Homilías

Parte I

 

 

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Es agradable sentirse animados

 

El fenómeno de haber muchos catequistas no es nuevo, sino gozoso. Y será más gozoso si los catequistas tienen las dotes requeridas. Primera, la vida limpia y esplendorosa de bondad. Siempre me han impresionado San Pablo y Manzoni. Escribió el primero: "Tú enseñas a los otros pero, ¿te enseñas a ti mismo?" (cfr. Rm 2, 21). Escribe el segundo, luego de haber expuesto cosas bellísimas sobre la religión: "Pensando en el demasiado mal que he sido y en el poco bien que aún soy, me avergüenzo con frecuencia y tal vez me remuerde el arrogarme que yo sé celebrar la religión".

 

En religión se enseña, en efecto, sobre todo, lo que se es. Conocer bien es otra dote. Y no basta haber estudiado; hay que mantenerse actualizado: si no se estudia, las nociones se escapan, barridas por el viento, por ideas y preocupaciones extrañas. Decía San Bernardino de Siena: "... si yo no hubiera aprendido, vosotros no me oiríais la palabra que os predico: que sólo por estudiar ha venido". Pero lo mismo quería también que las cosas dichas fueran dichas con claridad. Y contó acerca de dos frailes: uno era un predicador bonísimo, que "hablaba tan sutilmente, que era una maravilla"; el otro "tan grueso". El primero hizo la prédica; el segundo la escuchó y la magnificó a los compañeros frailes. Y este: "Di sobre lo que él dijo". Y él: "Vosotros habéis perdido la más bella prédica que jamás habríais podido oír... Él habló tan alto que yo no entendí nada". 

 

Pero no basta ni siquiera la claridad, si no la acompaña el amor, la pasión de las ideas transmitidas. Se trata en efecto de ideas que sirven para la vida y deben desembocar en buenas acciones. Ahora, entre las ideas y la acción, hay etapas obligatorias que recorrer: yo no realizo una acción, si antes no la quiero; no la quiero, si antes no la deseo; no la deseo, si antes alguien no me la ha presentado como deseable y simpática. Es necesario, entonces, cargar de simpatía las ideas transmitidas, para que enciendan fuertes deseos y pongan en movimiento la voluntad de los oyentes. Decía el Papa Juan: "La verdad de Cristo, presentada sin cordialidad, dulzura y humildad, se arriesga a ser rechazada".

 

Pío IX ha proclamado Doctor de la Iglesia a San Francisco de Sales sobre todo porque "supo adaptar la doctrina de los santos a todas las situaciones de los fieles sapienter et leniter, con sabiduría y levedad". Aquel santo ha enseñado y escrito mucho, diciendo en esencia: "El camino al paraíso es estrecho, el viajar hacia allí requiere fatiga, sí, pero el paisaje, los alrededores, son bellos, amenos y está Dios que da una mano".

 

Él presenta siempre las cosas del mejor lado, con un tono gracioso y seductor: muestra la devoción amable para hacerla accesible; no le saca siquiera una de las espinas, pero tampoco una sola rosa. "Aquellos que querían disuadir a los Ebreos - escribe - de ir a la Tierra Prometida, decían que había un país que devoraba a los habitantes... pero Josué y Caleb declaraban que la Tierra Prometida no era sólo buena y bella, sino tal que hacía dulce y agradable la posesión... Así el Espíritu Santo y Jesús... nos aseguran que la vida devota es una vida dulce, placentera, feliz". Él trataba de seguir el método del Espíritu Santo y de Jesús.

