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Miércoles 6 de septiembre de 1978
A mi derecha y a mi izquierda hay cardenales y obispos, hermanos míos en
el Episcopado. Yo soy sólo su hermano mayor. Mi saludo afectuoso a ellos y
también a sus diócesis.
Recuerdo
de Paulo VI
Hace un mes justo, moría en Castelgandolfo Pablo VI, un gran Pontífice, que ha prestado servicios enormes a la Iglesia durante quince años. Los efectos se notan ya ahora en parte, pero creo yo que se verán sobre todo en el futuro. Todos los miércoles venía aquí y hablaba a la gente.
En el Sínodo de 1977 muchos obispos dijeron: « los discursos de los miércoles que pronuncia el Papa Pablo son una auténtica catequesis adecuada al mundo moderno”.
Trataré de imitarlo, con la esperanza de poder yo también
ayudar de alguna manera a la gente a hacerse más buena. Pero para ser buenos es
necesario estar en regla con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.
Los
mandamientos de Dios
Ante Dios, la postura justa es la de Abrahán cuando decía: « ¡Soy sólo polvo y ceniza ante ti, Señor! . Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios. Cuando digo: « Señor, creo”, no me avergüenzo de sentirme como un niño ante su madre; a la madre se le cree; yo creo al Señor y creo lo que Él me ha revelado.
Los mandamientos son un poco más difíciles de cumplir, a veces muy difíciles; pero Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino muy al contrario, únicamente en interés nuestro.
Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: Mire que el coche posee condiciones excelentes. Trátelo bien: ¿sabe?. Gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino. El otro le contestó: No; para su gobierno le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco del aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada. Haga Ud. como le parezca, pero no venga a lamentarse si termina con el coche en un barranco. El Señor ha hecho algo parecido con nosotros: nos ha dado este cuerpo, animado de un alma inteligente, y una bella voluntad. Y ha dicho: esta máquina es buena, pero trátala bien.
Estos son los mandamientos. Honra al padre y a la madre, no
matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes... Si
fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y
andaría mejor también el mundo.
Amor y
obediencia a los padres y a los superiores
Y luego, el prójimo... Pero el prójimo está a tres niveles: unos están por encima de nosotros, otros están a nuestro nivel, y otros debajo. Sobre nosotros están nuestros padres. El catecismo decía: respetarlos, amarlos, obedecerles. El Papa debe inculcar respeto y obediencia de los hijos a los padres.
Me dicen que están aquí los monaguillos de Malta. Que venga uno, por favor... los monaguillos de Malta, que han prestado servicio durante un mes en San Pedro. Veamos ¿cómo te llamas? --James.--¡James! . Dime, ¿no has estado enfermo alguna vez?--No.--¿Nunca?--No.--¿Nunca has estado enfermo?--No. -- ¿Ni siquiera fiebre?--No.--¡Qué afortunado! Pero, cuando un niño se pone enfermo, ¿quién le da un poco de caldo, alguna medicina? ¿No es la mamá? Pues bien. Después, tú te haces mayor y tu madre envejece; tú te conviertes en un gran señor y tu pobre mamá estará enferma en la cama. Entonces, ¿quien le dará a la mamá un poco de leche y medicinas? ¿Quién? --Mis hermanos y yo.--¡Estupendo! Sus hermanos y él, ha dicho. Esto me gusta. ¿Has entendido?
Pero no sucede así siempre. Yo, de obispo en Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma, una anciana. “Señora, ¿Cómo está?” . –“Bah, comer, como bien; Calor, bien también, hay calefacción”. –“ Entonces, está contenta ¿verdad?” .—“No”, y casi se echó a llorar. –“Pero, ¿por qué llora?” . –“Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. Yo quisiera ver a los nietitos”. No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos. El Señor ha dicho que los padres deben ser respetados y amados, también cuando son ancianos.
Y además de los padres, está el Estado, están los superiores.
¿Puede aconsejar el Papa la obediencia? Bossuet, que era un gran obispo,
escribió: “Donde ninguno manda, todos mandan. Donde todos mandan, no manda
nadie, sino el caos”. Se ve algo parecido a veces también en este mundo.
Respetemos, pues, a los que son superiores.
La
justicia y la caridad
Luego están nuestros iguales. Y aquí de costumbre hay dos virtudes que practicar: la justicia y la caridad. Pero la caridad es el alma de la justicia. Hay que amar al prójimo, ¡el Señor nos lo ha recomendado tanto! Yo recomiendo siempre no sólo las grandes caridades, sino las caridades menudas. En un libro titulado “El arte de ganar amigos”, escrito por el americano Carnegie, he leído este episodio insignificante: Una señora tenía cuatro hombres en casa: el marido, el hermano y dos hijos ya mayores. Ella se ocupaba de la compra, de lavar y planchar la ropa, de la cocina... todo ella. Un domingo, llegan a casa. La mesa está preparada, pero en los platos hay sólo un puñado de heno. Protestan y dicen: “¡Oh!, Pero qué, ¿heno?” Y ella dice: “No, todo está preparado. Pero dejadme deciros esto: yo cambio el menú, tengo todo limpio, atiendo todo. Y nunca jamás me habéis dicho ni siquiera una vez: Nos has preparado un lindo almuercito. No soy de piedra. Se trabaja más a gusto cuando se ve agradecimiento”. Estas son las caridades menudas. En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.
