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Ayer por la mañana, fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca habría imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos colegas que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: «¡Animo! Si el Señor da un peso, da también las fuerzas para llevarlo» Y el otro colega: «No tenga miedo, en el mundo entero hay tanta gente que reza por el nuevo Papa» Al llegar el momento, he aceptado.
Después vino la cuestión del nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el Papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo, no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre la pasarela de la plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre los hombros. ¡Jamás me he puesto tan rojo! Por otra parte, en quince años de pontificado, este Papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: «, Me llamaré Juan Pablo».
Yo no tengo la sapíentia cordis del Papa Juan, ni tampoco la preparación y la cultura del Papa Pablo, pero estoy en su puesto, debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me ayudaréis con vuestras plegarias.
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Domingo 3 de septiembre de 1978
Allá en el Véneto, oía decir: Todo buen ladrón tiene su devoción. El Papa tiene varias devociones; entre ellas, a San Gregorio Magno, cuya fiesta se celebra hoy.
En Belluno, el seminario se llama «gregoriano» en honor de San Gregorio Magno. Yo he pasado en él siete años de estudiante y veinte de profesor.
Hoy precisamente, 3 de septiembre, él fue elegido Papa y yo comienzo oficialmente mi servicio a la Iglesia universal.
Era romano y llegó a ser primer Magistrado de la ciudad. Después dio todo a los pobres, se hizo monje, y fue designado secretario del Papa.
Al morir el Papa, lo eligieron a él y no quería aceptar. Intervinieron el Emperador y el pueblo. Finalmente aceptó y escribió a su amigo Leandro, obispo de Sevilla: «siento ganas de llorar, más que de hablar».
A la hermana del Emperador le dijo: «El Emperador ha querido que un mono se convierta en león» Se ve que ya en aquellos tiempos era difícil ser Papa.
Fue muy bueno para con los pobres. Convirtió a Inglaterra. Y sobre todo escribió libros muy bellos; uno de ellos es la Regula pastoralis: en ella enseña a los obispos su misión, y en la última parte dice: «yo he descrito al buen pastor pero no lo soy; he mostrado la playa de la perfección a la que hay que llegar, pero personalmente me encuentro todavía en las oleadas de mis defectos y de mis faltas; así, pues, por favor --escribe-- para que no naufrague, echadme una tabla de salvación con vuestras oraciones» Yo digo lo mismo; pero no sólo el Papa tiene necesidad de oraciones, también la tiene el mundo.
Uno escritor español ha dicho: «el mundo va mal porque hay más batallas que oraciones»
Procuremos que haya más oraciones y menos batallas.
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Domingo 10 de
septiembre de 1978
En Camp David, América, los Presidentes Carter y Sadat y el Primer Ministro Begin están trabajando por la paz en Oriente Medio.
Todos los hombres tienen hambre y sed de paz; la tienen sobre todo los pobres que son los que más pierden y sufren en los conflictos y las guerras; por esto miran con interés y gran esperanza la reunión de Camp David. También el Papa ha orado, ha exhortado a orar y sigue orando para que el Señor se digne asistir los esfuerzos de estos hombres políticos
Me ha causado muy buena impresión el hecho de que los tres Presidentes hayan querido manifestar públicamente su esperanza en el Señor a través de la oración. Los hermanos en religión del Presidente Sadat suelen decir: «en una noche negra, hay una piedra negra y sobre la piedra, una hormiga insignificante; pero Dios la ve, no la olvida». Él Presidente Carter, que es cristiano fervoroso, lee en el Evangelio: «Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará. Ni un cabello de vuestra cabeza caerá sin la voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos» Y el Premier Begin recuerda que el pueblo hebreo pasó en un tiempo momentos difíciles y se dirigió al Señor lamentándose y diciendo: «Nos has abandonado, nos has olvidado». « No», respondió Dios por medio del profeta Isaías: «¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo? Pero si sucediera esto, jamás olvidará Dios a su pueblo»
Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos; somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame.
Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad, fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor.
Con estos sentimientos os invito a rezar junto con el Papa por cada uno de nosotros, por Oriente Medio, por Irán, por el mundo entero.
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Domingo 17 de septiembre de
1978
El martes próximo casi doce millones de niños y jóvenes vuelven a los centros de enseñanza. El Papa confía en que no suplanta al Ministro Pedini con ingerencias indebidas, si envía un saludo muy cordial tanto a los profesores como a los estudiantes.
Los profesores italianos tienen en su historia casos clásicos de ejemplar amor y dedicación a la enseñanza. Giosuè Carducci era profesor universitario en Bolonia. Acudió a Florencia a unos actos conmemorativos. Un día por la tarde, fue a despedirse del ministro de Instrucción Pública. «No, no, dijo el ministro, quédese mañana también» « Excelencia, no me es posible. Mañana tengo clase en la universidad y los chicos me esperan» «Le dispenso yo». «Ud. puede dispensarme, pero yo no me dispenso» El profesor Carducci tenía de verdad un alto concepto tanto de la enseñanza como de los estudiantes. Era de la raza de los que dicen: «Para enseñar latín a John, no es suficiente saber latín es necesario también conocer a John y amarlo». E igualmente «Tanto vale la lección cuanto vale la preparación»
A los alumnos de enseñanza elemental quisiera recordarles a su amigo Pinocho: no el que un día faltó a clase para ir a ver las marionetas, sino el otro, el Pinocho que tomó gusto a la escuela hasta el punto de ser el primero en entrar y el último en salir de clase cada día durante todo el año escolar.