 

A Santa Juana de Chantal, un poco escrupulosa, escribe: "Quisiera que Usted tuviera la piel del corazón un poco más dura y que no dejara de dormir por cualquier pulga pequeña". Y a otra: "No se detenga a dar picotazos sobre su pobre conciencia". Y a una tercera: "Eh, Dios mío... empólvese también los cabellos... también los faisanes se lustran las plumas... por miedo a que aniden los piojos". De la misma pasta graciosamente catequística era el San Bernardino citado más arriba, que de los vanidosos decía: "Si tú ves a uno y a una con estos antojos o con las fresas o con las trampas (n. d. t. En italiano, se trata de un juego de palabras: fragole = fresas, trapole = trampas), piensa que así les brilla la cabeza... Y así como tú ves las locuras en la vestimenta de afuera, piensa que dentro del corazón está todo lleno de quiquiriquí".

 

Imitaba a estos santos el catequista que exponía la dura verdad del infierno como sigue: "¿El infierno? Sí, existe, pero debéis saber que Dios se pone en medio de nuestro camino para detenernos e impedir que caigamos dentro. Y si alguno llega, es signo de que él mismo ha querido ir allí contra los miles esfuerzos de Dios, que respeta su libertad, pero trata de todas las formas de llevarlo al Paraíso. El mismo Judas se hubiera salvado, si hubiera tenido confianza. Se equivocó de árbol aquel día. Hubiera ido al árbol de la cruz, hubiera echado los brazos al cuello de Jesús agonizante, sería hoy un santo del Paraíso".

 

Hacen, en cambio, el camino opuesto los que prefieren siempre el lado negativo al positivo. Vi una vez una ilustración que representaba, en un salón, a la dueña de casa con una amiga de visita. Allí figuraban muebles elegidos, pero, sobre ellos, había tantos carteles. "No tocar el servicio de porcelana", "No caminar por el piso lustrado sin los patines", "No tirar la ceniza al piso", "Cuidado con la alfombra". Bajo la ilustración, en la leyenda: "Sí, tengo un magnífico salón - decía la dueña - pero, no sé por qué, mi marido lo rehuye". Y la amiga: "Coloca nuevas inscripciones prohibitivas: garantizado, tu marido odiará este salón".

 

Estamos hechos así: los no multiplicados nos parecen camisas de fuerza; nos irrita que los demás supongan que somos malos o desganados. Nos agrada, en cambio, sentirnos animados y conducidos, como auténticos valientes, a nuevas conquistas de bien. 

 

 

Inédito de 1972

De "Humilitas", Noviembre de 1988

 

 

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Una campanita y una campanaza

 

Cada año, pocos días antes de que se celebre el día del periódico, ustedes leen u oyen leer mi carta en la iglesia. Este año quiero que oigan, en cambio, algunos pensamientos recientes del Papa Paulo VI sobre el tema.

 

Hace un mes, a todos los obispos italianos reunidos con él, les ha hablado de la "prensa católica". Estamos lejos - ha hecho entender - de lo que se necesitaría, porque la prensa católica - son palabras suyas textuales - está "aún tan necesitada de unidad, de sostenimiento, de vigor, de difusión"; su problema - agregaba - es "uno de los problemas más graves y urgentes de la vida católica".

 

Hace unos pocos días, a siete mil católicos piamonteses, les hablaba todavía más fuerte. Primero advertía a no subvalorar la fuerza y la influencia del periódico, diciendo: "Es un fenómeno formidable. Juega sobre las suertes espirituales del pueblo. ¡Decide el sí y el no del Reino de Dios en nuestra sociedad!" 

 

Teniendo en cuenta esto, afirmaba: "No es hoy el periódico católico un lujo superfluo o una devoción facultativa, es un instrumento necesario para ser insertados en la circulación de aquellas ideas que nuestra fe alimenta y que, a su vez, hacen un servicio a la profesión de nuestra fe. No se consiente, hoy, vivir sin tener un pensamiento continuamente alimentado y actualizado sobre la historia que estamos viviendo y preparando; no es posible tener tal pensamiento, alineado en los principios cristianos, sin el aprovisionamiento, la sugerencia, el estímulo del periódico católico". 

 

En fin, subrayaba que leer o sostener a periódico católico es "deber de cada persona católica, de cada familia cristiana, por lo menos".