Están además los que son más pequeños que nosotros; están los niños, los enfermos, y hasta los pecadores. Como obispo, he estado muy cerca incluso de los que no creen en Dios. Me he convencido de que muchas veces éstos rechazan no a Dios, sino a la idea errónea que de Dios tienen. ¡Cuánta misericordia hay que tener! Y también los que se equivocan... Es necesario de verdad estar en regla con nosotros mismos.
La
mansedumbre y la bondad
Me limito a recomendaros una virtud muy querida del Señor. Ha dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Corro el riesgo de decir un despropósito. Pero lo digo: el Señor ama tanto la humildad que a veces permite pecados graves. ¿Para qué? Para que quienes los han cometido --estos pecados, digo-- después de arrepentirse lleguen a ser humildes. No vienen ganas de creerse medio santos, medio ángeles, cuando se sabe que se han cometido faltas graves.
¡ El Señor ha recomendado tanto ser humildes! Aun si habéis
hecho cosas grandes, decid: siervos inútiles somos. En cambio la tendencia de
todos nosotros es más bien lo contrario: ponerse en primera fila. Humildes,
humildes: es la virtud cristiana que a todos toca.
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A los recién casados
La presencia de recién casados impresiona más en especial porque la familia es algo grande. Una vez escribí un artículo en el periódico y me permití bromear citando a Montaigne, escritor francés que decía: “El matrimonio es como una jaula: los que están fuera hacen lo imposible por entrar y los que están dentro hacen lo imposible por salir”. No, no, no. Pero después de unos días, me llegó una carta de un anciano delegado provincial de enseñanza que había escrito libros, y me respondía diciéndome: “Excelencia, ha hecho mal con citar a Montaigne; mi mujer y yo estamos unidos desde hace sesenta años y cada día es como el primero”. E incluso me citaba a un poeta francés, en francés pero yo lo digo en italiano: “Te amo cada día más, hoy mucho más que ayer, pero mucho menos que mañana”. Deseo vivamente que a vosotros os suceda lo mismo.
Paz para Oriente
Medio
Si me permitís, ahora quisiera
invitaros a que os unáis a mis oraciones por una intención en la que tengo mucho
interés. Habréis sabido por la prensa y la televisión que, en Camp David,
Estados Unidos, comienza hoy una reunión importante de los gobernantes de
Egipto, Israel y Estados Unidos, con el objeto de hallar solución en el
conflicto del Medio Oriente. Esta lucha, que dura ya más de treinta años en la
tierra de Jesús, ha causado muchas víctimas y muchos sufrimientos, tanto entre
los árabes como entre los judíos, y ha contagiado a los países vecinos como una
enfermedad maligna. Pensad en el Líbano mártir, deshecho por las repercusiones
de esta crisis. Por ello, quisiera pues, que rezáramos juntos por el feliz éxito
de la reunión de Camp David; para que estas conversaciones allanen el camino
hacia una paz justa y total. Justa, es decir, que satisfaga a todas las partes
en lucha. Total, sin dejar por resolver ninguna cuestión: el problema de los
palestinos, la seguridad de Israel, la santa Ciudad de Jerusalén. Pidamos al
Señor que ilumine a los responsables de todos los pueblos interesados, para que
tengan amplitud de miras y sean valientes al tomar decisiones que consigan
instaurar la seguridad y la paz en Tierra Santa y en todo el mundo de
Oriente.
A los participantes al VII Congreso Internacional organizado por la Sociedad Internacional de Transplantes
Tenemos la obligación de dirigir un
especial saludo a los miembros del VII Congreso Internacional de la Sociedad
para los Transplantes de Órganos. Estamos muy conmovidos por vuestra visita que
es un regalo para el Papa y, sobre todo, por vuestro deseo de aclarar y de
profundizar los graves problemas humanos y morales que están en juego en la
investigación y en la técnica quirúrgica que vosotros atendéis. Os animamos, en
este sector, a pedir la ayuda de amigos católicos expertos en teología y en
moral y bien informados sobre vuestros problemas, y que posean un conocimiento
bien seguro de la doctrina católica y una sensibilidad profundamente
humana.
Hoy nos conformamos con felicitaros y expresar nuestra confianza por el inmenso trabajo que estáis cumpliendo al servicio de la vida humana, con el fin de alargarla en las mejores condiciones. Todo el problema radica en el obrar con respeto hacia la persona y hacia sus parientes, sea ya de los donantes o de los beneficiarios, y en no transformar nunca al hombre en un objeto de experimentos. Es necesario respetar su cuerpo y también su espíritu. Nosotros rogamos a Dios, el Autor de la vida, que os inspire, que os asista en estas magníficas y tremendas responsabilidades. Que Él os bendiga, junto a todos aquellos que amáis.
Miércoles 13 de septiembre de 1978
Mi primer saludo va a mis hermanos los obispos que veo aquí presentes en gran número.
