil y responsable profesión, para
sus colaboradores, para sus familias.
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Domingo,
3 de septiembre de 1978
Venerados
hermanos e hijos queridísimos:
En
esta celebración sagrada, con la que damos comienzo solemne al ministerio de
Sumo Pastor, que ha sido puesto sobre nuestros hombros, el primer pensamiento de
adoración y súplica se dirige a Dios, infinito y eterno, el cual, con una
decisión suya humanamente inexplicable y por su benignísima dignación, nos ha
elevado a la Cátedra de San Pedro. Brotan espontáneamente de nuestros labios
las palabras de San Pablo: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y
de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus
caminos!» (Rom 11, 33).
Todo
el Pueblo de Dios reunido en torno al Papa
Nuestro pensamiento va después, con paterno y afectuoso saludo, a toda la Iglesia de Cristo; a esta asamblea que casi la representa en este lugar --cargada de piedad, de religión y de arte--, que guarda celosamente la tumba del Príncipe de los Apóstoles; y también a la Iglesia que nos está viendo y escuchando en estos momentos a través de los modernos instrumentos de comunicación social.
Saludamos a todos los miembros del Pueblo de Dios: a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, seminaristas, seglares empeñados en el apostolado y en las diversas profesiones; a los hombres de la política, de la cultura, del arte, de la economía; a los padres y madres de familia, a los obreros, a los emigrantes, a los jóvenes de ambos sexos, a los niños, a los enfermos, a los que sufren, a los pobres.
Queremos dirigir asimismo nuestro saludo respetuoso y cordial a todos los hombres del mundo, a quienes consideramos y amamos como hermanos, porque son hijos del mismo Padre celestial y hermanos todos en Cristo Jesús (cf. Mt. 23, 8 ss.)
Hemos
querido iniciar esta homilía en latín, porque --como es bien sabido-- es la
lengua oficial de la Iglesia, cuya universalidad y unidad expresa de manera
patente y eficaz.
La
misión de Pedro en la Iglesia
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ha presentado como en un crescendo, ante todo a la Iglesia, prefigurada y entrevista por el profeta Isaías (cf. Is 2, 2-5) como el nuevo Templo, hacia el que confluyen las gentes desde todas las partes del mundo, deseosas de conocer la ley de Dios y observarla dócilmente, mientras las terribles armas de guerra son transformadas en instrumentos de paz. Pero este nuevo Templo misterioso, polo de atracción de la nueva humanidad --nos recuerda San Pedro--, tiene una piedra angular, viva, escogida, preciosa (cf. 1 Pe 2, 4-9), que es Jesucristo, el cual ha fundado su Iglesia sobre los Apóstoles y la ha edificado sobre San Pedro, Cabeza de ellos (Lumen Gentium, 19)
«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia» (Mt 16,18): son las palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón, el hijo de Juan, en Cesárea de Filipo, después de la profesión de fe que no ha sido el producto de la lógica humana del pescador de Betsaida, o la expresión de una particular perspicacia suya, o el efecto de una moción sicológica; sino el fruto misterioso y singular de una auténtica revelación del Padre celestial.
Y Jesús cambia a Simón su nombre, poniéndole el de Pedro, significando con ello la entrega de una misión especial; le promete edificar sobre él su Iglesia, sobre la cual no prevalecerán las fuerzas del mal o de la muerte; le entrega las llaves del Reino de Dios, nombrándolo así máximo responsable de su Iglesia, y le da el poder de interpretar auténticamente la ley divina.
Ante estos privilegios, o mejor dicho, ante estas tareas sobrehumanas confiadas a Pedro, San Agustín nos advierte: «Pedro, por su naturaleza, era simplemente un hombre; por la gracia, un cristiano; por una gracia todavía más abundante, uno y a la vez el primero de los Apóstoles» (SAN AGUSTÍN, In Ioannis Evang. tract., 124, 5; PL 35, 1973).
Con atónita y comprensible emoción, pero también con una confianza inmensa en la gracia omnipotente de Dios y en la oración ferviente de la Iglesia, hemos aceptado ser el Sucesor de Pedro en la sede de Roma, tomando el «yugo» que Cristo ha querido poner sobre nuestros frágiles hombros. Y nos parece escuchar como dirigidas a Nos las palabras que, según San Efrén, Cristo dirige a Pedro: «Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro porque tú sostendrás todos los edificios; tú eres el superintendente de todos los que edificarán la Iglesia sobre la tierra; ... tú eres el manantial de la fuente, de la que mana mi doctrina; ... tú eres la cabeza de mis apóstoles; ... yo te he dado las llaves de mi Reino» (S. EFRÉN, Sermones in hebdomadam sanctam, 4, 1; LAMY T. J., S. Ephraem Syri hymni et sermones, 1, 412).
Roma,
centro de la unidad y de la caridad
Desde el primer momento de nuestra elección y en los días siguientes, nos hemos sentido profundamente impresionado y animado por las manifestaciones de afecto de nuestros hijos de Roma y también de aquellos que, de todo el mundo, nos hacen llegar el eco de su incontenible gozo por el hecho de que una vez más Dios ha dado a la Iglesia su Cabeza visible. Resuenan de nuevo espontáneas en nuestro espíritu las conmovedoras palabras que nuestro gran Predecesor, San León Magno, dirigía a los fieles romanos: «No deja de presidir su sede San Pedro, y está vinculado al Sacerdote eterno en una unidad que nunca falla... Y por eso todas las demostraciones de afecto que, por complacencia fraterna o piedad filial, habéis dirigido a Nos, reconoced con mayor devoción y verdad que las habéis dirigido conmigo a aquel cuya sede nos gozamos no tanto en presidir, como en servir» (S. LEÓN MAGNO, Sermo V, 4-5; PL 54, 155-156)
Sí, nuestra presidencia en la caridad es un servicio y, al afirmarlo, pensamos no solamente en nuestros hermanos e hijos católicos, sino asimismo en todos aquellos que quieren también ser discípulos de Jesucristo, honrar a Dios y trabajar por el bien de la humanidad.
En
este sentido, dirigimos un saludo afectuoso y agradecido a las Delegaciones de
las otras Iglesias y comunidades eclesiales, aquí presentes. Hermanos todavía
no en plena comunión, dirijámonos juntos hacia Cristo Salvador, avanzando unos
y otros en la santidad que él quiere para nosotros y, juntos en el recíproco
amor sin el cual no existe cristianismo, preparando los caminos de la unidad en
la fe, en el respeto de su verdad y del ministerio que él ha confiado, para su
Iglesia, a sus Apóstoles y a sus Sucesores.
Al
servicio de todos los hombres y de todos los pueblos
Debemos dirigir además un saludo particular a los Jefes de Estado y a los miembros de las Misiones extraordinarias. Nos sentimos profundamente conmovido por vuestra presencia, bien sea que estéis al frente de los altos destinos de vuestro país, bien que representéis a vuestros Gobiernos o a Organizaciones Internacionales.
Lo agradecemos vivamente.
Vemos en tal participación la estima y la confianza que vosotros tenéis en la Santa Sede y en la Iglesia, humilde mensajera del Evangelio en todos los pueblos de la tierra para ayudar a crear un clima de justicia, de fraternidad, de solidaridad y de esperanza, sin el que no se podría vivir en el mundo.
Todos
los presentes, grandes y pequeños, estén seguros de nuestra disponibilidad a
servirles según el espíritu del Señor.
El
Papa comienza su ministerio apostólico invocando a la Virgen y con la atención
centrada en Cristo
Rodeado de vuestro amor y sostenido por vuestra oración, comenzamos nuestro servicio apostólico invocando, cual espléndida estrella de nuestro camino, a la Madre de Dios, María, Salus populi romani y Mater Ecclesiae, que la liturgia venera de manera particular en este mes de septiembre.