 

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Estas, las palabras del Papa. Si son verdaderas (¡y son verdaderas!), si son dichas en serio (¡y son dichas en serio pero con ansia y preocupación!) siguen las consecuencias.

 

Primera. No cumplo con mis deberes de cristiano si, en mi casa, para mí y para mi familia, no hago entrar el periódico católico.

 

Segunda. Si tengo la posibilidad y si alguno, por lo menos, de casa acostumbra o está inclinado a leer cotidianamente, o tiene necesidad de leer (en el sentido de que cada día se pone en contacto con quien los hechos los cuenta a modo propio) el periódico católico que entra en familia, ¡es necesario que sea cotidiano católico!

 

Tercera. Cuando voy a confesarme, tengo que hacer sobre este punto el examen de conciencia y el propósito. Puede ser pecado de omisión. Sería ceguera o miopía hurgar con la lucecita la propia alma para ver si hay todavía alguna impaciencia o murmuración que descubrir y no darse cuenta de esta que es: 1) negligencia en nutrir la propia alma y actualizarla en los problemas religiosos. 2) insensibilidad y desinterés respecto de la Iglesia y de las grandes batallas que ella está combatiendo cada día en decenas de frentes. 3) falta de solidaridad con los hermanos católicos que, a menudo, son dejados solos y débiles para sostener gastos y fatigas imposibles. 

 

¡Queridos diocesanos!

Les ruego que reflexionen sobre las afirmaciones del Papa. Lo que decía yo en otros años, era una campanita que sonaba a reclamo, a invitación discreta. Lo que dice el Papa, ¡es un verdadero campanazo, que no deja dormir y pone a cada conciencia frente al propio deber!

Piensen en ello desde ahora y el domingo 31 de mayo, ¡tomen su decisión responsable!

 

Bendigo de corazón.

 

Vittorio Veneto, 11 de mayo de 1964

De "Humilitas", Febrero de 1989

 

 

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El sacramento del adulterio

 

 No comienzo por el Evangelio o por el Concilio, sino por Sofía Arnould, cantante francesa. Ella ha definido al divorcio: el sacramento del adulterio. El tal sacramento no lo ha querido aceptar Alcibíades, uno de los hombres más inteligentes y extravagantes que tuvo la antigua Grecia. La esposa Ipparata, afligida por las escapaditas de él, fue a ver al arconte para pedir el divorcio. Pero Alcibíades, advertido, se llegó al magistrado al mismo tiempo que la esposa; sin dejarla hablar, la levantó, se la cargó al hombro y se la llevó a casa, afirmando: "Sin ti no podemos vivir ni yo ni nuestros hijos".

 

Yendo más allá de Alcibíades, pienso que el amor matrimonial sea donación de sí al otro, pero tan íntima y noble, tan ideal y confiable que, de una parte pretende todo, de la otra excluye a todos. Aquel amor es amor decapitado, si admite reservas, provisionalidad y anulación. Así que el divorcio es una espada de Damocles sobre el amor de los cónyuges: genera incertidumbre, temor, sospecha. "¡Quizá mañana me dejará! ¡Quizá irá con aquélla que hoy le hace de secretaria, tan joven, tan bonita, tan instruida!" La convivencia misma no es más abandono confiable y donación serena de sí, sino temor, defensa instintiva, preparación a un mañana distinto. También la maternidad suscita temores ("¿Por qué traer al mundo hijos si mañana nos separamos?). Hasta los momentos de intimidad están surcados de tristes presagios ("Y si mañana otra llega a saber, burlándose de mí, lo que sucede entre nosotros").