El Papa Juan, en unas notas que han sido incluso impresas, decía: “Esta vez he hecho el retiro sobre las siete lámparas de la santificación”. Siete virtudes quería decir, que son fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A ver si hoy el Espíritu Santo ayuda al pobre Papa a explicar al menos una de estas lámparas, la primera: la fe.
Aquí en Roma ha habido un poeta, Trilussa, que también quiso
hablar de la fe. En una de sus poesías ha dicho: “Aquella ancianita ciega que
encontré / la noche que me perdí en medio del bosque, / me dijo: Si no conoces
el camino, / te muestro yo que lo conozco. / Si tienes el valor de seguirme, /
te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde hay un ciprés, /
hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede ser... pero encuentro
extraño / que me pueda guiar quien no ve... / Entonces la ciega me cogió de la
mano / y suspirando me dijo: ¡Camina!... Era la fe”.
Nuestra respuesta generosa al Señor
Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa. Defectuosa porque cuando se trata de fe, el gran director de escena es Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae. San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el camino de Damasco: “Pablo --le dice-- no pienses en encabritarte y dar coces como un caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”. Se rindió Pablo; cambió de arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los filipenses: “Aquella vez, en el camino de Damasco, Dios me aferró; desde entonces no hago sino correr tras Él para ver si soy capaz de aferrarle yo también, imitándole y amándole cada vez más”.
Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Agustín ha narrado la trayectoria de su fe; especialmente las últimas semanas fue algo terrible; al leerlo se siente cómo su alma casi se estremece y se retuerce en luchas interiores. De este lado, Dios que lo llama e insiste; y de aquél, las antiguas costumbres, “viejas amigas”'--escribe él -- “que me tiraban suavemente de mi vestido de carne y me decían: 'Agustín, pero ¿cómo?, ¿Tú nos abandonas? Mira que ya no podrás hacer esto, ni podrás hacer aquello y, ¡para siempre!’”. ¡Qué difícil! “Me encontraba --dice-- en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: '¡Fuera, levántate, Agustín!'. Yo, en cambio, decía: 'Sí, más tarde, un poquito más todavía'. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí”. Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Enseguida! Ésta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios.
La
Iglesia, Madre y Maestra
Mi madre me solía decir cuando empecé a ser mayor: de pequeño estuviste muy enfermo; tuve que llevarte de médico en médico y pasarme en vela noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo podía contestarle: Mamá, no te creo? Claro que te creo, creo lo que me dices, y sobre todo te creo a ti. Así es en la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.
Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.
Un gran obispo francés, Dupanloup, solía decir a los rectores de seminarios: Con los futuros sacerdotes sed padres, sed madres. Esto agrada. En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino. Me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no! ; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe.
Hay, además, otra dificultad, la Iglesia. San Pablo preguntó: ¿Quién eres, Señor?--Soy ese Jesús a quien tú persigues. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa: indivisible, inseparable.
Leed a San Pablo: Corpus Christi quad est Ecclesia. Cristo y Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús, acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia, tal como es; y ¿cómo es esta Iglesia? El Papa Juan la ha llamado «Mater et Magistra». Maestra también. San Pablo ha dicho: “Nos acepte cada uno como ayudantes de Cristo, y administradores y dispensadores de sus misterios”.
Las
enseñanzas de Juan XXIII y de Pablo VI
Cuando el pobre Papa, cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.
Yo estaba presente cuando el Papa Juan inauguró el Concilio el 11 de octubre de 1962. Entre otras cosas, dijo: “Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia delante”. Todos lo esperábamos. Un salto hacia adelante, pero ¿por qué caminos? Lo dijo enseguida: sobre las verdades ciertas e inmutables. Ni siquiera le pasó por la cabeza al Papa Juan que eran las verdades las que tenían que caminar, ir hacia adelante, y después cambiar, poco a poco. Las verdades son esas; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos.
También el Papa Pablo tenía la misma preocupación. Lo primero que hice en cuanto fui Papa, fue entrar en la capilla privada de la Casa Pontificia; en ella, al fondo, el Papa Pablo hizo colocar dos mosaicos, uno de San Pedro y otro de San Pablo: San Pedro muriendo y San Pablo muriendo también. Pero debajo de San Pedro figuran estas palabras de Jesús: “Oraré por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe”. Y debajo de San Pablo, que está recibiendo el golpe de la espada: “He cumplido mi carrera, he conservado la fe”. Ya sabéis que en el último discurso del 29 de junio pasado, Pablo VI dijo: “Después de quince años de pontificado puedo dar gracias al Señor porque he defendido la fe y la he conservado”.
Evangelio, sacramentos y
oración
También es madre la Iglesia. Si es continuadora de Cristo y Cristo es bueno, también la Iglesia debe ser buena, buena con todos; pero ¿y si se diera el caso de que alguna vez hubiera gente mala en la Iglesia? Nosotros tenemos mamá. Si la mamá está enferma, si mi mamá se quedase coja, yo la querría todavía más. Lo mismo en la Iglesia: si existen defectos y faltas --y existen-- jamás debe disminuir nuestro amor a la Iglesia.