La Virgen, que ha guiado con delicada ternura nuestra vida de niño, de seminarista, de sacerdote y de obispo, continúe iluminando y dirigiendo nuestros pasos, para que, convertidos en voz de Pedro, con los ojos y la mente fijos en su Hijo, Jesús, proclamemos al mundo con alegre firmeza, nuestra profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).
Amén.
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Lunes,
4 de septiembre de 1978
Excelencias,
señoras y señores:
En
la celebración de ayer, sólo pudimos dirigiros un breve saludo. Hoy queremos
manifestaros la alegría, la emoción y el honor que nos ha proporcionado
vuestra participación en la inauguración de nuestro Pontificado. Os somos
deudores de enorme gratitud, a vosotros personalmente, en primer lugar, y a los
países u Organizaciones internacionales que representáis.
Pedro
y sus sucesores
Este homenaje de tantas naciones resulta muy hermoso y alentador. No es que nuestra persona lo haya merecido: ayer éramos únicamente un sacerdote y un obispo de una provincia de Italia, entregado con todas sus energías y talentos al apostolado que se le había confiado. Y he aquí que hoy hemos sido llamado a la Sede del Apóstol Pedro. Somos heredero de su gran misión universal, que él recibió por pura gracia de manos de Nuestro Señor Jesucristo, quien es, según la fe cristiana, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Pensamos con frecuencia en esta frase del Apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra» (2 Cor 4, 7). Felizmente tampoco nosotros estamos solo: actuamos en comunión con los obispos de la Iglesia católica extendida por todo el mundo.
Así,
pues, nos llena de gozo el hecho de que vuestro homenaje va más allá de la
benevolencia prestada a nuestra persona, y se convierte ante nuestros ojos en
signo del atractivo continuo y fascinante que ejercen en nuestro universo el
Evangelio y las cosas de Dios; y manifiesta asimismo la estima y confianza de
casi todos los pueblos hacia la Iglesia y la Santa Sede, hacia sus múltiples
actividades, tanto en el campo propiamente espiritual como en el servicio a la
justicia, al desarrollo y a la paz. Hay que añadir que la acción de los últimos
Papas, sobre todo de nuestro venerado Predecesor Pablo VI, ha contribuido
enormemente a esta irradiación internacional.
Derechos
y libertades de los hijos de Dios
En cuanto a nosotros y según nuestras posibilidades, estamos dispuesto a proseguir esta obra desinteresada y a apoyar a los colaboradores nuestros que trabajan en ella. Si bien no conocemos personalmente todos vuestros países, y desgraciadamente no podemos hablaros a cada uno en su lengua materna, nuestro corazón está plenamente abierto a todos los pueblos y a todas las razas, con el deseo de que cada uno encuentre su puesto en el concierto de las naciones y desarrolle los dones que Dios le ha dado, en la paz, gracias a la comprensión y a la solidaridad de los demás. Nada de lo que es verdaderamente humano nos será ajeno. Es verdad que no poseemos soluciones milagrosas para los grandes problemas mundiales. Pero podemos aportar algo muy preciado: un espíritu que ayude a solventar estos problemas y los sitúe en un enfoque que es esencial, el de la caridad universal y el de la apertura a los valores trascendentes, es decir, la apertura a Dios. Procuraremos cumplir este servicio con lenguaje sencillo, claro y confiado.
Queremos contar también con vuestra colaboración benevolente. Deseamos en primer lugar que las comunidades cristianas gocen siempre, en vuestros países, del respeto y de la libertad a que tiene derecho toda conciencia religiosa, y se dé un lugar justo a su colaboración en la prosecución del bien común. Asimismo estamos seguro de que seguiréis acogiendo favorablemente las iniciativas de la Santa Sede, cuando ésta se propone servir a la comunidad internacional, recordar las exigencias de una vida sana en sociedad, defender los derechos y la dignidad de todos los hombres, especialmente de los pequeños y de las minorías.
De nuevo, gracias por vuestra visita. De todo corazón invocamos la ayuda de Dios sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre todos y cada uno de vuestros países y de las Organizaciones mundiales que representáis. Que Dios mantenga lúcidos nuestros espíritus y nuestros corazones en la paz, en el desempeño de nuestras grandes responsabilidades.
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Jueves,
7 de septiembre de 1978
Agradezco vivamente al cardenal Vicario las felicitaciones que me ha dirigido en nombre de todos los presentes. Sé cómo ha ayudado, fiel y eficazmente a mi inolvidable Predecesor; espero que seguirá colaborando también conmigo. Saludo con afecto al arzobispo vice-gerente, a los obispos auxiliares, a cuantos trabajan en los varios centros y oficinas del Vicariato; a cada uno de los sacerdotes con cura de almas en el ámbito de la diócesis y de su distrito: a los párrocos, en primer lugar, a sus colaboradores, a los religiosos y, a través de ellos, a las familias cristianas y a los fieles.
Quizá
hayáis advertido que ya cuando hablé a los cardenales en la Capilla Sixtina,
aludí a la «gran disciplina de la Iglesia» que debía «mantenerse en la vida
de los sacerdotes y de los fieles». Sobre este tema habló con frecuencia mi
venerado Predecesor, y sobre lo mismo me permito hablaros brevísimamente con
confianza de hermano en este primer encuentro.
Fomentar
el recogimiento interior
Hay una disciplina «pequeña», que se limita a la observancia puramente externa y formal de normas jurídicas. Pero yo quisiera hablar de la disciplina «grande» Esta existe sólo cuando la observancia externa es fruto de convicciones profundas y proyección libre y gozosa de una vida vivida íntimamente con Dios. Se trata --escribe el abad Chautard-- de la acción de un alma, que reacciona continuamente para dominar sus malas inclinaciones y para ir adquiriendo poco a poco la costumbre de juzgar y de comportarse en todas las circunstancias de la vida, según las máximas del Evangelio y los ejemplos de Jesús. «Dominar las inclinaciones» es disciplina. La frase «poco a poco» indica disciplina, que requiere esfuerzo constante, prolongado, nada fácil. Incluso los ángeles que vio Jacob en sueños no volaban, sino que subían los escalones uno a uno. ¡Figurémonos nosotros, que somos pobres hombres sin alas!
La «gran» disciplina requiere un clima adecuado. Ante todo, el recogimiento. Una vez me ha tocado ver en la estación de Milán a un maletero, el cual, apoyada la cabeza en un saco de carbón junto a una columna, dormía beatamente... los trenes partían silbando y llegaban chirriando con las ruedas; los altavoces daban sin cesar avisos que aturdían; la gente iba y venía con ruido y jaleo, pero el hombre seguía durmiendo y parecía decir: «Haced lo que os plazca, porque yo tengo necesidad de quietud». Algo parecido deberíamos hacer los sacerdotes: a nuestro alrededor hay movimiento incesante y las personas, los periódicos, las radios, las televisiones no paran de hablar. Con mesura y disciplina sacerdotal debemos decir: «Más allá de ciertos límites, para mí, que soy sacerdote del Señor, vosotros no existís; yo tengo que reservarme un poco de silencio para mi alma; me alejo de vosotros para unirme a mi Dios».
Dialogar
con Dios y dialogar con los hombres
Comprobar que su sacerdote está habitualmente unido a Dios es hoy el deseo de muchos fieles buenos.
Estos
razonan como el abogado de Lión, cuando volvía de visitar al Cura de Ars. «¿Qué
ha visto usted en Ars?», le preguntaron. Respuesta: «He visto a Dios en un
hombre»
Análogos son los razonamientos de San Gregorio Magno. Este desea que el pastor de almas dialogue con Dios sin olvidar a los hombres, y dialogue con los hombres sin olvidar a Dios. Y dice: «Huya el pastor de la tentación de querer ser amado por los fieles en vez de por Dios, o de ser demasiado débil por miedo a perder el afecto de los hombres; no sea que corra el riesgo de que Dios le reprenda así: '¡Ay de los que se colocan almohadones en los codos!' (Ez 13,18) El pastor --termina diciendo-- debe procurar ser amado, claro está, pero a fin de ser escuchado, no buscando este afecto para provecho propio» (cf. Regula pastoralis 1, II, c. VIII).