 

El divorcio quita ayudas y amparos necesarios para nuestra debilidad. Nosotros, en efecto, no somos ángeles; también en las parejas más afortunadas son inevitables las dificultades: pequeñas crisis, malentendidos, litigios, desacuerdos, explosiones de temperamento, palabras que se le escapan a una esposa cansada y susceptible. Si no hay divorcio en perspectiva, se trata de superar estos momentos de tensión y de evitarlos en el futuro. "Me gusta aquella mujer, pero es necesario que me retenga; estoy ligado para siempre". "Me haría la coqueta con aquel hombre, pero es casado; no sería sino una relación irregular y deshonrosa; mejor olvidarse".

 

Trato de explicarme mejor. Puede suceder que un esposo o una esposa - aún siendo buenos - que sean tomados imprevistamente e inexplicablemente por una pasión vehemente. ¿Cuál es la fuerza en aquel momento de crisis? Esta: saber que tentaciones de esa clase ni siquiera se discuten, sino que se cortan con un corte neto, de inmediato. ¿Cuál es, en cambio, la debilidad? Esta: poder decir a sí mismos que, en fin, cediendo se pone más bien al margen de la ley delante de Dios, pero que existe el medio de mantener alta la cabeza ante de los hombres.

El divorcio civil es justo esto: el medio ofrecido por la ley para mantener alta la cabeza ante la sociedad, no obstante en conciencia se esté fuera de lugar. "Sacramento del adulterio". Tenía razón Sofía Arnould. Al menos en ciertos casos.

 

Más que el hombre, en el divorcio, es víctima la mujer. Él, aún si tiene cincuenta años, especialmente si está bien provisto de dinero, encuentra fácilmente una mujer joven, agradable, con la cual "rehacerse la vida". ¿Pero ella? Especialmente si está un poco estropeada, porque ha dado todo al marido, al trabajo, a los hijos, ¿quién la quiere? Hela aquí arrojada a la basura como un limón exprimido, destinada casi siempre o a una soledad llena de tristeza o a una vida de costumbres no buenas.

 

"Pero hoy la mujer tiene más independencia, he sentido decir, trabaja fuera de casa con seguro y perspectivas de pensión. Si inocente, tiene también el cheque del ex marido". Todo lo que quieran, pero no se vive sólo de pan, especialmente cuando se estaba dedicado con todo el propio ser a un ideal, que se identifica con una persona. He visto recientemente el tormento de una madre separada del marido, a quien se le concedió tener al hijo quinceañero por dos horas por semana solamente. ¡Ella no causa envidia verdaderamente!

 

He mencionado a los hijos. A la tragedia. El pollito, cuando está maduro, rompe con el pico la cáscara del huevo y salta hacia afuera. Está ya vestido; luego de pocos días come por sí mismo, se busca la comida; y está en grado de recorrer su camino por cuenta propia, independientemente de la clueca que lo ha empollado y cuidado. No así nuestros niños. No ha siquiera nacido el hijo, y la madre ya se atarea y los padres comienzan a gastar en el pequeño ajuar. Nacido, se sigue gastando por él: ropita, mediecitas, minúsculos zapatos, lencería... Luego vienen juguetes y libros. A los catorce años, el hijo frecuenta todavía la escuela secundaria y los padres gastan para la escuela y las repeticiones. Y el dinero es todavía lo menos: aumentan, con el paso del tiempo, las preocupaciones; y los exámenes, y el puesto de trabajo, y el logro en los estudios, y el nivel de vida, y el matrimonio. A menudo el hijo tiene 25 años y pesa todavía en las espaldas de los padres que pagan sus estudios en la universidad.

He dicho "los padres". Quiero decir, los dos; quiero decir, sus padres. Quiero decir que él, no sólo tiene necesidad de una familia, sino de su familia.