Ayer--y con esto termino--me mandaron el número de Città Nuova: he visto que reproducen, grabado, un discurso mío muy breve, con este episodio: Un predicador inglés, Mac Nabb, hablando en Hyde Park, se había referido a la Iglesia. Al terminar, uno pide la palabra y dice: Bonito lo que ha dicho. Pero yo conozco algunos sacerdotes católicos que no han estado con los pobres y se han hecho ricos. Conozco también maridos católicos que han traicionado a su mujer. No me gusta esta Iglesia formada por pecadores. El Padre le dijo: Tiene algo de razón. Pero ¿puedo hacer una objeción? --Veamos.--Perdone, pero si no me equivoco, lleva el cuello de la camisa un poco sucio. --Sí, lo reconozco.--Pero ¿está sucio porque no ha empleado jabón o porque ha utilizado el jabón y no ha servido para nada?--No, no he usado jabón.
Pues bien, también la Iglesia católica tiene un jabón extraordinario: Evangelio, sacramentos, oración. El Evangelio leído y vivido; los sacramentos celebrados del modo debido; la oración bien hecha, serían un jabón maravilloso capaz de hacernos santos a todos. No somos todos santos por no haber utilizado bastante este jabón.
Procuremos responder a las esperanzas de los Papas que han
convocado y aplicado el Concilio, el Papa Juan y el Papa Pablo. Tratemos de
mejorar la Iglesia haciéndonos más buenos nosotros. Cada uno de nosotros y toda
la Iglesia podría recitar la oración que yo tengo costumbre de decir: “Señor,
tómame como soy, con mis defectos, con mis faltas, pero hazme como tú me
deseas”.
La
imagen de Cristo reflejada en los enfermos
Debo decir también una palabra a nuestros queridos enfermos, que veo aquí.
Lo sabéis, Jesús lo ha dicho: me escondo tras ellos; lo que a
ellos se hace, a mí se me hace. Por tanto, en sus personas veneramos al Señor
mismo, y les deseamos que el Señor esté cerca de ellos, les ayude y los
sostenga.
Grandeza
del matrimonio cristiano
A la derecha, en cambio, están los recién casados. Han recibido un gran sacramento; deseémosles que el sacramento recibido sea de verdad portador no sólo de bienes materiales, sino más aún de gracias espirituales. El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en la Sorbona, era elocuente, estupendo. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía decir: “¡Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará sacerdote y llegará a ser todo un obispo!” Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: « ¡Pobre Ozanam! ¡También él ha caído en la trampa! ». Dos años después, Lacordaire vino a Roma y fue recibido por Pío IX; « Venga, venga, padre, --le dijo--yo siempre había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos: ahora viene usted, me revuelve las cartas en la mesa, y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el matrimonio no es una trampa, ¡es un gran sacramento! »
Con estos deseos, damos la enhorabuena a estos queridos recién casados; ¡que Dios los bendiga!
LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA
ESPERANZA
Miércoles 20 de septiembre de 1978
Para el Papa Juan, la segunda entre las siete “lámparas de la santificación” era la esperanza. Hoy voy a hablaros de esta virtud, que es obligatoria para todo cristiano.
Dante, en su Paraíso (cantos 24, 25 y 26) imaginó que
se presentaba a un examen de cristianismo. El tribunal era de altos vuelos.
«¿Tienes fe?», le pregunta, en primer lugar, San Pedro. « ¿Tienes esperanza? »,
continúa Santiago. « ¿Tienes caridad? », termina San Juan. « Sí, --responde
Dante tengo fe, esperanza y caridad ». Lo demuestra y pasa el examen con la
máxima calificación.
El
testimonio de Abrahán
He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la viva, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”.
Diréis quizá: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien todas las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor”. Pero conservó la esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: «Creyó esperando contra toda esperanza» (Rom. 4, 18.
Diréis todavía: ¿Cómo puede suceder esto? Sucede, porque nos
agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios
es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en
mí la confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino
comprometido en un destino de salvación, que desembocará un día en el
Paraíso.
El
ejemplo de los Santos
He aludido a los Salmos. La misma segura confianza vibra en los libros de los Santos. Quisiera que leyerais una homilía predicada por San Agustín un día de Pascua sobre el Aleluya. El verdadero Aleluya --dice más o menos-- lo cantaremos en el Paraíso. Aquél será el Aleluya del amor pleno; éste de acá abajo, es el Aleluya del amor hambriento, esto es, de la esperanza.
Alguno quizá diga: Pero, ¿si soy un pobre pecador? Le responderé como respondí, hace muchos años, a una señora desconocida que vino a confesarse conmigo. Estaba desalentada, porque --decía--había tenido una vida moralmente borrascosa. ¿Puedo preguntarle --le dije-- cuántos años tiene? --Treinta y cinco. --¡Treinta y cinco! Pero usted puede vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años y hacer un montón de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pasado, piense en el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida. Cité en aquella ocasión a San Francisco de Sales, que habla de “nuestras queridas imperfecciones”. Y expliqué: Dios detesta las faltas, porque son faltas. Pero, por otra parte, ama, en cierto sentido, las faltas en cuanto le dan ocasión a Él de mostrar su misericordia y a nosotros de permanecer humildes y de comprender también y compadecer las faltas del prójimo.