Ejercer
el gobierno pastoral como servicio
Los sacerdotes son todos guías y pastores en un cierto grado; pero ¿tienen todos concepto cabal de lo que supone ser verdaderamente pastor de una Iglesia particular, es decir, obispo?
Jesús, Pastor supremo, dijo de sí mismo por una parte: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18), y por otra, añadió: «He venido a servir» (cf. Mt 20, 28), y lavó los pies a sus Apóstoles. Por tanto, en él iban unidos a la vez poder y servicio. Algo parecido se dice de los Apóstoles y de los obispos: Praesumas --decía Agustín--si prossumus (Miscellanea Augustiniana, Romae 1930, t. I, pág. 565)
Nosotros
los obispos gobernamos sólo si servimos: nuestro gobierno es cabal si se
concreta en servicio o se ejerce con miras al servicio, con espíritu y estilo
de servicio. Sin embargo, este servicio episcopal fallaría si el obispo no
quisiera ejercer los poderes recibidos. Sigue diciendo San Agustín: «el obispo
que no sirve a la gente (predicando, guiando) es sólo un foeneus custos, un
espantapájaros, colocado en los viñedos para que los pájaros no piquen las
uvas» (id. 568) Por ello está escrito en la Lumen Gentium: «Los obispos
gobiernan... con los consejos, las exhortaciones, los ejemplos, pero también
con la autoridad y la sacra potestad» (Lumen Gentium, 27).
Cumplir
la voluntad de Dios
Otro elemento de la disciplina sacerdotal es el amor al propio puesto. Lo sé, no es fácil amar el puesto y seguir en él cuando las cosas no van bien, cuando se tiene la impresión de no ser comprendido ni alentado, cuando la inevitable confrontación con el puesto asignado a otros nos llevaría a sentirnos tristes y desanimados. Pero ¿es que no trabajamos por el Señor? La ascética nos enseña: no mires a quién obedeces, sino por Quién obedeces.
El
reflexionar también ayuda. Yo soy obispo desde hace veinte años: muchas veces
he sufrido por no poder premiar a alguno, que lo merecía de verdad; pero o no
había puesto-premio, o no sabía cómo sustituir a la persona, o sobrevenían
circunstancias adversas. Por otra porte, San Francisco de Sales ha escrito: «No
hay ninguna vocación que no tenga sus contratiempos, sus amarguras y sus
disgustos. A parte de los que están plenamente resignados a la voluntad de
Dios, cada uno desearía cambiar la propia condición por la de los otros. Los
que son obispos no querrían serlo; los que están casados querrían no estarlo,
y los que no lo están desearían casarse. ¿De dónde nace esta inquietud
generalizada de los espíritus, sino de una cierta alergia a lo que es obligación
y de un espíritu no bueno que nos lleva a suponer que los otros están mejor
que nosotros?» (SAN FRANCISCO DE SALES, Oeuvres, edic. Annecy, t. XII, 348-9).
He hablado a la llana y os pido disculpas por ello. Pero os puedo asegurar que desde que he llegado a ser Obispo vuestro os amo mucho. Y con el corazón lleno de amor os imparto la bendición apostólica.
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Jueves,
21 de septiembre de 1978
Queridos
hermanos en Cristo:
Es
un verdadero placer para nosotros encontrarnos por primera vez con un grupo de
obispos americanos que realizan la visita ad Limina. Os acogemos de todo
corazón, queremos que os sintáis en vuestra casa, que experimentéis el gozo
de encontrarnos juntos en familia. Nuestro gran deseo en este momento es
confirmaros a todos en la fe y en el servicio al Pueblo de Dios; queremos
mantener vivo el ministerio de Pedro en la Iglesia.
Las
orientaciones de Pablo VI y del Concilio
Desde que soy Papa he ido leyendo con gran atención las sabias enseñanzas que nuestro querido predecesor Pablo VI impartió este mismo año a los obispos de Estados Unidos sobre los temas del ministerio de la reconciliación en la Iglesia, de la protección y defensa de la vida, y del impulso de la devoción a la Eucaristía. Sus enseñanzas las hacemos también nuestras y os renovamos el aliento y las directrices que os dio en esos discursos.
Aunque somos nuevo en el pontificado --apenas un principiante--, queremos elegir igualmente nosotros temas que afecten en profundidad a la vida de la Iglesia y os sirvan de gran ayuda en vuestro ministerio episcopal. Nos parece que la familia cristiana es buen punto para comenzar. La familia cristiana es tan importante y su papel tan fundamental en la transformación del mundo y en la construcción del Reino de Dios, que el Concilio la llamó «Iglesia doméstica» (Lumen Gentium, 11)
Comunidad
de amor
No nos cansemos nunca de proclamar que la familia es comunidad de amor: el amor conyugal une a los esposos y es procreador de vida nueva; es reflejo del amor divino y amor comunicado; según las palabras de la Gaudium et spes, es participación actual en la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia (núm. 48) A todos se nos concedió la gracia de nacer en tal comunidad de amor; nos será fácil, por tanto, defender sus valores.
Por
ello, debemos estimular a los padres en su papel de educadores de los hijos;
ellos son los primeros catequistas y los mejores. ¡Qué gran tarea tienen y qué
reto! Enseñar a sus hijos a amar a Dios, a hacer de este amor una realidad de
su vida. Y, por gracia de Dios, qué fácilmente aciertan algunas familias a
cumplir la misión de ser primum seminarium (Optatam totius, 2); el
germen de una vocación al sacerdocio se alimenta a través de la oración de la
familia, el ejemplo de su fe y el apoyo de su amor.
Mantenerse
fieles a la ley de Dios y de la Iglesia
Qué
cosa tan maravillosa es el que las familias caigan en la cuenta del poder que
tienen en la santificación de los esposos, y de la influencia mutua entre
padres e hijos. Entonces, y por el testimonio de amor de su propia vida, las
familias pueden llevar el Evangelio a los demás. La percepción vital de la
participación del laicado --y especialmente de la familia-- en la misión salvífica
de la Iglesia, es uno de los grandes legados del Concilio Vaticano II. Jamás
podremos agradecer bastante a Dios este don.
A nosotros corresponde mantener fuerte esta convicción, sosteniendo y defendiendo a la familia, a cada familia y a todas las familias. ¡Nuestro propio ministerio es tan vital! Predicar la Palabra de Dios y celebrar los sacramentos. De aquí saca nuestro pueblo su fortaleza y su alegría.
También es tarea nuestra animar a las familias a mantenerse fieles a la ley de Dios y de la Iglesia. Jamás tenemos por qué temer anunciar todas las exigencias de la Palabra de Dios, pues Cristo está con nosotros y nos dice hoy como antes: «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10, 16).
Sobre
todo es importante la indisolubilidad del matrimonio cristiano; aunque sea una
parte difícil de nuestro mensaje, la debemos proclamar fielmente como parte de
la Palabra de Dios y parte del misterio de la fe. Al mismo tiempo hemos de
mantenernos cercanos a nuestro pueblo en sus problemas y dificultades. Tiene que
saber siempre que le amamos.
Ofrecer
íntegras las enseñanzas del Magisterio sobre la familia
Hoy queremos manifestaros nuestra admiración y alabaros por los esfuerzos que hacéis para salvaguardar y mantener a la familia como Dios la ha hecho y como Dios la quiere. En todo el mundo las familias cristianas procuran responder a su maravilloso llamamiento, y estamos muy cerca de cada una de ellas. Los sacerdotes y religiosos se esmeran en sostenerlas y ayudarlas, y todos estos esfuerzos son dignos de las mayores alabanzas. Nuestro aliento va sobre todo a los que ayudan a los futuros esposos a prepararse al matrimonio cristiano ofreciéndoles las enseñanzas íntegras de la Iglesia y exhortándolos a los ideales más altos de la familia cristiana.