Pero mi saludo más afectuoso va a los alumnos de enseñanza media, sobre todo a los de cursos superiores. Estos no tienen sólo los problemas inmediatos del estudio, sino también en lontananza; los que se plantean una vez terminados los estudios. En Italia, a igual que en las otras naciones del mundo, hoy en día, las puertas se abren de par en par para los que quieren entrar en los centros de estudios medios y universitarios; pero una vez que han conseguido el diploma o el doctorado y salen de los centros de enseñanza, hay sólo posibilidades pequeñas, pequeñísimas, no encuentran trabajo y no pueden casarse. Son problemas que la sociedad de hoy debe estudiar seriamente y tratar de resolver.
También el Papa ha sido alumno de estos centros: escuela, liceo y universidad. Pero yo pensaba sólo en la juventud y en la parroquia. Nadie vino a decirme: «Tú llegarás a Papa» ¡Ay si me lo hubieran dicho! Si me lo hubieran dicho, habría estudiado más, me habría preparado. En cambio ahora soy viejo, ya no hay tiempo.
Pero vosotros, jóvenes queridos, que estudiáis, vosotros sois realmente jóvenes, vosotros tenéis tiempo para ello, tenéis la juventud, la salud, la memoria, la inteligencia: afanaos por sacar provecho de todas estas cosas. De vuestros centros de enseñanza saldrán los dirigentes del mañana; muchos de vosotros llegaréis a ser ministros, diputados, senadores, alcaldes, asesores, o bien ingenieros, médicos; ocuparéis puestos en la sociedad. Y hoy el que ocupa un puesto debe tener la competencia necesaria, hay que prepararse. El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la academia militar donde había estudiado, donde se había preparado; y dijo a los cadetes: «Mirad, aquí se ganó la batalla de Waterloo». Lo mismo os digo a vosotros, queridos jóvenes: se os presentarán batallas en la vida a los 30, 40, 50 años, pero si queréis vencerlas, ahora es cuando hay que comenzar, ahora hay que prepararse y ahora hay que ser constantes en el estudio y en las clases.
Roguemos al Señor que ayude a los profesores, a los estudiantes y también a las familias que miran la enseñanza con el mismo interés e igual preocupación que el Papa.
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Domingo 24 de septiembre de
1978
Ayer tarde he ido a San Juan de Letrán. Gracias a los romanos, a la gentileza del alcalde y de algunas autoridades del Gobierno italiano, ha sido para mí un acontecimiento agradable. No me ha resultado, en cambio, agradable, sino muy doloroso haber sabido, hace pocos días, por los periódicos, que un estudiante romano ha sido asesinado fríamente, por un motivo trivial. Uno de tantos casos de violencia que continuamente turban a esta pobre e inquieta sociedad nuestra.
Ha vuelto también estos días a la actualidad el caso de Luca Locci, un niño de siete años secuestrado hace tres meses. La gente, a veces, dice: «estamos en una sociedad totalmente podrida, totalmente deshonesta». Esto no es cierto. Hay todavía mucha gente buena, mucha gente honesta. Más bien habría que preguntarse: ¿Qué hacer para mejorar la sociedad? Yo diría: Que cada uno trate de ser bueno y contagiar a los demás con una bondad enteramente imbuida de la mansedumbre y del amor enseñados por Cristo. La regla de oro de Cristo es: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Haz a los demás lo que quieres que a ti te hagan. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón» Y Él dio siempre ejemplo de esto. Puesto en la Cruz, no sólo perdonó a los que lo crucificaron, sino que los excusó, diciendo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Esto es cristianismo; estos serían los sentimientos que, puestos en práctica, ayudarían muchísimo a la sociedad.
Este año se conmemora el 30 aniversario de la muerte de Georges Bernanos, gran escritor católico. Una de sus obras más conocidas es «Diálogos de Carmelitas» Se publicó un año después de su muerte. La había preparado trabajando sobre una novela de la escritora alemana Gertrud van le Fort. La había preparado para el teatro. Y ha sido representada. Se le ha puesto también música y luego ha sido proyectada en todas las pantallas cinematográficas del mundo. Es conocidísima. El hecho, sin embargo, era histórico, Pío X, en 1906, precisamente aquí en Roma, había beatificado a las 16 carmelitas de Compiègne, mártires durante la Revolución francesa.
En el proceso, se hizo oír la condena: «a muerte por fanatismo». Y una de las religiosas, con gran sencillez preguntó: «¿Señor juez, por favor, qué quiere decir fanatismo?» Y el juez respondió: «Es vuestra estúpida pertenencia a la religión» Ella, dirigiéndose a las otras monjas, dijo: «¡Hermanas! ¿Habéis oído? Nos condenan por nuestra adhesión a la fe. ¡Qué felicidad morir por Jesucristo!» Las hicieron salir de la prisión de la Consiergerie, las obligaron a subir a la carreta fatal; durante el camino entonaban cánticos religiosos. Al llegar al palco de la guillotina, una tras otra se fueron arrodillando ante la priora y renovaban el voto de obediencia. Después, entonaron el «Veni Creator». Pero el cántico se iba haciendo cada vez más débil, a medida que las cabezas de las pobres religiosas caían, una tras otra bajo la guillotina. Quedó la última la priora, sor Teresa de San Agustín. Y sus ultimas palabras fueron éstas: «El amor será siempre victorioso, el amor lo puede todo». He aquí la palabra justa: no es la violencia la que puede todo, sino el amor.
Pidamos al Señor la gracia de que una nueva oleada de amor hacia el prójimo envuelva a este pobre mundo.
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GCM 2001 |
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