 

Supongamos ahora que la familia se rompa: padre aquí, madre allá. ¿Con quién va el hijo? ¿Con el padre? Y entonces, también con una seudo-madrastra: pero no podrá olvidar a la verdadera madre y comenzará enseguida a juzgar al padre. A los catorce años, con las palabras o con la actitud, le dirá: "¿Por qué está ésta aquí? ¿Qué has hecho con mi madre?". En esta situación, ¿cómo le es posible al padre tener prestigio delante del hijo? ¿Va, en cambio, con la madre? Si se queda sola, ¿será ella capaz de dirigir, sin su marido, la formación de un muchacho que está haciéndose hombre? Si junto a ella hay un seudo-padrastro y unos hermanastros, volvemos a la situación mencionada antes: drama íntimo y camino a una vida atormentada.

 

Todos motivos sentimentales son también los casos piadosos y dramáticos, que se llevan para legitimar el divorcio. De acuerdo, estos casos existen y merecen tanta comprensión. Permanecen, sin embargo, como casos excepcionales y no conviene que una ley estatal, para remediar las excepciones, ponga en peligro a toda una comunidad. Es la tesis de la novela Un divorcio de Paul Bourget. En el barco estalló el cólera y las autoridades del puerto impiden el desembarco a todos los pasajeros. Pero uno de estos da un paso al frente: "Señor capitán, tengo en tierra a mi papá que está por morir, me ha llamado desde América por telegrama, ¡déjeme descender!". "¡Me duele tanto, responde el capitán, pero no puedo: no debo, para ayudarte a ti, exponer a una ciudad entera al peligro de un contagio!". En los estados divorcistas ha sucedido. "Es solamente una pequeña abertura". En cambio, nadie más ha sido capaz de cerrar la puerta y de poner un freno al divorcio propagado. Forzosamente: una vez inducida la costumbre divorcista, hacer el divorcio es como tomar un vaso de agua.

 

He escrito, lo repito: no a la luz del Evangelio o del Concilio, sino - pienso - del sentido común. 

 

 

12 de abril de 1974

De "Humilitas", Noviembre de 1989

 

 

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Una abundante provisión de mansedumbre

 

Don Bosco es un santo que ha realizado una increíble cantidad de obras, empleando su tiempo con interés del ciento por ciento. Lo que lo hace querido en todo el mundo, sin embargo, es el haber sido gran educador de los jóvenes. Por cuarenta años estuvo en medio de ellos como amigo y padre, por así decirlo, "con las manos en la masa".

El método educativo usado por él y transmitido a sus hijos es un verdadero don de Dios a la Iglesia; debe apreciarse sobre todo hoy cuando el problema de los jóvenes preocupa tanto. Me permito hacer alguna breve alusión.

¡A quién se inspiró Don Bosco educador?

A Cristo sobre todo, quien, maestro sumo (cfr. Jn. 13, 14), dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt. 11, 29); a Cristo, que aplicó a sí mismo las palabras de Isaías. "No se oirá su voz por fuera; sus gritos no resonarán en las plazas; no quebrará la caña que está cascada, ni apagará la mecha que todavía humea" (Mt 12, 20).

 

Segundo punto de referencia de Don Bosco ha sido San Francisco de Sales, santo del cual él leyó ávidamente los escritos, al cual dedicó el primer oratorio de chicos, de quien nombró la Pía Sociedad por él fundada, sobre cuya vida modeló la propia vida. Había escrito San Francisco de Sales: "Haced abundante provisión de mansedumbre y benignidad... cumpliendo todas vuestras acciones pequeñas y grandes del modo más dulce que os sea posible" (Filotea, parte III, cap 8). "Creed en mí, Filotea. Los reclamos de un padre, hechos con dulzura y suavidad, tienen en el niño un poder mayor que no las cóleras y los enfados, así es nuestro corazón". (id.)