Deseamos
añadir una palabra especial de encomio también a quienes, sacerdotes sobre
todo, trabajan tan generosa y abnegadamente en los tribunales eclesiásticos y
se esfuerzan, con fidelidad a la doctrina de la Iglesia, en salvaguardar el vínculo
matrimonial, en dar testimonio de su indisolubilidad de acuerdo con las enseñanzas
de Jesús, y en ayudar a las familias que lo necesiten.
Renovación a través de la santidad
La santidad de la familia cristiana es sin duda alguna el medio más apto para llevar a cabo la renovación serena de la Iglesia, que el Concilio deseaba con tanto afán; a través de la oración en familia la ecclesia domestica se convierte así en realidad efectiva y lleva a la transformación del mundo.
Todos
los esfuerzos de los padres por infundir el amor de Dios en sus hijos y
sostenerlos con el ejemplo de su fe, constituye uno de los apostolados más
excelentes del siglo XX. Los padres que tienen problemas especiales son dignos
de una atención pastoral más especial por parte nuestra, y merecedores de todo
nuestro amor.
Las
prioridades del Papa
Queridos hermanos: Queremos que sepáis hacia dónde van nuestras prioridades.
Hagamos cuanto podamos por la familia cristiana a fin de que nuestra gente pueda realizar su gran vocación con alegría cristiana y participar íntima y eficazmente en la misión de salvación de la Iglesia --la misión de Cristo--.
Estad seguros de que contáis con todo nuestro apoyo en el amor del Señor Jesús.
Os damos a todos nuestra bendición apostólica.
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Sábado,
23 de septiembre de 1978
Honorable señor Alcalde:
Le estoy vivamente agradecido por esas expresiones deferentes y sinceras que Ud., en representación también de sus colegas de la Administración Pública y de toda la población romana, ha querido dirigirme durante el itinerario que desde la residencia Vaticana me lleva a la Catedral de San Juan de Letrán.
La
Urbe civil
Esta parada intermedia, al pie de la colina del Capitolio, tiene para mí un especial significado, no solamente por el cúmulo de recuerdos históricos que aquí se entrecruzan e interesan conjuntamente a la Roma civil y a la Roma cristiana, sino también porque me permite tener un primer contacto directo con los responsables de la vida ciudadana y de su recta ordenación. Se trata, por tanto, de una ocasión propicia para expresarles mi más cordial saludo y mis mejores deseos.
Los
problemas de la Urbe, a los que con fundada preocupación ha aludido Ud., me
encuentran particularmente atento y sensible a causa de su urgencia, de su
gravedad y, sobre todo, de las desazones y de los dramas humanos y familiares,
de los cuales no raramente son el signo manifiesto. Como Obispo de la Ciudad que
es la sede primigenia del ministerio pastoral que se me ha confiado, me llegan más
agudamente al corazón esas sufridas experiencias y me siento estimulado por
ellas a la disponibilidad, a la colaboración y a la aportación de orden moral
y espiritual que corresponde a la específica naturaleza de mi servicio, para
poderlas, al menos, aliviar. Y esto lo digo no solamente a título personal,
sino también en nombre de los hijos de la Iglesia de Dios aquí en Roma: de mis
colaboradores los obispos, de los sacerdotes y de los religiosos, de los
miembros de las asociaciones católicas y de cada uno de los fieles,
comprometidos de diverso modo en actividades pastorales, educativas,
asistenciales y escolares.
La Urbe cristiana
La esperanza, cuyo eco he sentido con agrado en su cortés saludo, es para nosotros los creyentes --como recordé en la audiencia general del pasado miércoles-- una virtud obligatoria y un don precioso de Dios. Que sirva para despertar, en cada uno de nosotros y, confío también, en todos los conciudadanos de buena voluntad energías y propósitos; que sirva para inspirar iniciativas y programas, con el fin de que esos problemas tengan la solución conveniente y Roma permanezca fiel, en los hechos, a aquellos ideales inconfundiblemente cristianos que se llaman hambre y sed de justicia, activa contribución a la paz, dignidad suprema del trabajo humano, respeto y amor para con los hermanos, solidaridad a toda prueba con los más débiles.
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Sábado,
23 de septiembre de 1978
Agradezco
de corazón al cardenal Vicario las delicadas palabras con las que --en nombre
también del consejo episcopal, del cabildo lateranense, del clero, de los
religiosos, de las religiosas y de los fieles --ha querido expresar la devoción
y los propósitos de activa colaboración en la diócesis de Roma. Primer
testimonio concreto de esta colaboración es la suma ingente recogida entre los
fieles de la diócesis y puesta a mi disposición para proveer de templo y de
estructuras parroquiales a una barriada periférica de la ciudad, privada todavía
de esos esenciales elementos comunitarios de vida cristiana. Doy las gracias,
verdaderamente conmovido.
I.
La fisonomía cristiana de la Urbe
El
maestro de ceremonias ha elegido las tres lecturas bíblicas para esta celebración
litúrgica. Las ha juzgado adecuadas y yo voy a tratar de explicároslas.
La
Ciudad de Pedro, centro de la Iglesia católica
La primera lectura (Is. 60, 1- 6) puede aplicarse a Roma.
Todos sabéis que el Papa adquiere su autoridad sobre toda la Iglesia en cuanto que es Obispo de Roma, es decir, sucesor de Pedro, en esta ciudad.
Gracias especialmente a Pedro, la Jerusalén de que hablaba Isaías puede ser considerada una figura, un preanuncio de Roma.
También de Roma, como sede de Pedro, lugar de su martirio y centro de la Iglesia Católica se puede decir: «Sobre ti viene la aurora del Señor y en ti se manifiesta su Gloria. Las gentes andarán en tu luz» (Is. 60, 2-3) Recordando las peregrinaciones de los Años Santos y las que continúan efectuándose en los años normales con afluencia constante de fieles, se puede, con el profeta, hablar enfáticamente a Roma así: «Alza en torno tus ojos y mira: ... llegan de lejos tus hijos... pues vendrán a ti los tesoros del mar, llegarán a ti las riquezas de los pueblos» (Is. 60, 4-5)
Es
esto un honor para el Obispo de Roma y para todos vosotros. Pero es también una
responsabilidad.
Ciudad
de la Paz
¿Encontrarán, aquí, los peregrinos un modelo de verdadera comunidad cristiana? ¿Seremos capaces, con la ayuda de Dios, Obispo y fieles, de realizar aquí las palabras escritas por Isaías a continuación de las antes citadas, a saber: «No se hablará ya más de violencia en tu tierra... Tu pueblo será un pueblo de justos» (Is. 60, 18-21)?
Hace unos minutos, el profesor Argan, alcalde de Roma, me ha dirigido unas corteses palabras de saludo y augurio. Algunas de esas palabras me han recordado una de las oraciones que, de niño, rezaba con mi madre. Decía así: «los pecados que gritan venganza a los ojos de Dios son... oprimir a los pobres, no dar la justa paga a los obreros» Por su parte, el párroco me preguntaba en la clase de catecismo: «los pecados que gritan venganza a los ojos de Dios ¿por qué son los más graves y funestos?» Y yo respondía según el catecismo de Pío X: «Porque son directamente contrarios al bien de la humanidad y tan odiosos que provocan, más que los otros, el castigo de Dios» (Catecismo de Pío X, núm. 154).
Comunidad
eclesial que preferencia a los pobres
Roma será una auténtica comunidad cristiana si Dios es honrado no sólo con la afluencia de los fieles a las iglesias, no sólo con la vida privada vivida morigeradamente, sino también con el amor a los pobres. Estos --decía el diácono romano Lorenzo-- son los verdaderos tesoros de la Iglesia; deben, por tanto, ser ayudados, por quienes pueden, a tener más y a llegar a ser algo más, sin que se los humille y ofenda con ostentaciones de riquezas, con dinero derrochado en cosas superfluas, en lograr ser empleado, siempre que sea posible, en empresas ventajosas para todos.
II.