Las
enseñanzas del Concilio
No todos comparten esta simpatía por la esperanza. Nietzsche, por ejemplo, la llama “virtud de los débiles”; haría del cristiano un ser inútil, un segregado, un resignado, un extraño al progreso del mundo. Otros hablan de “alienación”, que mantendría a los cristianos al margen de la lucha por la promoción humana. Pero «el mensaje cristiano --ha dicho el Concilio--, lejos de apartar a los hombres de la tarea de edificar el mundo..., les compromete más bien a ello con una obligación más exigente» (Gaudium et spes núm. 34, cf. núm. 39 y 57, así como el Mensaje al mundo de los Padres Conciliares, del 20 octubre 1962).
Han ido también surgiendo de vez en cuando en el transcurso de los siglos afirmaciones y tendencias de cristianos demasiado pesimistas en relación con el hombre. Pero tales afirmaciones han sido desaprobadas por la Iglesia y olvidadas gracias a una pléyade de Santos alegres y activos, al humanismo cristiano, a los maestros ascéticos a quienes Saint-Beuve llamó “les doux”, y a una teología comprensiva. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, incluye entre las virtudes la jucunditas, o sea, la capacidad de convertir en una alegre sonrisa --en la medida y modo convenientes-- las cosas oídas y vistas (cf. II-II, q. 168 a. 2). Gracioso, en este sentido --explicaba yo a mis alumnos-- era aquel albañil irlandés, que se cayó del andamio y se rompió las piernas. Conducido al hospital, acudieron el doctor y la religiosa enfermera. «Pobrecito --dijo ésta última-- os habéis hecho daño cayendo». A lo que respondió el herido: «No Madre; no precisamente cayendo, llegando a tierra me he hecho daño» Es una grande virtud aprovecharse de las piernas para sonreír y para hacer sonreír a los demás. Santo Tomás se colocaba en la línea de la «alegre nueva» predicada por Cristo, de la hilaritas recomendada por San Agustín; derrotaba al pesimismo, vestía de gozo la vida cristiana, nos invitaba a animarnos con las alegrías sanas y puras que encontramos en nuestro camino.
La
palabra de Jesús
Cuando yo era muchacho, leí algo sobre Andrew Carnegie, un escocés que marchó, con sus padres, a América, donde poco a poco llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo. No era católico, pero me impresionó el hecho de que hablara insistentemente de los gozos sanos y auténticos de su vida. «Nací en la miseria --decía--, pero no cambiaría los recuerdos de mi infancia por los de los hijos de los millonarios. ¿Qué saben ellos de las alegrías familiares, de la dulce figura de la madre que reúne en sí misma las funciones de niñera, lavandera, cocinera, maestro, ángel y santa?» Se había empleado, muy joven, en una hilandería de Pittsburg, con un estipendio de 56 miserables liras mensuales. Una tarde, en vez de pagarle enseguida, el cajero le dijo que esperase. Carnegie temblaba: «Ahora me despiden», pensó. Por el contrario, después de pagar a los demás, el cajero le dijo: «Andrew, he seguido atentamente tu trabajo y he sacado en conclusión que vale más que el de los otros. Te subo la paga a 67 liras» Carnegie volvió corriendo a su casa, donde la madre lloró de contento por la promoción del hijo. «Habláis de millonarios --decía Carnegie muchos años después--; todos mis millones juntos no me han dado jamás la alegría de aquellas once liras de aumento»
Ciertamente, estos goces, aun siendo buenos y estimulantes, no deben ser supervalorados. Son algo, no todo; sirven como medio, no son el objetivo supremo, no duran siempre, sino poco tiempo. «Usen de ellos los cristianos --escribía San Pablo-- como si no los usaran, porque pasa la escena de este mundo» (cf. 1 Cor 7, 31). Cristo había dicho ya: « Buscad ante todo el reino de Dios» (Mt 6, 33).
La
auténtica liberación cristiana
Para terminar, quisiera referirme a una esperanza, que algunos proclaman como cristiana, pero que es sólo cristiana hasta cierto punto.
Me explicaré. En el Concilio, también yo voté el «Mensaje al mundo» de los Padres Conciliares. Decíamos allí: la tarea principal de divinizar no exime a la Iglesia de la tarea de humanizar. También voté la Gaudium et Spes; me conmoví luego y me entusiasmé cuando salió la Populorum Progressio. Creo que el Magisterio de la Iglesia jamás insistirá suficientemente en presentar y recomendar las soluciones de los grandes problemas de la libertad, de la justicia, de la paz, del desarrollo. Y los seglares católicos nunca lucharán suficientemente por resolver estos problemas. Es un error, en cambio, afirmar que la liberación política, económica y social coincide con la salvación en Jesucristo; que el Regnum Dei se identifica con el Regnum hominis; que Ubi Lenin, ibi Jerusalem.