 

En una carta del 16-5-1617 a un sacerdote recomendaba: "Es necesario que cumplamos siempre nuestro deber, para servicio de nuestro dulce y buen Maestro, hacia aquellos que, en Él, son verdaderamente hijos y que, en cada lugar, cuando su necesidad lo exige, les mostremos el seno materno de nuestro amor por su salvación y les demos a ellos la leche de la doctrina. Digo, 'seno materno' porque el amor de las madres por los hijos es siempre más tierno que el de los padres, quizá porque a ellos les cuesta más. Somos, el uno y el otro, maternales porque este es el deber que nos impuso el Señor". Continuaba luego: "... he reído verdaderamente de corazón, cuando leí... que os habían dicho que me había enfadado tremendamente... Yo soy un hombre mísero sujeto a la pasión; pero, por gracia de Dios, desde que soy Pastor, no he dirigido nunca a mi grey una palabra dictada por la cólera...". (Todas las cartas, edic. Paulinas, vol. II, p. 922-923).

 

Tercer modelo de Don Bosco fue su propia madre.

"Mamá Margarita" con el ejemplo de la vida y la dulce firmeza en las maneras, tuvo sobre el hijo una influencia decisiva.

No sabía ni leer ni escribir, pero conocía de memoria toda la doctrina cristiana, que ponía en práctica.

Apacible, dulce, dueña de sí, no les pegaba a los hijitos, pero tampoco cedía a sus caprichos; cerraba los ojos en cosas secundarias; los tenía bien abiertos e intervenía cuando se trataba de tendencias menos rectas; amenazaba con castigos, pero se rendía al primer signo de arrepentimiento.

Una vez había preparado una pequeña vara para usar en caso de faltas. Su Juancito cometió, ella ausente, una pequeña torpeza: a la hora del regreso de la mamá, él tomó la vara, fue a su encuentro abatido abatido y se la entregó, ofreciéndose espontáneamente al castigo.

 

La mamá podía sólo sonreír, afectuosa más que antes. Y fue ella a interpretar en el justo sentido de una futura misión educativa, el sueño del hijo de apenas nueve años. "Me parecía - contó en familia, Juancito - estar en el prado detrás de casa en medio de los chicos que gesticulaban, blasfemaban, hacían travesuras de todo tipo y aullaban como lobos. Intenté primero alejarlos por las buenas, luego probé con los puños. Me detuvo una voz dulcísima. 'No, no con los golpes; con la dulzura y el amor debes hacértelos amigos'. En tanto, los lobos se habían transformado en corderos; la misma dulcísima voz concluía: 'Toma tu bastón y condúcelos al pastizal'. ¿Qué querrá decir?, preguntaba concluyendo Juancito. "Tal vez te convertirás en guardián de ovejas y cabras", dijo el hermano José. "O jefe de bandidos", intervino burlándose el hermano Antonio. La abuela advirtió que no era necesario hacer caso a los sueños. La mamá, en cambio, envolvió al hijo en una mirada afectuosa y pensó. "Quién sabe si un día Juancito no vaya a ser sacerdote".

 

Convertido de veras en sacerdote y rodeado por un grupo de jóvenes, Don Bosco recordará el sueño, pero también la madre. Recordará cuán paciente era con sus hijos, cuán dulce y firme, cuán sonriente aún en el ejercicio de su autoridad materna.

 

 

(Revista Diocesana -Venecia- Enero de 1978)

De "Humilitas", Mayo de 1987

 

 

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¿Tiene razón Lefebvre?

 

Lo he encontrado en el tren. Sentado frente a mí, a un cierto punto, suspendió la lectura de su revista y me dijo:

 

- Disculpe, reverendo, me parece que este Lefebvre tiene razón; la Iglesia ha cambiado verdaderamente de rumbo, ha entregado las armas cuando, en el Concilio, se pronunció sobre la libertad religiosa.