Construir una comunidad cristiana viva y operante
La segunda lectura (Heb. 13, 7-8, 15-17, 20-21) se adapta a los fieles de Roma. La ha elegido, como he dicho, el maestro de ceremonias. Confieso que el que en ella se hable de obediencia me pone un poco en compromiso.
¡Hoy
es muy difícil convencer cuando se enfrentan los derechos de la persona humana
con los de la autoridad y de la ley!
Libertad
y autoridad
En el libro de Job se describe un caballo de batalla: salta como una potrilla y bufa, escarba la tierra con la pezuña y luego se lanza con ardor; cuando suena la trompeta, relincha de júbilo; olfatea de lejos la lucha, oye los gritos del mando y el clamor de las formaciones (cf. Job 39,15-25) Símbolo de la libertad. La autoridad, en cambio, se asemeja al caballero prudente, que monta el caballo y, unas veces con voz suave, otras utilizando acertadamente las espuelas, las riendas o la frustra, lo estimula, o también modera su carrera impetuosa, lo frena y lo para.
Poner de acuerdo a caballo y caballero, libertad y autoridad, ha llegado a ser un problema social. Y también un problema de Iglesia.
En el Concilio se trató de resolverlo en el cuarto capítulo de la Lumen Gentium.
He aquí las indicaciones conciliares para el «caballero» «Los sacros pastores saben muy bien lo que contribuyen los seglares al bien de toda la Iglesia. Saben que ellos no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión de la salvación que la Iglesia ha recibido en relación con el mundo, sino que su magnífica tarea es la de apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y sus carismas, de modo que todos concordemente cooperen cada cual en su medida, a la obra común» (Lumen Gentium, 30). Y continúa: saben también los pastores que «en las batallas decisivas las iniciativas más acertadas parten a veces del frente» (id. 37 nota 7).
He aquí, en cambio, una indicación del Concilio para el «generoso batallador», es decir para los seglares: al obispo «deben adhesión los fieles como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre» (id. 27).
Roguemos al Señor para que ayude tanto al Obispo como a los fieles, tanto al caballero como al caballo.
Comunión
eclesial
Me han dicho que en la diócesis de Roma son muchas las personas que se prodigan por sus hermanos, numerosos los catequistas; otros muchos esperan sólo una leve señal para intervenir y colaborar. Que el Señor nos ayude a todos a constituir en Roma una comunidad cristiana viva y operante. No en balde he citado el capítulo cuarto de la Lumen Gentium: es el capitulo de la «comunión eclesial» Pero lo que allí se dice afecta especialmente a los seglares.
La
obediencia sacerdotal y religiosa
Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas tienen una posición particular, ligados como están por el voto o por la promesa de obediencia.
Yo recuerdo como uno de los momentos solemnes de mi existencia aquél en que, puestas mis manos en las del obispo, dije: «Prometo» Desde entonces me he sentido comprometido para toda la vida y jamás he pensado que se tratara de una ceremonia sin importancia.
Espero que los sacerdotes de Roma piensen lo mismo. A ellos y a los religiosos, San Francisco de Sales les recordaría el ejemplo de San Juan Bautista, que vivió en la soledad, lejos del Señor, aun con su gran deseo de estar cercano a Él. ¿Por qué? Por obediencia. «Sabía --escribe el Santo --que encontrar al Señor fuera de la obediencia, es perderlo» (F. DE SALES, Oeuvres, Annecy, 1896 pág. 321)
III.
La tarea de evangelizar
La tercera lectura (Mt. 28, 16-20) recuerda al Obispo de Roma sus deberes.
Enseñar
con estilo pastoral
El primero es «enseñar», proponiendo la palabra del Señor con fidelidad tanto a Dios como a los que escuchan, con humildad, pero con valiente franqueza.
Entre mis santos predecesores Obispos de Roma hay dos que son también Doctores de la Iglesia: San León, el vencedor de Atila, y San Gregorio Magno.
En los escritos del primero hay una línea teológica altísima y brilla una lengua latina estupendamente construida; no pienso que lo pueda yo imitar, ni siquiera de lejos.
El segundo, en sus libros, es «como un padre, que instruye a sus hijos y los hace partícipes de sus solicitudes por su salvación eterna» (I. SCHUSTER, Liber Sacramentorum, vol. I, Turín, 1929, pág. 46) Quisiera tratar de imitar al segundo, que dedica todo el libro tercero de su Regula pastoralis al tema «qualiter doceat », es decir, cómo el pastor debe enseñar. A lo largo de 40 capítulos, Gregorio indica concretamente varias formas de instrucción, según las diversas circunstancias de condición social, edad, salud y temperamento moral de los oyentes. Pobres y ricos, alegres y tristes, superiores y súbditos, doctos e ignorantes, descarados y tímidos, etc... todos están en ese libro, que es como el valle de Josafat.
En
el Concilio Vaticano se consideró como algo nuevo el que se denominase «pastoral»
no ya a lo que se enseñaba a los pastores, sino a lo que los pastores hacían
para afrontar las necesidades, las ansias y las esperanzas de los hombres.
Gregorio había ya puesto en práctica esa «novedad» muchos siglos antes,
tanto en la predicación como en el gobierno de la Iglesia.
Celebrar
bien la liturgia
El segundo deber, expresado con la palabra «bautizar», se refiere a los sacramentos y a toda la liturgia. La diócesis de Roma ha seguido el programa de la CEI «Evangelización y Sacramentos»; sabe ya que evangelización, sacramento y vida santa son tres momentos de un camino único: la evangelización prepara al sacramento y el sacramento lleva a vivir cristianamente a quienes lo han recibido. Quisiera que este gran concepto se aplicara cada vez con más amplitud.
Quisiera también que Roma diese el buen ejemplo de una liturgia celebrada piadosamente y sin «creatividades» desentonadas. Algunos abusos en materia litúrgica han podido favorecer, por reacción, actitudes que han llevado a toma de posiciones insostenibles en sí mismas y en contraste con el Evangelio. Al hacer un llamamiento, con afecto y con esperanza, al sentido de responsabilidad de cada uno frente a Dios y a la Iglesia, quisiera poder asegurar que cualquier irregularidad litúrgica será diligentemente evitada.
Guiar
y gobernar con amor
Y hénos aquí ya en el último deber episcopal: «enseñar a observar». Es la diaconía, el servicio de guiar y gobernar. Confieso que, aunque haya sido yo veinte años obispo, en Vittorio Véneto y en Venecia, todavía no he «aprendido bien el oficio» En Roma, estudiaré en la escuela de San Gregorio Magno, que dice: «Esté cercano (el pastor) a cada uno de sus súbditos con la compasión. Y olvidando su grado, considérese igual a los súbditos buenos, pero no tenga temor en ejercer, contra los malos, el derecho de su autoridad. Recuerde que mientras todos los súbditos dan gracias a Dios por cuanto el pastor ha hecho de bueno, no se atreven a censurar lo que ha hecho mal; cuando reprime los vicios, no deje de reconocerse, humildemente, igual que los hermanos a quienes ha corregido y siéntase ante Dios tanto más deudor cuanto más impunes resulten sus acciones ante los hombres» (Reg. past. porte II, cc. 5 y 6 passim).
Termina aquí la explicación de las tres lecturas. Pero séame permitido añadir una solo cosa: es ley de Dios que no se pueda hacer bien a alguien si antes no se le quiere bien. Por eso San Pío X, al entrar como Patriarca en Venecia, exclamó en San Marcos: «¿Qué sería de mí, venecianos, si no os amase?» Algo parecido digo yo a los romanos: puedo aseguraros que os amo, que solamente deseo serviros y poner a disposición de todos mis pobres fuerzas, todo lo poco que tengo y que soy.
Y
aquí el texto del mensaje de saludo dirigido al Santo Padre por el Cardenal Ugo
Poletti.