En Friburgo, durante la 85 reunión del Katholikentag, se ha hablado hace pocos días sobre el tema «el futuro de la esperanza» Se hablaba del «mundo» que había de mejorarse y la palabra «futuro» encajaba bien. Pero si de la esperanza para el «mundo» se pasa a la que afecta a cada una de las almas, entonces hay que hablar también de «eternidad»
En Ostia, a la orilla del mar, en un famoso coloquio,
Agustín y su madre Mónica, «olvidados del pasado y mirando hacia el porvenir, se
preguntaban lo que sería la vida eterna» (Confess. IX núm. 10)
Ésta es esperanza cristiana; a esa esperanza se refería el Papa Juan y a ella
nos referimos nosotros cuando, con el catecismo, rezamos: «Dios mío, espero en
vuestra bondad... la vida eterna y las gracias necesarias para merecerla con las
buenas obras que debo y quiero hacer. Dios mío, que no quede yo confundido por
toda la eternidad»
A los participantes a la reunión del Congreso Europeo Mundial de las Religiones por la Paz
Dirigimos un cordial saludo a los miembros del Congreso Europeo Mundial de las Religiones por la Paz, reunido estos días en Roma.
Os agradecemos vuestra visita porque Nosotros apreciamos vuestra acción al servicio de la paz del mundo gracias a la oración, a los esfuerzos de educación para la paz, a la reflexión sobre los principios fundamentales que deben determinar las relaciones entre los hombres. Para que la paz, en efecto, se realice, su necesidad debe ser experimentada profundamente por la conciencia, porque ella nace de una concepción fundamentalmente espiritual de la humanidad. Que este aspecto religioso lleve, no solamente al perdón y a la reconciliación, sino también al compromiso de favorecer la amistad y la colaboración entre los individuos y los pueblos.
¡ Que Dios Padre, que ama a todos los hombres y que ha querido ser el Padre de todos, os ayude en esta obra!
A una peregrinación nacional de Kenia
Es una alegría especial tener la peregrinación de Kenia, acompañada por los Padres de la Consolata. Mis devotos saludos vuelvan con vosotros a todos los miembros de vuestras familias, a todos vuestros seres queridos. ¡Dios bendiga a Kenia!
Por la paz
En estos momentos, nos llega un ejemplo desde Camp David. Anteayer, en el Congreso americano, estalló un aplauso que hemos oído también nosotros, cuando Carter citó las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Yo desearía que aquel aplauso, aquellas palabras, entraran en el corazón de todos los cristianos, especialmente de nosotros los católicos, y nos hagan verdaderamente “fomentadores y constructores de paz”.
A los recién casados
En la Gaudium et Spes, los padres no incluyeron una frase, que
también es justa y se encuentra en el código: “el matrimonio es un contrato”. En
el n. 48, escribieron, en cambio, “pacto de amor”, un concepto que, en los
documentos conciliares, está repetido varias veces. Es un concepto justo, que
tiene orígenes en la Biblia. Al pedido de matrimonio, el tío de Raquel consintió
pero, dijo Jacob, “primero tendrás que trabajar siete años”. Dice la Biblia que
aquello años pasaron como un relámpago, tanto la amaba. Deseo que sea así
vuestro amor. El Concilio dice que este amor hay que defenderlo, porque está
expuesto a peligros. Defendedlo con gran premura. En las grandes y en las
pequeñas cosas. *El Papa contó este episodio: “Hace treinta años que nos hemos
casado. Cuando éramos novios o en los primeros años de matrimonio, cada vez que
hacía un viaje me traía un regalo, cualquier cosita. Ahora ya, esto ocurre pocas
veces”. Convendría que ocurriera, que ocurriera siempre.
A los participantes del Congreso Internacional de Comunidades Terapéuticas
No quiero hacer un gran discurso como ha anunciado algún
periódico. Expondré simplemente una experiencia mía. Hace dos meses, en Venecia,
se me presentó un joven sacerdote salesiano que hace allí, más o menos, lo que
en Roma don Picchi, y me expuso sus dificultades. Si mal no recuerdo, deseaba
aquel sacerdote que hubiera dos comunidades concéntricas. Decía : “Estoy casi
solo. Me parece que no me entienden. Haría falta que, en torno a mí y a los que
trabajan en esta obra, hubiera toda una cadena de corazones que me entendieran.
Se trata de pacientes, no de delincuentes; son pobres jóvenes a quienes las
circunstancias de la vida los han marginado. Tienen necesidad de comprensión, lo
mismo ellos que quienes de ellos se ocupan. Luego está la otra comunidad más
restringida: la comunidad terapéutica”. Aquel sacerdote me explicaba: “Estos
jóvenes han llegado a la droga o porque su familia, quizá sin razón, no los han
comprendido, o porque no encontraban un centro que les interesara, o porque no
tenían amistades serias. Para recuperarlos, basta hacerles sentir que se los
quiere. Después podremos restituirlos a la familia, naturalmente con ayuda
también de la religión. La droga, muchas veces, depende del hecho de que algunos
jóvenes no ven claro el porqué, el objetivo de la vida”. Yo le he dicho:
“Querido don Gianni, trataré de ayudarlos”. Luego, no he podido mantener la
promesa porque me han hecho Papa. Pero lo que no pude hacer en Venecia, lo hago
ahora aquí ante los participantes de este Congreso que abarca un poco a todo el
mundo. Hay que sostener, entender estar cerca de esta gente que se sacrifica,
sobre todo, por los jóvenes.
LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA CARIDAD
Miércoles 27 de septiembre de 1978
«Dios mío, con todo el corazón y sobre todas las cosas os amo
a Vos, bien infinito y felicidad eterna nuestra; por amor Vuestro amo al prójimo
como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, haced que os ame cada
vez más» Es una oración muy conocida entretejida con frases bíblicas. Me la
enseñó mamá cuando era pequeño. Me la enseñó mamá pero la rezo varias veces al
día también ahora; y trataré de explicárosla palabra por palabra como lo haría
un catequista de parroquia.
El
sublime viaje del amor
Estamos en la «tercera lámpara de la santificación» de que hablaba el Papa Juan: la caridad.
Amo. En clase de filosofía, el profesor me decía: ¿Conoces el campanario de San Marcos? ¿Sí? Y entonces, presta atención, quiere decir que el campanario ha hecho casi un viaje hacia ti. Ha dejado dentro de ti casi un retrato mental de sí mismo. En cambio, ¿amas el campanario de San Marcos? La cosa se da vuelta. Eres tú que va hacia, empujado por aquel retratito mental. O sea: amar significa ir hacia el objeto amado con la mente, con el corazón. Lo dice también la Imitación de Cristo: el que ama currit, volat, laetatur, corre, vuela, está contento, goza ( l. III, cap. V, 4. Entonces, amar a Dios es, por tanto, ir con el corazón hacia Dios. Un viaje bellísimo. De muchacho, me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne («Veinte mil leguas de viaje submarino», «De la tierra a la luna», «La vuelta al mundo en 80 días», etc) Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en las vidas de los santos. Por ejemplo, San Vicente de Paúl, cuya fiesta celebramos hoy, es un gigante de la caridad: Amó a Dios más de lo que se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose enteramente a Dios, firmaba “Pedro, esclavo de los negros para siempre”.
El viaje comporta a veces sacrificios, pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz: ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor (cf. SALES, Oeuvares, Annecy, t. XXI, pág. 153) No puedes hacer lo que el bueno de San Pedro que supo muy bien gritar «Viva Jesús» en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor (cf. SALES, Oeuvares, t. XV, pág. 140)
Amar a
Dios con todo el corazón
El amor a Dios es también viaje misterioso: es decir, uno no
lo emprende si Dios no toma la iniciativa primero. “Nadie --ha dicho Jesús--
puede venir a mí si el Padre no le atrae” (Jn 6, 44) Se preguntaba San Agustín:
y entonces ¿dónde queda la libertad humana? Pero Dios que ha querido y
construido esta libertad, sabe cómo respetarla aun llevando los corazones al
punto que Él se propone: parum est voluntate, etiam voluptate traheris, Dios te
atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a quererlo, sino hasta de manera que
gustes de ser atraído (SAN AGUSTÍN, In Io. Evang. Tr. 26, 4)
Con todo el corazón. Subrayo aquí el adjetivo «todo». El totalitarismo en política es malo. En cambio, en religión nuestro totalitarismo respecto a Dios cuadra estupendamente.
Está escrito: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que yo hoy te doy. Incúlcaselos a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos. Átatelos a tus manos, para que te sirvan de señal; póntelos en la frente entre tus ojos; escríbelos en los postes de tu casa y en tus puertas» (Deut. 6, 5-9)
Ese «todo» repetido y aplicado a la práctica con toda
insistencia es de verdad la bandera del maximalismo cristiano. Y es justo:
demasiado grande es Dios, demasiado merece Él ante nosotros, para que se le
puedan echar, como a un pobre Lázaro, apenas unas migajas de nuestro tiempo y de
nuestro corazón. Es el bien infinito y será nuestra felicidad eterna: el dinero,
los placeres y las venturas de este mundo comparados con Él, apenas son
fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad.
Amarlo
sobre todas las cosas
No sería prudente dar mucho de nosotros a estas cosas y poco a Jesús.
Sobre todas las cosas. Ahora se aboca a una confrontación directa entre Dios y el hombre, entre Dios y el mundo.
No sería justo decir: «O Dios o el hombre». Se debe amar «a Dios y al hombre»; pero a este último nunca más que a Dios o contra Dios o igual que a Dios. En otras palabras: el amor a Dios es prevaleciente sin duda, pero no exclusivo.
La Biblia llama santo a Jacob (Dan 3, 35) y amado de Dios (Mal 1, 2; Rom 9, 13), nos lo presenta empeñado en siete años de trabajo a fin de conquistarse a Raquel para mujer suya; « y aquellos años le parecieron sólo unos días por el amor que le tenía » (Gén 29,20).
Francisco de Sales hace un comentario breve de estas palabras: «Jacob --escribe--ama a Raquel con todas sus fuerzas, y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel igual que a Dios, ni a Dios igual que a Raquel. Ama a Dios como a su Dios sobre todas las cosas y más que a sí mismo; ama a Raquel como a mujer suya sobre todas las demás mujeres y más que a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y soberanamente extremo, y a Raquel con sumo amor conyugal; un amor no es contrario al otro, porque el de Raquel no atropella las prerrogativas del amor de Dios» (Oeuvres t. V, pág. 175)
Amar al
prójimo como a sí mismo
Por amor a Vos amo al prójimo. Estamos aquí ante dos amores que son «hermanos gemelos» e inseparables.