 

Cerré despacio el Breviario, que estaba rezando, y respondí:

 

- Sí, bajo un cierto aspecto, el Concilio ha cambiado. Pensó en Carlo Magno, que cortaba las cabezas de los sajones, que rechazaban el Bautismo; en Bernardo Gui, el inquisidor, que cargaba contra los cátaros de la Francia meridional; en otros casos similares, y ha humildemente confesado: en la Iglesia del pasado, "de cuando en cuando se ha tenido un comportamiento menos conforme al espíritu evangélico, más bien, contrario" (DH 12). El Concilio, por lo tanto, ha admitido una serie de hechos nada loables, los ha deplorado, ha dicho que ellos no debían repetirse; en este sentido ha cambiado. En cuanto a la enseñanza del pasado, en cambio, no ha cambiado, si ha podido afirmar: la Iglesia ha siempre "custodiado y transmitido la doctrina del Maestro de los Apóstoles... que ninguno sea obligado a abrazar la fe" (DH 12).

 

- ¿El Maestro?, continuó mi interlocutor. Pero aquí - y dio una ojeada a la revista - Lefebvre cita justamente las palabras de Cristo: "El que no crea en mí, será condenado".

 

Y yo:

- Un momento. "Será condenado". Pero por Dios, pero luego de la vida presente. El Concilio nunca ha soñado decir que somos libres delante de Dios: todos debemos, en efecto, buscar la verdad, abrazarla apenas conocida, responder a Dios y a su Iglesia, si hemos aceptado formar parte de ella. El Concilio ha querido, en cambio, hablar de su libertad ante el Estado en cosas religiosas. El título del documento conciliar, en efecto, habla de "libertad social y civil en materia religiosa". El poder político, católico o no, que - según el Concilio - ni puede obligar a abrazar la fe religiosa que no gusta, ni puede impedir abrazar y profesar una fe que gusta.

 

- ¡Pero Usted todavía no me ha hecho ver cómo el Concilio siga a Cristo y a los Apóstoles!

 

- Si lo desea, trato de decírselo ahora. ¿Recuerda la parábola del grano y de la cizaña? Los siervos querían arrancar del campo la cizaña, pero el patrón: No, dejad que el uno y la otra crezcan juntos en el campo hasta la cosecha, o sea, hasta el fin del mundo. Sólo entonces se hará la separación.

 

En otras palabras: Jesús, cierto, quiere que "todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad". Jesús ha invitado tantas veces a sus oyentes a tener fe y sobre la fe y las obras nos juzgará luego de la muerte.

 

Pero la fe supone un consenso libre. Y nunca, predicando, Jesús ha impuesto sus verdades con la fuerza; nunca ha impedido la propaganda de las opiniones contrarias. Cuando Santiago y Juan propusieron hacer descender el fuego del cielo sobre los samaritanos, les reprochó a los dos, diciendo: "Vosotros no sabéis de qué espíritu sois".

 

- Bien, pero dígame: con ciertas ideas y ciertos individuos que dan vueltas por el mundo, ¿no le parece que vendrá el caos si el Estado pasa por alto todo?

- El Concilio no dice de pasar por alto todo; indica, más bien, dos casos en los cuales el Estado debe intervenir y limitar.

- ¿Y cuáles?

- Primero: cuando la libertad religiosa sea usada por alguien de modo tal de poner en peligro la libertad o los derechos de los otros.

- ¿Y el segundo caso?

- Se refiere al bien común y al orden público. El Estado, en efecto, debe estar al servicio de todos, asegurando una verdadera coexistencia pacífica en el pluralismo.

- ¿Así que el Concilio piensa haber desarmado a todos los adversarios de la Iglesia con su documento sobre la "libertad social en cosas religiosas?"

- Los Padres Conciliares sabían muy bien que la Iglesia tendrá siempre adversarios. Les urgía a ellos hacer saber a todos que la Iglesia no se siente adversaria de ninguno; que desea vivir el espíritu de Cristo, su Señor, que se ha declarado manso y humilde, venido no para ser servido, sino para servir con el método del Siervo de Yavé: "no quebrará la caña que está cascada, ni apagará la mecha que todavía humea".

 

 

De "Gente Veneta", Mayo de 1977

reproducido por "Humilitas", Agosto de 1987

 

 

 

 

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