Beatísimo
Padre,
Íntimamente
unido a los Obispos del Consejo Episcopal de Roma y al Capítulo Lateranense,
tengo la alegría y la responsabilidad de reasumir los sentimientos de fe, de
amor, de devoción, de disponible colaboración que Clero, Religiosos y pueblo
de vuestra Diócesis Romana hoy desean manifestaros con claridad y sinceridad
absolutas.
Anunciando
esta Vuestra visita a la Patriarcal Archibasilica del SS.mo. Salvador de Letrán,
custodio de la Cátedra del Obispo de Roma, he osado decir que se trataba de un
encuentro todo romano, no ya por falta de delicadeza o de consideración a los
Miembros de la Curia de la Santa Sede que, además, se llama Romana, o a los
ilustres Representantes de tantos pueblos hermanos aquí presentes para haceros
honor, sino más bien para recordar a nosotros mismos una particular dimensión
de vida eclesial y una consiguiente responsabilidad, que deriva del vínculo
nuestro con Vuestra persona.
Somos
hijos Vuestros, como todos los miembros de la Iglesia Católica, pero con una
peculiaridad que es única: esta santa Iglesia diocesana pertenece sólo a Vos y
ningún Hermano en el Episcopado puede compartir con Vos la paternidad.
Somos
Vuestra personal porción y heredad, representada por aquella Cátedra de Pedro,
de la cual Letrán es espiritualmente custodia, pero con la cual habéis también
heredado la paternidad y el Magisterio Universal en la Iglesia Católica.
Tenemos
un título personal a recibir de Vos nutrición y sostenimiento con la Palabra
de Dios, con el ejercicio de la caridad y paciencia paternas, con la atención y
solicitud inmediata, para que nuestra Fe no disminuya y nuestra vida cristiana
no languidezca.
Todavía
si nos detuviéramos en estas consideraciones solas, seríamos hijos inertes,
mezquinos: no seríamos ciertamente Vuestra corona y alegría.
Nosotros
Os agradecemos por este encuentro, en la toma de posesión de Vuestra Cátedra
Episcopal, porque nos dais la alegría de advertir más agudamente y filialmente
algunas de nuestras responsabilidades activas, graves y estimulantes.
Nosotros
advertimos que, a causa de la íntima comunión del Pueblo de Dios con su
Obispo, somos también, de alguna manera, partícipes del grave deber Vuestro de
la construcción de la Santa Iglesia en el mundo. No sólo en Roma nosotros
debemos dar espacio y cuerpo, visible en todos lados, a Vuestra acción pastoral
y a Vuestra caridad; no sólo, como hijos que viven en casa, debemos ayudar al
Padre acogiendo a los hermanos que vienen de lejos, sino de Vuestra misma
presencia y misión somos ayudados, como ningún otro, a crecer en una dimensión
de Fe verdaderamente católica, en un testimonio de caridad hacia los pobres,
los humildes, los pequeños, los marginados, que sea evidentemente percibida por
las otras Iglesias hermanas.
Son
deberes que Vuestra presencia aquí, hoy nos recuerda con una autoridad única.
Profundamente
conscientes de nuestras debilidades, limitaciones y contradicciones que, en la
vida eclesial de la Ciudad, se mezclan a las singulares capacidades suyas de
bien y a fuerzas vivas cristianas, operantes en todo nivel cultural, popular, de
dirigencia o de comunidad, nosotros advertimos otra responsabilidad de la «comunión
eclesial» con Vos, nuestro Obispo y Padre: nosotros constituimos para Vos el
espacio de verificación de todo el bien y el dolor que, en expresiones y
dimensiones diversas, se mueve y se extiende en el mundo. Para usar un término
técnico moderno, la Diócesis de Roma constituye para el Papa la «investigación
de muestra» inmediata, viva, alegre o dolorosa, de la vida humana y cristiana
difundida en todo el mundo.
Tal
vez por esto las tensiones, aspiraciones, posibilidades operativas,
compensaciones y desequilibrios sociales, morales, religiosos que existen
inevitablemente en cada ciudad, quizá también en proporciones mayores aún en
Roma, asumen un eco singular y mundial, que es inmediatamente percibido. Así
que, a medida que conozcáis íntimamente a Vuestra Iglesia diocesana, Vos
advertiréis misteriosamente el pulso del corazón del mundo.
Reflexionando
sobre esta situación, nosotros nos sentimos empeñados a daros una contribución,
lo más verdadera, auténtica posible, para facilitar Vuestra misión de Pastor
y Padre Universal.
¿Somos
presuntuosos? Compadecednos, Padre Santo, como débiles criaturas; comprendednos
como personas voluntariosas; amadnos y sostenednos como hijos sinceros, que
quieren ser fieles a Vos.
Al
filo de estas consideraciones, la alegría explosiva de Vuestra Iglesia en el
encuentro con su Obispo se hace más reflexiva y consciente. La alegría no
puede sustituir al deber, pero desde el deber advertido y cumplido, se consolida
la alegría portadora de nuevos frutos.
Vos
– continuando la obra del venerado Papa Paulo VI, hecha tan humana y sensible
en los últimos años – ya nos habéis dado mucho en confianza, en amable
paternidad y, todavía más, nos daréis en fortaleza espiritual y en asistencia
magisterial y moral.
Nosotros,
pequeños, ¿qué podemos ofreceros? Un don que entre en colaboración de Fe y
de caridad, en ayuda de los más pobres.
Parroquias,
Institutos Religiosos y fieles han respondido generosamente a la invitación,
lanzada por mí, de ofreceros la posibilidad de construir una «casa de Dios y
de caridad fraterna» en un barrio modesto de Roma: en Castelgiubileo en la
Salaria, donde la parroquia de los Santos Crisante y Daría está todavía
privada de todas las estructuras parroquiales.
Han
sido recogidos, hasta ahora, más de cien millones; el primer regalo paterno que
el Papa Juan Pablo ofrece a su Diócesis de Roma.
Bendecid,
Padre Santo, al Cardenal Vicario y a los Obispos, colaboradores Vuestros, al
Venerable Capítulo y Clero Lateranense, al Presbiterio diocesano con los
Seminarios e Institutos; pero, sobre todo, a la Ciudad de Roma, con todos sus
responsables religiosos y civiles y, especialmente, con sus hijos, en particular
los más pobres y los enfermos, con el auspicio de María «Salus Populi
Romani».
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DISCURSO
A UN GRUPO DE OBISPOS DE FILIPINAS EN VISITA
Jueves,
28de septiembre de 1978
Queridos
hermanos en Cristo,
Al
recibiros con profundo afecto, deseamos recordaros un paso del breviario, que
nos ha impactado profundamente. Se refiere a Cristo y ha sido citado por Paulo
VI en el curso de su visita a Filipinas: “Debo ser testimonio de su Nombre:
Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo... Él es el Rey del nuevo mundo; es
el secreto de la historia; es la llave de nuestro destino” (XIII domingo
durante el año: homilía del 29 de noviembre de 1970).
Por
nuestra parte, esperamos daros nuestro apoyo y nuestro aliento en la gran misión
del episcopado: anunciar a Jesucristo y evangelizar a su pueblo.
Entre
los derechos de los fieles, uno de los más grandes es el de recibir la Palabra
de Dios en su integridad y en su pureza, con todas sus exigencias y con su
poder. Un gran desafío de nuestros tiempos es la evangelización plena de todos
los bautizados. En esto, los Obispos tienen una gruesa responsabilidad. Nuestro
mensaje debe ser un claro anuncio de la salvación en Jesucristo. Debemos
repetir con Pedro, ante el mundo: “Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn.
6, 69).
Para
nosotros evangelizar significa difundir el nombre de Jesús, hacer conocer su
identidad, sus enseñanzas, su Reino, sus promesas. Y su más alta promesa es la
vida eterna. Y verdaderamente las palabras de Jesús nos conducen a la vida
eterna.
En
una reciente audiencia general, hablamos de la fe en la vida eterna. Estamos
convencidos de la necesidad de exaltar este punto, para completar nuestro
mensaje, para hacerlo conforme a la enseñanza de Jesús.