A algunas personas es fácil amarlas; a otras, difícil; no nos resultan simpáticas, nos han ofendido y hecho daño; sólo si amo a Dios en serio, llego a amarlas, en cuanto son hijos de Dios y porque Dios me lo pide.
Jesús ha señalado también cómo amar al prójimo, o sea, no
sólo con el sentimiento, sino también con las obras. Éste es el modo, dijo. Os
preguntaré: tenía hambre en la persona de mis hermanos pequeños; ¿me habéis dado
de comer cuando estaba hambriento? ¿Me habéis visitado cuando estaba enfermo,
prisionero? (cf. Mt 25, 34 ss.)
El catecismo concreta éstas y otras palabras de la Biblia en el doble elenco de las siete obras de misericordia corporales y las siete espirituales.
El elenco no está completo y haría falta ponerlo al día. Por ejemplo, entre los hambrientos hoy no se trata ya sólo de este o aquel individuo; hay pueblos enteros. Todos recordamos las graves palabras del Papa Pablo VI: «Con lastimera voz los pueblos hambrientos interpelan a los que abundan en riquezas. Y la Iglesia, conmovida ante tales gritos de angustia, llama a todos y cada uno de los hombres para que movidos por amor respondan finalmente al clamor de los hermanos» (Populorum progressio, 3) Aquí a la caridad se añade la justicia, porque --sigue diciendo Pablo VI-- «la propiedad privada para nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario» (Populorum progressio, 22) Por consiguiente «toda carrera aniquiladora de armamentos resulta un escándalo intolerable» (Populorum progressio, 53).
A la luz de estas expresiones tan fuertes se ve cuán lejanos estamos todavía --individuos y pueblos-- de amar a los demás «como a nosotros mismos», según el mandamiento de Jesús.
Otro mandamiento: perdón de las ofensas recibidas. A este perdón parece casi que el Señor da precedencia sobre el culto: «Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24)
Avanzar
siempre en el amor
Últimas palabras. “Pero, ¿me equivoco o hay un quinto grado aquí? ¿Sí... un niño, puede venir aquí arriba a ayudar al Papa?” “Uno sólo... uno “ “Estaba diciendo... adelante, adelante “ “¿En qué clase estás?” “Quinto grado” “Bien, entonces presta atención. Tú, ¿quieres quedarte siempre en quinto grado o el próximo año en otra clase? “ “Eh, para mí es igual pero, eh, quisiera quedarme en quinto porque, oh, dejo, porque si no cuando vaya a primer año dejo a mi maestra pero entonces...” “Entonces, ¿te quedas siempre en quinto o quieres también ir a primer año? “ “Quisiera estar siempre en quinto”. “Ohhh... entonces este niño es diferente del Papa porque cuando yo estaba en cuarto decía: ohhh, si estuviera en quinto ¡ Y cuando estaba en quinto decía: quién sabe si iré a primer año, si me promueven. ¿Comprendes? ¿Qué nombre tienes?” “Daniele”. “Bueno, Daniele. El Señor nos ha puesto dentro un fuerte deseo de progresar, de ir adelante. Quien está en primer año, dice, pero iré a segundo. El que está en segundo, dice, pero iré a tercero. Pero también con los grandes, ¿sabes? Yo he conocido un capitán que decía: ¿pero, cuándo me harán teniente coronel? Y quería avanzar también él. Todos quieren avanzar y esto... El Señor nos ha dado un fuerte deseo de progresar. Mira : comenzamos a habitar las cavernas, los palafitos, luego alguna cabaña, luego los palacios, ahora hay rascacielos. Cada vez más adelante. Primero iban a pie, luego a caballo, en camello, luego, en carroza, luego en treno, ahora en avión. Cada vez más adelante. Ésta es la ley del progreso. Pero no sólo progreso en viajar. Yo dije antes, no sé si has estado atento, que el amor a Dios es una especie de viaje. También aquí hay que progresar. Señor, haz que te ame cada vez más. Nunca detenerse. El Señor ha dicho a todos los cristianos: “Vosotros sois la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la tierra. Sed perfectos como es perfecto mi Padre que está en los Cielos”. Por lo tanto, nunca detenerse. Progresar con la ayuda de Dios, en el amor de Dios. ¿De acuerdo? Eso, ahora te dejo ir. ¿Habéis visto que me ha
Tenemos aquí presentes a los enfermos. Les deseamos que puedan curarse. Pero recomendamos tanto a aquellos de la familia y a aquellos que los cuidan, que tengan tanto cuidado. El Papa que os habla ha estado ocho veces en el hospital, con cuatro operaciones. No es la misma cosa tener un enfermero que otro. Hay quien lo hace con gran corazón. No se aprecia sólo el servicio, se aprecia el modo en el cual se es servido, se es acudido. Por lo tanto, recomendamos tanto que sean ayudados con gran caridad, con gran premura.
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