A
imitación del Señor, que “pasó haciendo el bien” (He. 10, 38), la
Iglesia tiene el deber irrevocable de aliviar la necesidad y la miseria física.
Pero su caridad pastoral no sería completa si no se dirigiera también a las
“más altas necesidades”. En las Filipinas, Paulo VI hizo precisamente esto.
En el momento en que decidió hablar de la pobreza, de la justicia y de la paz,
de los derechos del hombre, de la liberación económica y social, justo cuando
en él la Iglesia obraba contra la miseria, él no permaneció en silencio ante
el “más alto bien”, la plenitud de la vida del Reino de los Cielos.
Ahora
más que nunca debemos ayudar a nuestro pueblo a comprender cuánta necesidad
tiene de Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María. Es el Salvador, la llave de
su destino y del destino de toda la humanidad.
Queridos
hermanos, estamos estrechamente unidos a vosotros en vuestra obra de
evangelización: en formar catequistas, en promover el apostolado bíblico, en
asistir y alentar a vuestros sacerdotes en su gran misión al servicio de la
Palabra de Dios, en guiar a vuestros fieles a la comprensión y al cumplimiento
de los deberes de amor y de justicia cristiana. Los tenemos en grandísima
cuenta, junto con todo aquello que hacéis por el Reino de los Cielos, en modo
particular, está en nuestro corazón la vocación misionera y esperamos
fervientemente que ella florezca entre vuestros jóvenes.
Sabemos
que los filipinos son portadores de la luz de Cristo en el Extremo Oriente:
aquellos que anuncian su verdad, su amor, su justicia y la salvación mediante
la palabra y el ejemplo, principalmente entre sus vecinos, los pueblos de Asia.
Sabemos que para esta tarea vosotros empleáis un gran medio de comunicación:
Radio Veritas. Es nuestra gran esperanza que, de este gran instrumento y de
cualquier otro medio, se sirvan los filipinos para afirmar con toda la Iglesia
que Jesucristo es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
Vayan
nuestros saludos a toda vuestra comunidad, especialmente a los sacerdotes y a
las religiosas. Os alentamos a alcanzar una cada vez más grande santidad de
vida, como condición para una sobrenatural eficacia en vuestro apostolado.
Amamos y bendecimos a las familias de vuestras diócesis y a todo el laicado.
Pedimos a los enfermos y a los discapacitados que comprendan qué parte
importante tienen en el plan de Dios y cuánto dependa de ellos la evangelización.
A
todos vosotros, hermanos, impartimos nuestra especial bendición apostólica,
invocando sobre vosotros alegría y fuerza en Jesucristo.
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Mensaje
(póstumo) que el Pontífice debía dirigir durante la audiencia a los
representantes de la Compañía de Jesús el 30 de septiembre de 1978.
¡Queridísimos
Padres de la Compañía de Jesús!
A
tres años de la conclusión de la XXXII Congregación General, habéis venido
de todas las Provincias de la Orden a Roma para reflexionar juntos, para
consultaros, para hacer un examen de conciencia, en torno de vuestro Prepósito
General, acerca de la vida y del apostolado de la Compañía, según cuanto
prescriben las Constituciones.
Deseo
manifestaros, sobre todo, mi alegría por este mi primer encuentro con un grupo
tan calificado de hijos de San Ignacio y, además, manifestaros a vosotros y, en
vosotros, a todos vuestros hermanos esparcidos por el mundo, el reconocimiento
de la Iglesia por todo el bien que vuestra Orden, desde su fundación, ha obrado
en la Iglesia: un grupo unido y compacto casi una “compañía de ventura”,
deseosa de ponerse, no a merced de las ambiciones políticas de los señorones
de la tierra, sino “sub
crucis vexillo Deo militare, et soli Domino et Ecclesiae Ipsius Sponsae, sub
Romano Pontifice, Christi in terris Vicario, servire”.
El pequeño grupo inicial, reunido en torno de Ignacio de Loyola, no se dejó
desanimar por ninguna dificultad, sino, dilatando sus propios horizontes, se
lanzó, “ad
maiorem Dei gloriam”,
a las formas más variadas de apostolado, como han sido ya descritas en la “Formula
Instituti”,
aprobada por mi Predecesor Paulo III, en 1540, y confirmada por Julio III, en
1550.
La
Compañía de Jesús, abierta desde sus orígenes a las complejas problemáticas
espirituales emergentes de la cultura renascimental, se presentaba sólidamente
compacta y unida con un vínculo especial al Romano Pontífice y a Él
obedeciendo “sine ulla tergiversatione aut excusatione illico” a toda
disposición que concierne al progreso espiritual de las almas, la propagación
de la fe y las misiones.
Los
Papas han constantemente y puntualmente querido manifestar su confianza. No
puedo, en este momento, no recordar a mi inmediato y venerado Predecesor, el
llorado Paulo VI, que ha amado tanto, ha rezado tanto, ha obrado tanto, ha
sufrido tanto por la Compañía de Jesús. Cito –entre sus varios documentos,
testimonios de su paterna solicitud por vuestra Orden- la Carta del 15 de
septiembre de 1973, escrita en vista de la convocación de la XXXII Congregación
General; el admirable discurso del 3 de diciembre de 1974, justo al inicio de la
misma Congregación General, en el cual, hablando también en su calidad de
“Supremo Superior de la Compañía”, daba algunas indicaciones preciosas
como expresión de sus esperanzas en los trabajos que estaban por iniciarse; y,
en fin, la Carta del 15 de febrero de 1975, en la que, rebatiendo su “respeto
profundo y su amor apasionado” hacia la Compañía, reafirmaba que ella tenía
“una espiritualidad, una doctrina, una disciplina, una obediencia, un
servicio, un ejemplo que custodiar, que testimoniar”. He probado un sereno
consuelo en saber que, entre los argumentos que deberéis tratar en vuestras
reflexiones en común, estará también lo que se refiere a la aplicación de
las observaciones hechas por Paulo VI.
También
yo me uno a mis Predecesores al deciros el afecto que siento por vuestra Orden,
entre otras cosas, también por la larga costumbre que me ha ligado al padre
Felice Cappello, paisano mío y pariente lejano, cuya memoria es bendecida
siempre.
Sino
porque vosotros, en estos días en el recogimiento y en la oración, debéis
proceder a un examen acerca del estado de la Compañía, mediante una evaluación
sincera, realista y corajuda de la situación objetiva, analizando si es
necesario, las deficiencias, las lagunas, las zonas de sombra, quiero confiar a
vuestra responsable meditación, algunos puntos que están particularmente en mi
corazón. En vuestro trabajo apostólico tened siempre presente el fin propio de
la Compañía “instituida principalmente para la defensa y propagación de la
fe y para el provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana” (Formula
del Instituto). A este fin espiritual y sobrenatural se subordina toda otra
actividad, que deberá ser ejercitada de manera adecuada a un Instituto
religioso y sacerdotal. Vosotros bien conocéis y justamente os preocupáis por
los grandes problemas económicos y sociales que hoy afligen a la humanidad y
tanta conexión tienen con la vida cristiana. Pero, en la solución de estos
problemas, sabed siempre distinguir las tareas de los sacerdotes religiosos de
aquellas que son propias de los laicos. Los sacerdotes deben inspirar y animar a
los laicos en el cumplimiento de sus deberes, pero no debe sustituirse a ellos,
dejando de lado su propia tarea específica en la acción evangelizadora.
Por
esta acción evangelizadora, San Ignacio exige a sus hijos una firme doctrina,
adquirida mediante una larga y cuidada preparación. Y ha sido una característica
de la Compañía el cuidado solícito de presentar en la predicación y en la
dirección espiritual, en la enseñanza y en la publicación de libros y
revistas, una doctrina sólida y segura, plenamente conforme a la enseñanza de
la Iglesia, por la cual la sigla de la Compañía constituía una garantía para
el pueblo cristiano y os merecía la confianza particular del Episcopado.
Procurad
conservar esta encomiable característica; no permitáis que enseñanzas y
publicaciones de jesuitas puedan causar confusión y desorientación en medio de
los fieles; recordad que la misión que os ha confiado el Vicario de Cristo es
la de anunciar, en manera más bien adaptada a la mentalidad de hoy, pero en su
integridad y pureza, el mensaje cristiano, contenido en el depósito de la
revelación, de la cual intérprete auténtico es el Magisterio de la Iglesia.
Esto,
naturalmente, importa que en los institutos y facultades donde se forman los jóvenes
jesuitas se enseñe igualmente una doctrina sólida y segura, en conformidad con
las directivas contenidas en los decretos conciliares y en los sucesivos
documentos de la Santa Sede que se refieren a la formación doctrinal de los
aspirantes al sacerdocio. Y eso es tanto más necesario cuanto vuestras escuelas
están abiertas a numerosos seminaristas, religiosos y laicos, que las
frecuentan justo por la dureza y seguridad de doctrina que esperan recoger de
allí.
Junto
con la doctrina, debe estaros particularmente en el corazón la disciplina
religiosa, que ha también constituido una característica de la Compañía y ha
sido indicada por algunos como el secreto de su fuerza. Adquirida a través de
la severa ascética ignaciana, alimentada por una intensa vida espiritual,
sostenida por el ejercicio de una madura y viril obediencia, ella naturalmente
se manifestaba en la austeridad de la vida y en la ejemplaridad del
comportamiento religioso.
No
dejéis caer estas loables tradiciones; no permitáis que tendencias
secularizadoras vayan a penetrar y a turbar a vuestras comunidades, a disipar
aquel ambiente de recogimiento y de oración en los que se templa el apóstol, e
introduzcan posturas y comportamientos seculares, que no se condicen con
religiosos. El debido contacto apostólico con el mundo no significa asimilación
al mundo; más bien, exige aquella diferenciación que salvaguarda la identidad
del apóstol, en modo tal que verdaderamente sea sal del mundo y levadura capaz
de hacer fermentar la masa.
Sed
fieles por eso a las sabias normas contenidas en vuestro Instituto; sed
igualmente fieles a las prescripciones de la Iglesia que se refieren a la vida
religiosa, al ministerio sacerdotal, a las celebraciones litúrgicas, dando el
ejemplo de aquella amorosa docilidad a “nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica”
–como escribe San Ignacio en las “Reglas para el recto sentir con la
Iglesia” –porque Ella es la “verdadera Esposa de Cristo, Nuestro Señor”
(cf. Exerc. Spirit.,
n. 353) Esta postura de San Ignacio hacia la Iglesia debe ser típica también
de sus hijos; y me gusta, a este propósito, recordar la carta del mismo Santo a
San Francisco Borja, del 20 de septiembre de 1548, en la cual recomendaba: “La
humildad y la reverencia hacia nuestra Santa Madre Iglesia y a aquellos que
tienen la tarea de gobernarla y de amaestrarla” (Epist.
et Instruct., 11, 236)
Acoged
estas mis paternas recomendaciones con el mismo espíritu de sincera caridad con
el cual os las dirijo, únicamente deseoso de que vuestra y mi Compañía aún
hoy plenamente corresponda a las intenciones del Fundador y a las esperanzas de
la Iglesia y del mundo. Precedan los Superiores con su ejemplo “Forma
facti gregis ex animo” (1 Pe.
5, 3) y con su acción paterna, pero firme y concorde, concientes de su
responsabilidad delante de Dios y de la Iglesia. Que cooperen todos los Padres y
Hermanos, recordando los sagrados deberes que han asumido con su profesión
religiosa en esta Orden, unida al Vicario de Cristo con un vínculo especial de
amor y de servicio.
Es
el Vicario de Cristo que os habla; es el nuevo Papa que tanto se espera y espera
de la Compañía, de su múltiple y corajudo apostolado, y repite confiadamente
al actual Prepósito General aquel dicho, atribuido –si mal no recuerdo- al
Papa Marcelo II y dirigido a San Ignacio: “Tu
milites collige et bellatores instrue; nos utemur”
(N. Orlandini, Historia
Societatis Iesu, p. I, I. XV, n. 3)
La
Iglesia tiene hoy también necesidad de apóstoles fieles y generosos que, como
tantos hijos de la Compañía, sepan emprender y sostener las más graves y
urgentes empresas apostólicas. “Por todas partes en la Iglesia –decía mi
venerado Predecesor Paulo VI- aún en los campos más difíciles y de punta, en
los cruces de las ideologías, en las trincheras sociales, ha estado y está la
confrontación entre las exigencias ardientes del hombre y el perenne mensaje
del Evangelio, allí estuvieron y están los Jesuitas” (Discurso
del 3 de diciembre de 1974)
Pero
cuanto más arduas y difíciles son las empresas apostólicas a las que sois
llamados, tanto mayor es la necesidad de intensa vida interior y constante unión
con Dios, de las cuales San Ignacio os ha dejado un ejemplo tan luminoso. Como
simple Obispo, ¡cuántas veces he llevado a San Ignacio como modelo para imitar
a mis sacerdotes! “Sea cada uno de vosotros como Ignacio: in
contemplatione activus et in actione contemplativus”,
decía. Y subrayaba que ya San Agustín había escrito: “Ninguno debe ser tan
contemplativo para no pensar en la utilidad del prójimo; ni tan activo para no
buscar la contemplación de Dios” (De
Civ. Dei,
XIX, 19; PL 41, 647).
Para
realizar este ideal es necesario vivir íntimamente la propia consagración a
Dios, observar en plenitud los votos religiosos, conformarse fielmente a las
reglas del propio Instituto, como han hecho los Santos de vuestra Compañía.
Justo en el día de su profesión religiosa, el jesuita San Pedro Claver suscribía
el acta con las palabras: “Pedro, esclavo de los negros para siempre”,
entregándose, por los cuarenta años de vida que le quedaban, a las bodegas de
los barcos negreros, al puerto y a las cabañas de Cartagena, hermano verdadero
de todos los miserables que, desde África, eran llevados para trabajar como
esclavos en América. Pero también él, en esta obra colosal, como San Ignacio,
fue “in
actione contemplativus”,
fidelísimo, en la letra y en el espíritu, a las Reglas de la Compañía.
De
este modo, el fervor de las obras, unido a la santidad de la vida auténticamente
religiosa, hará eficaz y fecunda vuestra acción apostólica y será un magnífico
ejemplo, que tendrá una influencia benéfica, sea en la Iglesia, sea
especialmente en muchos institutos religiosos, que miran a la Compañía de Jesús
como un constante punto de referencia.
Con
estos votos, invoco sobre vuestras labores, amplia efusión de luz del Espíritu
Santo e imparto de gran corazón a vosotros y a todos los padres y hermanos de
la Compañía esparcidos en todas partes del mundo, mi Paterna Bendición Apostólica.
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LA
VIRGEN, ESTRELLA DE LA EVANGELIZACION EN AMERICA LATINA
Venerables hermanos y amadísimos hijos del Ecuador:
Con sumo gusto queremos unir nuestra voz a la vuestra, desde esta Roma centro de la catolicidad, para tributar un homenaje de filial devoción y amor a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.
Sabemos que estáis celebrando el III Congreso Mariano Nacional, bajo el lema: El Ecuador, por María a Cristo. Haced de este lema todo un programa de vida y de acción apostólica. María, la Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y Madre dulcísima de cada uno de nosotros, sea siempre vuestro modelo, vuestra guía, vuestro camino hacia el Hermano Mayor y Salvador de todos, Jesús.
Y sea también Ella, en este momento difícil y lleno de esperanza, la estrella de la evangelización en Ecuador y en toda América Latina.
Con gran afecto paterno y en unión de plegarias os bendecimos a todos, Pastores y fieles del Ecuador, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
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GCM 2001 |
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